JOSE PABLO FEINMANN

 El ejército de ceniza




   I

   Era un mal día para morir.
   –Ninguno es bueno– dice el doctor Villalba.
   El teniente Julián Quesada, entonces, advierte que ha expresado en voz alta sus pensamientos, sin proponérselo. ¿Ha sido el miedo o la indiferencia?
   No fue el miedo. ¿A qué podía temerle un hombre como yo, un soldado que había atravesado indemne la campaña del Brasil? Para mí, un duelo a pistola era apenas una caminata por Palermo con un par de tiros al final.
   La guerra lo endurece a uno. Le quita el miedo. El miedo a la muerte, ¿no? El único miedo. ¿O usted conoce algún otro?
   El coche del doctor Nicasio Costa, crujiendo y tambaleándose, marchaba adelante. Según los giros que diera, los perfiles que mostrara, el teniente Quesada podía ver la cara de su mortal enemigo. Debería ir casi apoyado contra la ventanilla; el sol, pese a la sombra de los altos árboles, iluminaba obstinadamente su cara. Impresionaba su palidez, sus arrugas profundas, talladas con lenta laboriosidad desde los tiempos coloniales. ¿Con ese hombre, con ese anciano a las puertas de la muerte iba a batirse ahora? Era –pensó– como mutilar un cadáver.
   –¿Puedo aconsejarle algo? –dice, a su lado, el doctor Villalba.
   Quesada lo mira. Benjamín Villalba es un político energético, un discurseador del Café de la Victoria, un federal que pertenece a su inteligencia y su linaje antes que a su partido.
   –Diga –dice Quesada.
   Villalba, intencionadamente, se demora. Enciende un largo cigarro inglés. Lanza el humo y carraspea. Entonces dice:
   –No lo mate. Hiéralo en un hombro, o en un brazo. O hasta en una pierna, si quiere. Pero hágame caso. No lo mate.
   Quesada sonríe, descreído.
   –No tengo tanta puntería. Si disparo, una de dos: o le erro o lo mato.
   La cara del doctor Nicasio Costa se cubre de sombras. El coche que lo transporta ha penetrado en un denso bosquecito. Los árboles, en lo alto, amontonan su follaje hasta cubrir el sol. Mirarlos produce vértigo. O, al menos, así le ocurre al doctor Nicasio Costa, venerable figura de la clase patricia de Buenos Aires, un hombre cuya indignación, ahora, no alcanza para disimular su miedo.
   –¿Falta mucho? –pregunta.
   –No sé –contesta el hombre que se sienta a su lado–. El que miró todo el tiempo hacia el camino fue usted, no yo.
   –Qué extraño –reflexiona Nicasio Costa–. Se me volvieron desconocidos estos lugares. ¿Cuánto hará que no vengo por aquí?
   –Desde la última vez que puso en riesgo su vida, doctor Costa –dice el hombre que se sienta a su frente–. Hace muchos años, seguramente.
   Créame, no tenía sentido. Era casi un moribundo, un hombre extraviado por su orgullo y por su casta. El incidente fue en el Café de la Victoria. No, no me confunda, Baigorria. Yo no soy un político, mucho menos un poeta. Eso sí, me aburría. Tanto, como en el campamento de Cerro Largo, donde nosotros, los vencedores de Ituzaingó, nos hacinábamos sin razón ni gloria.
   Pedí licencia y volví a Buenos Aires. Nada, ahora lo entiendo, pudo defraudar más a mi familia. Esperaban un héroe y recibían un soldado aburrido, quejoso por la falta de pago y la vaguedad del rumbo de la guerra.
   Abandoné mi hogar, no con dolor pero sí abatido por la oscuridad de los hechos que mi vida amontonaba. Deambulé durante varios días por Buenos Aires y sus suburbios; y durante uno de ellos –durante uno de esos días, quiero decirle– acabé con mis huesos en el Café de la Victoria. Alli dije –no recuerdo a santo de qué, pero seguramente con voz muy fuerte porque me exalto cuando hablo de la guerra– que el teniente Juan Ramón Costa había actuado como un cobarde durante la batalla de Ituzaingó, que no había ordenado la carga de los hombres bajo su mando, y que esta vacilación, esta debilidad miserable, le había costado la vida a muchos de sus bravos soldados, que murieron sin conducción, entre el desamparo y la impotencia, mientras él huía hacia las posiciones de los artilleros, protegiéndose, salvando vilmente su vida.
Para mi desdicha, posiblemente para la de ambos, estaba allí el doctor Nicasio Costa, padre del indigno teniente cuya indignidad acababa yo de proclamar a viva voz, porque así es como me ocurre cuando hablo de la guerra. Me exalto, se lo dije.
   –De todas las tonterías que he escuchado en mi vida –dijo el hombre sentado frente a Nicasio Costa–, la mayor es que el hombre tenga miedo, pues la muerte, fin inexorable, vendrá cuando tenga que venir.
   Costa lo miró durante un instante, confundido. Luego dijo:
   –No le entiendo.
   –Es una frase de un compatriota mío. Un poeta. No recuerdo si era exactamente así, pero ése era su sentido.
   Nicasio Costa carraspeó, como si estuviera a punto de encolerizarse.
   –Mister Walters–dijo–, usted no está aquí para recitar poemas.
   Walters sonrió con desenfado, sonora y casi brutalmente. Era un hombre robusto, con un abultado abdómen y una papada sólida, impetuosa. Sobre sus rodillas, había depositado una caja de madera, que sostenía con sus dos manos, protegiéndola, con exageración quizá, del ajetreo del coche. Dentro de esa caja, presumiblemente, había dos pistolas. Una para el doctor Costa, otra para el teniente Quesada.
   El hombre que se sentaba junto a Costa extrajo un pañuelo de su chaqueta negra y lo pasó por su frente. Padecía el calor. Se llamaba Blas Otero, era un español largamente afincado en el Plata y apadrinaba a Costa en esta aventura. Lamentó no haberle exigido que el duelo se realizara más temprano. Pero el viejo se obcecó, alegando sus años y su necesidad de dormir.
   Blas Otero miró a través de la ventanilla. El sol, afuera, hería la tierra. Para colmo, la ciudad estaba convulsionada y a la espera de acontecimientos. Con más razón, entonces, hechos como éste, como este duelo tardío y caluroso, debían llevarse a cabo cuando se alzaban las últimas sombras de la noche.
   No había sido así, y ya era tarde para lamentarlo.
   Los coches se detuvieron finalmente en un sitio donde el follaje de los árboles era aún más denso y sinuoso. Nicasio Costa volvió a mirar hacia lo alto. No sintió vértigo esta vez, pero el desborde de la vegetación le resultó opresivo. Lentamente, descendió del coche.
   El viejo se me acercó y dijo: "Usted no tendría que haber venido de uniforme. No me es grato dispararle a un soldado de la patria, aun cuando sea un proferidor de blasfemias como usted". "No se preocupe por eso", le dije. "Si tengo este uniforme es porque no tengo otra ropa. Haga de cuenta que estoy de civil".
   –Está bien –dice, solemne, Nicasio Costa–. Morirá, entonces.
   Mister Walters ha colocado un amplio pañuelo blanco sobre la tierra. Se mueve con gran seguridad, como si manejara la secreta urdimbre de los hechos.
   –Doctor Villalba –dice–, venga, por favor. –Villalba se le acerca hasta detenerse sobre el pañuelo. Walters extrae otro pañuelo de su chaqueta, se lo entrega y dice: –Cuente quince pasos hacia mi izquierda.
Villalba obedece. Luego se detiene, gira y dice:
   –Quince pasos, mister Walters.
   Walters asiente con un vigoroso movimiento de su cabeza.
   –Deposite allí el pañuelo que le entregué –ordena–. Y luego, retírese.–Villalba se retira. Walters fija su mirada en la figura del teniente Quesada. Ha empezado a soplar una brisa suave que mece pesadamente el follaje. Walters dice: –Teniente Quesada, ubíquese en la posición que acaba de abandonar el doctor Villalba.
   Julián Quesada camina lentamente hasta detenerse sobre el pañuelo. Luego gira y se coloca en posición de descanso. Mister Walters vuelve a asentir con un vigoroso movimiento de cabeza. Luego, dice:
   –Señor Otero, venga, por favor.–Blas Otero camina hasta llegar junto a Walters. El inglés extrae otro pañuelo, se lo entrega y dice: –Cuente quince pasos hacia mi derecha.
   Otero obedece. Luego se detiene, gira y dice:
   –Quince pasos, mister Waiters.
   –Deposite allí el pañuelo que le entregué –ordena Walters–. Y luego, retírese.–El doctor Nicasio Costa comienza a caminar hacia la posición que acaba de abandonar Otero. Las mejillas de Walters enrojecen y su papada se agita perceptiblemente. Dice: –No le dije nada aún, doctor Costa.
   –Sé lo que tengo que hacer –dice Costa, y busca su posición .
   Es un viejo pendenciero. ¿Cuántas bravatas como esta habrá hecho en su vida? Mi padre se le parece, o él se parece a mi padre, da lo mismo. Siempre visten de negro, lo miran a uno con la barbilla erguida, están llenos de orgullo y desprecio. Si mato a este hombre, no tendré de qué arrepentirme.
   Entonces mister Walters abrió la caja de madera. Había en ella lo que presumiblemente había: dos pistolas.
   –Doctor Villalba, señor Otero –dijo Walters–, pueden elegir las armas.
   Con pasos firmes pero lentos, sin poder eludir la solemnidad del instante –esa solemnidad grave, lúgubre, que la muerte, o la inminencia de la muerte, otorga a los actos humanos–, Benjamin Villalba y Blas Otero caminaron hasta detenerse ante la figura maciza y rubicunda de mister Walters. El inglés irguió levemente, como si la exhibiera con orgullo, la caja que sostenía entre sus manos carnosas, blandas como esponjas. Villalba tomó una pistola. Otero otra.
   –Pueden entregarlas a los duelistas –dijo Walters.
   Benjamin Villalba, con la misma lentitud y firmeza con que había caminado hasta Walters, se allegó al teniente Quesada. Le extendió la pistola.
   –Su arma, teniente.
   Blas Otero, al detenerse junto a Nicasio Costa, advirtió con temor e impotencia que a su apadrinado le temblaban las manos. Le extendió la pistola.
   –Su arma, doctor Costa –dijo.
   Costa tomó el arma con su mano derecha y la miró absurdamente, atónito quizá, como sorprendido por el desarrollo implacable de los hechos que él mismo había desencadenado .
   Miró a Otero y preguntó:
   –¿Funcionará?
   –¿El arma, dice usted? –preguntó, a su vez, Otero.
   –Claro, hombre. ¿Qué otra cosa podría importarme?
   –El responsable de las armas es mister Walters –dijo secamente Otero–. A él lo elegimos. El tendrá que decirlo .
   Se alejó rumbo a mister Walters. Villalba ya estaba allí .
   –El doctor Nicasio Costa –informó Bias Otero–, se ha interesado sobre el buen funcionamiento de las armas.
   Mister Walters asintió blandamente. Su gesto fue casi compasivo.
   –Caballeros –dijo dirigiéndose a los duelistas, aunque fijando especialmente su mirada en Nicasio Costa–, estas armas han sido creadas para acontecimientos como el que aquí está ocurriendo. Son pistolas de manufactura inglesa. Pueden ustedes imaginar su estilo y precisión.–Hizo una prolongada pausa. Villalba y Quesada lo miraban con fijeza, tensos, esperando sus órdenes.    –Caballeros –continuó Walters–, pueden prepararse. Cuando yo lo ordene, harán fuego.
   Treinta pasos separaban al teniente Quesada y al doctor Nicasio Costa. Lentamente, cada uno de ellos levantó su brazo y encañonó al otro.
   Sólo restaba la orden de Walters.
   –Caballeros –dijo, finalmente, mister Walters–, pueden hacer fuego.
   Se oyó un súbito estallido. Ahora, el arma del doctor Nicasio Costa humeaba en su mano presurosa y torpe. La bala se había perdido en lo alto, entre la espesura.
   El teniente Julián Quesada, indemne, mantenía su posición. Su brazo permanecía erguido, su mano sostenía casi con fiereza la pistola.
   –No dispare, teniente –dice entonces el doctor Villalba–. Matar a este hombre no le servirá de nada. No es una muerte lo que necesita su destino.
   –Silencio, doctor –ordena, enérgico, Walters–. La decisión pertenece al teniente.
   Julián Quesada hace fuego. El doctor Costa cae violentamente hacia atrás, de espaldas contra la tierra, y allí queda, inmóvil.
   Mister Walters, Villalba y Otero se acercan al caído.
   El teniente Quesada permanece en su posición, el brazo laxo a lo largo del cuerpo, humeante el arma.
   Walters se inclina sobre Costa y lo examina. Le quita la pistola de la mano, chasquea la lengua, se incorpora y anuncia:
   –Está muerto. La bala entró por el ojo izquierdo. – Dirigiéndose a Villalba y Otero: –Señores, el duelo ha terminado.–Mira entonces al teniente Quesada. Dice: – Buena puntería, teniente. Lo felicito. Ahora, entrégueme su arma.
   No me pregunte por qué lo maté. No lo sé bien. Porque pude haber hecho otra cosa. Descargar el arma contra la tierra, por ejemplo. Qué gesto, ¿no? Digno de un caballero. O de un soldado de la patria, como yo.
   Pero lo maté. Lo maté porque era un viejo arrogante y cobarde, cobarde como el hijo que llevaba su sangre, y que mandó al muere a sus hombres en Ituzaingó.
   Lo maté porque estaba aburrido. Porque el doctor Villalba se equivocaba: mi destino necesitaba una muerte. Algo, sea lo que fuese, tenía que cambiar en mi vida. Y a la vista está, Baigorria, el cambio se produjo. Si no, no estaría con usted ahora, cruzando este interminable desierto .
   Cuando lo vi muerto a Nicasio Costa, no pensé que esa muerte me lanzaría hacia los dominios del misterioso coronel Manuel Andrade.
   Así ha ocurrido, y posiblemente así debía ocurrir. Ahora, todo es futuro. Y los acontecimientos están allí – son la aventura, Baigorria, lo desconocido–, y esperan.


del libro "El ejército de ceniza", de José Pablo Feinmann. Publicado en 1986 por Legasa. © J.P.Feinmann.

 


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