(Cantos de marineros en las pampas - página 2) - FOGWILL
 

  Mirar de dónde sale el sol: quien mas, quien menos, todos se habrán dormido reprochándose  por qué esa idea no se   les cruzó por la cabeza a ellos.
 Pero por cuerdo que sea el hombre, él  propone las cosas y es siempre la desgracia lo que termina disponiéndolas. 
Así en los pueblos como en la pampa, o al menos en esos lados de la pampa y en el tiempo contado desde la  noche en que el marinero gritó la idea del sol, y hasta cuando ya nadie mas la quiso recordar, el sol nunca nació desde ninguna parte. 
Amanecer en esa pampa  quería decir  ver  de repente que el cielo negro se iluminaba y que bien alto arriba se le formaba como una cúpula de fuego anaranjado. 
Por ahí debía andar ubicado el sol, pero tan lejos, y a tal distancia del piso del  horizonte,  que para averiguar por  donde había empezado a levantarse, un hombre iba a tener que aguantarse  quieto todo el tiempo, mirándose la sombra y clavando una cañita cada media hora para después seguir con un solo ojo la  línea de cañas o  de estacas, que,  si había una lógica en todo eso, tendría que acabar apuntando  justo al sitio donde debió haber iniciado su recorrida el sol. 
Venía a ser una cuestión de paciencia:  justo a esa altura de la marcha cuando a cualquiera  se le podía pedir de todo  menos paciencia. 

Al principio se habló de tener hormiga y  la tropa se dió a decir que tenía hormigas, pero después uno habló de que tenía lagartijas, vino otro que por  gracioso  lo agrandó mas y dijo que él tenía una culebra, otro figuró que el tenía serpientes yarará y al final  varios terminaron diciendo que sentían potros cimarrones  galopándoles. Cada quien lo agrandaba como podía buscando la forma mas graciosa para decir que sentían un movimiento incontrolable de algo animal, justo en ese lugar, en el culo.

Venia la luz y ni matear buscaban. Pensaban nada mas que en arrancar y avanzar y ni tiempo se daban para discutir desde cual rumbo habían venido a dar al sitio donde les tocó hacer noche: saltaba uno y señalaba un lugar con su rebenque, y en cuanto terminaba de ensillar y alzar las cosas, todos apuntaban para ese lado sin que nadie se lo discutiera. Por instinto, los caballos caracoleaban, resoplaban  y  sacudían las crines tascando el freno y dándose ímpetus para salir  galopando en esa misma dirección. 
El plan de sol, para los que pudieron entenderlo, decía que cuando el sol se pusiera el lugar mismo donde lo viesen desaparecer, iría a enseñar la corrección, o sea, lo cuánto se habían venido desviando del rumbo a lo largo del día.
Pero tal como salía el sol también la noche  bajaba de repente, como si además del sol, a todo lo que había sido luz y camino se lo hubiera tragado aquel vacío de la pampa. 
Ese vacío que mas de uno pensó que iba a terminar chupándoselos  a todos.
Y no de a uno en uno: a todos de una vez, tal como venía haciendo  con el sol y como el día menos pensado estaba por hacer con el verano, con las chatas cargadas de cajas de fusiles y munición que siempre se demoraban y con todas las cosas, menos con esa tierra de pasto tan igual legua a legua y semana tras semana, que era imposible calcular como podrían hacerla desaparecer.

El sol arriba, la tierra abajo, y adelante mas tierra igual. De noche y todo alrededor, la pura oscuridad y el picoteo lustroso de las estrellas techando. 
Atrás, uno que otro quejido de hombre en sueños y el griterío salteado de las chinas, que ahora que nadie se arrimaba a pedirles  servicio, hacían ruido entre ellas para que se creyera  que algún hombre había vuelto a solicitarlas.
Ya tendían miedo de que por no necesitarlas, una mañana los hombres les quitasen la carreta y los pingos y las dejen ahí para que se las lleven los salvajes si antes no las prendía fuego el sol o las helaba la  primer noche del invierno que debía estar pronto a venir.
Pobres chinas: de tan montadas por  milicos  puebleros, debió habérseles hecho una doctrina el miedo al indio, y ni se les cruzaba el pensamiento de que  en la toldería no la iban a pasar peor que  carreteando siempre media legua o media hora atrás de la tropa. 
Porque seguro los salvajes las solicitarían menos salteado y las obsequiarían mejor que  estos que mas ganas tenían de llegar y juntarse con los que iban a volver  a empezar, cuanto mas seguros estaban de no estar yendo hacia ninguna parte.

Huellas,  jamás  ni una pudieron encontrar. 
¿Quién no tiene oídas historias de baquianos que encuentran huellas donde nadie  las supo ver, y van marcándolas  cortando yuyos mordisqueados por la hacienda de un rodeo, mostrando  raíces  pisoteadas por  un potrillo de dos meses,  y confirmándole al descreído que andan siempre en lo cierto anticipando cuando tendrían a la vista una res carneada por la tropa, o un rescoldo de  leña de una  fogatas y señalando lejos el sitio donde tendrían que aparecer esos montones de bosta en seguidilla  que marcan el lugar donde pampas o cristianos estuvieron haciendo noche..?

No tenían baquiano. Habían pagado un baqueano que comprometió esperarlos en un puesto de la estancia de Duarte, atrás del bañado de Tortugas. 
Pero cuando pasaron por el puesto encontraron  a una india feísima con que  tenía  un solo diente  arriba. Era  la mujer del baqueano. 
Parecía vieja. Temblaba toda por el miedo. Pero si había parido esos dos chicos, que decian ser los hijos hijos del baquiano, tan vieja no debía ser. 
Cuando pudo hablar, dijo medio en castilla medio en pampa, que los que le pagaron al marido habían pasado muchos días antes,  que el jefe era un coronel y que la comitiva de mas de cuatro manos serian cuarenta con carretas y mucho gauchaje a la rastra había rumbeado de prisa al sur porque hacían  posta esa noche misma en los corrales de Buenos Aires. 
Empezaron a creerle cuando les mostró un tirador con las monedas que había dejado el coronel: libras británicas y  pesos fuerte con cuño de oro, mezcladas con muchos  cobres del Paraguay y contos dorados del Imperio del Brasil.
Muerta de miedo, quería  devolver el tirador y dejarles el mayor de los críos que les juró que ya era muy baqueano y hasta mejor peleador que el padre. 
Contenta ella y triste el chico quedaron cuando nadie aceptó sacarle las monedas y todos se jactaron de que se las iban a arreglar  sin baqueano.
Después, cuando se vio que ni uno era capaz de descubrir huellas ni de adivinar cosas conforme el estado del pasto,  unos se  lamentaron no haber traído al chico, y otros los consolaron hablando de que  estaban mejor así, porque con tan mal ánimo ningún baqueano les iba a durar y a la primer desesperanza le iban a cargar  la culpa de todo y ya estaría degollado, o tan enemistado que los iría arreando directo a donde olfateara que podía estar el malón.

 De las mentadas marcas en el horizonte el palo, el árbol, la lomada, el pastizal de un color diferente: todo lo que se enseña en la milicia ni una vez alcanzaron a ver ejemplos en tantos días  de marchar ilusionados con el punto de encuentro. 
Casi seguro muchos habrán pensado en el viento. Y mas por el rencor que les quedó después del entusiasmo  con el método del sol.
Sin  exagerar ni un poco mas: aunque pensar, lo que se dice pensar, es algo que se  le podía atribuir a  pocos de los que  tuvieron idea  de  volver a empezar,  y  casi a nadie entre los que se les fueron agregando, no es difícil que alguien también haya pensado en el viento. 
Porque esta pampa  te hace cavilador:  será la  forma de marchar, que a los pocos trancos acompasa a hombres, montas y animales de carga. O  por el silencio de las paradas. 
¿O por  la  tanta luz que palma y no bien se hace el oscuro, comés algo y te caés dormido  hundiéndote ahí como cascote en la laguna..?

Cascotes no. Y mucho menos piedra: ni una se alcanzó  a ver en tantos días de marcha. El suelo siempre  igual: pasto y mas pasto.  Y hurgando  bajo el pasto, terrones negros y tan secos que no se entiende como se las compone el yuyal  para guardar un verde tan fresco que se nota por el engorde de la monta y de la carne de reserva mas que con los  ojos, que se acostumbran rápido a ver verde y todo puro verde hasta que el sol se esconde y no se ve mas nada.
Ya en una de las primeras noches,  ya punto de dormirse, alguien hablaba de dar gracias al pasto porque si no ya habrían clavado guampa en la tierra, y cuando desde lo oscuro sonó una voz diciendo que a ese pasto lo regaba el rocío, y, aunque nadie había visto rocío y nunca un poncho amaneció  mojado ni con ese olor a bicho que le vuelve al pelo de la vicuña con  la humedad, se dijo que el hombre debía tener razón. 
Varios se habían dormido. Se oía  roncar de un lado y de otro, y después la cantilena del de la flota que había cantado por primera vez:

"los boniiiiiitos barcos del asia...
los boniiiiiitos barcos  de aquí...
alguno me llevará lejos, 
lejos, muy lejos de ti.... 
bon bon,bon bin
bonita no llores por mi..." 

Cantaba para el solo: nadie lo quería oír. Pero en aquellos primeros dias de marcha después de resignarse a tantas cosas con tal de ir a juntarse con los que querían empezar otra vez, era mas fácil tolerarlo que encontrar voluntad de pedir que se calle, hasta cuando se ponía mas pesado, cambiaba de tonada y poniendo voz  gruesa de africano repetía: 
"que mal... que mal.... que mal
que mal armé  mi barco... 
la proa parece un balcón...
a popa parece zapallo... 
las velas parecen cartón... 

y el mástil, el mástil... 
que  mal armé mi mástil... 
parece rezarle al tifón
que venga que venga 
que venga el temporal
y el barco malarmado
se vaya al carajo en el mar..."

Alguno ha de andar todavía vivo capaz de recordárselo mejor.
Tanto  repitió el canto en esos primeros días de marcha que antes de que le quedara El Marino, los que no le sabían el verdadero nombre Esteban le decían "malarmado", y los mas puercos "el malarmeado".

Ahí en la peor la oscuridad cada cual sabía bien donde tenía su poncho porque lo que empezó como una fila tipo milicia, con cuerpos estirados a la par todo a lo largo de un potrero, los pies para el lado de los carros y la cabeza apuntando del lado del fogón, había terminado formando ese redondel, que era cada vez mas respetado y cada vez mas se parecía a un  círculo dibujado, copia del horizonte igual que los tenía siempre en el medio, dando vueltas y vueltas,  camino de borrachos.
Borrachos sin tomar. Por  cansancio, por pampa y por  desánimo: tres venenos peores que el peor aguardiente y que a cada quien le producía el peor efecto que su vida y los daños que debió haber hecho en su vida lo hicieron merecer.

En un lado,  los mas juiciosos  se resistían al sueño y no  era fácil hacerseló reconocer pero igual que a éste que cuenta, algo del canto del marinero se les clavaba en la memoria, y anticipaban con la mente las repeticiones de palabras y estribillos de versos pensando  que alguna vez, bajo un alero en un rancho, o haciendo noche en una tierra mas amistosa, tratarían de cantarlo. 
Eso, a condición de que no hubiese presente alguno de los que ahí estaban cayéndose dormidos, para no llevarles un mal recuerdo. 
Se sentía  alguna puteada contra el marinero, y la voz zeceosa volviendo a  empezar:

"no me gusta la carne
no me gusta los libros
                               me voy al mar, me voy al mar
no me gusta la gente
no me gustan las casas
                              me voy al mar, me voy al mar
ni  esa hembra ni ese crío 
ni el jardín ni la estufa
son para mi...¡ me voy al mar !
prefiero las tormentas
prefiero naufragar
porque ahogado en el fondo
sabré  cantar sabré cantar" 

¡Putas que los parió al marino.. ! ¡Se me pegó el cantito.. !Protestó un teniente chiquilín, como que hablaba para si, pero a la par de unos criollos que le habían hecho custodia en una  avanzada.
Se contó que lo había dicho sin rabia y que con medias palabras les dio a entender que cada vez  que montaba y aflojaba las riendas empezaba a sonarle dentro de la cabeza "mi boni, mi boni, mi boni". 
Que el pingo, el suyo o cualquier otro de remonta que ensillara para darle un respiro a su zaino también  parecía conocerlo y moverse marcando el paso del cantito. Y que ni trotando ni galopando  dicen que se quejaba conseguía  parara de sonarle dentro de la cabeza y en las patas del pingo. 
Por maldad o por vergüenza, nadie lo quiso consolar y  se murió mucho después,  lanceado por  la caballería del Imperio y  sin saber que a muchos les estaba pasando igual, pero que no  tenían las bolas colocadas como tendrían que estar para reconocer que a ellos también se les había metido.
Por ahí alguno, rezagado o medio alejado de la formación, se lo habrá dicho a su  caballo en secreto.  Pero reconocerlo era tan difícail como hablar de que no estaban haciendo mas que dar vueltas y vueltas al eje de la noria invisible del medio de la pampa. Estirando un cascarón de yuyos. Un pedazo apenas de la Ceación que dejó Dios nada mas que para que ellos y uno que otro araucano siguieran vivos, ignorantes de que ya había pasado el fin del mundo. 

Guardarse para uno mismo la tonada o los versos que se le habían pegado para siempre, y hablar de formas de estar seguros de ir en línea recta aunque sea por una jornada, era la única manera de dar a entender que uno también estaba sintiendo  algo parecido. 
El que dos noches seguidas  soñó que había un viento que quebraba mástiles altos y anchos como la torre de la catedral, y nunca en su vida había visto un mástil, habló del viento. 
Se dijo que amaneciendo el viento era fresco y, tan fuerte, que era capaz de mantener un poncho medio acostado en el aire. Que después iba bajando  hasta que apenas daba para que flote el  gallardete de la escolta  y que, cuando todos querían parar por el hambre y  ya la luz que del mediodía que  encandilaba  no permitia ver mas, el viento ni se sentía, la bandera caía pegada a la tacuara  y bajo las sombrillas  de ponchos que se armaban para matear y masticar el charqui de mediodía se notaba que el humo del fogón del mate   y de los cigarros de chala se iba derecho para arriba.

Hacia arriba: no al  cielo, porque esos medio días el lugar del cielo lo ocupaba una plancha de luz con un centro  redondo amarillo quemante, que debía ser el sol. 
Cuando después del mate se siesteaba, y  después, cuando a empezaba  la segunda posta de la jornada, el viento volvía a empezar y seguía creciendo hasta que se hacía noche y como dormían tanto, nadie sabría hasta que hora seguía aumentando, ni a que hora empezaba a aflojar. 
El último en dormirse nunca debió llegar a mas de tres o cuatro mates de los primeros ronquidos, o a  la tercer pitada, en esos días en que quedaban  tabaco y chalas para armar. 
Los  que oyeron esa conversación del viento, no bien se hizo la luz lo hablaron con todos, y hasta el momento de palmar como muertos sobre los cueros no se habló ni se pensó en otra cosa.
El viento  es lo menos de fiar que hay... Cabildeaban y en eso estuvo de acuerdo hasta el marino. 

El viento no es de fiar,  es puro aire y  puede ir para cualquier parte. 
Allí seguro que  le pasaría como a ellos: arrancaría yendo para  a cualquier parte y de a poco iría cambiando la dirección, según las horas y según vaya a saberse por cuál  otra razón si hubiera alguna razón en las cosas. 
El marino aprovechó para volver a la cantilena de la flota y dijo que en el mar el viento cambia y arranca del norte y termina viniendo del sur en días normales.  Cuando hay tormentas, da vueltas desde  el este al oeste y al norte y para ver de donde viene da a lo mismo mirar la brújula que mirar como llueve porque  si está dejando de llover y refresca, seguro ya esta viniendo desde el sur, y si sigue caliente el aire seguro viene de un sitio entre el norte y el este.

Allí tampoco se comprendió la explicación, pero oír la palabra  brújula y empezar todos a putear  contra todos por no habérsele ocurrido a nadie traer una brújula fue casi lo mismo. 
El marino apaciguó a los recriminadores  cuando dijo que nunca a  nadie de la flota se le ocurrió llevar bolas las boleadoras ni  rebenque a los barcos, y por eso  a ellos le sucedió lo mismo.
Eso sí se entendió pero por el calor de la siesta o por la rabia de no tener brújula y llevar en cambio tanto rebenque al pedo, ninguno lo festejó como un chiste, y si pudo haber habido uno que lo escuchó como chiste supo aguantarse las ganas de reír.

Ni hablar de las estrellas.  Todos sabían reconocer las Tres Marías, el Lucero y la Cruz del Sur. Pero ahí caía la noche y  al mismo tiempo que el Lucero tan verde, aparecía blanquísima y bien alta la Cruz del Sur con los brazos apuntando a los lados, el pie hacia abajo, hacia la propia pampa, y la cabecera apuntando hacia la parte del  cielo donde no había ni una estrellas y debía ser sur del firmamento.
¿Pero de que iría a servirles conocer ese sur,  que  aunque de día se lo pudiera ver y se mantuviera todo el tiempo a la izquierda de la formación,  si giraba, y tal como parecía girar, los haría hacer girar también a  la par a ellos. 
Y si como la cordura invitaba a pensar se quedaba quieto allí en su lugar: ¿No iba a tenerlos  para siempre, igual que ahora, girando alrededor de algo que, por mas alto o  lejano que fuera no podía impedir que giraran y no parasen de girar y girar..?

No pensar, mejor. 
Buena señal  fue que cada vez mas seguido aparecieran osamentas. Y en cabezas de vacas y caballos blanqueadas  por tanto tiempo al sol casi siempre se encontraba un nido de hornero recién terminado. 
Eso algo debía anunciar, aunque el yuyo seguía siendo el mismo, siempre igual,  y ni señales de arroyos, lagunas,  montes, taperas, ni cosa que se pareciese a restos de fortines 
Los pájaros, pobres bichos aquerenciados donde ni árbol, ni  poste, ni piedra elevada  hallan para anidar, se conforman con lo único que sobresale un poco de los pastos y empollan huevos y pichones al alcance de culebras, cuises y  sabandijas de la tierra que ya han de haberse hecho un vicio el gustito del ave pichona y sus huevos.
El pasto seguía igual, pero nunca faltaba uno a quien le daba por decir que estaban pasando por un brocalón de tierra blanda, y pretendiendo que todos vieran pasto mas verde y  fresco,  detenía a la tropa para  cavar y rabdomar y probar que ahí nomás había agua.
Eso pasa por tanto oír historias sobre travesías con sed y de campañas donde la sed hizo mas muertos que la indiada, la peste, y el salvajismo hispánico. Pero sobrando  tinas de barro y toneles de pino con agua buena de Córdoba  no había mas razón para atrasarse leguas que darle el gusto a uno que se sintió en el deber hacer noticia.

Acá sí...
Siempre había uno que le daba la razón al que se encaprichaba en demostrar que era tierra mas blanda, pasto mas fresco, yuyo mas verde. Y siempre se formaba un pelotón que  los rodeaba y les decía que no vieran visiones y que miraran siempre adelante, para no terminar de volver loca a la tropa.
Otros veían un humito, lejos, siempre en el horizonte. Al principio, se apretaba el paso, algunos arrancaban a galopar, las chinas y los reseros que venían a cargo de los animales de carnear empezaban con alaridos y reclamos  porque no querían que los de buena monta los dejasen atrás, y  cada humo que se creyó haber visto se producía una reyerta y a la noche, calmados los ánimos, todos, menos el que dio la voz de alarma terminaban reconociendo que no habían visto nada.

Volvieron a encontrar una calavera de caballo con su nido de horneros. 
¡Pobres  bichos ! Habló alguien.
Al menos vuelan... Le contestaron.
En el fuerte de Montevideo, cuando el sitio, los franceses subían en un globo de colores, a  vapor de carbón...
¿Alguien lo vio a eso?
No... Yo lo sentí decir a las tropas de López y Lamadrid cuando vinieron a hacer diana en el funeral del gobernador... 
¿Y lo creistes vos..? 
Y si.. Les creí. ¿Que mi costaba creír? Hablaba así el del funeral para que no se le notara la tonadita paraguaya.
Yo globos vi subir, fueron tan alto arriba que ni se vieron mas,  pero eran nomás así de grandes... señalaba con la vaina del sable patrio como una carpa de carreta a lo mas... 
Con globos de esos podés subir y ver de lejos  todo lo que haya...
En esos que yo vi, que eran así volvía a señalarno cabía un francés ni nadies...
Si hicieran globos grandes se podría ver...
Mierda verías aquí... 
Pasto y mas nada, verías aquí...

Cansados, sabiendo que  de un momento a otro iba a oscurecer, a uno que le había dado la locura de apartarse  encontró una cagada y se apareció al galope gritando:
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Y despues dijo señalando a un lado:
 ¡Vi mierda! ¡Yo hallé mierda allí ! ¡Menos de media legua de donde estamos ahora..!
Todos, hasta uno que no entendió, se le arrimaron y desmontaron para abrazarlo, y a los que se fueron arrimando al llegar  apelotonamiento de caballos  apeaban y  los abrazaban y les repetían "mierda mierda", locos de contentos.

Esa noche salían del oscuro voces que hablaban, sin saber bien con quien, porque tendido culo arriba y encarpado en el poncho es difícil que se te reconozca por la voz.
Fresca al parecer era, uno que andaba bien cerquita debió ser el que la cagó...
Lástima nos haya desertado el baquiano...
Lo engañaron... Seguro que los que dejaron el tirador con tantas libras eran los Nacionales...
De ser así quiere decir que alguno fue y  contó...
¿Que lo contó a qué ?
Que íbamos...Que veníamos.. ¡Que vamos a empezar otra vez!  ¿Que mas iban a  necesitar  saber ?
¡Lástima no tener baquiano..!
Por ahí mejor que no haya...¿Cuántos éramos ?
Trescientos, creo...
¿Quien los contó ?...
Nadie contó, trae desgracia contar.
Contar sí, trae desgracia... Era una voz de mas lejos, que acababa de meterse en la conversación.
Ponéle que seamos cientos, raro con tanto cristiano   criado en puro campo, no habemos ni uno que se dea maña para baquiano...
Culastrones sí que debe de haber...
Seguro que eso usté lo conoce en carne propia, paisano... 
Será cuestión de que se arrime y pruebe, aparcero... Habló una voz cercana, que como  parecía venir de arriba, a alguno mas debió darle impresión de que era uno se cabrió. Por eso salió a calmar los ánimos:
En Mercedes, por mentar  algo parecido, mataron a dos...
Un baquiano sabría decir, mirando la suciedad, para donde iba el hombre, y si era un pampa o un cristiano... Otro que quiso cambiar de tema.
Baquiano es el que se da ánimos para inventar siempre, y tiene la fortuna de embocar todas las veces... Pasó el tema de la carne propia, por suerte.
Dice que la mierda del indio es seca, porque no come verde, nada mas carne y grasa come&
Seca y dulzona, como la bosta de caballo es la mierda del pampa, porque el salvaje no usa sal...
No sé... Yo no probé... Era un chiste pero nadie lo festejó.
Eso de no usar sal fue antes... Ahora el pampa copia todo al cristiano... ¿No es verdad?
Sí que es verdad... Yo  en la frontera vi uno que no mas le quitó  el facón, la bota  y las espuelas a un oficial muerto y  hay mismo se los calzó...
Yo vi indios con reloses   y cadena de plata...
No sabía andar calzado...  Andaba como pisando abrojo y agarrame que me caigo... Grandote, el pampa, se pegaba en la panza como si en vez de esquilmarle, se lo hubiera comido al oficial...
Al indio le gusta mas el aguardiente en botella que el de ellos mismos, ese de los jarritos de barro horneado... ¡Son capaces de cambiarte dos mujeres nuevas por una libra de chocolate del Brasil..!
¿Se atreverá de veras un baquiano a sentirle el gusto a una mierda de indios.. ?
Se atreve, o hace como que se atreve: toca con este dedo, y lo lengüetea con este otro... Seguro que sacaba una mano de abajo del poncho, pero nadie lo iría a mirar.
El baquiano bolacea y acierta siempre...
Adivinan... Hay gente que tiene el don...
Pero ahora los indios saben ponerle sal a todo a todo... ¡Seguro que también se roban sal  en los malones !
Hacen de todo menos sembrar... Si nos vieran comer patata y chaucha, ya andarían ellos alzándose con toda la verdura en los malones...
Podridos de lo verde tendrían que estar los pampas si se criaron aquí...
¿Pescado comen che en la flota..?
Casi jamás... 
Fácil se reconoció la manera de hablar del Marinero y ahora se me hace que se sintió el ruido de varios acomodándose los cueros y los ponchos para taparse y aguantar mejor la cantilena que se vieron venir. SI fue así, acertaron porque el hombre fue arrancando de  a poco: 
Pez casi jamás se come... El la flota de mar no hay quien quiera pescar, en la flota de mar se caza el pulpo y el pez vaca, que es como un perro que acompaña a las naves y se lo arrebata con lanza y cabo engarfiado... Sabe como a la carne de ternera... Pero el marino...
Ahí arrancó... Confirmó uno...
No.. No... Oye tú... Aprende esto... ¡Que los marinos no gustan de comer al pez vaca pues cuando lo alzan con garfio y cabrestantes, gime como personas..! ¡Llora y quien lo haya oído gemir no puede hincarle el diente! 
Suerte que no canta el pez vaca...
Te he dicho que llora y es como un perro... La carne se la dan a los prisioneros... Y el oficial de mar.... Era la voz hispana.
¡Canta..!
No... El oficial pide para sí los sesos y la partes de bajo vientre, si es macho... Oid esto...¡El macho tiene sus partes como las de un burro y los oficiales las cuecen en aceite y las devoran..!
Como los  correntinos que se comen la criadilla del toro antes que nada...
Los marinos prefieren el pulpo y la langosta canastera  que se le dice la calamara... El canto dice así... Iba a cantar.
¡A babor en la jarcia, que la carne esta triste..!Se le adelantó una voz áspera, como de tomador, aunque aquella noche nadie había dispuesto de ración de caña ni de vino.
¡Y a los libros del mar tu también los leíste! Era alguien que habló desde lejos, y que imitaba bastante bien. 
No es así... El canto dice:

Calamar Calamar a la mesa
que te quiero  comer la cabeza
a mi   pies a mis pies  hubo  un   pez
que boqueaba diciendo tal vez
cuando bajes al fondo del mar
serás tu quien esté en mi lugar

 

 

de "Cantos de Marineros en las pampas" publicado en España por Mondadori © 1998 Fogwill.

 

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