Corazones cautivos más arriba (fragmento)

de Juan Forn



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   Hoy, después del colegio, pasaste por la única librería del pueblo. Hace dos días que vas a clase con un cuaderno, nada más, en donde tenés anotados los títulos de los textos que se supone que necesitás para cada materia. El domingo a la noche, después de comer, Galo dijo: "Para los libros, o cualquier otra cosa que te pidan los curas", y dejó unos billetes sobre el mantel, al lado de tu servilleta; esos mismos billetes que tenés ahora en el bolsillo de atrás del pantalón y que, por alguna razón, molestan tanto que te obligaron a apurarte al salir del colegio, para llegar a la librería antes de que cerrase.
    Cuando le leíste los títulos que necesitabas, el librero dijo que quizá le quedaran algunos abajo, en el depósito. Te daba exactamente lo mismo que los tuviera o no. Si dependía de vos, estabas más que dispuesto a seguir yendo al colegio con ese único cuaderno y, de ser posible, conservarlo tan en blanco como estaba hasta ese momento. La librería era grande pero angosta, o a lo mejor daba esa sensación por los estantes repletos, del piso al techo. Había olor a diario húmedo y a tierra acumulada, y varias mesas obstaculizaban el paso. Mientras el librero estuvo en el depósito te dedicaste a revisar una pila de historietas viejas que había en el fondo. La escalera que bajaba al sótano estaba al lado de la puerta. Desde el fondo oíste que el librero subía y conversaba con alguien que acababa de entrar. Te enderezaste de un salto y dejaste caer sobre la pila un D'Artagnan amarillento que tenías en la mano. El librero puso un par de tomos apolillados encima de los manuales de tapas brillantes que decían Vox latina, Lengua y Habla, Historia antigua y medieval.
    ­Son los únicos que me quedan. Te agrego en el paquete estos dos libros que me había pedido el ingeniero. ¿Te importa llevárselos?
    Para nada, dijiste. El tipo que había entrado un rato antes se acercó al mostrador y se paró a tu lado. Estaba mirándote. E1 librero le dijo quién eras.
    ­El señor Gómez Pini­agregó­. También es de la Capital.
    La cara que sonreía te resultó desconocicia. Como el librero se puso a conversar con el tipo y no se dignaba a preparar tu paquete, volviste al rincón donde estaban las historietas. Al rato oíste una voz a tus espaldas. Era él otra vez. Dijo que te conocía desde chico. Que te había visto por primera vez cuando eras una criatura de cuatro o cinco años, en algún verano; tu padre te tenía alzado a la salida de misa de ocho; te habías quedado dormido en sus brazos. Pero ahora estabas hecho un hombre. No te habría reconocido si el librero no le hubiera dicho que eras el nieto del ingeniero Pujol.
    ­Ah, lo conoce a Galo­dijiste vos.
    Gómez Pini dijo: "Claro, claro; acá todos conocen a todos", y cambió de tema instantáneamente. Después te palmeó la espalda, dijo que esperaba volver a verte pronto después de ese reencuentro, habló un rato más con el librero y se fue. En cuanto se alejó volviste a oler el tufo a humedad y te diste cuenta de que Gómez Pini usaba perfume. Fuera de eso, era igual a cualquier amigo de tus padres. Cuando te acercaste al mostrador tu paquete no estaba listo, todavía. Después de sumar lo que debías el librero dijo:
    ­El señor Gómez Pini dejó esto para vos. Un regalo de bienvenida, dijo.
    Era un libro angosto y de pocas páginas. En la tapa, arriba, decía: Colección Teatro en el Teatro. Saliste de la librería con el paquete bajo el brazo y una sensación confusa, mezcla de nervios e incomodidad. No había nadie en la ca]le. Mientras pedaleabas decidiste leer el librito lo más rápido posible y llevárselo de vuelta al Gómez Pini ese.


    Apenas terminaste de almorzar te sentaste a leer el libro. A las cuatro y media ya lo habías terminado; no tenía ni cien páginas. Amelia estaba en la cocina, anotando en una libreta el pedido para el supermercado.
    ­¿Ya querés tomar el té?­dijo, al verte.
    Negaste con la cabeza.
    ­Galo volverá hoy, ¿no?­ dijiste, después.
    ­Nunca se sabe. Supongo que, para la cena, estará acá.
    ­¿Sabés quién es un tipo que se llama Gómez Pini?
    Amelia levantó la cabeza y dijo que sí.
    ­¿Dónde vive?­ Y,como ella te seguía mirando, agregaste: ­Tengo que llevarle una cosa.


    No hace frío, pero te sale vapor por la boca cuando respirás, y a pesar de la velocidad de la bicicleta seguís sintiendo la pesadez. Todo parece en blanco y negro; en la sierra ya está lloviendo, te das cuenta por el velo gris sobre el horizonte y los chispazos lejanos de los relámpagos.
    La casa de Gómez Pini es de piedra y en la pared del frente hay una enredadera que sube hasta el techo. El jardín está descuidado y los portones de hierro no cierran bien. Dejás la bicicleta contra la pared, golpeás un llamador de hierro verdoso que hay en la puerta, esperás. Gómez Pini aparece casi enseguida. Te da la mano y te hace pasar al living; está la chimenea prendida.
    ­Qué sorpresa­dice­. Pensé que a esta hora irías al colegio.
    ­Voy a la mañana solamente. Con los curas.
    ­¿No me digas? Hubiera jurado que ibas al Saint Mark's.
    Te encogés de hombros y mirás a tu alrededor. Las paredes de adentro también son de piedra a la vista. Hay una biblioteca enorme, muebles que parecen cómodos a pesar del tapizado descolorido y manchado, piso de madera, alfombras. Gómez Pini está sentado junto al fuego y prende un cigarro. Afuera empezó a llover; todas las ventanas están cerradas.
    ­¿Querés tomar algo?
    No, decís con la cabeza. Aunque te sacás la campera, seguís acalorado. Te sentás lo más lejos posible del fuego y escondés el libro debajo de la campera, pero los dejás a mano, sobre la banqueta que hay a un costado de tu sillón. Gómez Pini se sirve un coñac y vuelve a sentarse junto al fuego.
    En realidad, no sabés muy bien a qué viniste. El libro es una excusa, o parte de la cuestión solamente. Podrías habérselo dejado al librero o esperar a que Gómez Pini se fuera a su campo en la sierra para devolverlo. Ahora, oyéndolo, te parece entender qué te hizo venir. Gómez Pini tiene la misma manera de hablar que la gente grande de Buenos Aires. O, mejor dicho, la manera en que hablan los amigos de tus padres y los padres de tus amigos de allá. Hay cosas que te fastidiaban en Buenos Aires pero que, en estos días acá, es como si hubieran perdido importancia.
    ­¿Y por qué al colegio de curas?­ dice.
    ­Porque no sirve para nada. Para qué aprender inglés.
    Gómez Pini se ríe. El cigarro humea mucho más que un cigarrillo y el olor te marea. O será por las ventanas cerradas. Estás sofocado.
    ­No seas ingenuo, no es solamente por el inglés ­dice­. Los padres mandan a sus hijos a buenos colegios por otras razones. Sabrás que hay pilas de chicos de Buenos Aires en el Saint Mark's, ¿no?
    No tenés idea. En realidad no te importa, aunque lo sepas.
    ­Eso de buenos colegios ­decís­, es un invento de los padres. Para mí, son todos iguales.
    ­¿Ah, sí? ¿Conocés muchos?
    Lo mirás. Él no desvía los ojos. Una chispa salta de la leña recién puesta. Te quedás mirando el fuego.
    ­Y por qué pensás así ­dice él, al rato­. Si se puede saber.
    ­Porque iba a un colegio de esos en Buenos Aires. Y me echaron ­decís­. Entonces Galo me anotó con los curas y avisó a...­Estás mezclando todo. Lo único que te preguntó fue por qué te parecen iguales todos los colegios. No tenías que empezar a contarle tu vida.
    ­¿Primero te anotó y después avisó?
    Te encogés de hombros. Sí, qué importancia tiene. Gómez Pini parece poner un cuidado especial para no nombrar a Galo. Con la mano tocás algo puntiagudo en el tapizado del sillón: es el canuto de una pluma. La sacás; es más larga de lo que imaginaste; no sabés qué hacer con ella.
    ­¿Cuántos años tenés, Iván?
    Trece, decís. Él asiente con la cabeza y se ríe otra vez.
    ­Todo un hombrecito.
    En algún lado de la casa suena el teléfono. Gómez Pini cierra los ojos y vuelve a abrirlos enseguida, fastidiado. Se levanta y dice:
    ­Perdoname un minuto.


    En verdad, todavía no acabás de entender cómo fue todo. Hace una semana estabas en Buenos Aires. Hace una semana te echaron del colegio. Cuando volvíste con tu madre (la habían mandado llamar; no te dejaron volver solo a tu casa), y ella entró en tu dormitorio y cerró la puerta, te asombró la cara que tenía. No sólo la decepción, ni la verguenza que le habías hecho pasar; lo que más te impresionó cuando cerró la puerta de tu cuarto y se sacó los anteojos negros que se ponía últimamente para ir a todos lados fue que por primera vez en tu vida pensaste que se maquillaba para no parecer vieja, para que los demás creyeran que era la misma de siempre. A pesar de eso, sentiste una extraña gratitud hacia ella por haberse sacado los anteojos para hablar. Pero jamás se te ocurrió que, cinco días después, estarías acá. Ella dijo que le parecía lo más conveniente, si vos querías. Podías probar unos meses; irías al colegio allá, vivirías con tu abuelo. Si no te adaptabas, ya verían qué hacer.
    Tu madre y Galo no se tragan. Ella volvía loco a tu padre cada vez que salía el tema; le parecía absurdo cómo se metía Galo en las vidas de sus hijos, que a fin de cuentas ya eran hombres hechos y derechos, con hijos grandes; y le exigía a tu padre que le pusiera límites de una buena vez. Los hermanos de tu padre, y él también, suspiraban cuando sus mujeres chillaban por eso, como si les pareciera imposible que alguien de afuera entendiese cómo eran las cosas en la familia Pujol.
    Para vos, Galo es casi un desconocido. En realidad, casi toda la familia te parece un conjunto dé caras desconocidas, sin más diferencia entre uno y otro que el color del pelo, la forma de la nariz, la altura o el nombre. Sos el único nieto varón con el apellido, pero tu madre impuso una férrea distancia entre vos
    y Galo desde que tenés memoria, especialmente en los veranos que venían a La Cumbre. Él se burlaba cuando a ella le agarraban súbitos ataques maternales y te abrigaba o te vestía de punta en blanco. Lo odiabas por eso. O, más bien, le tenías miedo. Era tu padrino pero nunca te daba regalos, ni en Navidad ni en tu cumpleaños. Galo y tu padre solamente conversaban de golf; si por casualidad tocaban otro tema, el único que hablaba era Galo, y tu padre asentía con la cabeza o decía: "Es claro", "Seguro", "Puede ser". Jamás discutían.
    Un verano, cuando tenías ocho años y tus padres te habían dejado en La Cumbre con tus primos para irse a Europa, Galo te llevó a una de sus obras. Una casa enorme que estaba haciendo a mitad de camino entre el pueblo y la sierra. Los albañiles lo trataban con familiaridad y un poco de aprensión a la vez, como si vieran algo contradictorio entre su edad y su carácter. Mientras hablaba con el capataz te dejó que anduvieras por ahí. Al rato lo viste aparecer cargando un inodoro que había que instalar esa tarde. Ninguno de los albañiles lo había querido cargar hasta ese momento; quedó en el mismo lugar en que lo bajaron del camión. Cuando Galo lo vio, al bajar del Volkswagen, puteó por lo bajo. Y ahora se lo había puesto al hombro y entraba en la casa en construcción. Les pasaba bien cerca a los albañiles y se burlaba de lo flojos que eran los cordobeses. Ellos no decían nada, pero tampoco le dieron una mano. Vos lo ayudaste a descargarlo, en lo que iba a ser el baño. Le temblaban los brazos por el esfuerzo. Tenia la camisa empapada de transpiración.


    Gómez Pini vuelve con el cigarro todavia encendido entre los dedos. La ceniza no se desprende de la brasa. Antes de sentarse mira por la ventana y larga una bocanada de humo, que rebota contra el cristal y envuelve su cara.
    ­¿En qué estábamos?
    Tenés el libro en la mano. Él lo mira, sorprendido, pero no dice una palabra. Parece estar esperando que expliques por qué lo trajiste.
    ­Se lo devuelvo­decís, y lo apoyás sobre la mesita que hay entre los sillones.
    ­¿Lo leiste? Sí, se nota, por el lomo. Qué te pareció.
    Te encogés de hombros. Con los ojos bajos decis:
    ­Nunca leo esas cosas. A mí me gustan las historietas. Lo que no entiendo es por qué... Qué pasa ­decis, mirándolo.
    ­Nada, nada. Es que me hizo gracia ­contesta. Y. cambiando la voz: ­Es natural, a tu edad. Terminás de entender mucho después. Pero te queda grabado, aunque no te des cuenta.
    No es eso. Y se lo decis.
    ­Qué, entonces ­pregunta Gómez Pini.
    Tenés la cabeza en blanco. Hay ciertas ccsas que pensás o se te cruzan por la cabeza y que, mientras están ahí, te resultan claras. Pero, en cuanto intentás decirlas, parecieran no caber en las palabras.
    ­Nada. No importa.
    Algo te late detrás de los ojos. Parpadeás
    ­Vamos. Decime.
    ­Para qué me lo dio. ­Ya está; ya lo dijiste. Gómez Pini levanta el libro de la mesa. Tiene el cigarro entre los dientes. Pasa varias hojas, y parece que va a leerte algo que a vos se te pasó. No sabés cómo cambiar de tema. Pero lo vuelve a cerrar y lo deja en donde estaba.
    Otra bocanada de humo. Te duele la cabeza. Si, al menos, pudieras abrir la ventana.
    ­Lo leiste rápido.
    ­Es corto.
    ­Pero no tiene dibujos.
    ­¿Eh?
    ­Como las historietas, digo.
    Ah, decis, por no quedarte con la boca cerrada.
    ­Y cómo supiste dónde vivo.
    Quiere que le hables de Galo; aunque no lo haya nombrado, te das cuenta. Le explicás, apenas, quién es Amelia. Lo imprescindible para que entienda cómo hiciste para llegar.
    ­¿Y qué te dijeron de mí?
    Esas cosas no se preguntan. Te da verguenza contestar, te hace sentir como si hubieras andado averiguando cosas suyas por ahi. Podrias mentirle. No sabés nada de él y no te interesa lo que diga la gente. No hacia falta mencionar a Amelia; hubieras podido decir que fue el librero el que te dio la dirección. A Gómez Pini no se le mueve un pelo, no le incomoda en lo más minimo la situación, parece muy a gusto esperando oirte hablar de él.
    ­Que vivia en Buenos Aires ­decís, de golpe, como echándoselo en cara­, que pintaba. Pero su mujer se murió y por eso compró el campo en la sierra y se vino para acá. Que ya no pinta.
    Se hace un silencio largo, desgradable. Gómez Pini te mira pero como si no se diera cuenta de que te tiene enfrente. Cuando sentis que baja la cabeza lo espiás, muy disimuladamente, para ver cómo reacciona.
    ­Lo que te han dicho es cierto ­dice, sin levantar la cabeza y con voz casual. Ya sabias; te lo dijo Amelia, que nunca miente. Gómez Pini tiene los ojos clavados en el zapato. Está con las piernas cruzadas y se mira el pie que tiene en el aire. Con el cigarro señala la pared. ­La de la foto era mi mujer.
    Mirás la pareja sonriente: él con el pelo desordenado por el viento, ella con las dos manos en la nuca y la cara alzada.
    ­Tus padres la conocian mucho.
    Gómez Pini no pudo haber tenido nada que ver con ellos, a pesar de su forma de hablar. Jamás pudo ser amigo de tus padres. Ella, en cambio, sí. Ella es linda, más joven, y no mira a la cámara en la foto. Amelia te contó también que Gómez Pini y la mujer fueron varias veces a la casa grande, en una época.
    ­Galo también la conocia, ¿no?
    ­Tu abuelo conocia y conoce muchas mujeres ­dice Gómez Pini bruscamente­. Pero eso no significa que sepa algo de ellas.


    La ventana tiene rejas. Mirás las gotas, que se acumulan en las curvas de hierro. De repente te levantás.
    ­Ya no llueve.
    ­Va a seguir. Es un temporal. ­Gómez Pini toca con el cigarro el borde de piedra de la chimenea y la ceniza cae sin deshacerse.­Apurate, o te vas a empapar. De noche, con la lluvia y en bicicleta...
    Te sentis un idiota, ahi parado.
    ­Pero antes decime una cosa: ¿viniste solamente para devolverme el libro?
    Estás poniéndote la campera, de espaldas a él.
    ­Si. No sé. No tenia nada que hacer.
    ­Era un regalo.
    Estás mordiéndote el labio. Te cuesta enganchar el cierre de la campera. Cuando el fin te la cerraste hasta arriba decís:
    ­No me gusta que me hagan regalos porque si.
    ­Qué susceptible. Me parece que acerté. Vas a entender mucho más de lo que te imaginás de ese libro.
    ­Por dónde se sale ­decis, desorientado. Él te acompaña hasta la puerta, abre y te da la mano. Te resulta áspera y blanda a la vez.
    ­Vas a ver que tengo razón.­ Está mirándote con una mueca extraña. ­Cuando te hagan agachar la cabeza, por ejemplo, cuando creas que tenés el mundo en contra. En momentos así vas a entender el libro. Y te vas a acordar de Espósito, y de mí.
    ­Quién es Espósito.
    ­El que lo escribió.
    Bajás los escalones y oís el ruido de la puerta. El jardin huele a tierra mojada. El asiento de la bicicleta está empapado. Al lado del portón hay una caja de fruta llena de basura; el olor a podrido te da arcadas. Aunque estás mareado, pedaleás furiosamente hasta que el frío en la cara te despeja un poco.
   


de "Corazones cautivos más arriba", de Juan Forn. © 1987 Emecé.