Un poeta nacional, de C.E.Feiling  

 
 

II

    Al regresar del baño, Errandonea se detuvo discretamente ante el espejo. Mientras fingía arreglarse el saco, escrutó con detenimiento la imagen del comensal solitario cuyo rostro le resultaba familiar. Puchero, pan, una garrafa de vino tinto, soda. El menú del hombre era idéntico al elegido por sus amigos para festejarle el cumpleaños puchero por ser miércoles, día en que el restaurante se atestaba de gente dispuesta a comerlo recién hecho. Las coincidencias, sin embargo, no iban más allá de la elección de comida y bebida: ropas de colores vistosos pero sucias, surcadas de arrugas, pelo muy corto repelente, de un rubio casi gris y una mueca sobre los labios que parecía hallarse a medio camino entre el desdén y la furia. El contraste con la alegre bulla de sus amigos, vestidos para el evento y ya próximos a alcanzar las cumbres del alcohol, desde las que irían descendiendo durante toda la noche, hasta que una madrugada opaca los depositase en zaguanes o lechos, era más que extremo. Para colmo, el sujeto masticaba y bebía sin apartar la vista de un manoseado volumen. Schopenhauer quizás, aquellas ediciones baratas de pésimo papel y peor castellano.
    Errandonea estaba por volver a su mesa, con la feliz indiferencia de quien se resigna a olvidar un enigma poco importante, cuando la mirada del solitario lo interceptó. Sobre el espejo, los ojos de ambos se reconocieron, y el hombre hizo el gesto de la agrupación: abrió y cerró dos veces el puño, como si estuviese acalambrado. Conmovido por lo infantil del asunto, de señales y códigos que creía pertenecientes a su adolescencia provinciana, el poeta avanzó hacia quien así lo convocaba, e inmediatamente aunque no sin disgusto recordó el nombre. Jacobo Lifschitz, el farmacéutico.
    ¿Cómo está? No puedo decir que esperaba encontrarlo por el centro, habida cuenta de las últimas noticias.
    Apoyando una mano sobre el respaldo de la silla vacía, donde Lifschitz había dejado su abrigo, Errandonea le tendió la otra. Esa mínima amabilidad no fue bien recibida.
    ¿Cómo estás vos, Iscariote? ¿Todavía no delataste a nadie... o pensás empezar conmigo?
    No creo haberlo tuteado la última vez que nos vimos. Fue, de todas formas, hace mucho tiempo...
    Errandonea debió aguardar a que pasara uno de los mozos. Disimuló su cólera lo mejor que pudo: que aquel imbécil lo tratase, no ya de "tú", sino de "vos" intolerable afectación popular, era de por sí injuriante. ¿Y qué motivo o derecho podía tener para endilgarle una traición?
    Si no fuese porque está usted prófugo de la Justicia, lo retaba a duelo ahora mismo.
    Sentate y bajá la voz.
    Errandonea obedeció, refrenando su impulso de arrojarle el vino en la cara a Lifschitz. Había notado un ligero arrebol sobre las mejillas de éste, la sombra de lo que alguna vez fuera cortesía.
    Los duelos se los dejo a los burgueses; la causa no me da tiempo para lujos individualistas. Pero disculpame por llamarte delator. No lo sos todavía y quizá no lo seas nunca.
    Lifschitz le llenó un vaso. Tres manchas violáceas arruinaron la blancura del mantel: el pulso del farmacéutico temblaba, y Errandonea pensó que seguramente también le temblaba al preparar las bombas, cuyo efecto eran otras manchas violáceas, pero más irreparables.
    Decime...
    Otro mozo. Éste se demoró en tomar la orden de una pareja cercana, un hombre macizo y alto, de rasgos aindiados, a quien acompañaba una demi-mondaine de vestido verde y collar de perlas. Errandonea no lo supo en ese momento, pero iba a recordar durante toda su vida aquella triple advertencia: el anarquista, el hombre de aspecto marcial y la erupción cutánea apenas disimulada por el maquillajeque afeaba el rostro de aquella mujer.
    Decime, ¿por qué dejaste la agrupación justo cuando comenzábamos a actuar en serio?
    Me maravilla que se haga tiempo para discurrir sobre los motivos de otro. Sepa simplemente que he cambiado de ideas, y con ello no poco tuvo que ver la metodología que ustedes eligieron.
    Lifschitz se mordisqueó las uñas de la mano izquierda. Estaban rotas, quemadas por ácidos y sustancias químicas.
    Jueves siempre dijo que vos eras poco confiable, una veleta. Y si te referís a muertes como la de ese coronel, bien merecida la tenía.
    Errandonea se sintió tentado de volver a su mesa sin más, abandonar a ese hombre de modales desagradables e ideas fijas. "Jueves": le pareció francamente patética la insistencia en el misterio, casi tan patética como el hecho descubierto a medida que pasaban los minutos de que Lifschitz estuviese desesperado por hablar con alguien, someterse a la temporaria ilusión de que la Policía no lo buscaba.
    Jueves no existió nunca; ustedes inventaron el mito de un "cerebro maestro" para embaucar a imberbes como era yo hace unos años. Con el coronel Oyarzábal, por otra parte, murieron varios transeúntes inocentes, y no es algo que haya ocurrido por primera vez.
    Lifschitz sonrió. Cualquiera, al verlo en ese instante, lo hubiese creído una persona afable, de genuino buen humor.
    Imberbe seguís siendo.
    Errandonea conocía perfectamente las justificaciones a las que el farmacéutico iba a apelar. La de los anarquistas era una retórica burda, cuya apariencia de racionalidad apenas aumentaba cuando era precedida por un chiste de Lifschitz sobre su escasa barba, y seguida por una apelación a nobles sentimientos: el destierro de la injusticia, un mundo feliz y solidario, toda la cháchara tras la cual se escudaban los demenciales propósitos de aquellos individuos. Lifschitz dejó de sonreír y apuró el vaso de un solo trago. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano, como para hacer hincapié en que las servilletas eran otra convención burguesa. La actitud carecía de la espontaneidad con que un obrero o campesino hubiese hecho lo mismo.
    Deploramos que haya víctimas inocentes, pero algunos errores resultan inevitables. Cuando se va en pos de altos fines...
    El farmaceútico enmudeció de golpe, y Errandonea que comenzaba a divertirse un poco con el arrebato retórico, el pasaje del "vos" a la impostación y la gola percibió que Alberto Freixas se había acercado a la mesa. Su amigo era la cortesía en persona, al punto de tolerar que Errandonea, incapaz de sostenerse económicamente, llevase ya casi un año hospedado en su casa.
    Te olvidas de nosotros, Esteban. ¿No prefieres invitar al señor a que comparta nuestro modesto banquete, perdonando la contradictio in adiecto?
   
Indiscriminada cortesía y el empeño de interpolar latines en la más trivial de las conversaciones. Todo un abogado, Freixas: lo malo, se dijo Errandonea, era que a menudo pareciese un leguleyo de zarzuela.
    El señor está esperando a alguien. Yo sólo quise saludarlo.
    Errandonea se incorporó. Su amigo Freixas, tomándolo del brazo, vaciló por unos instantes al ver que el poeta no le tendía la mano a aquel hombre, que éste no se levantaba y que a él no lo presentaban.
    A medio camino entre la mesa de Lifschitz y la de quienes festejaban su cumpleaños, Errandonea escuchó por última vez la voz del farmacéutico. En ese momento, aquellas palabras sólo sirvieron para incrementar su enojo y la consternación de Freixas.
    Cuidate, poeta.

 

    Media hora más tarde, después de los postres Errandonea había abusado de su favorito, higos rellenos con nuez y cubiertos de crema, Lifschitz continuaba en su lugar. Parecía absorto en su Schopenhauer, indiferente a lo que ocurriese. Quedaban ya pocos comensales: Lifschitz, el grupo de Errandonea, el mestizo de la demi-mondaine y unas ocho o diez personas dispersas por el restaurante.
   
    "Dis-cur-so, dis-cur-so."
   
    Errandonea rechazó la insistente solicitud de sus amigos, pero tuvo que capitular, tras el cuarto brindis, ante un pedido de otra índole. El champán era bastante bueno, y Alberto Freixas sabía que nadie y mucho menos alguien como Errandonea está desprovisto de cierta vanidad.
    ¿Por qué entonces no recitas un poema, Esteban? Algo nuevo, mas desde ahora aere perennius. El que me mostraste hace una semana, por ejemplo.
   
    "Po-e-ma, po-e-ma."
   
    Tenedores y puños acentuaban cada sílaba, pero los mozos no parecían estar muy contentos con el ritmo. En parte halagado y en parte a fin de evitar un escándalo, Errandonea se dispuso a cumplir con el pedido. Tras ponerse de pie, carraspeó hasta conseguir un mínimo de silencio.
    Los versos que tan gentilmente me solicita Alberto son, en efecto, de reciente factura. Pertenecen a un poema llamado "Oceánida", por cuyas deficiencias, ya que aún se encuentra en estado de borrador, les pido a todos disculpas.
    La frase, seguida de una pausa larga, consiguió el silencio total. Salvo Lifschitz y el hombre de la demi-mondaine, todos en el restaurante, inclusive los mozos y el maître, giraron sus rostros hacia el poeta:
   

"El mar, lleno de urgencias masculinas,
bramaba alrededor de tu cintura,
y como un brazo colosal, la oscura
ribera te amparaba; en tus retinas
   
 y en tus cabellos, y en tu astral blancura
rieló con decadencias opalinas
esa luz de las tardes mortecinas..."

    Errandonea vaciló.
   
    "... que en las aguas pacíficas perdura..."
   
    ¿Un error? Vino, champán... en ese momento estaba tomando coñac. Por algún motivo, en el lapso de dos cuartetos, la gente había dejado de prestarle atención.
   
    "Y al penetrar entre tus muslos finos..."
   
    No. Así no.
   
    "La onda, como una daga... La onda... una daga..."
   
    Cuatro policías habían entrado al local. Esos uniformes lo sublevaban: ajustados y azules, ajustados en exceso y de un azul cuyo contraste con el negro del correaje era casi imperceptible. Vio cómo el mestizo de la demi-mondaine, ya de pie, se abría el saco para extraer un arma. Hizo un gesto con la cabeza, la abreviatura de una voz de mando, y los cuatro agentes se dirigieron hacia Lifschitz.
    Se lo llevaron. No hubo violencia; Lifschitz guardó el libro y los siete partieron como cumpliendo con una rutina: cuatro policías, un anarquista, un hombre de aspecto marcial y una mujer de vestido verde.
    Le resultó curioso también a sus amigos que el farmacéutico ni se resistiera. Más curioso, sin embargo, fue que el hombre de la demi-mondaine no le hubiese preguntado nada a Errandonea. Después de todo, él había sido el último en hablar con Jacobo Lifschitz.

 

 
 
de "Un poeta nacional", de C.E.Feiling. © 1993 Editorial Sudamericanaa. ©1993
 
     
 
LITERATURA ARGENTINA
C.E.FEILING