PABLO DE SANTIS

 


Hotel del faro

I

Tengo sobre mi escritorio un faro de cerámica. Me sirve como pisapapeles, pero es sobre todo una molestia. En el pie se lee Recuerdo de Puerto Esfinge. La superficie del faro está cubierta de estrías, porque ayer, al acomodar los originales de una traducción, el faro se cayó del escritorio. Con paciencia, uní los pedazos: quien haya intentado rearmar un jarrón roto, sabe que, por minucioso que sea su empeño, hay fragmentos que nunca aparecen.
    Viajé a Puerto Esfinge hace cinco años, invitado a un congreso sobre traducción. Cuando llegó a mi casa el sobre con el membrete de la universidad, pensé que se trataba de algún papel atrasado. Continuamos recibiendo por años información de asociaciones o clubes a los que ya no pertenecemos, suscripciones de revistas canceladas, saludos de veterinarios dirigidos a un gato que se perdió un siglo atrás. Aunque uno se mude, la correspondencia atrasada lo alcanza; formamos parte de inmutables listas de correo, que no aceptan cambios de interés, de vivienda o de costumbres.
    La carta de la universidad no era, sin embargo, correspondencia atrasada; me escribía Julio Kuhn para invitarme al congreso. Kuhn era director del Departamento de Linguística de la Facultad. Habíamos estudiado juntos, pero yo había abandonado la carrera poco antes de recibirme. Sabía que Kuhn conseguía financiamiento de empresas privadas para su departamento a cambio de algunos servicios técnicos. En la carta explicaba que había pensado reunir en Puerto Esfinge durante cinco días a un grupo de gente variado, como para que no se convirtiera ni en una reunión de linguistas ni de traductores profesionales. Me había elegido a mí como traductor de textos científicos.
    Hacía mucho tiempo que no me cruzaba con ninguno de mis colegas. Estábamos dispersos, y de alguna manera ninguno de nosotros consideraba la traducción como un oficio definitivo, sino más bien como un desvío a partir de otras ocupaciones. Algunos habían querido ser escritores, y habían llegado a la traducción; otros enseñaban en la universidad, y habían llegado a la traducción. Sin darme cuenta, yo también había tomado ese desvío.
    Mi trabajo no facilitaba, tampoco, la comunicación con mis colegas, porque pasaba por las editoriales sólo para retirar los originales. Me cruzaba con secretarias, con directores de colección, nunca con otros traductores. Recibíamos noticias unos de otros, pero eran noticias indirectas y en su mayor parte, de meses atrás. Cuatro años antes dos traductores que trabajaban juntos en una enciclopedia habían intentado reunirnos en una especie de colegio u organización gremial, pero no habían juntado más que a un puñado. Cuando esos pocos se reunieron, una noche, frente a un programa de discusión demasiado amplio, todos se pelearon con todos, y los traductores volvieron a dispersarse.
    En la carta Julio Kuhn mencionaba a los otros invitados. A unos pocos los conocía personalmente, a otros sólo de nombre. Había varios extranjeros. En la última línea estaba el nombre de Ana Despina. No había confirmado aún su participación, pero decidí confirmar la mía.
    Los objetos que llevan inscripciones tales como Recuerdo de... rara vez son recuerdo de algo; el faro, en cambio, todavía me sigue enviando señales de advertencia.
   


    II


    Mi mujer, Elena, recibió con disimulada alegría la noticia de mi viaje. Durante unos días se vería libre de mis dolores de cabeza, mis monosílabos, mis paseos nocturnos por la casa. Las jaquecas, que sufría desde los quince años, se habían acentuado en los últimos meses. Los estudios no habían servido de nada; me habían recetado medicamentos que habían acabado con mi estómago pero no con el dolor. Estas jaquecas habían sido atribuidas sucesivamente a mi columna, a factores genéticos, a problemas en la vista, a la alimentación, a mi trabajo, al stress, a la ciudad, al mundo. Preferí volver a las aspirinas.
    Elena es seis años más joven que yo; como si necesitara borrar la diferencia, asume un aire de autoridad y me da siempre consejos que simulo estar dispuesto a cumplir. Elena necesita darme esos consejos, pero sabe que no es imprescindible que los cumpla; basta con que mantengamos, de tanto en tanto, un diálogo así, en el que ella ejerce la mayoría de edad, la sensatez y el orden, cualidades en las que tampoco cree.
    No te encierres en el hotel. No te preocupes por la conferencia dijo Elena mientras supervisaba el equipaje. Agregó una camisa blanca con rayitas azules y un par de zapatos de gamuza. Sacó la fotocopia de una traducción que tenía que revisar:No te lleves trabajo para hacer.
    Siempre empiezo yo a hacer la valija o el bolso, pero ella, acusándome de olvidadizo, ocupa mi lugar y termina la tarea con energía. Al ver el bolso cerrado, se quedó pensativa.
    Hace mucho que no viajamos a ninguna parte dijo.
    Era mentira. En los últimos seis meses habíamos hecho tres viajes. No la contradije, ya que la verdad era tan evidente para ella como para mí. Quería decir otra cosa: que quedaba fuera de este viaje, que los otros no importaban, porque éste era ahora, y ningún viaje pasado puede compararse con uno que está a punto de ocurrir.
    Vas a cumplir años lejos de mí dijo.
    Me había olvidado.
    Son solamente cuatro días. Cuando vuelvo, llamamos a los amigos y me hacés una torta con velitas.
    ¿Conocés a los otros invitados?preguntó.
    Le hablé de Julio Kuhn, el anfitrión; recordé las conversaciones interminables en los cafés que estaban enfrente de la facultad. Recordaba las cosas que decían los demás pero, por suerte, no había registrado nada de lo que yo mismo decía, como si hubiera estado siempre callado frente a interlocutores ansiosos. Le hablé también de Naum, con el que había trabajado en una editorial, cuando teníamos veinte años. Elena, que no lee nunca novelas, sino solamente ensayos, conocía bien a Naum y se interesó de inmediato al saber que él iba. Sentí un aguijonazo de envidia y celos; hacía tiempo que no pensaba en Naum, y me aturdió la sensación de no poder distanciarme, como si uno viera, al pasar por la calle, a un compañero de colegio, y quisiera golpearlo por alguna ofensa de tres décadas atrás.
    Naum se llamaba Silvio Naum, y firmaba sus libros S. Naum, y yo lo había llamado siempre Naum a secas.
    ¿Conocés a algunas de las mujeres que invitaron?preguntó.
    Miré la lista. Señalé un par de nombres. Le expliqué que apenas las conocía y que tenían muchos años.
    Antes de irme a la cama preparé el dinero, el documento y los pasajes, porque no estoy acostumbrado a levantarme temprano y a la madrugada actúo como un zombi. Miramos en la televisión un fragmento indeterminado de una películalejos del principio, que ya habíamos visto, y lejos del final, que también habíamos vistoy nos fuimos a la cama. Ninguno de los dos se durmió de inmediato; cada uno oía al otro moverse y girar en la danza silenciosa del insomnio. La cubrí con mi brazo y creo que se quedó dormida; yo no.
   


    III


    Viajé en avión hasta la capital de la provincia. El viaje duró algo más de dos horas. Leí el diario, completé el crucigrama y traté de poner en orden las notas que había hecho para la charla sobre Kabliz que tenía que dar.
    Cuando aterrizamos, el viento barría con fuerza la pista. Habían servido un café y un sándwich en el avión, pero igual seguía teniendo hambre.
    En el hall del aeropuerto unas pocas personas esperaban a los pasajeros de nuestro vuelo. Un hombre de campera amarilla sostenía un cartel que decía Congreso sobre traducción y siete pasajeros nos reunimos a su alrededor.
    Antes de que pudiéramos hacer un ademán de saludo, el hombre de amarillo nos llevó hasta una combi gris, que tenía el parabrisas protegido por una malla de hierro. Una vez que subimos, leyó una lista con nuestros nombres y los fue tachando a medida que nos identificábamos. "¿Naum?" preguntó por último, y nadie respondió.
    A mi lado viajaba una italiana de unos cincuenta años, delgada y elegante. Sacó un espejo de su cartera para ver si su peinado había sobrevivido al viento del sur. Se acomodó el pelo con la mano derecha, hasta que consideró que ya estaba en condiciones de presentarse. "Soy Rina Agri", me dijo, "tendiéndome la mano". El gesto desató una ola de saludos y todos nos dimos la mano, y dijimos los nombres a la vez, y nadie recordó ninguno.
    Cuando los saludos terminaron y la conversación volvió a fragmentarse, Rina Agri me preguntó qué traducía. Le hablé de los neurólogos rusos del círculo de Kabliz a los que había dedicado los últimos tres años. Como dos hablantes de distintas lenguas que buscan palabras que los dos entienden para empezar a hablar, rastreamos entre los otros invitados al congreso amigos comunes; me gustó que nombrara a Ana, porque al nombrarla la traía un poco más cerca de mí. También conocía bien a Naum.
    En los últimos años tuve que dedicarme a los best-sellers americanos, pero trato de no perder la curiosidaddijo. Todavía me escribo con algunas personas, con las que estamos preparando una Historia de la Traducción en Occidente. Así conocí a Ana y a Naum.
    Hacía diez años que yo no veía a ninguno de los dos. Durante toda mi vida me he hecho amigo de gente que por uno u otro motivo se ha ido al extranjero: con quienes se quedaron, no tengo nada en común, ni tampoco con quienes se fueron. Me siento un extranjero por omisión.
    Los otros pasajeros comentaban el paisaje, es decir, el no-paisaje. A los costados del camino no había nada; ni una sola construcción en ochenta kilómetros. La vegetación, baja y espinosa, se extendía sin límite.
    La conversación languideció en mitad del viaje, y volvió a animarse cuando el camino empezó a bordear la costa. El chofer no decía nada, conducía mudo, y cuando alguno le hacía alguna pregunta respondía con monosílabos.
    ¿Estuvo alguna vez en Puerto Esfinge? me preguntó Rina.
    Nunca dije. No sabía que existía.
    Sacó de la cartera un plano y lo desplegó con alguna dificultad. Los mapas son una versión abstracta del paisaje; pero en aquel viaje las cosas ocurrían al revés, y el paisaje era una versión abstracta del mapa. Me señaló un punto junto al mar. Busqué el nombre del pueblo, pero no lo encontré.
    Un cartel verde anunció que habíamos entrado a Puerto Esfinge. Pasamos primero junto a un cementerio con rejas de hierro, encerrado entre paredes grises, y luego junto a un faro que parecía abandonado. Lo rodeaba un alambrado que en un sector se había derrumbado sobre el pasto.
    El viento sacudía la combi. El mar, gris y picado, había levantado en la playa una franja de algas muertas, que en algunos puntos tomaba la consistencia de un largo muro de podredumbre.
    Oí la voz de un francés en el fondo que preguntaba por las palmeras, por el sol, por las playas de arena blanca que le habían prometido.
    La combi se detuvo frente al hotel. A un kilómetro y medio de distancia, empezaban las primeras casas, que se extendían por la bahía.
    El hotel era totalmente desproporcionado en comparación con Puerto Esfinge. Era el centro de un gran complejo turístico que no había llegado a existir. Estaba construido en dos cuerpos que se abrían en ángulo sobre la costa. Una mitad estaba terminada y empezaba a decaer; la otra mitad no tenía puertas, ni ventanas ni mampostería. Un cartel inmenso anunciaba la continuación de las obras, pero no se veían maquinarias ni obreros ni materiales de construcción. Sobre la entrada, leí en letras plateadas Hotel Internacional del Faro; arriba colgaban unas banderitas deshilachadas y descoloridas.
    Bajamos de la combi y estiramos las piernas.
    Me desperecé y bostecé de cara al mar, en una especie de saludo a la naturaleza; pero el aire frío me provocó un ataque de tos.
    ¿Qué mitad de hotel nos tocará? preguntó la
    italiana.
    Más tarde, mientras llevaba mi pequeña valija por los pasillos, me daría cuenta de que los accesos al otro cuerpo estaban clausurados por puertas cerradas con llave o tablones clavados en las paredes, y carteles de advertencia, para que nadie cruzara al hotel de los escombros, los cuartos helados y los nidos de gaviotas.

 

de "La traducción", publicado por Planeta. © 1998 Pablo De Santis. © 1998 Planeta.

 

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