ANTICIPO:

 

 

 

    Algo raro: estaban en el Florida, era como las once de la noche, se oyó sonar el timbre del teléfono del mostrador, un empleado atendió y el cajero les hizo una señal: sostenía el receptor con la mano en alto indicando que querían hablar con ellos. Llamaba Bioy.
    Raro a esas horas. Él, antes de que empezaran a aparecer las chicas del instituto de pintura, solía despedirse diciendo:
    Me voy a recoger..
    Y todos sabían que a las diez ya estaba durmiendo, o tendido en la cama, con los ojos cerrados y quietos y casi sin oír, pensando, o fantaseando: la mayoría de las noches fantaseando.
    Seguramente se armaba fantasías heroicas. Por ejemplo, esa en la que se imaginaba envuelto en su perramus blanco dirigiendo una acción de comandos en la Quinta Presidencial de Olivos.

    Desde el comedor del departamentito de un cuarto piso de Avenida Maipú abrían fuego con una ametralladora 12.50 refrigerada por circulación de agua. La metralla intermitente y ruidosa barría la zona sudoeste de los jardines y las caballerizas tratando de concentrarse en el sector que en esa época llamaban "paseo de los coches".
    Al minuto, desde la costa de Olivos, tres unidades de morteros emplazadas entre las casas del barrio bajo y los fondos baldíos de los recreos y campings de la Avenida del Libertador, bombardeaban a intervalos el sector este, la zona del jardín y el frente de la residencia principal. Alguna de las piezas estallaría directamente en los tejados. Otras, menos certeras, harían impacto entre los árboles, en las fuentes y en los chalets del personal, pero sus relampagueos y estruendos servirían para disuadir a cualquiera que intentase establecer una línea armada de defensa.
    Segundos después los dos hombres infiltrados en la guardia ya habrían inutilizado la central eléctrica y las conexiones de emergencia y aprovecharían los intervalos programados del bombardeo y la metralla para bajar a guarecerse en el refugio subterráneo, confundiéndose allí con el personal de servicio y la tropa de seguridad que, a esa altura, ya estaría ganada por el pánico. Entonces, al cuarto minuto de la primer descarga, el camión tanque de la Shell superaría el portón enfilando hacia el frente de la residencia.
    El hombre empuja hacia el costado los blindajes de la puerta derecha, y tras ellos, se deja caer accionando con su peso la cuerda fijada a los volantes del magneto que activará los explosivos.
    Lleva malla antibalas bajo el uniforme de bombero de la Policía de Buenos Aires. Se supone que el casco de fibra, las botas y la ropa de amianto y cuero amortiguarán el golpe contra el piso que corre a más de cuarenta kilómetros por hora y lo protegerán de los fragmentos de metralla y mampostería que han de estar arrasando esa parte del jardín y de los chorros de combustible ardiendo que la explosión de la cabina difundirá en un radio de cincuenta o sesenta metros.
    El hombre, aquel polista que rechazó la medalla olímpica como repudio al régimen, eligió esa misión jactándose de contar con ocho posibilidades en diez de sobrevivir y, de que si el objetivo de pánico buscado con las cargas de mortero y las ráfagas de ametralladora se cumplía cabalmente, tendría a su favor seis chances sobre diez de cubrir los pocos metros que lo separaban del cerco y ganar la avenida.
    Solo después del estallido del camión, de la huida a salvo del chofer y de la diseminación del incendio que habría avanzado hacia la residencia, entraba el Pontiac blindado que lo conducía junto a sus hombres de confianza, vestidos con uniformes de comandos y armados con las granadas y las automáticas livianas elegidas para reducir a eventuales defensores y guardaespaldas y, una vez alcanzado el refugio subterráneo, abrirse paso hacia el bunker de Perón y donde terminarían con él de una vez por todas.
    Llevaban planos detallados de los accesos al refugio y al bunker. En caso de que la confusión impidiese identificar al hombre, las voces de mando largamente ensayadas y un manejo hábil de las sirenas portátiles y las linternas conseguirían que en menos de cinco minutos todos quedasen concentrados abajo, bien al alcance de los vapores de mostaza que empezarían a brotar de los bidones que los técnicos de la usina habían emplazado en el depósito de combustible y lubricantes contiguo al refugio.
    Los reactivos precipitarían entre el cuarto y el décimo minuto de los primeros estallidos. Para entonces, los comandos que habían infiltrado en la guardia se habrán sumado al grupo reforzando su avance hacia el jardín. De lo contrario, correrían la misma suerte que Perón y los quince o veinte boludos de su corte, que, muertos de miedo, estarían amontonándose en el refugio.



   
Tiene aún fresca la imagen del cajero Rafael levantando el brazo derecho, el tubo negro del teléfono colgando de su mano como un péndulo, y el micrófono y el auricular apuntando hacia su mesa del bar Florida, que por entonces no estaba sobre Florida sino en Viamonte, casi llegando a San Martín, junto a la librería Verbum, frente a la librería Galatea, en la manzana que hacía cruz con la de la Universidad y los dos edificios de renta de las Ocampo.
    Tiene la sensación de que todos estaban como clavados en las sillas, de que fue el único que obedeció la señal de Rafael, y de que, con las piernas entumecidas y un molesto hormigueo a cada lado de los muslos, fue caminando hacia la caja mientras por los bordes de su campo visual el público del bar flotaba en el humo y se desplazaba como para librarse de esa luz amarilla y pegajosa que era un emblema del Florida: una suerte de marca de distinción que lo emparentaba al Queen Bess de Santa Fe y Suipacha.
    Tiene la sensación de que de todo aquello apenas le llegaba un rumor vago como un magma de voces o de ecos de voces murmuradas simultáneamente en varias lenguas desconocidas.
    El trayecto de no más de seis metros hacia la caja debió haberse prolongado infinitamente. Una cabellera rubia, con ondulaciones artificiales y reflejos dorados a la moda, subió flotando hacia él: tras ella descubrió la imagen invertida de unos ojos azules que conocía, y después la nariz, la boca y el cuello de la mujer que se extendieron más allá del respaldo de la silla, en lo que debió ser una manera de saludarlo.
    Desde otra mesa, a su izquierda, la calva de un cuarentón giraba lentamente hacia él y recién se detuvo cuando el mentón superó el límite de su hombro derecho y ya ni el cuello obeso, ni su torso atrapado en la silla estrecha, permitieron esa mejor perspectiva que la voluntad del hombre habría estado buscando.
    Casi al mismo tiempo, alguien quizás el mismo hombre lanzó una espesa bocanada de humo de cigarro. A través de esa bruma azulina llegó a reconocer sobre la mesa un paquete de cigarrillos americanos sin sello fiscal, una Parker de baquelita, un block de papel de bocetar y la portada de una edición de La Pleiade, que supone ahora, debió ser un Racine.
    Por esa zona cercana a la barra del cajero el olor a cigarro habano se disipaba dando lugar a una atmósfera de mezclas de perfume de mujer, tabaco americano y cerveza.
    Pero nadie bebía cerveza en el Florida. Sobre el mostrador, en fila, brillaban esas bandejas de zinc, dispuestas con botellas de Martini, sifoncitos de medio litro, platillos de aceitunas, cubos de queso y rodajas descascaradas de limón.
    El espejo detrás de la barra duplicaba esa imagen nublándola y distorsionándola.
    Siempre se dijo que los gallegos tendrían que cambiar el espejo. Por entonces ya estaba surcado por un trazo en zigzag del que partían unos meandros caprichosos, pruebas del resquebrajamiento de su fondo de papel azogado, en los puntos donde la descomposición del adhesivo le permitía librarse cristal en busca de su estado originario: aquel rollo de papel envuelto alrededor de sí e intacto que alguna vez debió haber sido y que, en la intimidad de la materia, sus fibras intentaban recuperar.


   
   
Rafael le pasó el tubo del teléfono, y raro a esas horas reconoció la voz de Bioy preguntando:
    ¿Qué...?¿Todavía están ahí..?
    Sí respondió inútilmente.
    Bueno... dijo la voz con desgano Debo avisarte que ya es tu hora de despertar...
    ¡La hora de despertar..! Levantó el brazo izquierdo, se incorporó apoyándose sobre el codo derecho, y miró el reloj de la pared del dormitorio.
    Sentía las piernas entumecidas y un molesto hormigueo paralizándole los muslos. Era las seis de la tarde y a las ocho tenía su primer encuentro con Leticia: debía afeitarse, ducharse, comer algo después de doce horas de sueño y vestirse para salir antes de las siete y llegar al lugar de la cita con alguno de los diarios de aquel domingo leído.


   
Dicen que los sueños duran apenas un instante y que solamente se recuerdan los más cercanos al despertar. Pero aquel sueño del bar Florida debió durar varios minutos: aún hoy recuerda nítidamente la escena en su mesa, caras del público de las otras mesas, cada una de las imágenes que se proyectaron durante su recorrido hacia la caja y los detalles del mostrador, el arreglo del espejo y las botellas, los colores o la luz de la época, y los aromas del Florida.
    Entre ellos, recuerda uno que conjugaba el olor de cierto componente de los vermuts americanos con el del humo de los Chesterfield sin filtro también americanos y el del pelo de mujer rubia recién lavado.
    No aquella tarde de domingo cuando lo soñó, sino ahora hoy, han de haber muerto todos los que aquella noche, rato después de la salida de las chicas del instituto de pintura, compartieron aquella mesa de su bar y allí quedaron, eternamente clavados en las sillas y en su memoria.
    Si escribiera sus nombres, los nombres de aquellos hombres y mujeres y los de las chicas y los muchachos de primer año de la universidad ya casi a punto de convertirse en mujeres y en hombres, nadie los reconocería, imaginándolos muñecos de papel armados con retazos de sueños que se recuerdan veinticinco años después.


   
   
El sueño debió haberle ocurrido entre 1958 y 1959. Los sucesos del sueño aquellas mesas y aquella gente petrificada alrededor deben pertenecer a los años cincuenta y tres o cincuenta y cuatro. Su evocación del sueño se produjo anoche, al cabo de un encuentro de ex alumnos del Liceo. El relato del sueño se compuso esta misma mañana de 1996 mientras pensaba en la imagen soñada de aquellos cuerpos clavados en sus sillas preguntándose por qué volvían a representarse con tanta nitidez esos recuerdo de las luces.
    Volvía a ver aquella luz filtrada por pantallas de pergamino que rebotaba en superficies igualmente amarillas de barniz, tiñendo todo, proyectando sombras sobre partes de cuerpos, mitades de caras y espacios huecos de pura oscuridad cerca del piso. Evocando esa luz, se imagina capaz de narrar narrando una historia encajada en el interior de...
    ¿De otra historia..? Se preguntaba Wolff.
    No: dentro de sí. Justo en el centro de sí misma y no en un pedazo de otra historia que la contiene...
    En otra historia pensaba Wolff se traman casi todas las historias, por lo menos, desde Homero. En cambio, uno tendría que permitirse urdirlas dentro de sí, como aquella pelota representada en un Scientific American de los años ochenta...


   
Wolff recordó el informe de un matemático que afirmaba que, contando con una pelota de material suficientemente flexible, y de extensión suficientemente grande quizás grande como el planeta, o el universo mismo, eso no interesaba en el teorema que comentaba aquel informe y plegándola sobre sí, o dentro de sí, tal como se dispone un par de medias antes del viaje, bastaría repetir la operación muchas veces un número de veces que en el informe se expresaba con una potencia de ocho, ocho a la octava, o a la sexagésimo cuarta potencia para acceder a un enésimo pliegue al cabo del cual, ante el supuesto observador, aparecería un sector de la cara interna de la pelota, tal como quien dio vuelta su guante derecho de ski encuentra desde el primer pliegue un guante izquierdo afeado por las arrugas de una tela sintética con motas que, cuanto mejor imitaron la piel de un cordero, más restos de tabaco, cera de skíes y bolitas de arena y tierra cementadas por el sudor son capaces de contener.
    Pero los guantes y las medias tienen una embocadura, en cambio las pelotas están cerradas sobre sí mismas... Igual que nosotros ahora. Pensaba Wolff y por un momento volvió a dudar si había leído aquel informe en un Scientific American, o si lo había soñado en cada uno de sus detalles.
    Solo el recuerdo de los diagramas que ilustraban las distintas etapas del plegado de una bola amarilla y concluían con la emergencia de una lengüeta de goma roja, de ese mismo color que representaba el interior de la pelota, indicaba que la paradoja descripta en ese comentado teorema de la topología no era parte de un sueño, aunque esa noche Wolff no descartaba que su recuerdo fuese el producto de restos de una lectura distraída cuyas lagunas e inconsistencias se fueron atenuando con el paso del tiempo, y, tal vez, con el agregado de fragmentos de otras lecturas, y hasta de imágenes de sueños por ellas provocadas.


   
Esa noche, al cabo de un encuentro de ex alumnos, Wolff volvía convencido de que celebraban sus veinticinco años de egresados.
    Era una madrugada de noviembre, serían las dos, y a pesar de lo avanzado de la primavera la temperatura había caído de golpe. Al salir de la parte urbanizada de La Plata sintió frío, y mientras cruzaban el parque Pereira en el auto de la gobernación debieron detenerse para revisar el manual con las instrucciones del sistema de calefacción.
    Aquel 505 conservaba el manual envuelto en una funda virgen de poliestireno, pero a bordo no había herramientas, linternas y ni siquiera un fósforo. Nunca llegó a saber si tendría rueda de auxilio, algo que debió haber verificado por la tarde, cuando salieron hacia la Base Naval.
    Tampoco sus acompañantes conocían los mandos de la calefacción, y a la luz de la llama de un encendedor de gas pasaron un rato de intentonas y esperas: ensayos y errores con diferentes combinaciones de palancas y llaves seguidos de tanteos en la oscuridad esperando verificar una corriente de aire cálido que nunca llegó a aparecer.
    Finalmente decidieron arrancar, acelerar y soportar, porque la espera y la creciente sensación de fracaso no resultaban más tolerables que el frío.
    Como para olvidar el frío, mientras aceleraba el Peugeot en la ruta vacía comentó:
    ¡Qué boludez..! ¡Ir a festejar veinticinco años de egresados para terminar muriéndose de frío en el camino de vuelta..!
    Y entonces uno de atrás corrigió:
    ¡Qué veinticinco..! ¡Treinta y cinco, boludo..!
    En efecto, habían pasado treinta y cinco años, era muy fácil cerrar la cuenta y todo el día y durante toda la comida había estado refiriéndose a los veinticinco años, pensando acerca del plazo de veinticinco años como cuarto de siglo y hasta imaginándose el mismo número veinticinco corporizado con tipografía flotante en la cúpula del cielo negro, y ahora, a través del parabrisas, el vacío helado de la ruta venía hacia él a ciento treinta kilómetros por hora para representar ese vacío de diez años en su memoria.


   
Ninguno, entre los imbéciles de la gobernación que les habían gestionado aquel 505 azul tendría memoria de esos diez años, de ese agujero de diez años que Wolff podía situar en cualquier punto del intervalo corrido entre 1953 y el encuentro de egresados, que coincidió con la semana del acuerdo entre los muchachos de Los Ángeles y la gente de Casa de Gobierno en La Plata, el irrisorio préstamo de ese auto y los regalos y el cheque que los de Los Ángeles le mandaron desde Paraguay.
    Por ejemplo, el primer encuentro con Leticia debió haber ocurrido entre 1958 y 1959. Debió ser un domingo porque los bares del centro, los de la calle Florida y el mismo bar Florida de Viamonte, estaban cerrados.
    Era domingo porque los domingos por la mañana todos leían La Nación y por la tarde El Correo que todavía sacaba la Marina. Después, los lunes alguien circulaba el huecograbado de La Prensa y ahí revisaban los comentarios de libros.
    Ya por entonces nadie solía comprar La Prensa. El diario de Marina sí, porque traía una página dedicada a denunciar a comunistas y trotzquistas, y todos lo buscaban para leer esas columnas con la ansiedad de quien aguarda ser citado en ellas.
    El tiempo los premió, y, como en el caso de los huecograbados, hubo un minuto en el que por fin encontraron sus nombres una tarde, al leer junto a la taza de café y el cenicero humeantes, o una mañana frente a una mesa de oficina, aturdidos por el tecleo de las Remington y las Olivetti solo para acentuar la decepción, porque el instante que los había fijado en esa página venía a garantizar la persistencia de un silencio que seguiría envolviéndolos eternamente.


   
   
Como el silencio de la ruta.
    A un paso de la ruta, Susi fuma. Pita con fuerza el Jockey Suave que encontró en el bolsillo alto de su campera jean, apostando a que el calor de la brasa entibie sus manos, la boca, el pecho, y hasta el mismo aire de la casilla.
    Y que lo llene de algún sonido, una voz, una música o algo que haga más tolerable la espera.
    Pero nó: así como cruzando el bosque y acercándose al costado de la ruta donde están las casillas, el frío de la noche no desciende, y, al revés, se percibe más, quizás por el contraste con la promesa de aire tibio que viene de las ciudades, también el silencio del bosque, el silencio que envuelve el triángulo de tierras que la gente de Piero llamaba El Barrio, y los del Pichi llaman ahora El Campo, se siente más cuanto más cerca estás del borde de la ruta.
    Tal vez porque es más alta la barranca y hay menos bosque que repare del viento haciéndolo sonar entre las hojas de los álamos. O por esas ráfagas de ruido y luz que permanentemente trazan los autos y los ómnibus.
    Viene la luz creciendo y el ruido va creciendo a la par. Revienta la luz como un flash que por un instante te enceguece, y ahí mismo la reemplazan las lucesitas rojas que van empequeñeciéndose mientras el ruido se desvanece para pronto desaparecer y dejar toda la zona de los alrededores de la ruta bajo una cúpula de oscuridad y de silencio mucho más densa que la de cuando todo comenzó.
    Susi dejó avisado al Pichi y a Mariana que los esperaría allí, en la casilla del borde de la ruta. No había garrafas. No podía esperar más en el frío del galpón.
    Ahora, pitando el final de ese último cigarrillo, medio se arrepiente: creía que a un paso de la ruta las luces de los ómnibus y los perfiles adivinados de tantos pasajeros que llegan y desaparecen a más de cien kilómetros por hora, el silencio y el frío se harían más tolerables. Pero no: aquí es peor, piensa y trata de calcular por qué es posible que sea peor allí. Piensa algo que trae la sensación de que está a punto de adivinarlo cuando la mano derecha sube automáticamente a la cintura y sus dedos recorren el cinturón del jean buscando algo mientras se dice, sin hablar, pero oyendo su voz como si hablara contra el rincón de unas paredes de cemento, que no tendría que haberle prestado el walkman a Mariana.
    No tendría que haberle dejado el walkman a Mariana... Repite, esta vez sí moviendo los labios y dejando pasar entre ellos un poco de aliento que los entibia.
    ¡Si hubiera luz..!, piensa. Pero tienen cortada la luz del galpón, y también la han cortado en las casas del barrio de policía, en la villa y en la casillas del borde de la ruta.

   

del libro "Vivir afuera", de Fogwill. Será publicado por Sudamericana en noviembre de 1998. ©

 

 
FOGWILL
LITERATURA ARGENTINA