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"El Periodista de Buenos Aires", 18-10-86

 

nota aparecida en "El Periodista" de Buenos Aires a días de su muerte
batalla contra el olvido

Por Alberto Gonzalez Toro

    Enfermo, solo, casi olvidado por los hacedores de famas y glorias, Antonio Di Benedetto se ha refugiado en sus sueños. que él define "Sombras. y algo mas). Hace varios años (antes de que una patrulla militar lo secuestrara de su casa. en Mendoza) Di Benedetto opinaba "Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno por el contrario, Ias necesidades, el afán de descollar. hacen que el hombre use muchas armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la sociedad. Adentro suyo. se tortura. Por eso necesitamos la confesión. Por lo común nos rodean oídos sordos. La confesión busca sacar el veneno que tenemos adentro, busca el perdón. ¿Y quien es el que en forma directa nos otorga el perdón? La madre. Yo la perdí. Lo que yo siento en estos momentos es una soledad individual muy profunda, gran pudor en los sentimientos. Se me ha vuelto un tremendo problema exteriorizarlos. Si me juzgo -como todos los que fuimos inventados por Pirandello o Dostoievsky-, me siento solamente culpable y sin redención. Porque, ¿Quién me perdonaría? La otra alternativa de confesión la da el amor en pareja, que quizá sea la única salvación del hombre en sociedad". De alguna manera. en esta confesión podría resumirse todo el universo de este admirable escritor, de estilo riguroso, ceñido, que no permite ninguna distracción en el lector.
    A fines de la década del cincuenta. Di Benedetto respondió así a un breve cuestionario que le envió por correo el diario La Razón: «Nacido en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Estudios de abogacía (no terminados). Periodista desde los 18 años. Desde 1949. jefe de las secciones de artes, letras y espectáculos en el diario Los Andes, Corresponsal en Mendoza del diario La Prensa». Había escrito, ya, su obra maestra, Zama, la historia de un ser "solitario, aislado, patéticamente incómodo e inferior" en cualquier situación de la vida, con nostalgia de algo que no existe o existe apenas", según juzga Dario Puccini, catedrático de Literatura en la Universidad de Roma y uno de los mayores especialistas en la obra de Di Benedetto. "He escrito varias novelas, pero sólo rescato de ellas Zama, que me ha dado muchas satisfacciones. Incluso hay en Madrid una librería que lleva su nombre", ha dicho el escritor. Una novela que ha vendido 200.000 ejemplares en Alemania donde Di Benedetto es considerado uno de los más grandes narradores de Hispanoamérica.

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   Zama cuenta con un lenguaje castizo. bello, perfecto, la larga, infinita espera de un funcionario del imperio español en América que aguarda. en Asunción del Paraguay, ser trasladado a Buenos Aires. La espera de don Diego de Zama, en realidad, es una espera existencial, que lo degrada en su soledad, que lo hunde en sus culpas. "Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra -reflexiona Zama- Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas. Y yo así, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mencionar; yo ahí consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y modelarla hasta hacerle sangre".
    Ajeno, "perdido" en el mundo, el anónimo don Diego de Zama vive un exilio perpetuo. Recuerda a veces a su mujer y su hijo, a quienes envía de tanto en tanto un poco de dinero. Su mujer y su hijo son, al principio, el "objetivo" de su vida. Pero el paso del tiempo, la distancia, van borrando ese recuerdo . Don Diego queda, finalmente, con sus culpas "que no se puede ni borrarlas ni olvidarlas", según apunta Di Benedetto.

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    Zama fue publicada en 1956. Tuvo excelente crítica; tuvo poco lectores. Su autor siguió, empecinado, obstinado, cultivando el silencio. Ia humildad, lejos del "mundanal ruido". Ocupado varias horas al día por el periodismo, dedicaba los fines de semana a elaborar -pacientemente- una de las cumbres mayores de la narrativa Argentina. "El escritor debe producir primero el rechazo del lector, a raíz de que ese rechazo lo conmueve, empezar a elaborar la novela, a conseguir que la descubra en todos sus pliegues y repliegues más preferidos. Si el lector se siente identificado con el protagonista, se perderá".

    Es difícil identificarse con Aballay, personaje de un cuento antológico. Es imposible, en cambio. no admirar su perfección, su manejo del idioma su tiempo narrativo. Aballay resume, en pocas páginas, la concepción existencial de Di Benedetto, en donde el absurdo es, también, una cara del destino. Como la culpa. "Yo pienso mal del hombre -dice el novelista-. No es que yo piense mal de mi semejante, de mi vecino. Sencillamente pienso que yo -como carne. como ente pensante y actuante- no tengo las virtudes que debería tener. Nunca, o muy rara vez, cometo una buena acción... y no es nada frecuente que tenga buenos nobles pensamientos". Aballay, un gaucho que debe una muerte no puede apartar de su memoria la imagen de un niño, hijo del hombre que él ha matado. El niño, vio como Aballay mataba a su padre. Un día, el gaucho escucha el sermón de un cura. Y queda fascinado con la historia de los estilista que pagaban sus culpas habitando una cueva o la cumbre de una montaña. Aballay quiere imitarlos. Pero en la pampa no hay montañas. Decide, entonces, ser un estilista ecuestre. Montará en su caballo y no bajará más de él. El destino, sin embargo, lo está esperando: el niño. ya mayor, lo enfrentará .
    Aballay se detiene (montado en su caballo) con una caña. El destino quiere que esa caña atraviese la boca de su contrincante. El destino quiere también que Aballay baje del caballo para ayudar a quien quiso matarlo. Ya en el suelo. comprende que ha roto un mandato. Decide que. esta vez, tiene que hacerlo. Ha dudado unos segundos, sin embargo, el otro, desde abajo, le abre el vientre con su cuchillo. Austero, ceñido, el narrador culmina su relato; "Alcanza a saber que su cuerpo ya siempre quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas. Por causa de fuerza mayor, ha sido..."
    "Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo con una dolorosa sonrisa en los labios"

    Las constantes de "la culpa" y "la muerte", muestran también cómo era Di Benedetto. La culpa y la muerte también signan "Los Suicidas", mención especial en el concurso de novela Primera Plana Sudamericana,1967. Aquí Di Benedetto construye una historia casi "periodística", un informe despojado de frases cortas que un cronista desliza con fría objetividad. Texto camusiano. recorrido por una cruel melancolía, "Los Suicidas" es una nueva vuelta de tuerca en la obra de quien -según Borges- ha escrito "páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome".
    El 30 de abril de 1983, en Madrid, Antonio Di Benedetto escribe: "El titulo de este libro (Cuentos del exilio), posiblemente aprovechable en una ficha bio-bibliográfica "se debe a que los textos fueron escritos durante los años de exilio, que, bien considerado, vino a ser doble, cuando tui arrancado de mi hogar, mi familia, mi trabajo, los amigos, y luego al pasar a tierras lejanas y ajenas.
    "No se crea que, por más que haya sufrido, estas páginas tienen que constituir necesariamente una crónica ni contener una denuncia ni presentar rasgos políticos. Como me lo han enseñado Lou, el silencio, a veces equivale a una protesta muy aguda.
    "Acaso lo que dejen trascender, especialmente algunos cuentos, es que no pueden haber sido escritos sino por un exiliado. Pero nada más. Ya que son, sencilla y puramente, ficciones".

    La mayoría de estos cuentos fueron escritos en España. donde vivió los últimos años de su exilio. El cambio de realidad, el sufrimiento, el recuerdo de ese año y medio de prisión en Mendoza y La Plata, influyeron en su obra. Hay un mayor refugio en los sueños, hay una mayor preocupación por lo fantástico, por la "irrealidad". Tendencia que se acentúa en "Sombras, nada más" ... su último libro. La culpa, la soledad, la muerte, la tentación del suicidio, la nostalgia (sus temas recurrentes), reaparecen en Sombras. Pero aquí forman parte de una vasta ensoñación "delirio onírico", señala el novelista. Tanto "Sombras" como "Cuentos de exilio", son dos obras mayores, que articulan un lenguaje depurado, con un mundo cada vez más cerrado, más obsesivo que en su "delirio onirico". Saldo: apunta hacia la muerte, hacia un final que no admite esperanza alguna. El "delirio onírico" es, esencialmente, una manera de escapar a la locura. O de acercarse cada vez más a ella.
    Fiel a su modo de vida, ajeno a los cócteles literarios y demás oropeles, Di Benedetto ha elegido el silencio. Cuando se extingan las falsas llamas, cuando ni un mísero recuerdo quede de los voceros de la moda, la obra
    de este solitario mendocino emergerá como una de las más grandes, como una de las perfectas.

 

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ANTONIO DI BENEDETTO
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