Lunas de miel
(balada en la más estricta intimidad)

de Luisa Futoransky


Capítulo sexto



   El álbum de fotos

   Hay acontecimientos que parecen haber caminado con nosotros desde siempre; las fotos por ejemplo. Antes de acompañarse de una cámara fotográfica o de video ¿cómo se casaba, cómo viajaba la gente? Cosa que da que pensar; la foto de bodas se populariza a partir de 1870, es decir casi al mismo tiempo en que conoce gran auge el turismo en general y el viaje de bodas en particular. Tanto es así que al año siguiente, 1871, en el Macmillan's Magazine, ya puede leerse que las fotos en las repisas de los salones comedores de los obreros han hecho más por la afección y la unidad de las familias, "que muchos filántropos del mundo". Desde entonces, perpetuar el grupo familiar se convirtió en un rito social ineludible. Las encuestas -que siempre pretenden revelar índices para todos los temas- afirman que cada familia europea o norteamericana cuenta al menos con un aparato fotográfico. Y cuando en el hogar hay niños se tienen varios o se compran los desechables.
   Hoy día el viajar sin cámara/s, parece antinatural. Impensable. Las fotos prueban que hemos estado en el lugar, que hemos seguido el programa previsto y dan fe de las alegrías que ha dispensado el viaje. Luego, puede procederse ya al rito de invitar a los más cercanos a ver las fotos y/o diapositivas o filmes de nuestras breves proezas.
   

   A diferencia de las fotos de la boda -que en definitiva son el álbum y la flor de un día- las fotos de los viajes de bodas y de enamorados pretenden dar cuenta de la anatomía del relámpago, del tiempo cuando aún se duerme enlazados más allá de Eros y haciendo frente a Thanatos. Esas fotografías nos atraen como un imán porque borronean con pasión lo indecible, esto es los fantasmas del amor, los susurros, los orgasmos, los pliegues de las sábanas húmedas de nuestros humores, el desorden del amor.
   Como los museos, finalmente esas fotos acaban a su vez por fosilizar y sacralizar lo inclasificable; aquello que queda detrás de las uñas, los pelos de la nariz, el peine, el coro de células muertas, la orquesta de los pasos que hollaron antes de los nuestros la alfombra gastada del cuarto de baño del hotel. ¡Constitución de una geografía sentimental, por los restos, los fantasmas de los anteriores a nosotros y el presentimiento de los venideros! Comprender es una manera de diseñar su propio lecho pero por dentro y ese dentro en un dormitorio y ese dormitorio en la corriente del río que no se puede detener ni retener que es la vida.
   En las fotos del viaje de bodas la pareja se ve como no se reverá jamás. Son memento mori que atestiguan que se ha logrado alejarse a dos, de las familias de los padres, de los amigos y los vecinos; disparar el obturador tranquiliza, en parte, la angustia del extrañamiento. Son documentos que abarcan una amplia gama de estados de ánimo que incluye desde lo patético a lo grotesco y testimonian como mejor pueden la naturaleza inestable y vulnerable del erotismo que, como la muerte, es muy difícil, cuando no imposible, de fotografiar. Voyerista, la foto quiere apresar la intimidad en el instante en que ésta se produce. Sólo la fotografía ha intentando retener la complejidad de lo efímero por medio de la luz; la luz, que va a lo esencial por el camino más corto, entre el rayo y el trueno, pero también oscurece, se simplifica en fórmula y lugar común, trasformándose y transformándonos en vulgar cliché.
   Singular invención ésta por la que momentos privilegiados son convertidos en hoja de papel, en fina lámina. Imágenes que se reproducen, coleccionan, empaquetan y con ellas los sentimientos que las han generado. Asimismo, la foto puede ser reducida agrandada, cortada, retocada, trucada, destruida o estropeada; como la realidad envejece y se borra hasta que poco a poco desaparece. Al menos en apariencia.
   Cerrar sin embargo los ojos un momento ya que todos hemos visto alguna vez, alguna foto de algún próximo más o menos querido sobre la chimenea, el cabezal del dormitorio, la mesita de luz, una caja de zapatos, los trastos...
   A lo largo de esta navegación hurgué también con cierta falta de pudor en las cajas pringosas de los mercados de pulgas: ni siquiera lo hice por la estética o el valor en sí de las fotos, sino por las historias de amor que aún destilaban algunos ojos, cuando no cierta soberbia u humillación en los portes silenciosos que me contaron más historias que tantísimas novelas. Esos fajos de fotos amarillentas, de antiguas humedades y dobleces inflexibles en las puntas suelen encontrarse junto a objetos de culto sin mayor valor o tazas que alguna vez fueron brillantes y ahora están huérfanas de asas y platillos. Algunas tienen dedicatorias, otras son mudas. Artistas actores y virtuosos anónimos de una abigarrada antología, arbitraria -como lo son todas las antologías- de la vida y muerte menudas de nuestro siglo. Pero aún arrancadas de su marco y de su época las antiguas fotografías se cubren de una pátina de tristeza y de misterio que las hace aún más inquietantes. Las que nos son familiares pueden incluso trasformarse en atlas de remordimientos o en talismán de lo que no es, de lo que pudo ser.
   Basta abrir la puerta pequeña del fondo de la memoria, la de color sepia, y de inmediato veremos crecer a nuestra vera la hiedra de la nostalgia ya que sólo ella y no nuestra juventud ni la de los otros es la única que de continuo reverdece.

   Drogados de imágenes no nos podemos pasar de ellas. Todo existe -decía Mallarmé-, para terminar en libro; Susan Sontag lo completa diciendo que si los hechos existen es para terminar en foto.
   Una de las características que destaca de las fotos de bodas y las del viaje de bodas es que son estereotipos por donde raramente se cuela la desdicha, por eso acaban por empalagarnos. Gestos en el vacío cuyo principal encanto reside en que desconocemos cómo continuarán. "Se diría que el objeto juega a la vez con la previsión y la imprevisión del espacio en que está colocado. Y es que a la vez por su misma perfección estas escenas tan repetidas escamotean el sentido que encierran, dejándonos ante los puntos suspensivos, puntos trazados con la esperanza de descubrir una acción"- observa Margo Glantz. De alguna manera entonces, desde su constitución, toda pareja instala un secreto. Según Dianne Arbus toda fotografía es un secreto que nos habla de un secreto; más parece explícita y menos nos aclara las cosas. La fotografía nos pone de frente al abismo de la vulnerabilidad de nuestras formas de vida a través de nuestros hogares y enseres. Nos hace navegar entre las islas más íntimas y recónditas del gusto popular, alertándonos ante la destrucción de aspectos diferenciadores en los barrios y los sentimientos prefabricados. Nos permite hacer un alto desolador ante los estragos de la deshumanización.
   Cuando fui joven frecuenté mucho las estaciones de tren, los barcos cargueros y los aeropuertos para empaparme en ellos de las tensiones de la vida, pero sobre todo espié novios saliendo de iglesias o sinagogas, en el momento en que les arrojaban arroz; ¡tomé fotos de tantos desconocidos para mirarlos luego con repetido énfasis para ver si descifraba en ellos el brillo secreto de la felicidad! El resultado es una neblina persistente y convicción ninguna. Ahora, en mis devaneos por las ciudades me detengo a trazar un mapa de extraños azares retratando íntimas huellas, brechas vitales de paredes y muros en demolición. Los restos de los papeles pintados de los dormitorios, la evolución del gusto en su trazado pregonan un recorrido vital más explícito sobre prácticas del encuentro amoroso que luengas estadísticas y teorías.
   Debo confesar también que miré incontables filmes con cacerolas entrechocándose detrás de un automóvil antiguo que partía con el cartel, ostentoso, "JUST MARRIED, recién casados" y leí historias que terminaban bien, no como en la vida donde todo acaba, no me atrevo a decir que necesariamente mal, pero casi siempre en forma totalmente independiente de nuestra voluntad, es decir nunca cuando uno al menos cree que quiere.
   La inconstancia, la ingratitud, o incluso la crueldad que hacen sin embargo las delicias, el venero, el líquido nutricio de la literatura son más difíciles de descifrar en las fotos. Para eso son necesarios lentes de mucho aumento, y además hace falta el ojo inclemente y certero de un Ingmar Bergman. En el prefacio de Las mejores intenciones nos dice cuánto su universo debe a esas fotos de familia:

   Los Akerblom eran una familia muy amiga de fotografiarse. A la muerte de mis padres heredé un buen número de álbumes; los primeros de mediados del siglo XIX, los últimos de principios de los años sesenta. Hay sin duda una enorme magia en esas imágenes, sobre todo si se examinan con ayuda de una lupa gigantesca: rostros, manos, posturas, ropas, joyas, rostros, animales domésticos, vistas, luces, rostros, cortinas, cuadros, alfombras, flores de verano, abedules, ríos, peinados, granos malignos, pechos que despuntan, majestuosos bigotes, esto puede continuar ad infinitum, así que será mejor parar. Pero sobre todo los rostros. Me meto en las imágenes y toco a las personas a las que recuerdo y a aquellas de las que no sé nada. Esto es casi más divertido que los viejos filmes mudos que han perdido sus textos explicativos. Yo me invento mis propias pautas.
   De hecho cada uno recrea la música aleatoria del propio alfabeto sentimental. Detrás de las fotos corren enigmáticos ríos compuestos de esperas, separaciones, reencuentros, latidos apresurados del corazón; retrazan la magia inmóvil e insolente de los afectos de nuestra vida cotidiana.
   

   La convención fotográfica quiere que las fotos de bodas sean tomadas de frente, tal vez pretendan expresar así la gravedad del momento y revelar la sinceridad de los contrayentes. Tienen algo de acto de entrega de diplomas.
   Contra lo que podría creerse la foto tradicional de novia con traje blanco, ella sentada y el novio parado detrás, evolucionó mucho a lo largo de este siglo. El traje blanco no se conocía antes -quizá la foto contribuyó a difundirlo porque el contraste quedaba mejor en el cliché-. La esposa vestía el traje típico de la región y en las ciudades, trajes mas o menos importantes. El traje blanco fue lucido primero por los burgueses; después fue rápidamente adoptado por todo el mundo. La fotografía de bodas, fue integrada de inmediato en las prácticas rituales del casamiento hasta constituir el acompañamiento obligatorio de este rito de pasaje. La foto se ofrece luego a los familiares más íntimos de los contrayentes quienes a su vez la conservarán entre sus propios recuerdos-tesoros. De año en año estas técnicas se perfeccionan y deben preverse en el presupuesto. La foto y la pose evolucionan, la fotografía de bodas ha simbolizado a su vez un puente entre la modernidad y las ceremonias tradicionales.

   Los ritos son una especie de liturgia del pensamiento tradicional. Gestos, palabras que se repiten y proporcionan una guía de la acción que debe realizarse. Pero rito y sinceridad no son opuestos. A veces se desplazan en un fuera de foco, como en las fotos.
   Hasta no hace mucho era común que las parejas a su regreso de la luna de miel fueran al comercio del fotógrafo y posaran ante un telón que simulaba una decoración en trampantojo con columnas de mármol jaspeado. Vestían nuevamente la ropa de la boda. Flores artificiales hacían las veces de aromas penetrantes y perecederos. Asistían al acontecimiento a más de la pareja y un par de miembros de la familia, la modista, que había confeccionado el traje, y se afanaba corrigiendo los pliegues ya algo ajados de su obra, ocultando los bordes impíos y grises de la cola y soltando alguna costura que los excesos del breve tiempo transcurrido evidenciaban inapelables en el talle de la novia. Como si fuera cierto lo que ya no es, hay algo que traicionaba en los participantes, ciertos rictus, cierta falsa emoción.
   A medida que la técnica fue facilitando la aventura humana, ciertos desplazamientos se fueron evitando. Ya no fue necesario ir, al estudio del fotógrafo, sino que éste fue acompañando a la pareja a los lugares elegidos cuando no exigidos por la tradición: el patio de la granja fue abriendo paso a vergeles siempre floridos. Se sumaron luego los castillos y las fuentes antiguas y legendarias. Por el rapto de un instante el príncipe desposará a las pastora, el magnate a la humilde secretaria. Los cuerpos fijados en el estereotipo, enmarcados luego en plata, latón o cuero repujado, brindarán fugaz testimonio. Hasta que el destello de satisfacción de mirar las fotos por primera vez se vaya destiñendo por completo.

>   Las librerías de viejo nos permiten aún detenernos en fotos o tarjetas postales donde la pose del novio imita a los galanes del cine mudo, su manera de peinarse y alisarse el pelo conserva aún en la yema de los dedos restos de gomina y brillantina. Se trata de multitudinarios remedos de Rodolfo Valentino. Qué esperaban las muchachas casaderas de los años cuarenta. ¡Qué les proponía el cine mientras la guerra poblaba los cementerios de sus potenciales novios y maridos! Los affiches de propaganda de películas nos lo contestan. Tomo un texto no tan al azar, ya que estamos en 1939 y mis padres se están a punto de casar. Fueron al cine con mi tía y la película se llama Gunga Din. Las propuestas eran apenas diferentes de las evasiones de hoy:

Ejércitos y elefantes /amor y carcajadas /
aventuras a cortar la respiración /en medio de un fuego graneado
en tierras donde el hombre lucha para vivir/
¡y las mujeres aman y sollozan!

   Lo de siempre; puñales y zanjas, zafiros y glorietas. Sin olvidar los zafios y atención a las zarzas, ardientes o no. Pero, ¿cómo encajarían nuestras madres y abuelas, ese ideal de raptada galopando en un caballo árabe con los cabellos flotando al viento imperioso del deseo con la exigencia del marido fiel y del padre modelo del hombre "muy bueno, muy gentil"? Rodolfo Valentino va abriendo paso al señor obsequioso y distinguido que regala flores y perfumes. Lleva flor en el ojal, el fotógrafo le retocará los labios de carmín, la pose se hará más de cartón prensado que se llamará compostura, las telas, de la novia se llamarán seda, encaje, moaré raso, tafetán y un tufillos fascistón determinará qué es moral o inmoral. En América Latina al menos, el ritmo para estas transiciones será el bolero, las canciones de Agustín Lara dedicadas a María Félix inmarcesible en las playas de Acapulco y el corazón será la habitación preferida de la casa. Sensiblería y cursilería estarán a la orden del día, con muchos enredos y suspiros. La fotografía será la encargada de legalizar y legitimar la boda. La canción se hará eco de la dicotomía. Una melodía inevitable por lo popular, tarda en remordimientos, creo que de los años setenta se llama precisamente La novia, y la cantó primero Antonio Prieto. Machaconas, las estrofas repetían: Blanca y radiante va la novia... la sigue atrás un novio amante/ante el altar esta llorando/¡porque al que quiere era yo!... El otro.
   De nuevo el destino hecho carne, conformarse con las tareas propias de su sexo, cumplir con el deber conyugal, y la razón, recordar que incluso en Gunga Din, las mujeres deben ¡amar y sollozar! De ser posible en silencio y con discreción.


   Un artista que recuerdo con intensidad por su tratamiento feroz de las convenciones fotográficas de la boda, es Rudolf Schwarzkogler, vienés, nacido en 1940 que a todas luces no es un buena fecha para nacer austríaco quien se suicidó tirándose por una ventana a los veintinueve años. El artista realiza "acciones" que luego testimonia por medio de la fotografía; así, una de sus obras más comentadas, fue arrojar tripas de pescado teñidas de azul y verde sobre una novia de blanco resplandeciente, ella continúa allí, inexpresiva, víctima aceptante, víctima que consiente. Cabe interrogarse por qué los pescados sobre la novia con su traje emblemático, por qué es receptáculo de tanta energía repulsiva, porqué tanta violencia por parte del artista Después del viaje de bodas, quedan lo que el artista describe como naufragios: hojas de afeitar, jeringas, baldes sanguinolentos, ampollas, y vendajes de pies a cabeza, el sexo presente por amputación o mutilación.
   En un libro reciente de gran público Guide de l'organisation du mariage (Cómo organizar la boda), de Noëlla Terrail, se advierte de que en el caso, poco aconsejable, de que para perpetuar las diferentes etapas rituales de la boda, uno se confíe a un fotógrafo amigo y no profesional, se le exija, imperativamente, poner película/s en su aparato y se le recuerde, por favor, que no debe mutilar los pies ni la cabeza, de la novia por lo menos. ¿Y del novio?

   Tanta importancia tienen en el imaginario popular las mutilaciones que el Centro Pompidou dedicó una muestra al tema bajo un título bien explícito: La photographie en miettes o la fotografía hecha pedazos, porque al no ser loza es imposible arrojarla contra la cabeza del contricante. En la exposición fotógrafos reconocidos y anónimos dan cuenta por medio de raspajes, recortes, decapitaciones, superposiciones y/o violencia ejercida sobre las fotos -a falta, supongo, de venganza sobre las personas- de sus poco ambiguos sentimientos hacia las mismas. La historia siempre es ficción pero las fotografías un poco menos. Por eso las cortamos y despedazamos cuando no podemos soportar el extravío de nuestras emociones; ellas lo constatan y de alguna manera son el testimonio irrecusable del fracaso en nuestras elecciones. En mi descargo debo decir que mi conciencia está relativamente tranquila: mis fotos yo las corté a lo largo y todavía al menos hasta hoy no mutilé ni siquiera literariamente a nadie. Tengo una colega en cambio que escribe una tesis sobre fotografía y decapitación. Acertaron, pero era elemental mi querido Watson, encontró una foto en la que, de pequeña, su papá le había cortado la cabeza. Hay que decir que la chica es altísima. A veces nos detenemos un momento para conversar sobre futilidades tales como la diferencia entre defenestración y decapitación. O el respeto debido a la cabeza de los dioses y la gente. No sea cosa de que el vulgo ande profanando cabezas de amantes como ocurrió con la de Orfeo, luego de su frustrada recuperación de su esposa Eurídice del reino de los muertos. Más modestamente, cada tanto se oye que en algún penal mexicano los revoltosos de la facción vencedora juegan al fútbol con la cabeza del vencido ante la mirada impotente de autoridades y cuando no, periodistas de televisión. Pero a mi, en materia tan escabrosa lo que más me fascina de la santología francesa es la tira de santos que una vez decapitados con todas las de la ley, recogen su cabeza, se la ponen bajo el brazo y siguen por ahí, tan campantes y hasta ser esculpidos en las portadas de las catedrales, no paran. Una y otra vez.

   Cuando yo no tenía más que seis o siete años mi entretenimiento favorito, concedido cuando había acumulado muchos méritos, mucho piano y buen comportamiento, era ponerme el traje de novia de mamá, malcalzar sus zapatos de tacón y vestida así, frente a las rejas verdes de la casa, mirar pasar largo rato los tranvías, imitando su pose. Tal vez para que los viajeros, urbi et orbi de esa línea de cercanías supieran que yo era grande. Tal vez porque me querría disfrazar como hacían los gentiles, los goim, para carnaval. Ya sé que los judíos tienen su propio carnaval que ahora está de moda celebrar sobre todo en USA, pero a mi no me dejaban celebrarlo, además no teníamos dónde ir. Nuestra primera generación de inmigrantes era muy prudente en las manifestaciones que perturbaran el arraigo y todo desmadre era sospechoso. Pero alguna vez me llevaron al corso, el festejo del barrio para carnaval, donde desfilaban rumorosas murgas y los muchachones del barrio se ponían grandes tetas y un maquillaje muy rojo, muy pintarrajeado y sobre el vello de los hombres enseñoreaba el blanco traje de novia de la hermana o de la madre con grandes chupetes y mamaderas. Se divertían así, contorsionándose los tres días de carnaval, muchos disfrazándose de mujer.
   Aquél, el de mamá, fue el único traje de novia que alguna vez me puse. Más los de baba del diablo del "diván" y de los sueños. Tampoco recuerdo haber tenido foto de bodas, lo que sí, al poco tiempo de casarnos, fuimos de paseo con un fotógrafo amigo a la Recoleta, el cementerio de los ricos, en el que nunca descansaremos. A mi ex-marido le gustaba posar ante la tumba los próceres, sobre todo tocándoles el sexo. Hubo alguna foto en que me abrazaba por el hombro. Yo también la rasgué al medio y me quedó una mirada feliz que no mira a nadie. ¡Salió el pajarito! ¿salió? Una vida llena de pajaritos, pajarracos y pajarones. Que es el título de una película de Pier Paolo Passolini, cuya historia, como sabemos también termina mal, pero muy mal.
   Me parece oportuno terminar estos fragmentos relacionados con las fotos y las bodas, rizando el rizo, casi como los comenzamos, es decir con Las mejores intenciones de Ingmar Bergman. Doscientas y pico de páginas después, casi la elipse de toda su vida, de alguna manera impregnada por escudriñar las fotos de su de dónde venimos, todavía lamenta la falta de esa foto fundamental, la de la boda de sus padres:

   

"Por mucho que busco en álbumes y entre fotografías heredadas no puedo encontrar una solo fotografía de la boda. Esto es notable pensando en que los Akerblom eran una familia particularmente aficionada a fotografiarse. ...El hecho es que no existe ninguna fotografía de la boda, ni en álbum ni en archivo.Yo tampoco les pregunté nada a mis padres acerca de su boda. En general a mis padres les pregunté demasiado poco de todo. Me arrepiento de ello en todos los aspectos. Toda esa indiferencia y falta de curiosidad.¡Tan estúpidas y tan bergmanianas!:"
   

   No tan necias esas preocupaciones profundas, del origen, William Trevor, el escritor irlandés lo admite en forma muy sencilla pero no por ello menos contundente: "Para los hijos el matrimonio de los padres es casi siempre un misterio. El elemento sensual puede descifrarse raramente y el pasado romántico apenas puede entreverse: de todas maneras, tal curiosidad, llega siempre demasiado tarde." Quien sabe lo que ocurrió con los padres de Bergman o de Trevor es que no consultaron a tiempo el manual de organización de la boda de la colección Marabout y olvidaron simplemente exigir que el fotógrafo colocara el carrete en la cámara. O los rollos de película en el cuarto oscuro, debido a la presencia intempestiva de un ángel, se velaron; lo cierto es que la historia del arte no puede dejar de felicitarse de cuánto ha aportado al conocimiento del hombre y al placer estético de nuestro tiempo la simple desaparición del álbum de fotos de un día, una boda, en los remotos tiempos de la Gran guerra, aquélla que fue el fin de todas las ilusiones de la modernidad.

Capítulo 6 del libro "Lunas de miel" de Luisa Futoransky. © 1996 Luisa Futoransky