ANTONIO DAL MASETTO sobre "Gente del Bajo"

 
 

El autor de "La tierra incomparable" escribe sobre su último libro, un conjunto de breves relatos que tiene como protagonistas a una serie de noctámbulos de Buenos Aires

ANTONIO DAL MASETTO


El material de las historias incluidas en Gente del Bajo proviene de los bares cercanos a la esquina de Paraguay y Reconquista, de varias ventanas y de algunos mínimos drarnas de interior en los que me tocó jugar o me adjudiqué el papel de protagonista principal. Esas fueron las fuentes de alimento y esa la geografía.
   Con respecto a las geografías aprendí algo: cada sitio con el que uno se rclaciona de manera más o menos estable se convierte en un territorio a conquistar. No siempre resulta fácil llegar a un buen vínculo. Los lugares pueden brindar o negar su alma. Y también hay lugares que tienen más alma que otros. El Bajo es una zona de alma poderosa y si uno logra intimar, establecer una complicidad, entonces la convivencia es más que buena, una explosión permanente, juegos de artificios del anochecer al amanecer, el diálogo se vuelve fluido y andar por sus calles es una aventura enriquecedora, ya que todo el tiempo se está descubriendo y disfrutando, reconociendo señales y aprendiendo un idioma nuevo.
   De esa complicidad surgieron estos textos y me parece que es casi todo lo que puedo decir acerca de su origen. Cuando uno se propone redactar un par de líneas sobre la cocina de un libro empieza por rescatar el germen de la idea, modalidades de trabajo, horarios, manías y cuanto implica la larga tarea hasta llegar a estampar la palabra fin en la última página. Pero con las historias de Gente del Bajo creí presentir, mientras las iba escribiendo y más tarde al seleccionarlas, el aporte de impulsos y sugerencias que no me habían visitado en la elaboración de otros libros. Intento explicar que habia ahí una cierta forma de alegría.
Hablé de ventanas y en efecto siempre me resultaron un gran foco de atracción. Uno comienza percibiendo figuras más o menos esquivas, actividades, costumbres y les va adjudicando significados. De esta manera se convierte en un espía o en detective metódico y paciente. Lo que vive allá, del otro lado, no para de aportarle datos y uno se convence de que está sobre la pista correcta y la historia que la imaginación urde se va cargando de complejidades y respuestas posibles, y se la sigue puliendo y ajustándole las piezas y finalmente algo se anuda en esa larga cadena de fragmentos y ya ha llegado la hora de ponerse a escribir y el telón se cierra.
   Después, hay ventanas por las que uno puede fisgonear que no se encuentran solamente en las paredes. La verdadera veta de oro, el material precioso, siempre estuvo en los bares. El Bar Verde, el Bárbaro en la cortada Tres Sargentos, el Tronío que es en realidad un restaurante y también un bolichito que ya no existe, sobre San Martín, que se llamaba El Rubí, y al que solíamos ir con mi amigo Bubi Zeiler, tal vez porque su hija se llama Rubí o también porque era el único que estaba abierto a la hora en que todos los demás habían cerrado y donde, con las primeras luces del día, se podía desayunar con unos espumosos vasos de Amargo Obrero con soda y seguir disfrutando de esa sensación de estar siempre como en la casa de uno y que el Bajo nunca deja de brindar.
   Desfilaba de todo por esos bares. fauna colorida y burbujeante en la que daba gusto zambullirse y dejarse contagiar. Pintores, escritores, empleados, vividores profesionales, iluminados, honestas trabajadoras de la noche, picapleitos, mitómanos, ladrones, marineros extraviados. Toda buena gente. Es fácil entender que las historias abundaran. Nacían de golpe y no había más que sentarse o arrimarse a la barra y esperar y después no perderles el rastro. Por ejemplo, si una noche cierto conocido de nombre Pedro, tipo bajito y esmirriado, empezaba a dar vueltas por los boliches con una mujerona robusta y enorme, que medía casi dos metros y a la que presentaba como su novia, uno empezaba a ponerse alerta porque ahí seguro que se venía una historia. Y en efecto el olfato no lo traicionaba y muy pronto le empezaban a llegar noticias porque resulta que cada vez que esos dos intentaban hacer el amor fracasaban, y no porque no se quisieran, sino debido a que la giganta era de una gran torpeza y siempre terminaba lastimándolo al pobre Pedro, aplastándolo y ahogándolo con su peso, fisurándole una costilla, quebrándole un par de dedos, en fin, estropeándolo bastante, de manera que en cada intento amoroso Pedro terminaba inevitablemente en el hospital. Una de las confesiones más patéticas que recibí en mi vida fue la que cierta noche me hizo Pedro, apoyados a la barra del Verde. Me dijo: "La amo, yo la amo, pero mi cuerpo le tiene miedo". Entonces, después, solo era cuestión de cruzar la calle, subir al departamento y anotar lo que se había visto o le habían contado. El hecho de que muchas historias se prolongaran a lo largo de las semanas y a veces de los meses es la razón por la que en Gente del Bajo de vez en cuando aparezcan los mismos personajes continuando una aventura que se desarrolla en cinco o seis etapas. No están puestas juntas, sino alternadas entre otras, porque así era también como ocurrían. La información iba llegando a medida que se desarrollaban los hechos y mientras tanto la vida seguía. En el libro esto sucede con las tribulaciones de Pedro y la giganta, con un flaco tomador de vino blanco y su conflicto ante la caprichosa dentadura postiza de su madre, con cierta gallina con una pata de palo y su protector, con las desventuras afectivas y empresariales de un tal Alfredo en la serie Negocios y también con cuatro turcas fogosas, de dientes afilados y las redes siempre listas, dispuestas a no dejar muñeco en pie.
   Por lo tanto, volviendo al tema de la elaboración, quizá yo no haya oficiado más que como un simple acopiador de historias que, armadas, completas, daban vueltas por ahí. O también –me gusta juguetear y abandonarme al placer inocente de esta sospecha– podría pensarse en la posibilidad de que fuesen las propias historias las que me buscaban, de que me hubiesen aceptado como alguien con derecho a capturarlas y contarlas, y entonces se me manifestaran insistentes a través de los propios personajes, los reales, los adivinados a distancia y sobre todo, fundamentalmente, mediante esas voces que en las calles nocturnas del Bajo andaban y andan siempre resonando y susurrando cosas por el aire.

 

Extraído del suplemento Cultura y Nación del diario Clarín, Buenos Aires 14 de diciembre de 1995
 
 
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