Sobre

Juegos malabares

de Carlos Gardini

(Ed.Minotauro)


Carlos Alberto Gómez, La Nación, 5/8/84

Vicente Muleiro, El Periodista de Buenos Aires, 21/6/1985


Carlos Alberto Gómez, La Nación, 5/8/84

La idea de tomar un ámbito determinado como escenario único de la acción novelesca, de manera que ese ámbito venga a ser un orbe cerrado, una representación reducida del mundo, no es ciertamente nueva. En su más reciente libro, Juegos malabares, Carlos Gardini también la utiliza y confiere al lugar elegido, un parque de diversiones, características especiales -fantásticas o extrañas- que corresponden a una muy particular visión de la realidad, una realidad, diríase, interior, metafísica.Bajo la apariencia de cuentos independientes, cada capítulo del libro narra una historia diversa pero secretamente ligada a todas las otras. Por su parte, los personajes son distintos en cada caso y aunque algunos de ellos reaparecen más de una vez en la mención o la alusión sólo uno, el de Celina, es una presencia visible u oculta a todo lo largo de la narración, que la muestra desde su soledad inicial hasta su misteriosa transmutación final. Los restantes protagonistas -como corresponde tal vez a la fauna humana de un lugar semejante- son, sin excepción, marginales o monstruosos: un idiota, la "mujer más pequeña del mundo", un extraterrestre con su nave espacial, un enano cargado de odio, un grupo de motociclistas homosexuales, el Hombre-Bala que, lanzado cada vez más alto por el cañón, sueña con "perderse en el universo". Otros, aun, son artefactos animizados, como el Pulpo, o la Esfinge, irrisoria forma actual de la de Tebas. En medio de ellos, los "Héroes de guerra", los adolescentes que en las islas del Sur, entre batalla y batalla, murieron "de hambre y frío durante la espera", parecen más tiernamente humanos en su desamparo, mientras se sienten mirados desde el parque de diversiones -el mundo- y saben que no pueden escapar de su prisión helada.Ese parque, ese mundo, visto a través de los ojos de Gardini, se muestra a la vez estrafalario y absurdo, amoral y dañino y ya las visiones que depara "la máquina para ver la vida color de rosa" (sólo hay que insertar una ficha en la ranura) parecen un muestrario de posibilidades negativas (¿las que depara la misma vida?). No más positivos, aunque sí extrañamente lúcidos, son los seres que manejan los juegos o demabulan entre ellos: el "Muerto que habla" resume la suprema alienación de lo distinto en medio de lo cotidiano y vulgar, y el idiota de "Una tarde en familia" resulta más cuerdo que los que a sí mismos se llaman cuerdos. Otros, en cambio, sueñan sueños monstruosos y quieren abarcar -a la manera del Jueves chestertoniano- el universo entero. En el cuadro de esas fantasías a menudo delirantes el Pulpo terminará por absorber en sus giros todo lo existente; los ejercicios de un malabarista serán -nada menos- una patética alegoría de la Creación y el malabarista, es claro, el mismo Creador indiferente y desdeñoso; el "Tren fantasma" desembocará en una Estigia llameante de placeres y horrores y la estupidezhumana tendrá su monumento en el "Mausoleo de la Imaginación", un inmenso recinto vacío que cuando el fuego destruya el parque, será lo único que de él permanezca en pie.Juegos malabares muestra una imaginación fantasiosa y de tono a menudo apocalíptico, transida de poesía. Si su versión del mundo es descreída y hasta amarga, también es irónica e ingeniosa: la visión de Gardini parece capaz de horadar máscaras y misterios pero también de detenerse en lo circunstancial y anecdótico, en lo pintoresco o cotidiano; así quiebra, una y otra vez, intencionadamente, el indeseado clímax. En sus relatos -o novela- cada gesto, cada ocupación aparente oculta otras, mucho más significativas. De parecida manera, el recinto -o los diversos recintos- del parque de diversiones, no obstante su vulgaridad chillona, parecen siempre querer adquirir, como el Aleph borgiano, dimensiones gigantescas, metafísicas.Rica en sugestiones, la cuidada prosa de Gardini desdeña las deformaciones al uso y conserva ante el horror o lo increíble el tono imperturbable que enseñó el maestro de Praga. Si a veces sus metáforas se hacen un tanto evidentes, no son por eso menos bellas.


Vicente Muleiro, El Periodista de Buenos Aires, 21/6/1985

"En el parque de diversiones todo es mentira, y la nave espacial también. La gente sube para mentirse a sí misma fingiendo que vuela por el espacio, pero no sabe que se miente a sí misma porque vuela de veras por el espacio." La frase, que hubiera rubricado Heidegger, entendiendo a la nave espacial como una alegoría de la literatura, entrega las señas de una poética que felizmente contamina el libro de Gardini: en Juegos malabares se plantea una suerte de delirante Ital Park pero como realidad verbal que se sostiene en sí y que abre sus compuertas para que la tiranía de "lo real" entre para ser ironizada, vapuleada y, con desigual intensidad, festejada.Gardini -también autor de Mi cerebro animal (1983), Primera línea (1983) y Sinfonía Cero (1984)- ha estructurado esta novela con base en cuentos atravesados por una misma atmósfera. En ellos los personajes y tematizaciones reaparecen no tanto para cumplir con una progresión temporal lineal como sí pra reivindicar ese espacio imaginari en el que la ficción se consuma.La mayoría de los relatos operan como cuentos-capítulos, funcionales para la totalidad y al mismo tiempo independientes. De ese ámbito de la imaginación las palabras conducen la recorrida por el parque; es la literatura que invita como aquel charlatán que en la puerta del circo vocifera: "¡Pasen, señores, pasen!"Aceptado el desafío, transcurrirá por las páginas una amplia variedad temática buscar la felicidad puede ser también encontrar el límite y quizás la muerte ("La vida color de rosa"); la inocencia se transforma en un dedo acusador contra el aluvión de obviedades y renuncias del "sentido común" ("Una tarde en familia"). Afloran también alegorías sobre el totalitarismo y el belicismo ("Movimiento perpetuo" y "Héroe de guerra"). Lo siniestro aparece por momentos caricaturizado y en otras ocasiones conviviendo con el placer ("El tren fantasma"). La fatal distancia entre una existencia opaca y el deseo aparece finalmente tiznada con el regusto amargo de la insatisfacción ("Showboat").Aunque Gardini escasamente se deja tentar por alusiones directas a la realidad nacional, en uno de sus relatos, "Allá en el horno", la construcción simbólica queda salpicada por referentes reconocibles: coqueteando con la muerte saltan sobre el fuego El Pucará, un ex combatiente de Malvinas que en su moto exhibe una bandera inglesa; el Triple A con la leyenda Aprendan A Amar; el Vincha peronista desencantado baleado en Ezeiza; el Heavy Metal, el Nene Bien, el Serio, el Mohicano Feliz y el Punk. La frecuente apelación emblemática queda aquí desdibujada para dar paso a una visión amarga y desencantada de los sucesos políticos y la descomposición social de los últimos años.Dos relatos resultan aptos para develar una estética. En "El arte de la observación" se lee: "No hay nada más mezquino que mirar con un propósito determinado, porque así se pierden los detalles que escapan a ese prop´ósito" o "La mirada se abstiene del mundo sin ausentarse del mundo. Esa es la clave de nuestro arte". En "El mausoleo de la imaginación" los azorados visitantes se encuentran con una bóveda vacía y salen silenciosamente desconcertados. Ese espacio, se descubrirá luego, "era el escenario ideal para el nacimiento de una nueva criatura". Ese espacio, dirá oblicuamente el autor, es el que hay que habitar con los signos de la creación.Como una operación más para valorizar la fantasía, el parque de diversiones resultará negado por su fundador y por los personajes que le han dado vida. Pero el carrousel volverá a girar; después de la destrucción se palpará otra vez la caótica sensación de infinitud. Para domar el caos es aconsejable intentar lo mismo que Gardini hace en su libro: ordenarlo, formalizarlo, desde las también infinitas posibilidades de la imaginación.