El silencio de Rosas

El Restaurador hace el balance de su vida

El farmer

Por Andrés Rivera
Alfaguara
125 páginas

   "El horizonte, la luz del sol, la tierra, obedecen a Los cascos de mi caballo.
   Si yo detengo mi caballo, el mundo es real.
   Yo detengo mi caballo.
   Yo medito sobre la suerte de Los argentinos sin mí. "

Si se ha leído El amigo de Baudelaire, La sierva, La revolución es un sueño eterno o Mitteleuropa, por ejemplo, y abrimos El farmer , reconoceremos al autor par su puntuación. Nos decimos: la voz grave de Rivera, el sonido húmedo de su prosa. Sólo que esta vez -como si lo pétreo del personaje o su mito lo impusieran- se nos ofrece un lenguaje que, como nunca, se desmigaja y asienta haste alcanzar un espesor que roza lo poético.
   Conocemos las preferencias de Andrés Rivera por conjugar los temas de la historia, pero no se trata -nos parece- de una historia que construya un relato temporal sino que, alrededor de un personaje, se nos revela un espacio geográfico en el cual los acontecimientos no se suceden unos a otros, ya que se instalan y giran simultáneamente. ¿Quién mejor que Rosas, que cristalizó en torno de él una sociedad, una época, y las anécdotas que la afectaron, como centro de ese mapa? Esta opción se ve reforzada par el soliloquio como forma de expresión.
   Sin embargo, el tópico de El farmer no es únicamente la historia. El autor trasvasa su problemática de escritor del siglo XX a su personaje para reflexionar sobre el hecho literario. Juan Manuel de Rosas, instalado en un paisaje de nieve -página en blanco- acarrea el peso de otras historias escritas y se enfrenta, ya no sólo como rival ideológico político sino como rival literario, a Sarmiento (el otro personaje que recorre como un espectro las páginas de esta novela). "El señor Sarmiento y yo... somos dueños de los mismos silencios. De las mismas ambigüedades, de las mismas certezas... El señor Sarmiento publica, yo no." ¿Quién escribe por el señor Rosas? La reflexión no se detiene sino que se desliza del tema del escritor como creador al misterio del escritor como personaje. Dice Rivera en la oración siguiente: "Eso -qué somos, para la narrativa, el señor Sarmiento y yo- lo han adivinado quienes llegan hasta el condado de Swanthling y golpean mi puerta." Así, Rivera al hablarnos de la historia no cesa de hablarnos de la escritura.
   Pero, ¿quién es Rosas como personaje de El farmer? Un viejo que se lamenta del olvido en que lo han abandonado sus continuos seguidores. Idólatras, oportunistas, temerosos. Y no sólo ellos sino también Manuelita, el otro Rosas, la sucesora pero tambien la mujer que él lleva en sí porque "un hombre, si es hombre, es toro y vaca", y que ha dejado vacío su espejo. Un viejo que no se arrepiente de su "hacer el mal sin pasión". Un nostálgico del "Ancien Régime", supersticioso de la propiedad privada que no comprende la supuesta libertad de prensa permitida par la corona británica. Y cuya realidad, la que quiere inventar el "todopoderoso" (¿el escritor?, ¿el autócrata?) ha vacilado ante lo exterior impermeable (el pasado, el destierro, la vejez, la muerte y haste el llanto): "Nieva en el condado de Swanthling. Y hay sol y verano, pese a mí, en el partido de Monte, provincia de Buenos Aires..."
   Sobrevuela en estas páginas, finalmente, una dolorosa constatación que, junto al autor, podemos hacer nuestra: la inmovilidad de la historia argentina, la imposibilidad de desentrañar la dialéctica entre dos visiones que se excluyen y, no obstante, se miran fascinadas una en el espejo de la otra, sin poder quebrar su hipnosis.
Ante la letra con que Rivera vuelve a sumergirnos en la ficción, la pasión de la lecture se renueva.


por Susana Szwarc para © La Nación Cultura, 30 de junio de 1996



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