HOMENAJE A C.E.FEILING

MIGUEL RUSSO

 

Charlie Feiling   

C.E.Feiling

 


 

   Dice la leyenda que los ingleses nunca pierden los estribos. La flema, dicen. Por lo general, resulta inevitable, de antemano, estar en desacuerdo con muchas de sus afirmaciones, de sus creencias, de sus ritos, de sus actos. Pero después, un instante después, al hablar sobre esas afirmaciones, creencias, ritos o actos, es inevitable admitirlos como sensatos, lógicos, correctos. Y correcto, en este caso más que en ningún otro, significa todo lo contrario de lo políticamente correcto. Charlie era así. Uno no podía estar muy en desacuerdo con él: convencía, lógicamente, con palabras, sin gritos ni ademanes tan típicos de los latinos. Se paraba desde sus casi dos metros y hablaba. Lento, pausado, con una voz que parecía salida desde el fondo de todos los bares londinenses (o desde el fondo de todos los bares de cualquier parte del mundo).
   Sin embargo, la leyenda no cuenta que, a veces, muy pocas veces, ocurre que los ingleses pierden los estribos. Y Charlie, claro, era un inglés. Un inglés atípico, seguro, nacido en Rosario, criado en Buenos Aires, porteño por decisión, pero un inglés. Y como todo inglés perdía los estribos. La flema, como dicen.
   Una vez fue en Villa Gesell, en un multitudinario encuentro de narradores, entre mesas redondas de a cinco escritores por turno y más de cincuenta intercalados en el público. Los escritores -así como los ingleses con la flema- son una raza particular. En privado no eran muy distintos a cualquier tipo. Incluso, como solía decir Raymond Carver, hay algunos que hasta pueden llegar a ser los "tontos" de la cuadra: se quedan mirando durante horas un zapato en la mitad de la calle, no saben para qué sirve una pelota. Esas cosas. Y Charlie, claro, era un escritor. Y el escritor Charlie Feiling estaba entre el público. En ese momento, la mesa era ocupada por otros narradores, no importan los nombres. Y así como en privado los escritores son iguales a cualquier tipo, en público se suelen transformar en burlones: bromean, fundamentalmente, sobre los colegas, pero también sobre ellos mismos, sobre la literatura, sobre los editores, sobre las historias que cuentan o no pueden contar. "Defensas -solía decir Charlie-, defensas para cubrir la timidez".
   Esa vez, en Villa Gesell, los escritores de la mesa se debatían por ser graciosos -y a la vez sinceros- ante el tema del momento: el mercado editorial argentino. Uno de ellos (no importa el nombre, cualquiera) dio su punto de vista. Charlie, desde el público, estuvo en desacuerdo y mostró su desavenencia como lo hacía siempre (lo dicho: con palabras, sin gritos ni ademanes tan típicos de los latinos, con lógica). Desde la mesa, el escritor disertante replicó con una burla. Algo común, normal entre escritores en público. Charlie se sentó, no dijo nada más. La flema, como dicen.
   Pero a la noche, en esas mesas mucho más sustanciosas que las del encuentro (no muy redonda, sin público y con una cantidad suficiente de alcohol para llegar despiertos hasta las cinco de la mañana) Charlie le dijo al escritor disertante que no iba a permitirle nunca más una desautorización así, sin argumentos. No gritó, no hizo ademanes, sólo se paró con sus casi dos metros y dijo, muy cerca de la cara del escritor ex disertante "No te voy a permitir nunca más una desautorización así, sin argumentos". Todos se dieron cuenta de que el inglés había perdido los estribos. La flema, como dicen, había desaparecido. Y mucho más se dio cuenta el escritor que estaba tan cerca de los casi dos metros y la cara de Charlie.
   Miguel Briante (ese otro gran ausente), que en aquel encuentro -tanto en las mesas redondas del día como en las desmañadas de la noche- oficiaba de piedra filosofal con rigurosos aforismos, sentenció: "En mi época, estas discusiones sobre literatura se arreglaban a las trompadas". Y Charlie, que no era de esa época, también sabía que las discusiones sobre literatura sólo se arreglan a las trompadas. En ese momento, todos los participantes de la mesa desmañada, antes que ninguno el escritor ex disertante, se transformaron en ingleses. Adoptaron la flema, insistieron en no perder los estribos, pidieron perdón, brindaron, ofrecieron disculpas, y le retuvieron los brazos, por las dudas, al cada vez más porteño (como dicen) y menos inglés Charlie Feiling que, canchero, sonreía triunfante sobre la leyenda de la flema británica.

Miguel Russo

 

 

 

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