HOMENAJE A C.E.FEILING

FOGWILL

 

Charlie Feiling   

Fesas por las antípodas

 


 

   Era tan infalible detectando las unwritten laws que dirimen castigos y recompensas y regulan las instituciones como consciente de su incapacidad para obedecer la consigna de resignación que esas reglas prescriben ante la arbitrariedad.
   Por eso, cuando en el Liceo lo apodaron el fesa, no lo asumió como un estigma. Con arte de escritor integró a su novela personal esa vaga alusión a desidia, inepcia, torpeza motriz y haraganería y las llevó a primer plano de los blasones elegidos para distinguirse de su promoción.
   Después entre estudiantes, y más tarde entre artistas, escritores y gente de prensa con esa yeta de haber sido medio milico: nunca lo ocultó, siempre dejó entrever un regodeo orgulloso en el estigma o esa magia con que lo convertía en una virtud.
   En el Liceo supo ser un inglesito anglófilo hiperculto, fesa sí, pero bien diferenciado de los "mantequitas" y los "nenitas" que rehuyen el enfrentamiento físico y temen la violencia. Con tics y actitudes que hoy llamaríamos "culturosas" irradió algo inolvidable sobre esos cadetes que aún no habían sido dotados de la categoría "psicobolche" para entenderlas mejor y reprimirlas con eficacia. Nunca ocultó su repudio a las manifestaciones patrioteras y populistas: el fóbal, la "marchita", las peñas, la publicidad, los lugares comunes del lenguaje. Nunca disimuló el desaliento que en los tocados por una pasión de mar o cierta vocación de guerra, iba creciendo a medida que topaban con la evidencia de la irracional distribución de recursos marineros y bélicos, esa flota obsoleta boyando en agua dulce, el destino de escritorio, despacho de gobierno, cabina de escuchas telefónicas, comisarías, sindicatos intervenidos y sucuchos clandestinos que aguarda al oficial, esa administración absurda de un escalafón que no podía prometer más de una hora de blue water cada cien días perdidos en frentes burocráticos y la sospecha de que los mejores cuadros hacían de vigilantes y represores al servicio de un sector del gobierno.
   Pese a su exhibicionismo de disidencia y diferencialidad, nunca se sospechó que El Fesa pudiera ser un pacifista, un objetor o uno de esos que seguro van a arrugar desde el primer simulacro de tiro.
   Se sabe que Carlitos nunca posó de modesto ni de falso modesto. Pero tal como en estos últimos diez años de vigencia en la vidriera cultural nunca giró en descubierto sobre la cuenta de sus ancestros Feiling y Hope y sus lazos con tantos próceres culturales de la rubia Albion, en esos años entre milicos adiestrados para la derrota nunca exhibió sus antecedentes familiares en guerras victoriosas, en la inteligencia aliada ni en la supuestamente afable administración colonial de la India.
   Cuando le mostré los resultados que el methacrawler daba al linkear los Feilings que aparecen en http://www.scry.com/ayer/VICTORIA/4403321.htm del viejo Keith Grahame Feiling ningún hallazgo sorprendió al que en la intimidad o a solas con su viejo, haría de su raza, su lengua y su linaje culto hermético libre del racismo, el chauvinismo o engreimiento genético que abunda entre judíos, vascos, y hasta se empieza a notar entre los celtas.
   Para él, la enfática y teatral inglesidad que cultivaba, no promovía la ilusión de pertenecer a un grupo elegido por Dios, ni a uno llamado a conducir la banca y el seguro. Pero, ateísimo, sabía bien de la virtud y la gracia "divina" que estos mitos conceden a quien elige creer en ellos con un mejor destino terreno.
   Entendía como ese chino del Laiseca que "la verdadera religión/liga dos veces/te tiene unido con el cielo/para que sigas ligado con la tierra" y su religión laica lo mantuvo unido a hábitos de hospedaje, cortesía, correspondencia y correctness, al tiempo que lo preservó de una asimilación a la horda angloargentina que metaboliza chicken pie, gin tonics y drambuie en esos despachos semigerenciales que están a punto de desaparecer. Era un inglés, hijo de inglés, no un descendiente.
   Lo conocí en la época de Viola, en la presentación del grupo Lecturas Críticas que magnetizaba el joven Alan Pauls y proponía consagrar a ninguneados por la prensa cultural como Laiseca y Lamborghini. Como Alan, adhería a un proyecto profesional que despreciaba los engañapichanga de la academia y las diversas formas de la misericordia del Estado. Juntos nos reímos de todos los maestrociruela incluyendo a no pocas figuras que respetábamos como críticos o creadores originales. Nos burlábamos del Club Socialista. Hace poco, interpretando mal una carta de Viñas, nos reímos de filósofos y sociólogos marxistas que proponen una interpretación bélica del conflicto social y una representación clasista de los episodios militares y policiales y que para probarlo piden subsidios, y se indignan cuando un organismo de beneficencia que depende del Dr. Menem los descalifica. Nos consternábamos ante las tonterías de la prensa cultural excepto las perpetradas por dos de sus mejores amigos. Entre lectores situados tan en las antípodas que nunca pudimos coincidir en una preferencia literaria, ese fue el único tabú que respetamos en cada encuentro. Hablábamos siempre de la muerte en relación a tantas otras lacras y excesos parecidos que compartíamos y él siempre daba con alguna manera de referirla a un activismo compartido en defensa de lo que no debe morir en la literatura: la métrica, el saber reprimido de los clásicos y de la antig¸edad, las formas convencionales de los géneros como objeto previo a cualquier impulso de innovar.
   En las últimas charlas agregué el tema de su muerte como otro argumento al repertorio de nuestra interminable discusión política: si el mundo fuese liberal, y si la realidad fuese como tenés que imaginarla para ser liberal, no existirían tus libros, ni ese proyecto que es lo que más me atrae de tu obra, porque estarías muerto hace más de quince años..., le dije.
   Porque si un amor familiar, el de sus padres, pudo arrancarlo de la fase terminal de su primera leucemia, la pasión de Gabriela, y esa devoción con, sin, y contra todas las razones que se profesaron, fueron el sostén de su obra y con ella, las únicas justificaciones de seguir peleando, armado con el absurdo de la esperanza y la paciente sumisión a la opresiva y caníbal maquinaria médico asistencial.
   Ese amor que supo despertar y administrar explica que en el momento de despedirlo y sin palabras, casi todos nos soltásemos a llorar juntos sabiendo que los pocos que resistieron ese impulso, lo hicieron no por la verg¸enza que es llorar, sino por el pudor de jactarse de que, también a ellos Gabriela y Carlos habían hecho sentir tan cerca.

Fogwill

 

 

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