RODRIGO FRESÁN

 


Corpus Christi
(una receta)


    Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Dijo Mateo: Durante la cena Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomad y comed, este es mi cuerpo".
    Y es por ese cuerpo y sólo por ese que abandoné el tuyo, querida mía.
    Pero quizás deba explicarme. Es justo que así sea aunque no me lo pidas, aunque hasta el recuerdo de tu voz se me vuelva más difuso que una postal apresurada: una vista de los jardines donde nos besamos por primera vez, un plano detallado para llegar al perfecto diamante de tu sexo, aquella cama inicial que nada me cuesta equiparar al Arca de la Alianza.
    Sé que no serán éstas la clase de explicaciones a las que estás acostumbrada. Todo es difuso aquí, salvo la pasión y la velocidad que me arrojan a este viaje. Por eso sólo te diré, sin ayuda de brújula alguna, que todo comenzó en la última piedra del Pont Neuf o en la primera viga del Brooklyn Bridge. En realidad, ni el lugar ni el puente son importantes. Dentro de
    una historia compuesta por aromas y gustos, la geografía es el más accesorio de los ingredientes, la capacidad de orientación el más prescindible de todos los condimentos.
    Escribo todo esto en un cuarto del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. En un lugar llamado Canciones Tristes que ­no, ni siquiera intentes buscarlo: ha escapado a la mordaza de los mapas y los sextantes para aparecer y desaparecer, aquí y allá, en diferentes playas del planeta dejando tras de sí la insuficiente espuma de las preguntas. ¿Es el mar o el desierto lo que escucho desde mi ventana? ¿O es acaso la inmemorial respiración de un ser superior, de alguien que lo conoce todo porque es quien dicta las instrucciones para que nosotros las sigamos con festiva resignación de corderos? ¿Me encuentro próximo al rumor de pacíficas aguas, de arenas bautismales o se trata, apenas, del clamoroso rugido de las fuentes que alimentan al Nilo de mi locura?
    En el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra los cuartos son buenos, la atención tan esmerada como silenciosa y en el tiempo ­¿días? ¿meses? ¿años?­ que llevo aquí, difícilmente me he cruzado con alguien por los pasillos. Atisbo apenas sombras sin nombre, transparencias que nada me cuesta superponer a las de los ángeles. Todavía no he tenido la ocasión de probar la comida y lo importante en el principio, insisto, es aquella figura solitaria, plantada en el paisaje vacío como ese detalle aparentemente nimio pero que, si se lo estudia con un poco de respeto, acaba apuntalando toda la catedral de la perspectiva.
    El hombre, recuerdo, vino hacia mí con andar vacilante pero con determinación final. El puente a nuestros pies pareció inclinarse apenas hacia mi lado para así facilitar el paso del desconocido a quien no tardé en identificar. El hombre, envuelto en trapos alguna vez nobles, náufrago en alcohol barato, se colgó de mi cuello gritando como un simio tres palabras que me helaron la sangre.
    "¡Lo he probado!", aulló el infeliz y lo que llamó mi atención fue que, bajo esa superficie de tosquedades y cenagosa verborragia, la voz del pordiosero se las arreglaba para mantener prisionero un acento texano y seco como latigazo domado con la férrea elegancia de los mejores colleges de Boston. El hombre era, claro, el presidente de mi club. El hombre era Thomas "Bull" Hubbard, heredero universal de Hubbard Oils Inc., Gran Cabecera de Mesa y presidente honorario de The Big Table, el club de gastrónomos más prestigioso y selectivo de todo el planeta.

***

    Una Biblia Gideon en un cajón de una cómoda en una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. Leo y copio cada palabra como si se trataran, todas ellas, de frágiles pedazos de madera con los que algún día alcanzaré a completar la balsa que me llevará a buen puerto, la balsa que me llevará hasta tu orilla, querida mía. Escribo sobre el terso papel carta del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra (sin dirección; apenas el nombre y ese grabado casi infantil de una aureola flotando sobre la silueta del hotel, burlándose de todo lo que pueda leerse a continuación); escribo y comparo y vuelvo a escribir, pensando, crédulo, que alguna vez llegarás a leer todo esto y podrás entenderme, si no perdonarme.
    El horror de saberme cercano al final de mi búsqueda parece fortalecer, con cada noche que paso aquí, mi capacidad para invocar visiones inéditas o para corregir el cauce de mis recuerdos.
    En ocasiones, toda la pantalla de mi sueños parece estar colmada por las pupilas de Tom "Bull" Hubbard girando en órbitas inexplicables aun para el astrónomo más versado. Su5 ojos desembocan en un rostro desencajado, apenas reconocible, y una cosa es clara por encima de la oscuridad de la noche: a Bull le quedan pocos minutos de vida; está ­como nos gustaba precisar en la jerga del club­ "listo para servirse". Vuelvo a ver a Tom "Bull" Hubbard en mis sueños. Campeón nacional de rodeo, millonario impredecible, único hombre que pudo someter la fría belleza de Brigitta Lafenov, cabecera imprescindible y comensal número uno de la Big Table.
    Sí, recuerdo y vuelvo a ver a Tom "Bull" Hubbard, así lo veo: presidiendo nuestra mesa, los brazos abiertos, los ojos apuntando resignados hacia el centro de los cielos, mientras yo no puedo evitar pensar que la delicada estructura de esa cúpula pintada de pálidos colores difícilmente soportará el paso de los siglos y el castigo por la soberbia de mis pecados.

***

    Una Biblia Gideon en un cajón de una cómoda en una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
    ¿Serán ellos los invisibles huéspedes de este lugar que, en las horas más afiladas de la. noche, parece poblarse de gritos, de trompetas e intempestivos batir de alas? Los escucho discutir, robarse ideas y corregirse mutuamente los manuscritos de sus buenas nuevas, con carcajadas sarcásticas: "No, idiota, así no fue... Fue así?".
    Mientras tanto, yo con una paciencia que lejos está de la santidad, espero la llegada de aquel que me revele el secreto de todas las cosas, sonrío fiebres a esas voces que parecen transpiración de las paredes, y te escribo con la tibia esperanza de que todo esto tenga algun sentido por escrito.
    La Tierra gira alrededor del Sol, la Tierra gira sobre sí misma como esas bellas sureñas temblando su primer vals, y con las sombras llegan las visiones. Y con las visiones me cubre la posibilidad de un mundo alternativo.
    Mira:
    La Ultima Cena y el Juicio de Jesucristo tienen lugar en el vestíbulo, una larga habitación creciendo al sudeste del juzgado que alguna vez funcionó como santuario. Y, sí, lo sé, todos los evangelios afirman que la crucifixión y los acontecimientos que la precedieron tuvieron lugar en un sitio llamado Jerusalén; pero, como es bien sabido, poco y nada saben los evangelios sobre distancias y situaciones.
    De ahí que la voz en mis sueños ­su lengua desenrollándose como uno de esos manuscritos elaborados en piel y cueros de torsos consagrados­ me asegure que todo ocurrió en las afueras de Qumrán, sí, en el sitio exacto donde hoy se alza Canciones Tristes, y el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, y la habitación donde ahora sueño, y la cómoda y el cajón y la Biblia Gideon, que ahora me pide a gritos que no escuche la voz del demonio, me ruega que la saque de ahí para encontrar fortaleza en el efímero papel de sus páginas demasiado editadas donde apenas se intuye una pálida silueta de Los Hechos.
    La abro al azar e intento la lectura de alguno de sus párrafos.
    Las letras bailan el más perverso de los minués ante mis ojos.
    Tengo Hambre.

***

    Entonces Tom "Bull" Hubbard se derrumbó a mis pies.
    ­Lo he probado... Lo he probado, camarada­ dijo una vez más, pero sin la excitación de reconocer una cara familiar. Su aliento era ahora pesado y húmedo como el soufflé que solía preparar mi abuela por parte materna. Aun así, un ramalazo de emoción me cerró la boca del estómago: ahí estaba el legendario Tom "Bull" Hubbard malgastando los últimos segundos de su vida para decirme "camarada". Lamenté no tener una cámara fotográfica para registrar la caída de un grande y, me cuesta un poco confesarlo, un grabador para registrar aquel fraternal e irrepetible "camarada" que llevaría prendido en mi memoria como una medalla hasta el fin de mis días.
    Me quité el abrigo y se lo acomodé bajo su cabeza cansada. Tom "Bull" Hubbard se aferró a mi corbata y, con una voz espantosa, gimió:
    ­Existe, existe...
    ­¿Quién? ¿Qué?­casi grité.
    Tom "Bull" Hubbard cerró los ojos y dejó escapar lo que me pareció un último suspiro. Me estaba quitando el sombrero en señal de respeto cuando volvió a abrirlos.
    ­Corpus...­murmuró el disparo de una sonrisa final que no hubiera estado de más en una chica desplegable de revista prohibida.
    Palidecí como un pavo que mira el almanaque y descubre que, sí, mañana es el Día de Acción de Gracias. Ahora era yo quién sacudía a Tom "Bull" Hubbard.
    ­¿Qué Corpus? ¿CORPUS CHRISTI?
    ­Bingo. Justo en el centro del asunto, camarada. Bingo.­ Tom "Bull" Hubbard mostró los dientes; y como prueba de su increíble afirmación me tendió una servilleta sucia que exhalaba un aroma tan delicioso como inclasificable. El aroma, descubrí, se desprendía de una solitaria migaja que enseguida me arrebató un cambio del viento. Una última convulsión cruzó el cuerpo de Hubbard como barco permisivo que no piensa volver a puerto. Arranqué la servilleta del abrazo de sus dedos y me la guardé en el bolsillo.
    Tom "Bull" Hubbard estaba muerto y yo, querida mía, estaba condenado.

***

    Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Dice Mateo: A la hora determinada se puso a la mesa con los discípulos. Y les dijo: "He deseado vivamente comer esta pascua con vosotros antes de mi pasión. Os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios. Luego tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: "Esto es mi. cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío".
    El mejor médico forense adjudicaría la pasión y muerte de Hubbard, sin dudar un instante, al sismo maleducado de un paro cardíaco. Pero estaría equivocado. Yo, que paladeaba la verdad, decidí entonces mi destino: continuar la empresa en honor a Tom "Bull" Hubbard, querida mía. La verdad era que el ya de por sí exigido organismo de Tom "Bull" Hubbard no pudo resistir los fulgores y el éxtasis del Corpus Christi, pan sagrado con que el Mesías convidó a sus discípulos.
    Yo en cambio era un hombre joven y sano. Un elegido. Un cruzado.
    Lo único que necesitaba era una pista, un hilo de aroma que me condujera al único sitio donde hoy, casi dos mil años más tarde, se conservaba viva la receta del Corpus Christi.
    Me abalancé sobre un Hubbard ya frío y revisé los bolsillos de lo que, hacía mucho tiempo, podría haber pasado por un exclusivo trench coat. Una medalla de San Cristóbal, una liga de strip-teaser y ­al fondo de todo­ una tarjeta del restaurante de un hotel. Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, leí. Comprobé si tenía encima mi arsenal de tarjetas de crédito. Detuve un taxi.
    ­Al aeropuerto­ dije.

***

    Un sueño en una cama en una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Querida mía, sueño que en los últimos minutos de una tarde, trece hombres se acercan a una mesa y ocupan sus lugares. El orden en que se ubicarán ha sido meticulosamente establecido de antemano; cada uno de los hombres va directamente a su lugar y nadie tropieza con nadie. Jesús, como rey, en el oeste; y Jonathan, como sacerdote, en el este. Ambos están levemente elevados por encima de los demás en asientos con almohadones y un poco separados de la mesa.
    La comida dura cerca de cuatro horas, según la costumbre esenia dedicando las dos primeras a satisfacer el hambre y las dos restantes a llevar a cabo el ritual sagrado. Veo a Jesús partir su cuerpo y dividirlo entre sus discípulos. Su cuerpo pasa de mano en mano, sin apuro. Me despierto con un grito ahogado al descubrirme a mí mismo en un extremo de la mesa.

***

    Una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Dice Juan: Después de lavarles los pies, se puso el manto, se sentó de nuevo a la mesa y les dijo: "El que come conmigo se ha vuelto contra mí. Os lo digo ahora antes que suceda, para cuando creáis que yo soy el que soy. Os aseguro que el que reciba al que yo envíe me recibe a mí, y el que me recibe al que me ha enviado".
    Querida mía, en la puerta del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra me recibió un hombre demasiado parecido a Cristo como para sentirse cómodo con la similitud. Por eso, tal vez, el hecho de que escondiera sus ojos tras un par de anteojos negros y llevara el pelo recogido en una trenza. Un oscuro látigo de cabello caía sobre la espalda de una campera de colores tan fuertes que me obligaron a desviar los ojos, para que no se desprendieran mis retinas fatigadas por tanto viaje.
    Estábamos esperándolo, me dijo con una sonrisa manchada donde faltaban algunos dientes.
    Mala alimentación, recuerdo haber pensado. Y entré al Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra pensando que ingresaba en un edificio cuando, en realidad, estaba siendo devorado por una ballena.

***

    La búsqueda de un restaurante en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    No tarda en detenerse mi reloj. El folleto junto al teléfono ofrece la parcialidad de un plano en mínima escala ­no hay señales de la existencia de un restaurante en él­ pero por ningún lado aparece un índice telefónico. Aquella tarde presioné números al azar, querida mía, y sólo conseguí entrometerme en conversaciones ajenas. Voces que parecen haber descendido siglos atrás desde los cielos y que ahora no pueden encontrar el camino de vuelta. No tardo en comprender que aquí el tiempo es otra cosa y está bien que así sea.
    Las primeras incursiones por los pasillos no son de gran ayuda. Sombras y susurros y escaleras comulgando con otras escaleras y puertas que no dan a ningún lado. La perversa arquitectura del espanto parece crecer en todos los rincones para sostener estos cimientos. A partir de lo que creo es mi segundo día en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, ato el extremo de un ovillo de lana al picaporte de la puerta de mi habitación y parto en husca de mi Samarkanda, Eldorado, Polo Norte, del Estrecho de Magallanes o de la cumbre de la montana más alta. Cualquiera de esos lugares especiales donde pararme y abrir mis brazos en una parodia de triunfo.
    Lo más terrible ocurre, querida mía, cuando, al abrir una puerta o cruzar un pasillo me encuentro con mi propio rastro. Lo más terrible, querida mía, ocurre cuando regreso al relativo refugio de mi habitación y descubro que alguien ha cortado el extremo del ovillo.
    Tengo hambre, necesito alirmentarme. Sólo me sostiene la idea de que estoy purificando mi cuerpo para ser digno del relámpago Corpus Christi.
    Escribo todo esto, creo, minutos antes de perder el conocimiento.

***

    Espejos que copulan con otros espejos para parir un infinito de superficies falsas, íconos y estatuas sacras, el omnipresente perfume de las velas y el baile pesado de cortinas de terciopelo.
    Me despierto sentado a una mesa del restaurante del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra. No hay menú, lo que simplifica las cosas y me convence de que tanto sufrimiento no ha sido en vano: este restaurante puede ser. después de todo, el perfecto equivalente de este-es-un-pequeño-paso-para-un hombre-pero -un-gran-paso-para-toda-la-humanidad.
    El maitre es el mismo individuo que ­¿horas, días, meses, años atrás?­ me dio la bienvenida y me acompañó a mi habitación para después desaparecer con la velocidad de un suspiro. No me asombra descubrir que ya no se parece tanto a Cristo, que la sonrisa afilada que me dedica estaría de más en el rostro de cualquier mártir.
    ­Por favor­digo cuando se acerca a mi mesa­, tenga a bien traerme un plato de Corpus Christi...
    El hombre me dedica entonces la más irónica de las reverencias y se retira después de chocar los talones de sus botas de alpinista siguiendo la costumbre prusiana.
    Creo que han pasado varios días, querida mía, y todavía lo estoy esperando sentado aquí, en una mesa del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.

***

    Las últimas páginas de una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    Ya sabes, querida mía; esas últimas páginas de una Biblia, páginas en blanco donde ­bajo el rótulo de Pensamientos­ uno debe anotar nombres de abuelos, padres, hijos, gente que vuelve al polvo; se recogen pensamientos junto a fechas de nacimientos y de muertes generados por la lectura de lo divino en este libro.
    Querida mía, habiendo agotado mi reserva de papel con membrete, te escribo esta carta en las últimas páginas libres de mi Biblia, te escribo desde Canciones Tristes, desde una habitación en el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra.
    ¿La recibirás algún día? Quién sabe. De algún modo ­y no me pidas que lo explique­, el que esto llegue a tus manos y me justifique ante los otros mortales no me parece demasiado importante. Estoy más allá de toda posibilidad de redención. La estupidez que puso en marcha toda esta empresa así como la estupidez de todos aquellos que construyen el desierto de sus vidas con el falso follaje del hedonismo y el espejismo de las pasiones del cuerpo, ahora lo comprendo, no despertaría la piedad de ningún jurado.
    Maldito sea entonces este hombre que se apartó de tu lado por la más imbécil de las quimeras.
    Pero, hay momentos, querida mía, en que todo este largo peregrinaje parece recuperar cierto sentido, cierta inequívoca coherencia.
    Aquí estoy, aquí estuve, aquí estaré, querida mía. Mapas cuya batería se ha agotado por completo y billetes de papel de arroz desvaneciéndose entre mis
    dedos afiebrados. Nombres impronunciables, kilómetros, transpiración de neones bajo la lluvia, pipas de opio y jeringas, millas náuticas. Lo alcanzaré en X. Casi me matará en X. Por momentos, querida mía, Canciones Tristes parece todos los lugares y ninguno, moviéndose por el atlas como la copa enloquecida de un medium, y las nociones de perseguidor y perseguido se confunden en una sola, y huyo, y sigo, y cada vez es más verde o más gris el paisaje que alguien proyecta sobre un telón azul de mi desorientación y mi euforia hecha movimiento.
    Existe una terrible posibilidad. El hecho de que tal vez haya probado el Corpus Christi y que su sabor fuera de este mundo haya anulado mi razón y mis sentidos. Descarto esta idea como quien niega a creer lo que ven sus ojos al otro lado de la ventanilla del avión, la imagen de ese motor en el ala deteniéndose ante nuestra mirada aérea resignada a lo que vendrá porque, bueno, el hombre no tiene nada que hacer aquí arriba.
    Entonces recorro habitaciones para distraerme. En ocasiones, congelado por la desesperación, inicio un fuego en algunas de ellas, las que menos me gustan. Hay tantas para elegir y no hay apuro: el Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra tardaría años en quemarse; arderá hasta el fin de los tiempos. Cientos de habitaciones para recorrer cada día y cada una de esas habitaciones compaginadas ­como episodios desordenados de una serie, como escenas de películas diferentes adheridas azarosamente­ con un nuevo golpe de timón al argumento, con un nuevo e imprevisible núcleo de final. Me asomo a las ventanas y ya no me asusta el constante descubrimiento de paisajes diferentes. A veces me golpea la bofetada húmeda de una jungla subtropical bordada de mosquitos; otras veces cae una nieve densa y en blanco y negro y veo a un hombre correr en la nieve, gritando algo que no alcanzo a oír.
    Una noche me encuentro con un joven diminuto que sólo habla en letras mayúsculas.
    ­QUE LOS ANGELES TE GUIEN AL PARAISO­ me dice. Yo le agradezco y anoto cada una de sus palabras sabiendo que ya no volveré a verlo, que nunca más volveré a esa habitación donde lo descubrí adorando un maniquí sin brazos vestido de rojo.
    ¿Te escribo ahora en la cubierta de un lanchón, alucinado, mi escritura ondulante? ¿O te escribo en las últimas páginas de una Biblia Gideon en un cajón en una cómoda en una habitación del Sagrado Hotel de Todos los Santos en la Tierra, mientras vuelvo a leer una y otra vez las últimas letras del Apocalipsis?
    Leo y es como si leyeras conmigo, aquí, a mi lado, mi mano sedienta buscando el consuelo de tu jugo: Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco; el jinete se llama el fiel, el veraz, y juzga y lucha con justicia. Sus ojos son como una llama de fuego; sobre su cabeza tiene muchas diademas; tiene un nombre escrito, que sólo él conoce... Después vi al ángel puesto de pie sobre el sol, que gritó con voz potente a todas las aves en el cielo: "Venid y reuníos para el gran banquete de Dios, para que comáis la carne de los reyes, la carne de los generales, la carne de los valerosos, la carne de los caballos y de sus jinetes, la carne de todos, libres y esclavos, pequenos y grandes". . . Y todas las aves se saciaron de sus carnes.
    Querida mía, hay quienes aseguran que el fruto del árbol de la sabiduría en los primeros tramos bíblicos es una cómoda vulgarización anticipatoria, un hors d'oeuvre de lo que sería el Corpus Christi, el manjar que fulmina a todo aquel que no es digno de morderlo, aquel que descalifica ­sirenas y carcajadas­ al concursante en el programa de preguntas y respuestas.
    Cuando las nubes negras comienzan a ubicarse en la línea de partida del horizonte, cuando cierro mis ojos "como una llama de fuego" para negarlas, me gusta, querida mía, recuperar algo de coraje pensando que yo soy ese jinete­"el fiel, el veraz"­, me gusta pensar que después de todo tengo un lugar privilegiado en la mesa de esta historia.
    Pienso que la ingestión del Corpus Christi va a ser mi gloria y no mi perdición.
    Volveré a tu lado, querida mía, con la receta y la luz.
    Abriré sin aviso la puerta de tus aposentos y ahí estarás, toda curvas y sonrisas apenas vestidas por la suave cáscara de sábanas de seda. Entonces tu rostro se alzará hacia el mío, una de tus cejas bailará experta y con esa voz que me sostiene y me fortalece aquí, tan lejos de todo, en este lugar olvidado por Dios y por el hombre, me dedicarás la innecesaria orden de una sola palabra.
    "Cómeme", dirás mientras me pierdo y me encuentro ­único invitado a este gran banquete de Dios­ una y otra vez en el abrazo de tus piernas.

 

del libro "Vidas de santos". ©1993 Planeta.

 

RODRIGO FRESÁN
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