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LA NACION LINE | 19.08.98 | Cultura

 

Un libro que escapa a la definición de géneros
Infinito juego de espejos

LA VELOCIDAD DE LAS COSAS
Por RODRIGO FRESAN
(Tusquets)-365 páginas páginas

QUIERO (necesito) decirlo sin vueltas: este libro me resultó fascinante. Quizá porque en él se refleja un escritor y, de alguna manera, todos los escritores. Es como un infinito juego de espejos. Creo que también atrapará a los lectores profundos, aquellos que son co-creadores de la obra al revivirla (rescribirla en su propio interior) a medida que la leen.

Pero es muy difícil comentar La velocidad de las cosas en una nota bibliográfica. No hay aquí un argumento sino muchos. Muchísimos. En cuanto al género... no se trata de una novela. Tampoco de cuentos. Tampoco de relatos. Ni de nouvelles.

Para dar una idea más docente que decente a los que exigen clasificaciones, me atrevo a decir que se trata de "propuestas" (y me quedo corto) escritas con un ritmo vertiginoso, en las que la acción se escalona y se diversifica en múltiples acciones interiores, como mágicos caleidoscopios.

Fresán divide y al mismo tiempo cohesiona su libro en nueve partes: "Apuntes para una teoría del lector", "Pruebas irrefutables de vida inteligente en otros planetas", "Señales captadas en el corazón de una fiesta", "Ultima visita al cementerio de los elefantes", "Monólogo para el hijo de puta con ballenas y hermanitas fantasma", "Pequeño manual de etiqueta funeraria", "Postales escritas en el país de los hoteles", "Chivas GonÁalves Chivas, o el fino arte de escribir necrológicas" y "Apuntes para una teoría del escritor".

La primera situación cierra con la última, las siete restantes abren panoramas insólitos, a veces cotidianos, siempre sorprendentes. Estas nueve partes tienen algo en común: todas están escritas en primera persona del singular, presididas y dirigidas por un "yo" que podría ser distinto en cada circunstancia pero que, de alguna manera, es uno solo, abierto hacia nueve horizontes que, a su vez, se multiplican geométricamente. Este "yo" podría ser el mismo Fresán, aunque él mismo aclare: "El hecho de que todo lo que se narra esté escrito en primera persona del singular no implica necesariamente que el autor comparta ideas, haya protagonizado o justifique las acciones de quienes aquí cuentan su vida y sus historias". Pero también dice (¿él o el "yo" narrador?) en la última parte: "... todos mis libros eran rigurosamente autobiográficos más allá de las maniobras literarias de rigor para hacerlos pasar por ficción".

Lo que verdaderamente importa es que, pese a su juventud (nació en 1963), Rodrigo Fresán es dueño de una madurez que pocos alcanzan a su edad. Quizás por eso el tema recurrente en estas páginas es el de la muerte, presente de una u otra manera en todos los rincones del texto, presente incluso en su ausencia: el suicidio, el crimen, la aniquilación, la desaparición de los seres queridos, la de los escritores, la de la Argentina. Con deliberada crueldad, Fresán pinta al argentino con trazos gruesos y dolorosos. Por cierto, un humor a menudo negro y desaforado envuelve sus observaciones. Los guiños al lector están en las numerosas alusiones literarias que revelan no sólo una enorme cultura sino también un deseo de complicidad (¿de sentirse querido?). Y algo más, algo poco común: si el libro resulta memorable, es también porque está teñido de poesía. Dos ejemplos: "...me dedicó una sonrisa triste y con olor a hojas muertas de otoño". Y otro, con una sugerente aliteración: "...vimos juntos un eclipse. Penumbra, umbral". Hay más, pero para muestra bastan un par de botones.

Un lugar, un pueblo llamado Canciones Tristes, es por momentos el escenario de las propuestas, las ideas, las divagaciones, los exabruptos. En pocas palabras: la filosofía literaria de Fresán. Filosofía que, en este volumen, aparece con más de siete velos que desnudan recuerdos de padres y madres, de abuelos, de hermanas, de amigos, de asesinos, de suicidas y de espectros. Todo en una prosa avasallante, que regala a la joven literatura argentina el delirio, la fantasía, la dosis de locura y de verdad que estaba necesitando. A los lectores les da mil posibilidades de volar. Y a los escritores, puntos de apoyo para reconocerse en su misión y en su miseria. Puntos de apoyo que yo sintetizaría en una frase: "...si uno tiene fantasmas, lo tiene todo".

Eduardo Gudiño Kieffer

 

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