FOGWILL
 

Cantos de marineros en las pampas

 

Habló el que siempre repetía la cantilena de la flota de mar:
¡Por el sol..! Le sintieron decir.
Y si alguien mas lo oyó también debió pensar que era la prImer cosa atinada de lo mucho que dijo durante  todas esas  semanas de marcha.

Días malgastados y leguas descaminadas en esa pampa interminable, tolerando las serenatas de los payucas  y dichos hasta peores y mas desquiciados que los del marino,  cuidando parecer que seguían creídos de  que tarde o temprano llegarían al oeste y que alcanzarían la sierra chica y mas atrás  el nacimiento del río que, corriente abajo, los llevaría justo hasta El Lugar. 
Llamaban El Lugar al sitio de encuentro de todos los que seguían firmes en la idea de juntarse y  volver a empezar. Se platicaba eso pero de los derroches de tiempo y del descaminar leguas y jornadas  nadie en la tropa cometió la imprudencia de hablar. 
Tropa: solo tanta arma y munición encajonada demorándose en las carretas justificaba llamar tropa a ese montón indisciplinado y desparejo que traía semanas y semanas de  marchar, montar, apearse, ensillar y volver a montar, solo para volver a juntarse y tratar de empezar otra vez. 

¿Cuántas semanas ?
Si alguno tuvo voluntad de ir llevando la cuenta  supo guardarse el número y ni cuando las conversaciones daban lugar para lucirse con la cifra y amargarle la noche a todos dejó entrever que la sabía y  que no la decía por respeto. 
Se conversaba siempre en la comida de la noche. Se aprovechaba la poca luz de los fogones para platicar sin  que alguien, por escudriñador que fuese, pudiera descubrir de la cara del que iba hablando, o del que oía, los pensamientos verdaderos que no se dicen en la conversación. 
Y  la hora del sueño ayudaba: se podía platicar confiado en que al momento de no querer oír mas, o decir mas, estaba a mano el pretexto de caerse dormido y Dios Guarde que mañana será otro día. 

Volteaba el sueño y todos se dejaban voltear y mas cuando se andaba cerca de la cuestión de cuántos eran y  del tema de de con cuántos  mas sería menester  contar y el de cuánto sería que faltaba en meses o años, en tropa o armas,  en caballos y en plata,  o en voluntad y en muertos, para la hora de ganar, o para lo que cada uno pretendiera.
Ganar era lo que querían los mas, que eran los mas ilusos. Los menos, ya desde antes de arrancar querían ganar pero se contentaban con perder siempre que les dieran ocasión de perder al  modo propio y no al que elijan los  favorecido por la fortuna de  ganar.
Los cuándo, cuánto, y  el ganar y perder eran  los temas "que ni nombrar". Todavía se dice de ese modo en muchas partes.
Y lo que "ni escuchar" era lo que agobiaba: hablar de las criaturas,  las mujeres y las haciendas quedaron atrás y   de cosas parecidas que no conducen a nada. Tal esa cantilena del que venían llamando El Marinero  desde los primeros días de marcha. 

Porque siempre repetía lo mismo: que años y años revistó en la flota de mar y que en la flota  ésto o que en la flota aquello o que ellos en la flota de mar  solían hacer tal o cual otra cosa de tal o cual manera y nunca pudieron pasar dos noches sin que alguien tuviera que  mandarle que  pare de una vez de  contar y  de estorbar y que deje dormir la tropa.
De día,  uno que  por dormirse oyéndola la voz del marinero se le  había convertido en un mal sueño, le rogaba  por  el Sacrosanto que la termine con la historia de que en el mar los que mas cantan son los mejores marineros y que se guarde para él solo el cuento de que en la flota no es como en el campo y en los pueblos, que en la flota de mar se toma menos, y que entre los marinos el que mas canta nunca es el borracho, porque al revés: mejor y mas dispuesto  a bordo se muestra un personal mas canta y menos chupa y porque, igual que en todos lados, en el mar el tomador le  esquiva el bulto a la pelea y en el peligro se ve bien que  los que toman se achican primero que nadie. 
Y de noche, a la hora de contar, le copiaban los dichos y hasta la manera medio goda de hablar con zetas para anoticiarlo de que ya todos se sabían  la cantilena de memoria. 

En cuanto amenazaba  empezar algún imitador le ganaba el turno y, poniendo voz de bastonero de  circo, anticipaba:
Para esta velada anunciamos a la digna concurrencia de damas, clero, nobiliario, gente de armas y chinas de culear  que  habremos el honor de oír a quien ha visto faluchos corsarios  llenos de hindús  y  chinos iguales a los que la Britannia dio de escolta a San Martín, que mas  semejan  lazareto de leprosos o  quilombo de remate de esclavos que a cosa de utilidad para la guerra y ha tripulado naves insignia con gavieros  a proa que calzan botín de caucho y ostentan uniforme de -lana inglés bordado en hilos de oro y dará fe de que por igual en ambas  barcas como en toda nave de mar cualquiera sea su enseña,  mas canta el marinero, mejor marino es y mas se lo respeta a la hora  en que a bordo se reclama  personal que sirva... 

Copiándolo, los imitadores agrandaban la boca cuando les tocaba decir la aés y la és, y tanto ceceaban que se sentía  "abodo ze nejzezita pesoall  que zirja..."
 Y a fuerza de copiar la forma goda de hablar de los marinos mezturaban una que otra voz lusitana en las frases mas largas y hacían sonar las  zetas mas fuerte que cualquier español que, por descuido,  hayan dejado vivo los ejércitos de la Patria.

Pocos han de quedar, si queda alguno, de los que supieron recibir al  Capitán de  San Martín cuando bajó por primera vez de la  fragata inglesa y lo escucharon hablar como un godo.
 Y no ha de haber muchos vivos que pudieron oírlo cuando fue General de estas Provincias  y  Gran Libertador de América y  ni zetas ni eshes se le escapaban. Si   hasta los mandos  de batalla los  profería estirando el labio para que ni  oés ni  ás  sonaran como en la voz de un monárquico hidemilputas.
Valiente y puro sacrificio fue el puñado de criollos que se alistó en  las naves de Brown y de  Bouchard  sin conocimiento de en dónde se metían. Las que pasaron en esas goletas de tablones podridos, calafateadas a  lo bestia por gauchos y peones de herrero y mandadas por corsarios sin Dios, ni patria, ni respeto por la gente, obliga a tolerarles mañas y salvajadas a los pocos que pudieron volver. 
Pero hasta en esos patriotas  disgusta ésa ínfulas de hablar como asesinos virreinales: ni para burlar a un loco habría que permitir que  un criollo  hable así y revuelva  a sus paisanos los tiempos en que el que el monárquico  se creía mas y  se jactaba de que siempre esta patria  iba a seguir dejándose pisotear.
Pero la pampa  que endurece al hombre en tantas cosas en otras lo hace mas blando y lo distrae. Por eso  que  hablara igual que uno de la flota era lo último que   le amonestarían  al  marinero. Lo primero era lo peor de aquellas noches: su repetir y el agobiar repitiendo tanto y cansando. 

A él que lo copiaran y burlaran no parecía bochornarlo. Mismo cuando la tropa, meta risa y palmada, estaba festejando a algún imitador,  podía apersonarse ante cualquiera a pedir un chala, o el yesquero de llama pronta para prender un chala o un tabaco enrollado que algún  otro le convidó: ni bochorno ni nada parecía producirle la burla al hombre. 
Y menos enojo: igual que todos por esos días  era capaz de perdonarle lo peor al otro con tal de que no fuese  un flojo, un federal con tirador de plata, o un salvaje unitario de librea de tarciopelo y cachete entalcado. 
Si cuando se empezó a oír que había unos que andaban por ahí comprando caballos y encargando reservas y encurtidos con el plan de  empezar otra vez  el marino se compareció en la capilla de Flores entre los primeros  y ahí mismo donó unas libras de plata que debía  ser todo lo que tuvo en la vida  y  reclamó  que le tomasen juramento y  lo contasen como enrolado porque, sin eso, le dijo al escribiente, y sin arrancar en la primer partida que saliera a juntarse para empezar de nuevo, nunca mas iría a dormir tranquilo.
Y ahora justo venía a ser él lo que no dejaba dormir en paz a  la tropa. Mejor dicho: sería él o causa de él  porque si no empezaba él con la cantilena desde lo oscuro saltaban las voces que se le anticipaban para burlarlo o  incitarlo. 

No bien hablaba uno poniendo voz de godo marinero  quien siguiera despierto lo festejaba y se reía. Casi todos reían cuando escuchaban a un  imitador   diciendo o cantando. En cambio si se lo oían a él al revés: agobiaba, daba como  una tristeza y rabia y al mismo tiempo y ganas de que se calle de una vez. 
Él no festejaba burlas ni imitaciones. Pero escuchaba atento y al reflejo de algún fogón o al relumbrar de la brasa de un chala que pitaba  ávido daba  la impresión de medio sonreír.
 Y si hablaba era para corregir algo que le estaban copiando mal. Mas que enfadarlo parecía que se  daba por satisfecho con que se escuche lo que quiso decir aunque diera a reír a todos y aunque el que lo repetía se estuviera burlando y no creyese nada de lo que le copió. 

Había uno con jeta de mazorquero y que por eso mismo  lo llamaban  Mazorquero aunque se conocía que fue procurador con diploma en Chuquisaca y hasta la víspera del día que pidió juntarse con los que iban a volver a empezar figuró como letrado de la Legación del Litoral. Poco que ver con mazorqueros, pero, en el fondo, las ideas son casi las mismas: vivir de los  gobiernos. 
Fue el que mas le discutió la  primeras veces, cuando todavía pensaban que valía la pena discutirle, y en esas últimas noches era el  que lo imitaba mejor. 
Poniendo voz  de ceremonia  para destacarse y que lo oyeran, recitaba el Mazorquero:
Y que ningún criollo vaya a sentir que no haberlo sabido era ignorancia, porque nuestro invitado, antes de servir en la flota de mar  era también de los que se creían que  cantos de  marineros como el "Boga Boga" o el "Mi Bonito Se Fue Por Los Mares" que las gentes entonan sin entender eran güevada que cuanto mas se las escucha mas güevada parecen. El sabe bien decía y, alumbrado  amarillo por la linterna de parafina, señalaba a la oscuridad cuánto cuesta meterle en  la cabeza a un  milico pueblero o a un pajuerano de fortín que los viejos marinos no exageran  cuando hablan de que al canto de los marineros nadie lo va a entender del todo hasta que padezca algún naufragio o una desgracia grande de  mar...
A esa altura empezaban los gritos desde el oscuro:
¡Naufragio !  ¡Transnluchada impestuosa ! Podía oírse una voz.
¡Vías de agua en el codaste que no hay quien pueda, no hay quien pueda, no hay quien pueda... Reparar.. ! Canturreaba otro.
¡Veráis cuando la nave encalle y tengáis que abandonalle..! Decía alguien mas y parecía la amenaza de un fraile loco. 
Hasta la rocas, hasta las rocas os lleva el mar... Era lo único  que sabía decir el domador chileno de voz finita. Y siempre lo repetía.
¡Que hasta las rocas arrastre la corriente al marinante y hasta las bolas se entierre entre las olas el que le cante..! Ese era otro chileno, medio borracho pero buen payador.
Y pocos acertaban con la gramática arrevesada del marino. Si hasta se podía oír:
O  hacerois encallar en la costa o dejarseis llevaros por las corrientes hasta que las rompientes de las rocas del mar le naufragareis.. 
Y así seguían hasta que el mazorquero, o alguien con mas idea y condiciones de imitador, copiaba una de las frases que mas le gustaba  lucir al marino: 
 ¡Hasta que una tormenta desarbole ñamave y la escoree tanto que las olas se desmadren direictiño a  la bodega y  el hombre sepa que todo se termina, no se hará carne en nadie la veracidad del canto del marinero en estos tiempos de urbe toda alumbrada a gas y puro ferrocarril y güinchisters de repetición..! 

El marino nunca había nombrado güinchisters ni reilgüeis. 
Al fusil  él lo llamaba "rifle" como los godos. Y a lo que ahora empezaba a nombrarse "trenes" le desconfiaba tanto que si una vez los mentó, les habrá dicho "convoys"  a la manera de sureños y brasileiros. 
Pero el mazorquero, como la media docena de doctores y bardos que siempre andaban revolotéandolo, estaba envenenado contra las máquinas y  no desperdiciaba la ocasión para decir lo suyo antes de cerrar con un alarido que parecía en verdad grito de mazorquero y despertaba al mas cansado:
¡Oid carajos..! ¡Escuchad ahora al hombre y no vayáis a creer que lo que habréis de oír es bolazo venido de dichos que cuentan los  sabaleros de la boca del Río Reconquista..! 

Sabaleros son los que viven en ranchos horcajados en postes de sauce en las orillas del zanjón del puerto. 
Zarpan de noche en sus falúas para tirar la red y levantar su pesca:  sábalos rechonchos cebados con las sobras que la correntada arrastra desde los mataderos. Al sábalo lo venden para hacer jabón de gelatina y velas finas a las perfumerías y parece mentira que los franceses pidan para hacer sus velitas sin olor algo tan hediondo como la pescadera que cargan esas carretas de sábalo, que, de mañana, cuando  suben la barranca de El Retiro,  hasta el mercado de la Victoria llega el olor a sábalo podrido, no importa el lado para el que vaya el viento.

Pero mas que de la  pesca, el sabalero hace su plata por los chelines que junta en el fondeadero cuando llega una temporada de carga.
Basta que entre un barco británico para que salga el sabalero a darle servicio y así se  pasa días rema que te tema parado en la falúa y  cantando shangós de negros para darse ánimos y no quedarse dormido mientras carga, descarga o le hace alcahueterías a la oficialidad. 
Boga parado mirando adelante como postillón de carroza y en épocas  de carga se lo ve ir y venir día y noche con las falúa atosigada de ferretería británica y cajas con ajuares de contrabando para las tiendas. 
Si lo  arrastra a una leva, el sabalero entra al cuartel contando como propia cualquier historia que le sintió decir a un marinero o a un peón de muelles que como él mismo  nunca tripuló nada mas allá de los playones de Quilmes, o de la Banda Oriental del Uruguay en el mejor de los casos.

Bastaba que mentasen los sabaleros para que el marino saltara a corregir  y arrancara de nuevo con su cantilena de la flota. 
Y entonces sí mas de uno, deseoso de dormir y encarpado hasta la coronilla bajo su poncho, habrá pedido al cielo que se muriera de una vez, o que se murieran todos de una vez para no escuchar mas  y hundirse por fin en el fondo de algún pozo sin ruido.

Muerto, por milagro, hasta el momento, nadie había muerto. 
Y que se muera, mas que a ninguno se le debió desear al cordobés que perdió un tobiano, el potro  que el fraile de Mercedes  donó para que le entregase como prenda al cacique si se daba la necesidad de apaciguarlo.
No maten pampas, no se dejen matar por un malón,  esténse siempre bien lejecitos de la indiada... Y si les cruzan sean mas amistosos que ellos y van a ver que se los ganan... Dijo el  de sotana y se entendió que quería decir que cuidasen la pólvora que el Señor la creó para apurar al infierno a los herejes de Cristo y al Sanguinario Hispánico  y no para  asesinar salvajes que, según él, eran los inocentes mas preferidos de Dios.

Buen domador, el cordobés venía encargado de cuidar los pingos de remonta, pero chuzándolo para mostrarle a una china el corcoveo del potro, en una distracción le permitió escapar. La caballada estuvo arisca toda la jornada y pasaron muchos días y al desmontar y reunir los pingos antes de hacer noche seguía sintiéndose la falta de ese brillo nervioso del tobiano del cura. 
Y  quien por recordar al potro y su pelo lujoso y quien otro por acordarse del fraile, todos habrán rezado alguna vez pidiendo que el cordobés  se desnuque en una rodada o que le caiga encima del cielo una de esas piedras que pasan de noche  ardiendo y van a dar al valle de los cometas entre las sierras de Tandil. 
Hasta dormido se le deseó la muerte. Y a nadie le pareció  que la espantada fue una tontera  de momento,  ni un accidente que a quienquera le puede llegar a ocurrir. Pura maldad, pensaban todos. 
En cambio bastaba que el marinero cerrara la boca o que  se apartara a la vanguardia cuando las bestias olisqueaban salvajes cerca, para que nadie le deseara daño y todos lo respetaran, igual que cuando estaba dormido, manso. 
Era uno de esos que, haciendo, convence mas que con cualquier cosa que se le oiga decir, pero como nadie puede cerrarse las orejas basta que abra la boca para que la gente sople  y busque verle la cara a otros para mirarse compadeciendo lo que van a tener que aguantar. 

Pero la vez que se le oyó gritar: 
¡Por el  sol..!
Y mas  cuando  para explicarlo  refirió que hasta el pirata menos disciplinado sabía que  viendo de dónde salió el sol  bastaba orzar o derivar conforme al viento para rumbear al lado contrario del horizonte y así ganar el oeste, que  en  el Mar Sur siempre va a dar a tierra firme, los que entendieron dijeron sí. Y los mas cavilosos se dieron a pensar que, de tarde, mirando el punto por donde baje el sol, tendrían noticia justa de cuanto se fueron desviando por no tener en esa pampa nada  hacia lo que enfilar y  por las propias  distracciones que comete el hombre cuando anda medio desorientado.
No sé si se comprende, pero esa noche a todos les resultó tan atinado que les nació como una gratitud con el marino, mas no por eso iban a dejar de escaparle cuando amenazaba empezar la cantilena, ni dejarían de festejar a los que se burlaban, que cada día eran mas y que el hombre escuchaba como si se rieran de otro. 
Aunque pensándolo mejor, si por las risotadas entendió que lo estaban burlando, no es de descartar que se diera por contento con que sus dichos se repitan y  que cada quien lo tome como quiera tomarlo, puesto que para  eso debió haberlos repetido tanto. 

 

 

 

de "Cantos de Marineros en las pampas" publicado en España por Mondadori © 1998 Fogwill.

 

FOGWILL
ESCRITORES
HOME