ANTONIO DAL MASETTO

 
  La tierra incomparable

UNO


    Ese lunes dos días después de cumplir los ochenta años Agata se despertó y ahí estaba la idea. Se le apareció mientras emergía del sueño y ahora llenaba todo el espacio de su pensamiento.
    Todavía con los ojos cerrados, sin moverse, Agata la reconoció y la analizó. No era una idea nueva. Las escasas palabras con que hubiese podido resumirla y expresarla eran las mismas que la habían acompañado durante cuarenta años: desde el momento en que, después de cruzar el océano con sus dos hijos, había desembarcado en el puerto de Buenos Aires, donde la esperaba Mario, su marido, y había comenzado su destino de inmigrante. La idea siguió con ella en ese pueblo de llanura donde se habían radicado y todavía vivía, donde habían trabajado duro y visto crecer a los hijos, y partir a uno de ellos hacia la ciudad, y después los casamientos de ambos, la llegada de los nietos, las navidades que los reunían a todos una vez al año, la muerte de Mario. Y el tiempo había seguido pasando.
    La idea estuvo siempre ahí. No era la consecuencia de los sueños de algunas noches, sino el fruto de un letargo y una espera de mucho tiempo, una obsesión elaborada en capas y capas de deseos postergados. Y ahora, esta mañana, la dimensión, el peso de la idea, habían cambiado. Agata sentía que esa vieja conocida se proyectaba más allá de su cabeza y de su cuerpo, la rodeaba y de alguna manera la enfrentaba y le exigía. Era como si la determinación que albergaba la idea viniese desde un espacio ajeno a su voluntad. Como si hubiese madurado por su cuenta y ahora llegara para reclamar cumplimiento, con una urgencia nueva, contundente e imperiosa.
    Agata abrió los ojos. Miró el cielo raso y después las paredes rayadas por la luz que se filtraba a través de la persiana de madera. Afuera trinaban los pájaros de siempre. No había demasiadas cosas en aquel dormitorio, ni siquiera eran todas suyas. Muchas pertenecían a sus nietos, Silvia y Sandro. La habitación era una mezcla de testimonios de diferentes etapas y edades. Algunas fotos de cumpleaños, un diploma, un paisaje al óleo pintado por Silvia, banderines, una lámpara con estampas infantiles, un afiche con un esquiador volando sobre la nieve y esgrimiendo una guitarra. Agata consideró esos objetos uno por uno y sintió que la idea reencontrada al despertar proyectaba sobre todo aquello una claridad diferente. No hubiese podido decir en qué variaban ahora esas imágenes. Pero algo había ocurrido. Agata se quedó un rato largo en la cama. Vio cómo la idea crecía todavía más y se fue entregando a la prepotencia al mismo tiempo dulce y grave con que se le iba imponiendo.
    Después se sentó, se calzó las chinelas, se quitó el camisón y se vistió. Salió de la habitación caminando encorvada, recorrió el pasillo todavía doblada, pero cuando llegó al baño ya había logrado enderezarse. Se lavó, se peinó y fue a la cocina. Se sirvió café en una taza grande, agregó leche y sacó de la heladera una porción de torta que había sobrado del cumpleaños. A través del ventanal vio a su hija Elsa y a su nieta Silvia conversando en el jardín y pensó que debía hablarles.
    La mañana se desarrolló con la rutina de siempre. Agata ordenó su habitación, hizo la cama esmerándose para que no quedaran arrugas ni en las sábanas ni en la colcha. Barrió los pisos. Fue a comprar el pan y se demoró en el camino para charlar con una vecina. Lavó tres camisas y las colgó en el alambre del patio, estirándolas luego de colocar los broches. Miró al cachorro blanco que ladraba junto a ella y dijo:
    ¿A quién le ladrás, Boni? ¿Me vas a extrañar?
    Cortó dos rosas en el jardín y las colocó en un florero. Dio una vuelta alrededor de la mesa del living y acomodó cada una de las sillas que ya estaban acomodadas. Abrió un cajón y buscó el último recibo del banco con el importe de sus ahorros: desde hacía veinte años recibía una jubilación italiana y depositaba en esa cuenta parte de lo que cobraba. Cerca del mediodía salió a la vereda y se quedó con los brazos en jarra mirando hacia el fondo de la calle. Esperaba ver aparecer al cartero. Estaba preocupada porque ese mes el cheque de su jubilación llevaba una semana de atraso.
    Silvia la llamó para sentarse a la mesa. Sandro y Julio, el marido de Elsa, habían avisado que no vendrían a almorzar. Después Elsa lavó los platos y Agata los secó. Cuando terminó de acomodar el último en la alacena, Agata se sentó, aceptó el té que Elsa le ofrecía, le echó azúcar, lo revolvió y antes de tomar el primer sorbo dijo:
    Me voy a Italia.
    Lo dijo para las otras dos mujeres v también para sí misma. Para exteriorizar la idea que la había esperado al emerger del sueño y para que, al manifestarla en voz alta, tomara cuerpo y forma. Su hija y su nieta la miraron, luego intercambiaron una mirada entre ellas y esperaron. Pero Agata no agregó más. Fue Silvia la que por fin preguntó:
    ¿Cómo?
    Lo que dije. Me voy a Italia.
    ¿Así? ¿De repente? dijo Elsa.
    Sí.
    ¿Cuándo lo decidiste?
    Ahora.
    En ese momento tocaron timbre. Era una amiga de Silvia. Casi al mismo tiempo sonó el teléfono. Elsa fue a atender. A través de la ventana, Agata vio partir a su nieta con la amiga en una moto. La charla de Elsa en el teléfono se prolongó y Agata la oyó formular algunas preguntas con tono de incredulidad y después levantar la voz. Cuando Elsa regresó a la cocina no aludió al tema del viaje y Agata pensó que aquel llamado la había dejado preocupada o no había tomado en serio lo que acababa de anunciarle.
    Fue al dormitorio, abrió un cajón, sacó un sobre con viejas fotos de cuando ella era joven, con Mario y con sus hiJos chicos, y se puso a mirarlas. Guardó el sobre, se quitó los zapatos, colocó dos almohadas y se recostó boca arriba para hacer una corta siesta. Cuando se levantó dio una vuelta por la casa y constató, como lo hacía cada día, que en el primer estante de la vitrina, en el cenicero de bronce estuvieran todas las llaves que debían estar. Cada vez qué pasaba junto a la mesa del living arreglaba el mantel y volvía a acomodar una silla. Salió al patio, descolgó las camisas tendidas y se puso a planchar. Trabajaba de memoria, pensando en lo suyo, con movimientos pausados, económicos y precisos, guiados por el surco invisible de años y años de planchado. Terminó y se sentó afuera, en el jardincito del frente de la casa. Pasaron algunas conocidas, la saludaron y ella contestó levantando la mano. Bajó el sol y el cielo se puso rojo al fondo de la calle. Contra ese rojo se destacaban nítidos los perfiles oscuros de las casas. Agata pensó: "Rosso di sera, bel tempo si spera". Después se encendieron los faroles. Entonces Agata entró, porque había empezado a refrescar. Y todo el tiempo la idea iba con ella.
    En la cocina estaban Elsa, Julio y los dos nietos. Cuando vio entrar a Agata, Julio le preguntó si se acordaba de cierto cordero que había traído a la casa recién nacido. Cómo no se iba a acordar, dijo Agata, no hacía tanto tiempo. Lo habían tenido ahí durante algunas semanas, ella se encargaba de alimentarlo con mamadera y el animal la seguía a todas partes como si fuese la madre. Ahora el cordero estaba en una chacra por donde Julio había pasado esa tarde, se había criado junto con los perros y actuaba como ellos. Cuando salían a recibir a alguien que llegaba, también el cordero corría y movía la cola igual que los perros. Todos rieron con aquella imagen. Hubo una pausa y Silvia, eligiendo el momento y calculando el efecto, dijo:
    La abuela se va a Italia.
    Ahora le tocó a Julio y a Sandro el turno de sorprenderse.
    ¿En serio? preguntó Julio.
    Sí dijo Agata.
    ¿Cuándo? preguntó Sandro.
    Pronto contestó Agata.
    Dice que lo decidió esta mañana dijo Elsa.
    Julio, incrédulo, rió.
    ¿Ya averiguó cuánto sale el viaje?
    No, pero con mis ahorros me va a alcanzar.
    Julio siguió bromeando y riendo, pero al ver la seriedad de Agata, se serenó y volvió a preguntar:
    ¿Cómo piensa ir?
    Como todo el mundo, en avión dijo Agata.
    Está bien, en avión, pero ¿quién la va a acompañar?
    Voy sola.
    ¿Cómo va a ir sola a su edad?
    ¿Por qué no?
    Acá intervinieron todos y cada uno opinó. Ya nadie bromeaba. Las objeciones mayores venían de parte de la hija y del yerno: el viaje era largo y complicado, no se trataba solamente del avión sino de lo que vendría después, de cómo se movería en Roma, de cómo llegaría hasta el pueblo de Trani; había que tomar trenes, ómnibus, dónde se iba a alojar, quién se haría cargo de ella. Los nietos, en cambio, aceptaron la decisión de Agata y defendieron el proyecto con entusiasmo.
    Eso se arregla decían, hay que planificar.
    ¿Planificar qué? decía Julio. Tiene ochenta años ¿qué hacemos con planificar?
    Se olvidaron de Agata y comenzaron a discutir entre ellos. Aquello duró. Las voces subieron de tono. Agata los escuchó en silencio y, cuando finalmente se acabaron los argumentos a favor y en contra y los cuatro callaron, dijo:
    Yo voy.

 

DOS


    Agata escribió dos cartas a Trani. La primera a su amiga Carla. Con Carla habían compartido todo lo que se puede compartir: los primeros bailes cuando eran adolescentes, el trabajo en las fábricas, los casamientos de ambas, la llegada de los hijos, los miedos de la guerra. Después de la partida a América habían mantenido una correspondencia espaciada, que con el tiempo se redujo a tarjetas navideñas de pocas líneas, deseos de felicidad y menciones de nacimientos y fallecimientos.
    La otra carta fue para su sobrina Elvira, hija de su único hermano, Carlo. Habían comenzado a comunicarse después de la muerte de Carlo, ocurrida hacía quince años ya, y también con ella las cartas fueron sustituidas rápidamente por las tarjetas de fin de año.
    Ambas contestaron. Carla alegrándose por la posibilidad del reencuentro y detallando las tribulaciones de una dolencia que la mantenía casi inmovilizada. Elvira, diciéndole que la esperaba, que podría quedarse con ellos durante su estadía en Trani, que la casa no era grande pero ya verían como acomodarse.
    Mientras tanto Elsa envió una carta a Roma, a Sor Verónica, una monja italiana que había estado varios años en Argentina y una larga temporada ahí, en el pueblo, en el colegio de la orden de Santa Teresa. Elsa era profesora en ese colegio. A Sor Verónica la habían trasladado a la central de Roma, con el cargo de directora. Un par de compañeras de Elsa habían viajado tiempo atrás y habían parado en el convento, porque funcionaba además como pensión para pasajeras. También la monja contestó. Seguía en el cargo y se ofreció para esperar a Agata en el aeropuerto de Fiumicino. Pasaría un par de días o los que quisiera con ellas, en el convento, y cuando decidiera seguir viaje la ubicarían en el tren que la llevara a Trani.
    A partir de ahí, en los días de Agata comenzó a moverse un engranaje cuya aceleración fue aumentando a medida que pasaban las semanas. Sus horas se llenaron de actividad, expectativa y de una callada impaciencia que ella se permitía compartir con los demás solamente a medias. Descubrió que prefería estar sola con ese gran acontecimiento. Ahora, todo lo que ocurría, aún los mínimos y repetidos gestos diarios, se cargaban con un sentido nuevo. Cada despertar, cada charla, encuentro, noticia, eran eslabones tendidos hacia la fecha en que tomaría el avión, el primero de su vida, para cruzar el océano y volver a las calles y las montañas de Trani.
    Agata viajó a Buenos Aires y estuvo un par de semanas en casa de su hijo Guido. Renovaron el viejo pasaporte y averiguaron precios de pasajes y fechas de vuelos. En este ir y venir por ascensores y oficinas, Agata revivió el trajinar de otros días, hacía años, cuando tramitó su jubilación italiana. Entonces le había tocado someterse a un largo peregrinaje por los pasillos del Consulado, llenar formularios soportar colas y antesalas. Había sido una tarea ingrata y prolongada, pero le había permitido descubrir que, si bien aquél era un territorio que desconocía e inclusive la intimidaba, una vez embarcada en la aventura podía manejarse con firmeza, era capaz de insistir y volver a insistir y no abandonar hasta conseguir los informes que necesitaba. Así fue como un día le llegó el primer cheque. Eran las pequeñas sumas que había ido separando y ahorrando las que ahora le posibilitaban costearse el viaje. Pensaba mucho en los trámites de su jubilación porque le parecía que estos, los de hoy, eran una continuación de aquellos otros, y que ya desde entonces, aunque ella no lo sospechara todavía, había comenzado a tomar forma la posibilidad del regreso.
    La diferencia consistía en que ahora no tropezaba con mayores demoras ni dificultades. Aunque su hijo protestaba y no paraba de decir que los empleados del Consulado Italiano eran los más ineficientes del mundo, Agata sentía que en realidad todo se resolvía demasiado fácil. Al finalizar un trámite miraba incrédula a Guido y le preguntaba:
    ¿Ya está?
    Listo decía él.
    Esto la sorprendía agradablemente, aunque, al mismo tiempo, esa celeridad la desilusionaba un poco. La asombraba que, frente a una decisión tan significativa, las cosas resultaran así de sencillas.
    ¿Listo? volvía a preguntar Agata al retirarse de otra ventanilla.
    Ya está decía Guido.
    Después de las cartas enviadas y contestadas, después de los trámites, establecida la fecha de partida, sólo quedaba esperar que siguieran pasando los días. Agata compró una valija y comenzó a separar la ropa que llevaría. También compró un despertador para el viaje. Y regalos.
    Algunas conocidas, vecinas, amigas de Elsa, le hacían más o menos la misma pregunta:
    ¿Cómo se siente al volver después de tantos años?
    No sé contestaba Agata.
    Y evitaba seguir hablando del tema porque realmente no sabía cómo se sentía. Sonreía pudorosa cada vez que Sonia, una tía de Julio, venía a visitarla y se ponía solemne y recitaba frases importantes sobre el regreso a la patria y al pueblo natal. Alguien sugirió que deberían organizarle una fiesta antes de la partida, pero Agata se negó, argumentó que le faltaba preparar todo, que tenía mucho que hacer. Aunque en realidad sus cosas estaban listas desde hacía rato.
    ¿Qué se siente? insistían los demás.
    Al quedar sola, Agata se formulaba la misma pregunta y seguía sin encontrar respuesta. Se suponía por lo menos eso parecían pensar todos, que una cosa grande y única le debería estar pasando. Y tal vez tuviesen razón. Pero, por ahora, lo único que Agata experimentaba era una sensación de extrañeza que no hubiese podido definir. Se sentía como suspendida en una zona de vacío, ante la inminencia de algo que aún no tenía forma. Por lo tanto prefería aislarse con su espera, no permitir que la distrajeran, disfrutar de esa novedad. En la cocina, en el ritual del café matutino junto al ventanal que daba al jardín, se descubría estudiando el lento movimiento de sus propias manos: levantando la taza, tomando la cucharita, acariciando el mantel Se quedaba así, prestando atención al silencio, entregada y dispuesta como en una ceremonia religiosa, y aguardaba que aquello que aún no podía nombrar se revelara.

 

TRES


    En esos días faltaba una semana para partir Agata se puso a pensar en algo que la venía preocupando. Después de darle vueltas y vueltas al asunto llamó a su nieta Silvia y le dijo:
    Necesito que me hagás un favor. Quiero que me ayudés a dibujar un mapa.
    ¿Un mapa de qué?
    De Trani.
    ¿Para qué?
    Quiero tener un mapa antes de viajar.
    Después de almorzar fueron al garaje, donde había una mesa grande y buena luz. Silvia desplegó una hoja de papel para dibujo y la aseguró con cuatro tachuelas.
    ¿Por dónde empezamos?pregunto.
    Agata pensó un poco y comenzó a guiarla:
    El pueblo está junto al lago. A cada costado del pueblo hay un río, los dos desembocan en el lago. Silvia trazó algunas líneas: ¿Así?
    Más grande dijo Agata; no va a entrar todo lo que quiero poner.
    Silvia borró y volvió a dibujar, ocupando toda la hoja.
    Esta raya es la orilla del lago dijo, estos son los ríos, este cuadrado es el pueblo. ¿Está bien?
    Tan grande no dijo Agata, mi casa está afuera del pueblo, no queda lugar para ponerla.
    Silvia borró otra vez. Al tercer intento Agata estuvo satisfecha.
    Siguieron con los puentes, el puerto sobre el lago, la plaza principal, la plaza del mercado, las iglesias, el colegio, las fábricas, el municipio, el correo, el cementerio, el cine.
    Acá nace una calle ancha que sube y pasa por mi casa.
    ¿Por dónde está la casa?
    Agata apoyó un dedo sobre el papel y lo fue deslizando despacio, mientras murmuraba, calculando la distancia:
    Más o menos por ahí.
    Silvia dibujó un rectángulo.
    Bien dijo Agata. Frente a la casa está el terreno. Al fondo del terreno está el nogal.
    A medida que avanzaban, sus recuerdos se afinaban y las indicaciones se volvían más precisas. Había comenzado impulsada por la necesidad de fijar en el papel un minucioso mapa de Trani, quería registrar todo lo que pudiera, un muro, un árbol, un terreno, una roca, una curva en determinada calle, un sendero, una valla. Ahora, mientras dictaba, le parecía que, de haberlo querido, aquel mapa no tendría fin. Podía recuperar detalles mínimos, accidentes del paisaje, arbustos, nudos en los troncos, grietas en las paredes, nidos en las ramas. Y, después, al paisaje, sumarle acontecimientos, experiencias vividas en cada sitio. Ahí pasó esto, allá esto otro, un encuentro, un susto, el vuelo de un pájaro, una tormenta. Cosas que la costumbre o la sorpresa habían grabado en su memoria alguna vez y que ahora, en esta reconstrucción, volvían inesperadas y nítidas como si hubiesen ocurrido ayer.
    Silvia marcaba círculos, cuadrados, cruces. Escribía al lado o los numeraba y anotaba el significado en el borde inferior de la hoja.
    Acá hay una fuente, acá una capilla, acá está el pozo donde los chicos iban a bañarse en verano, acá el puente de hierro, acá la casa de mi amiga Carla, acá un tabernáculo con la estatua de una virgen y un ángel, al ángel le falta un brazo, se lo arrancó una bala.
    Muchas de esas cosas seguro que no están más decía Silvia.
    No importa, anotá todo.
    Un par de veces, intrigada, Elsa se asomó a la puerta del garaje. Desde ahí, estirando el cuello, espió a su madre y a su hija y se retiró sin preguntar nada.
    Agata y Silvia trabajaron hasta el atardecer. Habían encendido la luz. Agata, sentada en su silla, el mentón en la mano, la mirada vuelta al cielo raso, hizo una larga pausa y Silvia preguntó:
    ¿Ya está? ¿Terminamos?
    Por ahora me parece que sí.
    Silvia se fue a mirar televisión. Agata se quedó estudiando el mapa. Un rato después se asomó al living y llamó a la nieta:
    Quiero agregar otras cosas.
    Volvieron juntas al garaje.
    Acá había una casa de tres pisos que bombardearon durante la guerra y después reconstruyeron, acá está el bar donde los fascistas le pegaron a mi padre, acá fue donde me mordió un perro, acá está la Fontanina donde íbamos a lavar la ropa.
    Suspendieron cuando Elsa las llamó para cenar.
    Agata no regresó al garaje esa noche. Pero en la cama siguió pensando en el mapa y se dio cuenta de que había pasado por alto muchos detalles importantes. Por la mañana volvió a la carga.
    ¿Más? dijo la nieta. ¿Para qué? Viajás dentro de diez días. Te acordás de todo. Si estas cosas todavía existen, las vas a encontrar; si desaparecieron, ya te vas a dar cuenta.
    Vos anotá.
    Así que volvieron a encerrarse en el garaje. Para hacer más comprensible aquella acumulación de señales y nombres, Silvia había comenzado a utilizar marcadores de diferentes colores. De vez en cuando, impaciente, insistía:
    Explicáme para qué todo este trabajo.
    A Agata no le resultaba fácil explicar. Ante la inminencia de la partida, había comenzado a obsesionarla la idea de que aquello habría cambiado mucho, tanto que al regresar encontraría muy poco de lo que había dejado. Temía que, cuando se enfrentara con el pueblo, la nueva geografía que seguramente la esperaba empezara a ocupar los espacios de su memoria, suprimiendo las imágenes que había conservado durante tantos años. Había pensado en el mapa como una mínima garantía de preservación. Un par de veces, ante las preguntas de Silvia, estuvo por contarle. Pero siempre la frenaba el pudor de estar revelando una actitud infantil.
    Durante dos días más siguieron los agregados. Por fin Agata se consideró satisfecha. Dijo:
    Ahora está bien.
    Silvia se fue y Agata quedó sola en el garaje. Cerró la puerta que daba al patio, se sentó y se puso a recorrer el mapa una vez más. Era como si el regreso ya hubiese comenzado. Oscureció y seguía en el garaje. Elsa vino a preguntarle si pensaba quedarse ahí toda la noche. Agata dobló el mapa y fue a guardarlo en su habitación. Al pasar por la cocina oyó la voz socarrona de Julio:
    ¿Qué lleva ahí? ¿Se puede ver?
    Agata siguió de largo sin contestarle.

 

 

de "La tierra incomparable", publicada por Planeta en 1994. © 1994 Planeta. © Dal Masetto.
 
 
LITERATURA ARGENTINA
DAL MASETTO