ANTONIO DI BENEDETTO

 

Zama

Año 1794


    Me remontaba a la idea de un dios creador. Un espíritu que no hacía pie en nada, capaz de establecer las leyes del equilibrio, la gravedad y el movimiento. Pero su universo era una rotación de bolillas, mayores o menores, opacas o luminosas, en un espacio preciso, como recortado por el alcance de una mirada, en el cual el sonido resultaba inconcebible.
    Entonces, por mis necesidades, el dios creador tomaba la figura de un hombre, que no podía ser verdaderamente un hombre, porque era un dios, ajeno y remoto. Un anciano de melena y barba blancas, sentado en una roca, que contemplaba con cansancio el universo mudo.
    Sus cabellos eran de siempre blancos. Había nacido anciano y no podía morir. Su soledad era atroz. Aciaga.
    Como un dios no puede crear dioses, pensó crear al hombre, para que éste los creara.
    Creó entonces la vida. Pero antes de crear al hombre, hizo las culebras, los gérmenes de la peste y las moscas, dio fuego a los volcanes y removió el agua de los mares. Precisaba extirpar el tormento y una cierta cólera que la soledad había puesto en su corazón.
    Después realizó una obra de amor: el hombre, y lo rodeó de bienes.
    Pero el dios fracasó, porque el hombre creó multitud de dioses que no miraban bien al primero y no sólo se repartieron el universo, sino que algunos de ellos impusieron hegemonías. El mayor fracaso del dios consistió en que podía ver al hombre, pero el hombre no podía verlo a él, no podía devolverle ninguna de sus miradas enternecidas de padre.
    El dios quedó solo e irritado. Dejó que los frutos del bien se multiplicaran por sí mismos o por obra del hombre; mas no eliminó los males y desde entonces, para manifestar su presencia, se complacía en agitarlos, ora aquí, ora allá. Otros dioses advenedizos le ayudaban.
   


    Quise ser padre. Ser padre nuevamente, con hijo allí mismo, donde yo estaba, que pudiese entregarme una mirada de cariño cuando yo pusiese en él mis ojos y mi desolación.
    Emilia, la mujer que me atendía, una española viuda y pobre, que no me superaba en edad pero sí en carácter, se resistió y me insultaba en cada ocasión que yo volvía sobre mis propósitos.
    Por cuidar apariencias, yo conservaba mi cuarto en la posada, aunque dormía en su rancho, con ella, naturalmente.
    Una noche, lunar, muy pasada la medianoche, estábamos desvelados y sin gusto el uno por el otro. Emilia gárrula y yo con el pensamiento en mi teogonía, el oro del Perú y los caballos de las carreras. Ella hacía el inventario de los parientes que había perdido, y en realidad, creo, no le quedaba ninguno. Este cálculo ha de haber sacado, porque de pronto se echó a llorar y me dijo que yo era su único y último amparo, que me quería más que a su marido difunto y otras confidencias plañideras y ablandadoras. Me besó mucho en la boca y esa noche fue la primera de la cuenta, hasta ser madre.
    En el tiempo de las náuseas, ni yo la toleraba ni ella me soportaba. Sólo me daba acceso cuando le llevaba dinero, en oportunidades cada vez más ralas, porque mis disponibilidades eran ya muy magras y debía administrarlas con sabiduría.
    El niño nació enteco, sin duda porque la madre había gastado todas sus energías hacia afuera, gritándome.


[comienzo de "Zama]


 

de la novela "Zama", de Antonio Di Benedetto. © Herederos de A. Di Benedetto.

 

ANTONIO DI BENEDETTO
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