Capítulo 3 de Urracas
de Luisa Futoransky

EL, Rulo, Nessie y Barbie


   LA PLAZA CENTRAL DE LAUSANA, de Lucerna o de Locarno tiene una estatua de la justicia; ciega y con una balanza dorada, como Dios manda. Casi siempre ostenta en alguna parte del cuerpo las trazas de bombas de pintura roja. Esta vez le acertaron en una pierna. O sea que la justicia suiza es ciega y está lastimada. Sea quien fuere el nativo que me acompaña, ofuscado, se enrolla en diatribas dirigidas contra el desparpajo del violador:
   "El deterioro es obra de extremistas extranjeros. Si tan disconformes están con la hospitalidad de nuestro país, que se vuelvan cuanto antes a sus tierras y verán lo que es bueno. Nosotros en cambio respiraríamos mucho mejor y nos encontraríamos aliviados de tanta carga inútil". Si mi guía ocasional es extranjero asuizado se excusa sacudiéndose del chaleco la caspa del manchón: "Verdaderamente, los integristas árabes estos últimos tiempos están sobrepasando todos los límites...". En cambio si el anfitrión es islámico pasa la pelota: "Fueron los mercenarios del capitalismo sionista internacional, ¡dónde vamos a parar!". Pero enseguida una cuadrilla de negros con mamelucos fosforescentes blanquea la agredida estatua con disolventes apropiados y un dulce olor a éter impregna la plaza, gratis. Atención de la casa. Las estatuas de la justicia suiza son las más lavadas del mundo. Por algún descuido ostentan los fieles de la balanza rotos. Gajes del oficio de la neutralidad.
   Un perro lleva o trae el palo al dueño. El perro debe hacer más ejercicios los domingos que el resto de la semana, impone el manual ecológico de bancarios bien nacidos, ya que redundará en beneficios evidentes para el amo y el animal. El perro caga, un poco mortificado. El suizo se inclina diligente con una servilleta muy blanca a recoger la mierda del perro.
   La vie c'est pas du reblochon. Restez chaste, pregona el graffiti de la plaza, sobre los muros de la catedral. Aunque el queso doblemente cremoso de la vida no dé ideas para nada castas, sino más bien de sueño pringoso a lo Dalí.
   Un gato en el alféizar de esa ventana maúlla para que lo dejen entrar. Insiste. Quienquiera se halle detrás de la ventana, no se da por aludido.

   El gato tiñoso, castrado y reviejo que tiene Andrés, se llama Nefertiti. Se lo regaló a Adelaida cuando la conoció, en el Louvre, en un curso de historia del arte. A1 mes y medio abandonó el curso, pero se quedó con Nefer y Ade.

   El sillón de cuero de la sala debe ser de marca, porque Andrés se siente orgulloso de que la presida. Grande, imponente demás, los brazos están rascuñados hasta que el color caoba oscuro se volvió crudo sucio por los años que el gato quedó arañándolos suave pero encarnizadamente mientras ellos estaban en la oficina. El departamento parece más habitado por el gato que por ellos, como si éste tuviera huecos suyos de aire por toda la casa. No es que se lo huela mucho, pero sí lo suficiente como para un continuo saber que está presente, aunque no se lo vea casi nunca. Ligeramente irritante.

   Sólo EL recordaba cómo hacía añares, Julia había recalado en el Cabo de Buena Esperanza y que lo único que de allí había trajinado consigo a lo largo de los años y la propia geografía era un pectoral zulú para ceremonia matrimonial realizado en delicado canutillo rosa viejo y azul, que ella quería tener a mano por si las moscas, eso, por si antes de morirse se topaba con el amor correspondido. EL también había visto la furtiva lacrima con la que Julia vuelta y vuelta solía alejarse del altar de Santa Rita, llevándose una estampita en la que detrás anotaba la fecha del pedido que la santa no cumplía. Además, las coleccionaba.
   Sólo EL la observaba esa madrugada dominguera sollozando acongojada, bajito:
Estoy podrida, estoy podrida, estoy podrida.
   Julia intuyó ahí en un estado casi de gracia, que un pasito más al interior del autobús y la locura se actuaba. El famoso pasar al acto, no era otra cosa que un tigre de papel de arroz, apenas un simple pasarse de rosca. Un empujoncito nomás y una podría quedarse para siempre en las escaleras de la Opera, sentada, entonando al ritmo de las manos: "tortitas de manteca, mamita te da la teta, tortitas de cebada, papito no te da nada". Hasta el día de su propio juicio final. EL la vio trepar, fatigándose el resuello, por la savia de cualquier palabra, minuet, por ejemplo y mientras la acometía se desembarazaba de otras más tristes, turbadoras y negativas que tenía girando en la punta de la lengua como mal-de-Alh-zei-mer dignificada en su indignidad en Rita, la Hayworth de Gilda y la cachetada, la vejez, esa miseria del día en que uno se levanta y el deseo propio y ajeno son añicos. EL la vio manotear en el aceite resbaladizo de la frase con que Andrés se le había descolgado la noche de su última reconciliación:
   ­Quiero que sepas que contigo pasé los momentos más hermosos de mi vida. Te juro, Julita, los únicos.
Eran las cinco de la tarde. Julia se desplazaba en medio de los riquísimos caserones suizos que bajaban hacia el parque Ouchy. El abrirse paso a golpes de remo entre asombro y envidia en ese umbroso bosque de propietarios que sabía despreciativos y sosegados, la hacía sentir marciana o gusano, pero siempre meando fuera del tarro. Ella no podía siquiera permitirse el lujo de soñarse el propio funeral como cuando chica cerrando el libro de Mark Twain, Tom Sawyer y los ojos al mismo tiempo para disfrutar más, porque Julia en ese momento sentía la desazón de no tener dentro de sí un lugar para caerse muerta. Boba, le insufló EL para que cambiara de rollo, lugar es lo de menos, siempre se encuentra. Empezó a reaccionar. Pero mirá dónde viven estos hijos de puta.
   El monumento del parque no tiene nombre ni apellido. Es un mazacote recordatorio de la bonanza nacional: el reloj. El pleonasmo visual ordena "Etre toujours a l'heure".
   Ya que está, continúa con la serie de inscripciones, y antes de entrar al bar de opereta húngara lee la placa: "Aquí Lord Byron escribió El prisionero de Chillon". "Dudo ­se murmuró Julia­ que añadan una segunda de igual tamaño y calidad para recordarle al mundo que acabo de tomarme un té. Pago. El camarero se lleva la bandeja y guarda en su bolsillo la propina y los dos terrones de azúcar que me estaban destinados. El café dulce, el té amargo; así es la vida. ¿Qué hará con los terrones? ¿Criará cucarachas para deslizarlas en el relleno de las tortas de chocolate?" La puesta de sol es perfecta. Julia tira piedritas en el lago. Finalmente consigue despertar la atención de Lochness, quien estira el cuello y le guiña primero un ojo, después el otro.
   ­¿Julia?. . .
   ­Acosta, Julia... ¿te acordás?
   ­¡Rulo! ¿Vos acá?
   Se abrazaron
   ­Te vi en el café y te seguí. Será, no será. Pero te reconocí enseguida. Sos la misma. Estás igualita.
   ­Rulo... vos también.
   Hachas de guerra enterradas. Cuando la gente que no se veía de hace mucho tiempo, plantaba delante el estás igual, quería decir que venía en son de paz. Se dieron otro abrazo.
   Rulo Acosta. Dos cogidas prehistóricas. Una, de parados, detrás de la puerta de salida a escena en el teatro Coliseo, cuando Rulo era solista de clarinete en una orquesta de cámara. Un segundo después atacaba un concierto de Cherubini. Lo mejor había sido el guiño que le dirigió a bambalinas cuando colorado y sin aliento terminó el primer solo y respiró a fondo. La segunda fue prácticamente en el suelo porque el colchón era muy fino. Si hubo una tercera Julia no sabe, no se acuerda.
   ¡El Rulo! Para diez años en Suiza, pechando, de cantón en cantón.
   ­Ma qué refugiado, yo me vine por cagazo y bronca de tener cagazo.
   Rulo había hecho de todo para conseguir la guita del pasaje y rajarse de Argentina en el 76. Hasta saxofonista en un teatro de revistas.
   ­Laburaba en el Maipo. Claro que te acordás del Maipo, ¿no, Julita?
   Y a ella se le agolpaba un nombre, vacío. Cuanto más una acera. Nunca había puesto los pies en Maxim's, el Lido, o el Folies Bergère; ¿por qué hábría de haber frecuentado entonces la platea del Maipo? Un mundo más entre tantos otros que le eran desconocidos, ¿se aventuraría algún día a flirtear el universo del reviente tipo Bukowski? Después de todo por qué empeñarse en ser falena si de golondrina todavía no tenía resuelto casi nada... Mientras tanto el Rulo desgranaba arpegios de un idioma, de museo casi, pero que alguna vez, en parte le perteneció. El Rulo recuenta una versión seguramente expurgada de su situación límite.
   Todas las noches, al salir del teatro, alguna patrulla lo palpaba, lo cacheaba. El interrogatorio machacón. Documentos. De dónde venís, a dónde vas. Pero su no va más le llegó a veinte metros del sindicato de músicos. Aquellos veinte metros, su cifra decisiva.
   Rulo, saxo en mano, cercado por policías y gorilas armados, de civil. El tránsito cortado por las dos puntas de la calle. Una metralleta en la carótida. Otro cana de frente que juega con el seguro de la cuarenta y cinco. Le hacen adelantarse con el estuche hasta el medio de la calle y ellos retroceden, gritándole:
   ­Ahora abrílo, despacito. Ojo con lo que hacés. No te hagas el loco. Sacáte la chaqueta, la camisa, la camiseta. Bajáte los pantalones ­y abrieron el tránsito.
   Rulo toca jazz en un boliche de Lausana, cubre reemplazos en Ginebra, realiza animaciones culturales en un club de tercera edad y a veces engancha la temporada de invierno en un gran hotel de Saint Moritz. Se casó con una suiza y uno de los mayores atractivos de la dote fue la doble nacionalidad.
   ­Qué democracia ni democracia; yo no me largo para el ispa sin las espaldas cubiertas. Tengo la fantasía que si voy por el mundo como suizo, la cana no puede dejarme pegado.
   Rulo la arrastró al club, puro altoparlante, humo y cerveza. A la salida franelearon un poco como animalitos que trataran de husmear un bulto vagamente conocido, sabiendo que el original lo tenían sepultado en otra galaxia que alguna vez llamaron Buenos Aires. La comprometió después a pasar con ellos en lo del Nuga ­¿te acordás Juli del Nútga, el enano maldito?­, la fiesta de año nuevo. De cuántas cosas Rulo quería que ella se acordara. De cuántas. Si quería caerse con la amiga con quien había venido a Suiza, encantados. Faltaba más dejarla sola un día como ese.
   Y Julia se condujo tan cachamente como la que más; despellejó a la ausente, refirió no sólo maldades que la otra le infligía que después de todo quién carajo le mandaba a soportar, y menos aún a aficharse juntas en unas vacaciones que a la larga no pasarían desapercibidas para sus respectivos círculos sociales, sino que se lanzó sobre figuras de su cama, por supuesto las de mayor brillo y notoriedad.
   ­Juli, veníte cuando y con quién quieras, pero veníte.
   Julia Bene, la urraca, paró un taxi, y ella y Rulo se disiparon en la bruma tristísima del lago.
   EL y Lochnes, Nessie para los íntimos, no dijeron ni mu. Para qué.


Fragmento del Capítulo 3 de Urracas, de Luisa Futoransky. © 1992 Luisa Futoransky