Lunas de miel
(balada en la más estricta intimidad)

de Luisa Futoransky


Capítulo tercero



Viajes; del mito al rito: el síndrome de Stendhal
   

J'etais hereux alors, et je ne respecte rien au monde comme le bonheur. Stendhal

    Cuántos viajes antes y después del viaje de bodas. A veces también, ninguno. Porque el viaje de bodas es además una historia de separaciones. Se dejan dos familias, se huye del peso de tantos debiera ser y obligaciones. En un marco extraño, muy opuesto, se trata de reencontrar lo íntimo en nosotros.
   Pero la belleza, la intimidad, la profusión de obras de arte no provoca paz sino todo lo contrario, perturbación máxima. ¿No resulta extraño hablar de angustia extrema en momentos -que al menos en teoría- deberían presentarse como de lo más placenteros y beatíficos?
   El imposible sosiego, la sed que no cesa, una vulnerabilidad muy particular, la homosexualidad latente, la complicidad, todo ello puede conducir a una máxima angustia y manifestarse en ese paréntesis de pruebas. Porque y como si fuera poco hay que "estar a la altura". Y el que espera, se sabe, desespera.
   Los verdaderos viajeros son aquellos que viajan por viajar, no por huir, pero el que esté exento de huidas que arroje el primer ancla.
   Con Freud, el viaje se delinea como viaje hacia el propio pasado. Viaje dentro de sí. Los caminantes, los peregrinos coinciden en que apenas nuestro paso respira libertad; un olor, sabor e imágenes de infancia afloran con nitidez tal que casi entrevemos el milagro: atrapar el viento de ayer. Sin mayores remordimientos.
   Para Jung, el viaje expresa profunda insatisfacción y nos empuja hacia el descubrimiento de nuevos horizontes porque es la búsqueda de la madre perdida. En cambio Cirlot ve, rotundamente, en el viaje la huida de la madre. En sus Memorias de ultratumba, Chateaubriand -que fue viajero impenitente- legitima a los sedentarios: dice simplemente, que cada uno lleva dentro de sí la inmensidad.
   Algo de todo eso junto hay. Según las estaciones de la vida. También hay que contar con las fuerzas y las ganas: no siempre se puede ser un corredor de fondo. Con cielo tan amenazador no es de extrañar que uno de los íncubos de la luna de miel y del viaje de bodas, sea que durante el mismo la relación se deshaga como un castillo de naipes. Irrecuperable.

   Forever Zeus. Banda de las tres erres: Rock, rap, raptus.

    En el origen del tiempo, un Zeus arcaico se instala delante de su bastidor y confecciona para su esposa un vestido jaspeado donde resplandecen la tierra y el océano. Este ropaje, primer don nupcial, inaugura la costumbre en materia de bodas entre dioses y humanos. La metáfora del tejido entrecruza cadena y trama, así ocurre con el tejido del matrimonio, simbolismo del tejido político y del lenguaje; por eso el tejido conyugal es una figura central del pensamiento antiguo.
   A imagen y semejanza de las apetencias humanas, los hombres -que crean los dioses- les otorgan muy luego, como espejo, sus propios gustos y disgustos pero llevados al paroxismo. Matrimonios, adulterios, raptos, violencias, incestos, ceremonias, desplazamientos, celos y venganza son componentes obligados de los avatares mitológicos. ¿Mitológicos? Viajes, raptos, regalos e infidelidades fueron el lote del viejo Zeus. Transformista el ancestro. Cuando se prenda de la jovencita Europa, hija de Agenor -que gusta retozar con sus amigas en las costas de Tiro- está seguro de no obtener para sus amores la autorización de la familia de la chica; entonces, para seducirla, como todo viejo que se precie, pretende convencerla de que es fuerte... como un toro. Si se es Zeus dicho y hecho, transformación instantánea en toro blanco con cuernos como lunas crecientes. La muchacha se acerca y ya imaginan el resto: rapto, desfloración, rito y viaje, todo junto. En el acto buscan una isla; Creta, y al pie de una fuente se ponen a hacer dioses y semidioses. Los regalos de Zeus fueron más variados que para su legítima. Un autómata que guardaba las costas de Creta, un perro que no perdía jamás su presa y una jabalina que no erraba el blanco. Pero Hera, siempre se andaba vengando después que Zeus dejaba el tendal de hijos por ahí. Zeus, viendo que el sistema le había resultado siguió en el mismo engranaje: deslumbramiento por jovencita, rapto, transformación y regalo compensatorio. A veces luego las daba en matrimonio para que se le ocuparan de los hijos que iba diseminando por ahí. En alguna oportunidad incluso llegó a trasformar a la doncella Io para sustraerla -sin éxito, de los celos de Hera, en vaca de su color preferido, el blanco. Zeus fue cisne, águila, lluvia -de oro, faltaba más-, nube, rayo, tábano. Si uno para seducir a una damita necesita trasformarse en moscardón, después ya puede ser cualquier cosa. Y Hera siguió castigando, sin que le sirviera tampoco demasiado.
   Las frecuentes excursiones extraconyugales de Zeus Olímpico fueron pasto de inspiración renacentista. Correggio especialmente pinta una serie de divinos amores en el momento del acmé: así desfallecen en sus pinceles, salvándose para siempre de la trivialidad de toda anécdota, el puro vértigo de Danae, Io, Leda o Ganimedes.
   A imagen y semejanza o viceversa a muchos, se les dio por trasformarse en Zeus. Es lo que en el derecho feudal se llamó derecho de pernada, y en latín que molesta menos jus prima noctae, ceremonia que consistía en poner el señor o su delegado una pierna, a veces las dos, sobre el lecho de sus vasallos el día en que se casaban. El diccionario Petit Robert es más explícito y habla de pasar la primera noche con la desposada. Mozart -vía su libretista Da Ponte, quien se basa en el muy perenne texto de Beaumarchais- se rebela contra esta infamia con todas sus letras en uno de los más bellos coros del Matrimonio de Fígaro. No estamos lejos pues de que la Revolución Francesa proceda a abolir, al menos por ley, el derecho de pernada. Cosa que no quiere decir que directa o indirectamente no continúen practicándolo contra obreras, empleadas, estudiantes o amas de casa, los capataces, jefezuelos, caciques, moscardones o alimañas en general.

   Himeneo es el dios que preside el cortejo nupcial. Las razones mitológicas para invocarlo en día y hora tan particulares, a tal punto que su nombre es sinónimo del acontecer matrimonial son muy diferentes, pero todas las versiones coinciden en que Himeneo era un joven tan pero tan bello que solían confundirlo con una muchacha. ¿En el principio el equívoco? A veces es músico y otras cantor. En ocasiones pierde en plena boda los sonidos, la voz, la vida. Otras es raptado por piratas junto con doncellas atenienses entre las que se encuentra su amada...Es de origen modesto y sus atributos son la antorcha, la corona de flores, a veces una flauta...
   Hímero en cambio es la personificación del deseo amoroso. Es un genio. "Simple abstracción, no figura en ninguna leyenda", afirma textual un famoso diccionario de mitología que tengo a mano. Sic. Ni que lo diga.

    Penélope, tuvo su primer viaje de bodas con Ulises. La pareja partió de la ruda y virtuosa Esparta para instalarse en la dulce Itaca. Veinte años no es nada, miente un tango. Ulises regresa luego de tanta guerra y aventura. Descuenta la fidelidad de su mujer pero no cuenta con las habladurías y chismes de las leyendas posthoméricas que juran que Penélope cedió, por fortuna no simultánea, sino sucesivamente, a los 129 pretendientes. Entre el fruto de tales ardores se cuenta el dios Pan.
   La segunda luna de miel, Penélope se la gozó con Telégono, hijo de Ulises y... a que no adivinan quién... ¡la propia y mismísima Circe! Cosas de la vida, que las vengó a ambas, a Penélope convirtiéndola en nuera de Circe y a ésta en madre del asesino de su ex porque Telégono en un descuido se cargó a Ulises.... Un lío. Circe, generosa, llevó a los tórtolos de viaje de bodas, faltaba más, las Islas Afortunadas. El hijito nacido de tales nupcias fue a su vez brillante y se llamó Italos, héroe fundador de Italia. Para más detalles consultar la Telegonía, de Eugammon de Cirene.
   Otro personaje receptáculo y provocadora de pasiones amorosas y rencillas sin cuento es Helena, la muy bella, la narrada entre tantos cantores, por Homero. La historia hubiera sido de vodevil con maridos cornudos, amantes en el ropero, fanfarrias y sombreros al aire si no se le atribuyeran a sus amores diez años de cruentas guerras. Helena es hija de Zeus y Leda o Némesis, la del cisne. Y de tal padre. Uno de los detalles que los mitógrafos destacan para dudar que por parte de Paris haya existido un verdadero rapto es que cuando se van, para llamarlo de alguna manera, de viaje de bodas por Asia Menor, Helena tiene tiempo para cargar en la nave tesoros y siervos. Lo único que deja en tierra a cargo de su marido Menelao, es su hijita Ermione de nueve añitos. Viajan arrobados largamente por Asia menor; llegan a Troya, donde debido a sus volcánicos amores ardió la homónima. Mientras Troya estuvo sitiada un par de veces se topó con el Ulises, el ubicuo. Y no lo denunció. Al menos eso dijeron cuando los griegos quisieron lapidarla. Pero Homero dice que siempre, en las ocasiones apuradas, ella se desvestía y a los verdugos,las piedras les caían de sus manos. Cinco maridos y medio tuvo. El que cuenta medio es Menelao porque a ese lo casó por segunda vez y el viaje nupcial bis, fue el regreso a Grecia, pero parando en muchos puertos haciéndolo de esta manera largo, entretenido y movimentado.
    No nos servimos para escribir esta página de la biografía de Elizabeth Taylor y Richard Burton con quien Eli casó dos o tres veces, ya no recuerdo. Ambos, es cierto, lidiaban en las arenas de los estudios de filmación con parecidas historias mitológicas, falsas Cleopatras pero diamantes verdaderos.
    Incontables fueron las proposiciones cinematográficas que la honey moon excitó en la imaginación hollywoodiense. Una guarda sin embargo cierta singularidad; se trata de "Los asesinos de la luna de miel" (The honey moon killer's), una película-culto de los años 70, adaptada del libro de Paul Buck donde una enfermera feliniana Martha Beck -Shirley Stoler, apodada Moby Dick, en homenaje a la inolvidable Ballena blanca, de Melville-, se apasionaba por un joven gigoló, Ray Fernández -Tony Lo Bianco-. En un tórrido viaje de bodas delirante recorren los Estados Unidos matando en cada etapa de manera brutal y chapucera a una mujer rica y solitaria. Las pescan por los anuncios de los periódicos o los clubes de reencuentros. No tienen tiempo para los tiernos refinamientos de Landrú. En su universo reducido de lujos baratos, celos y heridas producidos por la agonía del sueño norteamericano, acuden a los golpes de martillo y las cuerdas para ahorcar toscamente a sus víctimas. De vez en cuando se ayudan por alguna pastilla para dormir, y calmar los nervios que así llamaban a los barbitúricos las pobres damas de la época. Después de todo la protagonista antes de caer en el pozo ciego de la pasión había ejercido como jefa de enfermeras en un hospital. El libro y la película están inspirados en un sonado caso policial y la pareja, detenida en los años cincuenta, terminó su truculenta cabalgata en la célebre silla eléctrica de Sing-Sing, el terrible penal norteamericano. Después de tan sangriento primer viaje de bodas con el cine, Leonard Kastle, director del film, acompañado por sensibles y desgarrados acordes de Mahler, desapareció del firmamento hollywodiano silenciosa, extrañamente sin dejar rastros. No le quedaba otra.
    Un ferviente, incondicional admirador del film fue Francoise Truffaut quien desde 1967 también contaba en su haber con una novia singular, Jeanne Moreau, estrella de La mariée etait en noir, obra basada en una novela negra como el traje de la esposa, de William Irish. Transformista; rubia, pelirroja, tímida maestra de escuela primaria o muñeca de sueño; póster en el armario de un deportista o un camionero, una joven se fija como meta vengarse de los desconocidos que mataron en la puerta del altar a su novio. Al menos de eso ella está absolutamente convencida. Cuatro pobres tipos encuentran una muerte casi benévola a manos de esa gran novia, tan grande como su idea fija de venganza. Unico eje que la sostiene y sustenta. Un error, inconcebible y revelado a último momento -tal como lo exige la tradición más pura del suspenso- desbaratará el castillo de arena. El punto final será la cárcel que en sentido figurado y en este caso literal, impondrá la realidad.

   "La novia perfecta", The perfect bride, telefilm USA 1990 de Terence O'Hara con Sammi Davies en el rol principal, contiene en cambio una novia de terror mucho más obvia y de menor clase pero que igual mata a todos sus novios. La bella lleva siempre consigo la parejita de novios de una antigua cajita de música familiar; le sirve de inspiración y fetiche para asesinar con inyecciones de potasio a sus apenas desposados porque ha sido -ella también-, enfermera y pasa la factura mortal grabada de profundos rencores el día de la boda. Cuidado pues, con los maletines de las enfermeras despechadas en las novelas negras americanas y las subsiguientes películas que en consecuencia provocan. A partir de la ceremonia nupcial pueden deparar la mar de sorpresas cuando se las contradice en sus planes. En las películas obtienen quitarnos el apetito y por unos días las ganas de dirigir nuestros pasos por derroteros románticos poco transitados.

    Mucho más modesto y menos cruento en la mitología china tenemos un viaje de enamorados, el de Hoan Chen-tai y la princesa Miao-chu quienes viajan hacia la Isla de la verdad. El objetivo del viaje, que es una huida, no se alcanzará jamás. Se trata por tanto del digha nikaya -largo viaje- al que uno se condena cuando no se buscan las cuatro nobles verdades del budismo. Pero Tony y Shirley no creo que estuvieran al tanto. Algunos directores de cine como Leonard Kastle o François Truffaut se empecinan tan sólo en desenmascarar perversiones y demonios que se ocultan bajo la piel y las uñas de cada espectador.

    Resumiendo; que en tiempos antiguos, en la edad de oro, para tener derecho a viaje de bodas -desfloración incluida- había que ser dios. Después, los semidioses empezaron a codiciar el asunto hasta que entraron a tallar los héroes. Trasladarse de un sitio para otro quedó relegado a los guerreros cuyo mayor desplazamiento cultural consiste en violar y pillar. Entre unos y otros comenzaron a florecer los peregrinos. Grandes proveedores de viajes místicos, profanos y francachelas en general.
    El gran resto de humanidad recibió el mandato de crecer y multiplicarse, que para eso están. Expresión esta última que solía repetir mi tía Udl, que en paz descanse, empuñando un filoso cuchillo en cada mano cada vez que el lechero vasco se acercaba demasiado atravesando su línea imaginaria de miedo y desolación. Es la que nos contaba a las nenas, cuando le tocaba dormirnos, que los cosacos venían a caballo y cortaban de un sablazo las tetas a las muchachas del shtetl. Los avatares de bodas, divorcios, prosperidades y quiebras de su parentela le arrancaban una sola frase, filosa como sus cuchillos. -Cosa de ricos, cosa de ricos.

    No del todo equivocada mi tía Udl. En su vocabulario, ricos quería decir apenas burgueses y no demasiado grandes. Porque la aparición del término turista y turismo es bastante tardía y se produce a principios del siglo XIX. Trajo consigo el escritor de memorias, el viaje sentimental, los diarios íntimos, los guías, la correspondencia, la curiosidad apasionada como finalidad en sí, el latin lover, los documentales, fotos y películas. El viaje entra así por la puerta grande de los usos y costumbres sociales. Pero el viaje de bodas como tal se populariza definitivamente a mediados del siglo XIX con la masificación colectiva. Gracias Mr. Cook y las guías de Mr. Baedecker. ¿De veras gracias? No estamos tan seguros.
    Crisis de angustia, lipotimia, mal de estómago, sudores fríos, picos de fiebre, tranquilizantes. Malestar repentino y brutal. Suelen ser estos el lote y destino en las peregrinaciones de los turistas. (El director de un servicio médico de urgencias en el sur de España me contaba que sus peores y más frecuentes clientes eran los nórdicos que se hallaban en viaje de novios y en general los europeos en busca del exotismo del sur: -llegan aquí por dos semanas como máximo, una se la pasan deshidratándose en la cama, con diarreas espantosas, la otra reponiéndose sin moverse y si les quedaba algo de romanticismo o ilusión se les acaba de una vez; ¡y adiós luna de miel!; la verdad es que resulta difícil de andar culpándolos, si se abalanzan glotones desde sus pálidas carnes y oficinas hacia el sur, ávidos de arrumacos no se les va a ocurrir observar en la primer comida la frescura de la mayonesa en la ensaladilla rusa; bueno, con todo siempre se las arreglan como para tomar unas cuantas diapositivas del lugar y el acontecimiento y pasados los años te lo cuentan con cierta gracia.- No es de extrañar, más allá de estos percances físiológicos, que la mar de sentimientos encontrados se manifiesten lejos del marco de vida y trabajo habituales. Hipersensibilidad, desorganización. Tiempo de voluptuosidad. Tiempo de miedo, cuando no repentino pánico ante el espejo. Por si fuera poco, es indudable que el viaje de bodas o todo viaje de amantes es una oportunidad única donde la coquetería se exacerba y por tanto se abren flores colindantes cuyos pétalos veremos deshojar luego; hablo de los celos. Un momento ideal también para que despierten todo tipo de alimañas fabulosas, cuando no carniceras porque la ecuanimidad no es fortaleza ni reducto de la pasión.

    La sabiduría popular equipara desde el comienzo la unión a un viaje escabroso, lleno de escollos, gratas sorpresas, pero también con peligros agazapados. Por eso dice el refrán: ¿En matrimonio entraste? ¡En gran mar te aventuraste! A punto, el consejo de una gran aventurera, Ella Maillart, casi centenaria, de aquellas pocas que atravesaron Lhasa a pie o el canal de la Mancha, no bajo el túnel sino a nado: Si vous avez peur rentrez chez vous!, cobardes abstenerse.

   El arte, cosa mentale, esa lluvia de obras maestras para las que nadie está realmente preparado para gustar en excesos tales, ha hecho que se cree un servicio psiquiátrico sobre todo para atender a los turistas en las ciudades de máximo prestigio artístico y turístico. Florencia y Venecia. Funciona desde hace unos quince años. La clientela está compuesta en su mayor parte por participantes en viajes organizados, turistas solitarios y también parejas de recién casados. Un breve tratamiento a base de terapia y tranquilizantes los repone como para devolverlos a sus hogares. En otros casos, cuando los daños son mayores, interviene el cónsul. Quien trata de juntar, lo más discretamente posible, los restos del pastel emocional, y procede, apenas las circunstancias lo permiten al repatriamiento del o la, herida de belleza...

Capítulo 3 del libro "Lunas de miel" de Luisa Futoransky. © 1996 Luisa Futoransky

Capítulo 6: El álbum de fotos