Entrevista a ALICIA DUJOVNE ORTIZ


del Semanario Brecha

 

Los mitos de la Argentina perdida

Entre la invención de un origen y el redescubrimiento de los mitos de una Argentina popular y misteriosa -la del peronismo, el tango y el fútbol- transcurre la búsqueda de la escritora Alicia Dujovne Ortiz.

    Ana Inés Larre Borges

Los cerca de 50 mil ejemplares de Eva Perón: la biografía vendidos sólo en su país, las múltiples traducciones y el éxito inmediato han sorprendido a Dujovne y le han otorgado una súbita notoriedad. Exiliada en Francia desde 1978, esta autora era ya en Argentina una periodista conocida por sus reportajes culturales en La Opinión y responsable de dos libros de poesía y dos de cuentos, de filiación imaginativa y surrealista. En el exilio escribió dos ficciones biográficas que, a diferencia de aquellos cuentos fantasiosos por los que se evadía de su país, buscan crear la historia de sus orígenes: El árbol de la gitana (presentado el jueves 12 por Alfaguara al público uruguayo) y El agujero en la tierra (Monteavila) son "intentos de inventar una tierra perdida a través del placer de las palabras".

Usted proviene de un medio familiar que, según sus propias palabras, tenía los ojos puestos en Europa, y creció ajena a los grandes mitos argentinos. Sin embargo ésos han sido los que le han traído la fama como escritora. ¿Cree que fue el exilio el que la hizo reencontrarse con esa mitología?

Sí, completamente. No me hubiera ocupado jamás de Maradona, ni probablemente tampoco de Eva Perón, ni de los temas de tango que estoy tocando ahora, sin la experiencia del exilio. Simplemente porque cuando estaba en Argentina soñaba con París; al llegar a París, el sueño ya estaba realizado y entonces ¿con qué voy a soñar si no es con lo que dejé detrás de mí, y por qué no con un país misterioso, con el que jamás había tenido relación o con el que no había creído tener relación?

En la biografía de Eva Perón cuenta que cuando murió Eva, aunque era una niña ajena al peronismo y la política, usted se sintió conmovida y lloró, pero debió ocultarse de la mirada de sus padres antiperonistas. ¿Es a eso a lo que se refiere?

Esa fue mi primera relación personal con Eva: emocionarme con el dolor del pueblo y de la gente, pero eso debía esconderse en la casa de padres socialistas y de izquierda. Al escribir sobre Evita recuperé esa experiencia, pero también los discursos de mis padres, que yo creía no oír en mi infancia, estaban ahí. Mi madre feminista no podía tolerar el feminismo de Eva porque le parecía falso; el discurso ideológico opositor de mi padre comunista, todo estaba allí. Yo tampoco tuve nada que ver con el fútbol -y todavía hoy, tras haber escrito sobre Maradona, no sé dónde están los buenos y dónde los malos en una cancha- pero el zumbido de la radio de los vecinos en las siestas de los domingos sí lo tenía en la oreja. La excitación del "gooooool" una la tiene, la ha vivido y a poco que rasque está ahí. Con el tango es igual. Creía detestarlo hasta que l La sensación es que fue repasando los mitos femeninos de Eva: la prostituta, la virgen que intercede, la mater dolorosa. ¿Cuáles fueron las preguntas que se planteó al comenzar a escribir esa biografía?

Después de realizar toda la parte de investigación me encontré con que no sólo el personaje de Evita es la contradicción viviente, sino que cada hecho, por mínimo que sea, tiene, por lo bajo, diez versiones contradictorias. ¿Dónde está la verdad? Hay una verdad de los hechos, pero todas las versiones contradictorias van agregando luz. Las cosas han pasado de una sola manera pero no hay ocultación, o deslizamiento hacia la izquierda o hacia la derecha, que no aclaren más aun el hecho. De modo que después de un tiempo me di cuenta de que todo lo que se decía sobre Evita, lo mejor y lo peor, era cierto.

Un hecho mínimo de la infancia de Evita que me llamó la atención es el referido a esa muñeca que ella deseaba como regalo de Reyes. La madre, que sólo pudo comprar una que tenía una pierna rota, le dio la explicación de que se cayó de un camello. ¿Cree que esa madre, capaz de un gesto tan vital y conmovedor, pudo ser la explicación de la capacidad de Eva para sortear un destino tan marcado?

Pienso que sí, que la rendija fue la permisividad de la madre, una madre que estimulaba la ilusión, una madre gozadora aunque era rechazada por todo un pueblo. Evita vivió la humillación total por ser la hija de la pecadora, que había sido vendida al terrateniente por una yegua y un sulki. Pero al mismo tiempo esta madre, que defendía a sus cachorros como una leona -y esa fue la frase que todos me dijeron en el pueblo de Los Toldos-, era una mujer sensual. Hubo entonces ese elemento positivo que Evita recibió: la apertura hacia la ilusión. La historia de la muñeca es fantástica por eso. ¿Y qué era Evita dirigente después? Una gran distribuidora de ilusiones. Si tuvo una teoría en su vida -porque por lo demás es absolutamente antiideológica, concreta y pragmática- es la del lujo, la de la ilusión. No quería darle a la gente cosas útiles. Decía que cuando el rico p Junto a su libro han salido otros dos, las novelas de Tomás Eloy Martínez y de Abel Posse, que se centran también en Eva, en desmedro de la figura de Perón. Hay un engrandecimiento de ella y la paralela descalificación de Perón. ¿No implica eso una simplificación de un fenómeno tan complejo como el peronismo?

Dejando de lado el fenómeno de la película, y en relación con las otras novelas, pienso que si hemos coincidido en esto por algo será. La descalificación de Perón será porque el tiempo va decantando las cosas. En mí hay una reacción absolutamente instintiva, humana. Entre el personaje de un seductor que parte de un vacío afectivo y seduce en base a decirle al otro lo que el otro quiere oír, tramposo, maquiavélico, helado, astuto, incapaz de jugarse por una pasión; y el de una mujer totalmente apasionada y frontal, que está obligada a trampear por su marginalidad y también porque está casada con un tramposo, mi elección es por el personaje femenino y mi identificación es con una tragedia femenina. Ella es una mujer que quiere existir, que quiere tener un poder nominal, un nombre, un nombramiento, todo lo que nunca tuvo como hija ilegítima; no lo logra y se enferma de un c? Es verdad que hoy, si uno ve documentales, parece imposible atribuirle un carisma a Perón. Sin embargo, es difícil aceptar que no lo tuviese.

El tenía carisma. ¿Por qué no lo percibimos ahora?

Quizás no sea su momento. Tenía otro tipo de carisma: el del criollo ladino, la cosa esquinada, los dichos camperos. El Perón viejo era irresistiblemente gracioso. Tenía una cosa simpática y seductora, era como el viejo Vizcacha. Eso es carisma, pero no es excitante. Y su genio fue percibir que la gente necesitaba alguien absolutamente fascinante y que no le bastaba el dictador de siempre, macho, sino que era necesaria una mamá. La originalidad de este fenómeno argentino es que no está el hombre sólo, muy viril y con bigotes, sino que hay la pareja humana. Papá y mamá, pero ambiguos. Un Perón que tenía caracteres feminoides, ambigüedades -no es el macho viril que dice las cosas de frente- y una mujer con todos los aspectos exteriores de la femineidad, pero sin hijos.

Casualmente leí su libro junto a otro que analizaba el mito de la Virgen María, y en ambos casos se percibe la necesidad de una intermediación. Eva cumple también ese papel de intercesora que la Iglesia le asigna a la virgen.

Evita es la intercesora, ella siempre lo dijo. Tenía esa frase extraordinaria: "Yo quiero ser el puente entre el pueblo y el General, pasen sobre mí". En sus formas públicas el discurso de Evita era ramplón, ahistórico, era un discurso de sumisión inenarrable a Perón. Por dos motivos: uno fue que no tenía otro remedio, para sobrevivir, que decir que él era el sol. En privado decía: "Sí, es el sol, pero no se le acerquen porque quema". Y también porque realmente tenía un agradecimiento al hombre que la había levantado, que la había legitimado, que se había casado con ella. Un sometimiento que en mi opinión la llevó a morirse. Evita hoy hubiese podido tener un discurso feminista, hubiese podido admitir su ambición personal, no habría tenido que dar vuelta la rabia contra ella misma y morirse de un cáncer.

¿Cómo pesó el mito de Eva en las mujeres de su generación? ¿Fue una traba esa mujer que parece una obsesión en la Argentina?

Pertenezco al grupo social argentino para quien Evita no era un mito, sino que aparecía más bien como una traba. Todo el peronismo parecía una traba para el desarrollo de un país en el que hubo uno de los primeros partidos comunistas del Cono Sur y movimientos socialista y anarquista importantes. El peronismo fue una involución, regresiva y peligrosa en el sentido de que tocara la entraña del pueblo con tanta irracionalidad. Pero todo esto se retrabaja con el tiempo y uno llega a la conclusión de que si esto ocurrió en el país es porque era una necesidad ineludible.

Usted empezó escribiendo cuentos que zafaban de la realidad, con cierta cuota de irracionalismo o surrealismo. Y la novela El árbol de la gitana, aunque tiene grandes cuotas de imaginación, aparece como una recuperación de la memoria. ¿Supone una evolución? ¿Primero la necesidad de escapar y ahora la de volver?

Es posible. El árbol de la gitana, que es en realidad anterior a esta biografía de Eva, constituye una etapa intermedia entre las primeras novelas surrealistas y la posibilidad de construir algo fuera de mi subjetividad. Es la escritura del exilio, que es otra esquina donde trato de darle un sentido a la fragmentación de mi vida y hablo descaradamente en primera persona. No es autobiografía, es autoficción, porque la elección de las historias que cuento apuntan a algo. No hay una palabra sobre la vida afectiva, ni sobre la vida real del trabajo. Hay una repetición de historias que tiene que ver con escombros, con fracturas.

Hay una insistencia en las historias contadas, sobre la idea de no pertenecer a ningún lugar, de tener siempre las valijas prontas. En un momento la gitana aconseja a la narradora: que "siempre la mitad de tu persona diga constantemente adiós". ¿Se trata de una herencia judía?

El problema es mucho peor. Se trata de media herencia judía y eso es más conflictivo. Yo tengo una identidad absolutamente escindida que he tenido que reivindicar.

La reivindicación de partir siempre. ¿Cómo se vive eso? ¿Como una liberación o como una pérdida?

Las dos cosas. La pérdida es dolorosa y enriquecedora. Vengo de historias de lugares perdidos, la Besarabia de mi abuelo Samuel Dujovne, que se suicidó porque la pampa era muy grande cuando fue a las colonias judías del barón de Hirsch; y también la Entre Ríos de mi madre, que descendía de terratenientes, pero que ya no lo eran porque mi abuelo perdió todo y se vino a Buenos Aires. Yo desciendo de una cantidad de pérdidas, y el comunismo de mis padres también era un comunismo perdido. Mis padres se habían ido del Partido Comunista, de modo que yo nazco en un no man's land, absolutamente en una tierra de nadie donde me tengo que inventar a mí misma. Jamás puse mis pies en una sinagoga o en una iglesia, pero tampoco en la iglesia del Partido Comunista. Me invento, y este árbol de la novela es el súmmum de la invención. Es un árbol genealógico lleno de huecos llenados con fantas? Se inventa un antepasado jasid, porque -como escribió en El árbol de la gitana- los jasid sostienen que "la tristeza es pecado".

Sí. Es la rama de la religión judía -y de todas las religiones- que siento más afín, por su actitud frente a la alegría. Ellos dicen que el que se mira a sí mismo cae en la melancolía, y que hay que abrirse al mundo para estar alegres. Y estar alegres es la única norma de sabiduría: la tristeza es pecado y eso yo lo creo muy profundamente.

 

Aparecido en Brecha, Nro. 603. Montevideo, Uruguay, 1997

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