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CLARIN, 08 de agosto de 1999

 

THRILLER DE INGENIOSO HUMOR
La risa del misterio

 

Filosofía y Letras
de PABLO DE SANTIS
Planeta 207 páginas
1999

Es de noche en Buenos Aires. El profesor Gaspar Trejo y Esteban Miró, narrador de Filosofía y Letras, salen de un velorio y caminan por la ciudad buscando un café abierto. "Tomemos algo fuerte -dice Trejo- y hablemos de crímenes para olvidar que la vida es triste." La frase excede los límites de la escena, se derrama sobre todo el libro y revela -quizás- el sentido más profundo de esta nueva novela de Pablo De Santis.

"No son los asesinos sino los sobrevivientes los que vuelven al lugar del hecho." Esteban Miró explica así su regreso a la clausurada facultad de Filosofía y Letras en la que hasta hace poco trabajaba y de la cual, luego de una serie de asesinatos, pudo salir con vida. Allí intenta redactar ahora un informe que las autoridades le han pedido acerca de los hechos que desembocaron en los crímenes mencionados y en la inundación y el derrumbamiento parcial del edificio. Como en todo crimen, hay un móvil, que, en De Santis, suele ser literario: tres críticos luchan esta vez por la gloria que improbablemente depare la difusión de un desconocido autor al que sólo ellos consideran genial y de quien no conservan más que una única obra: "Sustituciones", un breve cuento con infinidad de versiones entre las que ya nadie sabe reconocer la original y mediante el cual diversos bandos se enviaban, a través de variaciones en el texto, mensajes cifrados. La mayor riqueza está, sin embargo, en el cuarto piso del edificio, atestado de carpetas y monografías que ya nadie leerá. Allí habría, al parecer, obras inéditas de este quizá genial escritor, autor también de otras obras -obviamente perdidas- que sólo uno de estos tres exégetas ha leído y conserva en su memoria. El presunto genio literario se llama Homero... Homero Brocca. Sí. Parece una broma. De Santis se toma el finísimo trabajo de que todo lo parezca y de que aquello que en La traducción surgía en chispazos aislados, aquí pase a un primer plano: el humor.

Los críticos de España país en el que Filosofía y Letras ya fue publicada no equivocadamente asociaron la novela con el carácter festivo y lúdico de Borges y Bioy Casares. Habría que enfatizar, no obstante, la "y" que une a estos escritores: este carácter, en De Santis, se acerca más a Seis problemas para don Isidro Parodi -libro en colaboración de Borges y Bioy Casares- que a las respectivas obras de cada uno, de las que -valga aclararlo- De Santis no está de todos modos alejado. Lo policial -desacralizado aquí por un humor casi infantil, verbal, especulativo, aparentemente casual- impone la asociación; el absurdo, la potencia. Para funcionar, este tipo de humor exige que, dentro del relato, nadie viva las situaciones como cómicas o absurdas ni, mucho menos, las festeje. Exige también un narrador medido; Esteban Miró lo es. Un ejemplo.

Selva Granados, una de las especialistas que luchan por la obra de Brocca, es además autora del poemario Ahogada en la clepsidra. Al hablar de ella, Miró, sin comentarios, cuenta que el libro se inscribía en la corriente llamada depresionismo y que "los poemas eran invariables amenazas de suicidio: Voy a elegir el trampolín más alto/ con la pileta vacía daré el gran salto. La naturaleza no estaba ausente: Tu olvido me hundió: busqué la altura/ y de las altas montañas la belleza. / A la cima llegué. Es la locura. / Del Aconcagua me tiro, de cabeza. La protagonista femenina amenazaba también con helicópteros en llamas, naufragios, ingestión de venenos (De mi espantoso dolor sólo me curo/ con media copita de cianuro) y otras catástrofes". El narrador nunca se ríe; tampoco ironiza. Suerte de Buster Keaton sonoro, es una de esas personas calladas que, en principio, no despiertan la atención de nadie y que, después, terminan siendo el sobrio centro de toda reunión: un ser casi en blanco y negro, ligeramente fuera de foco, algo borroso, con cierto carácter huidizo para la comprensión de quien lo trata. No es introvertido; sí, un poco tímido, pero entendiendo por timidez lo que entendía Cioran: "No una reacción de defensa sino una técnica perfeccionada sin cesar por la megalomanía de todo incomprendido". Miró, no obstante, no es un megalómano -no se sobreestima- pero sí advierte la tácita subestimación a la que los otros lo condenan. Así, como quería Borges, la novela está contada por alguien que parece no entender del todo los hechos que narra; alguien en quien el lector confía y no a un mismo tiempo. En este fragilísimo equilibrio se apoya -y se potencia- la tensión intrínseca de la trama.

Además, y como en su anterior novela, De Santis se sirve aquí del carácter policial del relato para desplegar, detrás del misterio del asesino, un gran juego de identidades intercambiables en el que -como diría Grog, un amigo de Esteban- todos los nombres son seudónimos: "Uno debe guardar todos los secretos que pueda durante toda su vida pero al mismo tiempo estar dispuesto a ser descubierto. Que otros se jacten de ser de una sola pieza, transparentes, puros. No tienen identidad. Una identidad es siempre una identidad secreta. Todos somos agentes dobles o agentes triples, somos espías que ya ni recordamos para qué bando trabajamos".

Tras este gran juego, entonces, surge una de las, quizá, piedras filosofales de De Santis: "Tomemos algo fuerte y hablemos de crímenes para olvidar que la vida es triste". Bajo esta premisa, de la mano del humor y el crimen, De Santis derrumba, uno a uno, los tópicos que se interponen en su camino: el supuesto prestigio académico, la crítica literaria, los genios -¡oh, Dios!- aún no descubiertos, el género policial, la solemnidad con la que solemos tomarnos. Nada queda en pie. Sueños, expectativas, pequeñas esperas: nada. Nuestro destino es olvido, papel mojado, sitios en ruinas. De Santis vuelve, una y otra vez, a los lugares devastados como quien se asoma a la demostración de que toda actividad humana está condenada al fracaso. Esto puede llevar primero al llanto; a la resignación, después; luego, a la carcajada. "El niño perdido llora -escribió Ryusui Yoshida- pero sigue cazando mariposas." Así, lo que podría ser una visión pesimista de la realidad revela, en su reverso, el siempre inesperado aspecto positivo: nada es tan serio como para que se lo tome en serio. "Toda actividad humana -gustaba recordar Borges de Carlyle- es deleznable, salvo su realización." A su modo, el talentosísimo autor de Filosofía y Letras lo repite: "Tomemos algo fuerte y hablemos de crímenes para olvidar que la vida es triste".

Por último, una confesión: es incómodo escribir sobre De Santis. Imposible no pensar que se está riendo desde la primera línea que uno ha escrito.

DIEGO BAGNERA

 

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