Un poeta nacional, de C.E.Feiling  

 
I

    Esteban Errandonea extrajo su reloj del chaleco y comprobó que había llegado a la cita con algunos minutos de antelación. Eran exactamente las nueve menos cinco, y a su alrededor la ciudad bullía enfebrecida. Capital de la República desde 1880: sólo veinticuatro años durante los cuales había crecido de un modo tan desaforado como abrumador. A Errandonea le molestaba especialmente ese tráfago de las calles del sur, del centro; estudiando los rostros que pasaban frente a él frente a la maciza puerta que no se atrevía a golpear, temeroso de que confundiesen su premura con obsecuencia, pensó que la inmigración ya era obscena. Italianos, polacos, irlandeses, rusos: la escoria del mundo desfiguraba la ciudad mientras el Gobierno persistía en su incontinente política. El Gobierno. Un remordimiento lógico e irrefutable pero pronto silenciado comenzó a roerle el estómago. Venía, después de todo, a mendigar un cargo público, algo que le permitiese seguir escribiendo. Maldijo interiormente su falta de clase, el apuro casi proletario que lo llevaba a exagerar la puntualidad. Para provenir de una familia con siglos en el país, cuyo árbol genealógico era la envidia así pensaba Errandonea entonces de las nuevas fortunas, tenía actitudes demasiado vehementes. El énfasis lo delataba: ropas negras, impecables polainas, pelo largo, porte envarado. Hasta la ausencia de pilosidades sobre el rostro era tan redundante como su escaso dinero. Todo revelaba su ambición de ser el más grande, el vate oracular de un país sin literatura.
    Desdeñando el llamador de bronce, agregado reciente que afeaba una puerta colonial, utilizó la contera de su bastón boj, marfil y plata, también excesivo para anunciarse. El criado negro que le franqueó el acceso a la casa del Ministro no le dio tiempo como para armarse un cigarrillo. Le pareció tonto, ridículo, ser descubierto en la pedestre ambición de hacerlo sólo con la mano izquierda.
   ¿Doctor Errandonea?
    El negro un anciano que bien podía haber participado de las Guerras de la Independencia se mostró perplejo ante el aspecto del visitante. ¿Qué importancia o dignidad tendría ese joven de luto, que desparramaba tabaco sobre la vereda?
   Señor Errandonea, pues no cargo con títulos académicos.
    Aquello despertó el interés, la suspicacia del negro. Llevaba años sin anunciar otra cosa que generales y doctores, o cuando menos licenciados y coroneles. Mientras tomaba el sombrero y el bastón de Errandonea, que colgó junto a la puerta cancel, se dijo que la política iba transformándose en algo cada vez más raro: jóvenes que nunca habían blandido una espada o arengado a la multitud.
    Errandonea aguardó a que el negro volviese la espalda para dejar caer su intento de cigarrillo. Le faltaba todavía mucha práctica, que adquiriría sin embargo durante las largas vigilias de los meses siguientes.
    Tras bordear el patio de la casa, cuya típica forma el poeta comparó mentalmente con el vago recuerdo de su casa natal, llegaron al estudio del Ministro. El negro lo anunció como "su visitante", temeroso quizá de que Errandonea le hubiese hecho una broma y fuese el doctor que correspondía. La máscara hipócrita del Ministro aquella no tan gris eminencia del Gobierno tardó apenas unas fracciones de segundo en reacomodarse, pero el lapso bastó para que Errandonea concluyese que la entrevista no iba a seguir el cauce habitual: atenta escucha con los ojos semicerrados, palabras de aliento y la promesa de un puesto decorativo en Educación o el encargo de unas odas para la Fiesta Patria.
    ¡Amigo Errandonea! Puntual como siempre, usted.
    Como siempre que me encuentro necesitado, dirá. Lamento no haber venido con unos minutos de retraso, porque percibo un desayuno aún sin terminar.
    El apretón de manos fue efusivo; la fuerza del Ministro dueño de una corpulencia digna del bronce al que aspiraba casi hizo tambalear a Errandonea, de baja estatura y magro de carnes. En la contienda de miradas también venció el Ministro, por la sencilla razón de que era el único en saber qué quería cada uno.
    Siéntese, que el negro Julio nos va a cebar unos mates.
    Acariciándose el bigote y la perilla, el hombre mayor estudió al más joven con detenimiento y creyó adecuado en parte por puro gusto de mantenerlo en vilo, en parte porque temía un rechazo diferir el instante de la propuesta.
    Como su carta fue tan oportuna, lo mandé llamar de inmediato. Pensaba en usted...
    El Ministro tuvo que forzar su memoria al máximo, puesto que carecía de tiempo para leer mucha literatura. Como casi siempre, sin embargo, se impuso el político capaz de acopiar los datos más dispares, cualquier información que mínimamente sirviese al progreso de su carrera. Cuando su visitante le devolvió el mate a Julio, ya había elegido la secuencia retórica de la entrevista: elogio primero, luego reparos sin cargar las tintas, que no sospechase ante ciertos vicios políticos juveniles y, por último, la propuesta.
    Atardecer de los jardines... su último libro es del todo notable; para mí fue un inmenso, un íntimo placer verificar que nuestra Nación tiene cultores de la Musa parangonables con los de Francia.
    Me halaga usted, pero creo que se excede sobremanera en la persona de este pobre versificador.
    La modestia le sentaba mal a Errandonea. Una cosa eran los elogios por escrito y otra que lo elogiasen en la cara. Era consciente de que su modestia resultaba falsa, de que al intentarla descubría una soberbia agresiva y cerril.
    El Ministro sorbió pensativamente su mate. No debía permitir que el poeta se pusiera tenso, porque en ese caso sería imposible persuadirlo. Repantigándose aun más en el sillón, le dirigió a Errandonea su sonrisa benévola, la que usaba para seducir a los diputados opositores y las jovencitas de la sociedad: un viejo bonachón, simpático. Decidió que el tabaco ayudaría a que Errandonea se distendiese.
    Fume si quiere, que a mí no me molesta. Puedo ofrecerle un habano...
    El poeta asintió con la cabeza, nervioso. Mientras extraía tabaco y papel, le pareció que el ademán responder con un ademán era casi guarango. Necesitaba un empleo, cualquier empleo y a cualquier costa: no podía permitir que sus nervios arruinasen la entrevista. Comenzaba a armar trabajosamente un cigarrillo cuando el negro Julio interrumpió su falsa concentración.
    Si el señor me permite.
    El criado tomó con suma delicadeza el papel y la bolsa de cuero que contenía el tabaco. Antes de que el Ministro terminase de cantar las loas a su fidelidad, valor, destreza y años de trabajo para la familia, el cigarrillo armado con una sola mano, la izquierda estaba listo. Errandonea lo encendió, devolviéndole una mirada fría a la socarrona del negro.
    Dígame, ¿es cierto que los poetas son siempre desdichados en el amor? Porque a mí se me hace que deben tener bastante éxito con el sexo débil. Su último libro, pongamos por caso, revela que usted ha libado de unas cuantas margaritas.
    El Ministro estaba adoptando una estrategia errónea, e ignoraba que el gesto de Julio no había sido de ayuda. Pese al rojo oscuro y aterciopelado de la bata, pese a su cuidadoso cinismo y al negro que le cebaba mate, caía en la vulgaridad. Errandonea intentó pensar en la habitación donde vivía la habitación que desde meses atrás le prestaba un amigo, pero el orgullo se impuso. La vulgaridad era detestable, indigna.
    No lo comprendo bien. De todas formas, conviene que sepa que la biografía no constituye el único acceso a la obra literaria. Esas margaritas, como usted las llama... tienen poco que ver con mujeres reales.
    Sorpresa y duda una duda casi admirativa se reflejaron sobre el rostro del negro. El puño derecho del Ministro apretó con fuerza uno de los brazos del sillón, perdiendo así el tinte rosado que los muchos banquetes otorgan a la piel. Hubo un silencio preñado de furia contenida. Cuando el Ministro recuperó la voz, se había revestido de su aura oficial.
    Dejémonos de preámbulos. La poesía es importante, pero yo no lo llamé para hablar de versos; mucho menos de las mujeres que inspiran esos versos.
    El negro Julio también había adoptado otro aire. Ya era invisible, no escuchaba: ni siquiera estaba allí.
    La República lo necesita, Errandonea. Entiendo que usted sabe manejar armas de fuego, y que ha ganado algunos trofeos de esgrima.
    Si una parte de la frase era absurdamente pomposa, la otra era extraña. Errandonea sintió el aguijón de la curiosidad, pero optó por responder a la casi pregunta y obviar el reclamo patrio.
    Armas de fuego hasta cierto punto. Esgrima sí, en sus tres variantes. Estar prácticamente sin trabajo me permite concurrir al Círculo Militar con bastante asiduidad.
    Mr. James Askew fue asesinado hace dos meses.
    El rostro del poeta le reveló al Ministro que era necesaria una penosa explicación. Suspirando, dejó que sus ojos vagasen unos instantes por el estudio. No fue coincidencia que reposaran, finalmente, sobre aquella vista de Londres, la clásica litografía de Westminster Abbey, el Támesis y el Parlamento. Pensó que el país aún no era un país, que sus maquinaciones de político hábil constituían una burda imitación de los poderes reales. La pluma de ese muchacho, en cambio, quizá se pudiese comparar sin desmedro con la literatura europea. ¿Sería rencor lo que lo llevaba a incluir a Errandonea en una empresa la que no iba a revelarle tan cercana a la traición? Literatura, juventud, mujeres: era rencor, pero así obraban los poderes reales.
    James Askew, aparte de Cónsul Honorario de Gran Bretaña e importante estanciero en el sur, tenía muchas influencias en su país de origen. Lo mató un anarquista fugado del penal de Valle Hermoso. El problema es que su mujer se niega a retornar a Gran Bretaña, pese a los ruegos de la familia y a que el Embajador me está haciendo la vida imposible.
    ¿Y yo...?
    El Ministro se sentía viejo, cansado. Tan cerca de la muerte y con tanto trabajo por delante. Se ajustó un poco la bata y volvió a suspirar.
    Quiero que me la traiga a la Capital, Errandonea. Quiero que me la traiga y me la suba a un barco. Elizabeth Askew, neé Fitzgerald, es una mujer culta. No podemos usar la violencia, de modo que usted tendrá que convencerla.
    Errandonea percibió el absurdo: La República lo necesita. De todas las ridiculeces que había oído, ésa se llevaba la palma. Con creces.
    Si ni siquiera la conozco... ¿cómo podría lograrlo?
    Por eso mismo. Tengo un nombramiento de Inspector de Prisiones. Si usted acepta, lo mandaré a Valle Hermoso acompañado de Julio. En esta época del año, allí... Bah, en cualquier época del año, allí no hay más que nieve, ovejas, criminales e indios. Mrs. Askew no podrá negarle hospedaje a un hombre como usted, sobre todo si lleva el encargo adicional de supervisar la captura del asesino. Con un poco de suerte, la nieve lo deja encerrado en la estancia. No creo que Mrs. Askew se resista a sus versos... Con otro poco de suerte, además, de hecho capturan al asesino y usted se lleva el crédito. ¿Acepta?
    Errandonea sintió un ardor en los dedos. Se estaba quemando con el cigarrillo que le había armado el negro. Sus nervios, sin embargo, habían desaparecido: pensaba estar en una posición de poder. Se tomó su tiempo, pero sólo después sabría que fue menos del que hubiese hecho falta. Aunque la propuesta era una locura, siempre había ambicionado ser un hombre de acción. Las Guerras de la Independencia, la Lucha contra el Indio, las Guerras Civiles... Tantos relatos que no lo habían tenido como protagonista.
    Julio le acercó un cenicero de plata. Apagó el cigarrillo con premeditación, pero su lentitud ocultaba una extraña alegría, el alivio de haber encontrado por fin una aventura.
    Acepto: he leído demasiadas novelas de Walter Scott como para perder esta oportunidad. Inspector de Prisiones y caballero andante, me gusta. ¿Supongo que me preguntaba por las armas de fuego porque la expedición tiene sus riesgos?
    Exacto. Esto, desde luego, es confidencial, pero los anarquistas están muy activos en la zona, entre peones y mineros... Hablando de anarquistas. . .
    Errandonea no necesitaba más que esa indicación para comprender qué quería deciraparentemente el Ministro. Lo interrumpió antes de que siguiese escarbando en el vergonzoso pasado.
    C'est maintennt du passé. Alguna vez escribí algo para La Protesta o Sol Libertario, ya no recuerdo. Mis simpatías están ahora con el Gobierno.
    Enrojeció levemente, pero al Ministro su sonrisa benévola había vuelto no pareció importarle.
    Capítulo cerrado, entonces. Quiero que pase por casa mañana a las doce, para que comentemos los detalles.
    El Ministro hizo una pausa teatral, carraspeó de un modo casi inaudible.
    Pero no nos olvidemos de brindar por su cumpleaños. Traeme dos coñacs, Julio.
    ¿Cómo supo que era mi cumpleaños?
    Trece de junio de mil ochocientos setenta y cuatro, hoy cumple treinta. Lo sé del mismo modo que recuerdo que sus artículos aparecieron en Sol Libertario, una publicación harto molesta.
    Errandonea estaba contento. Tan contento que se atrevió a pedir un cambio de bebida. Él prefería ginebra.
    Veo que usted es criollo viejo, muchacho. Bebe lo que nuestros hombres de campo. Yo no podría ni tragar ese líquido.
    Mientras el criado retornaba con las bebidas, Errandonea y el Ministro comentaron lo peculiar del asunto: el hecho de que un licor holandés fuese casi la bebida nacional.

 

 

 
 
de "Un poeta nacional", de C.E.Feiling. © 1993 Editorial Sudamericanaa. ©1993
 
     
 
LITERATURA ARGENTINA
C.E.FEILING