MARCELO COHEN

 El testamento de O'Jaral


   ...VIENE DE (I)


    El más bajo de los dos hombres estiró el cuello, carraspeó y se ajustó el nudo de la corbata floreada, descargando en la red un codazo que levantó chispas de rocío. Intentó, mientras O'Jaral llegaba a la alambrada, calcular si la expresión era de asombro o de susto. O'Jaral abrió el portón y se acercó a la red con el machete en la mano. En la antena cantó el benteveo.
    "¿Señores?", dijo O'Jaral, y la voz imprevista era amable y convincente.
    "Buenos días", dijo el intruso que mandaba. "Soy Badaraco. ¿Te acordás?"
    Un leve asentimiento.
    "Sí, claro. Patín Badaraco", murmuró O'Jaral, y los dientes le rechinaron como si violentas operaciones de búsqueda y recuperación se hubieran detenido ante un fichero quemado. "Dieciocho años..."
    "Y pico." Con un ademán drástico, la mano de Badaraco cerró el caso y pasó a señalar al otro hombre, que movió la cabeza antes de que lo nombraran: "Aquí, el doctor Vioth, sé que también conocido tuyo."
    Esperó un rato a que el miedo hiciera efecto. Iba a agregar algo cuando O'Jaral apoyó el machete en el suelo: "¿Qué quieren?"
    "Primero", dijo Badaraco, "salir de acá. Demasiado deslumbrante este efecto para estropearlo con un cortaplumas. ¿O tengo que...?"
    "No podrías", dijo O'Jaral. Dando un paso hacia el tilo, alzó la mano hasta una horqueta y la metió en un nido. Clic. Las redes cayeron plácidamente dejando en el aire una ráfaga de rocío y el vuelo de una hoja cobriza. Los intrusos pestañearon como si el paisaje hubiera vuelto a imponerse, olor de leña y dormidera, más allá de la vía el resplandor de la laguna.
    "Ingeniosa la trampita, claro que sí", dijo Badaraco, y el barbudo meneó la cabeza y se secó las manos en la solapa del abrigo de tweed y, como O'Jaral se había dado vuelta sin decir palabra, lo siguieron los dos hasta la arcada del frente de la casa. Había un banco de hierro; de haber sido un hombre soñador, el Patín Badaraco habría visto, ya resecas, las lágrimas de alguien, cualquiera, que en los tiempos en que aquello era una estación había esperado el tren para partir no se sabía hacia adónde. Pero usó el banco para sentarse. Apoyó el maletín en las rodillas. A su lado el doctor Vioth, solemne pero apocado, y enfrente O'Jaral en un cajón de limonada.
    ¿Y qué más?"
    "Vayamos por partes", dijo Badaraco. Los ojos verdes no conseguían definir la crispación de O'Jaral. La voz era un tableteo, y no obstante más anodina que un tono de discar. "Traigo las manos limpias y vacías, esto ante todo. Hay un consorcio que yo vengo a representar y que impulsa diversas actividades positivas: tenemos prensa escrita, espectáculos, arte, servicios médicos y farmacéuticos, industria química y electrónica. Hay una idea del crecimiento. Hay un apego a las reglas de convivencia democrática. Fe en la competencia como motor del crecimiento; emulación franca e igualitaria. Y hay una invitación a que todo el mundo dé la cara. Claro que sí. También pensamos que el crecimiento necesita cierto grado de conflicto. A mí me importa un pito lo que vos opinés, O'Jaral. Consumo, pensamos nosotros, significa estabilidad; estabilidad sin estancamiento significa armonía. Para que no reine una quietud de muerte se necesitan ciertas polaridades, la contradicción dialéctica que acerca la vida al ritmo natural. Los individuos satisfechos por el consumo o aspirantes al consumo se mueven en una sola dirección, y muchas veces se quedan quietos, quietos, claro que sí. Por eso nuestro consorcio acepta con entusiasmo a los resistentes, a los opositores; son un fermento necesario: de las nociones equivocadas que propaga esa gente nacen inquietudes, de las inquietudes nuevos deseos en el ciudadano, y nosotros, con nuestra experiencia, introducimos las correcciones necesarias. Alentamos la crítica y a veces la financiamos. Ahora bien: la dispersión, el desmembramiento, el rencor en las sombras, la agresividad sin salida, eso no nos gusta nada nada. Qué decirte de la indiferencia, ¿no?"
    Un párpado de O'Jaral tembló díscolamente. Se le hinchó el cuello y los tejidos se apuraron en depositar la angustia en el aire, que tras embolsarla se la llevó a otra parte. Pero Badaraco también estaba sorprendido: en la piel de O'Jaral había un lustre intemporal; aunque tal vez ya no fuese frescura sino un producto extremo del control, una tirantez sedosa que, tocada por la simple aceptación del cansancio, tal vez se habría hecho polvo como un pergamino apolillado.
    A su vez O'Jaral, que tenía un interés personal por las dentaduras, no evitó observar la de Badaraco, una obra de restauración que debía valer un dineral. ''¿Es muy poderoso tu consorcio, Patín?", dijo.
    "No es mío. Yo soy de él. Por decisión razonada."
    "¿Y a qué debo la visita?"
    "Hay una serie de acontecimientos que nos parecen preocupantes. No digo funestos, digo preocupantes. Deserción en ciertas escuelas y universidades, y en otras una presencia exagerada y como, y como muda. Ataques a la competitividad laboral. Desinterés creciente por las encuestas de opinión y los festivales de música. Descenso en los índices de actividad mental consciente. No es la ingenuidad aceptable de bombardear comisarías o secuestrar periodistas. Periodistas y policías tenemos muchos, pero economía una sola, y depende de la participación política, de la clase que sea. Es un rechazo deliberado a la información, y a la formación, cuando no una indiferencia casi vegetal. Todo mezclado con una cadena de falsificaciones: alguien interfiere programas de tele con noticias ridículas y el mercado artístico con duplicados perfectos. Tienen dobles de muchísimos actores conocidos, de modelos y de locutores, y hacen unas propagandas falsas de productos que no existen. Nadie se cree nada, pero, ¿de dónde los sacan? Se colaron en la industria química y adulteran fármacos.
    "Cómo has aprendido a hablar, Patin", murmuró O'Jaral.
    "Extorsionan con fotos y grabaciones fraguadas, no a gente notable sino a simples profesionales. A la mujer de Pérez, el obstetra, le llega una foto de su marido ofreciéndole el culo a un cirujano. Jacinto el arquitecto recibe una cinta con la discusión que tuvo con la mujer, el ruido de los golpes y los alaridos de ella y el llanto de los chicos. Parte del método es una mezcla de acoso, perturbación y ambivalencia. Tientan a la gente con ofertas depravadas. Tienen casas de masajes con curas y parlamentarios que parecen de verdad. De ambos sexos. Si las denunciamos públicamente o las saboteamos, se alarman la curia y el electorado. Si las aceptamos se reproducen. Como las sectas; todos los días una nueva: sectas que no adoran nada. Es muy fastidioso y prefiero no extenderme. Aunque en el fondo estos sujetos son inocuos, es muy difícil entrarles precisamente porque son inocuos. Quiero decir: lo molesto, lo disolvente, es que no tienen objetivos. ¿Cómo pueden volverse influyentes sin un programa? La gente se ríe de ellos, pero no sabe quiénes son. Muchos se ríen de histeria. Es por el desconcierto. Ellos no tienen objetivos, parece que no tienen. No quieren llegar a ninguna parte, no tienen un partido, no quieren crecer, no quieren avanzar ni subir ni asaltar, no quieren ser nada de lo mucho que se les propone. Dinero no es que tengan demasiado. Lo que más hacen, la verdad, es pintar consignas raras: La esencia del votante es su perfume, taradeces por el estilo. Todo esto es muy preocupante ahora que el país se apresta a celebrar el referéndum sobre la anexión al Sistema Panatlántico."
    "No es problema mío", dijo O'Jaral.
    "En definitiva: no sabemos", dijo Badaraco. "Pero tenemos razones para pensar que una de las eminencias grises de esa gentuza, si no la eminencia, es el Galgo Ravinkel".
    En un área septentrional de la carne de O'Jaral se contrae un músculo. Duele. Es una reacción, disimulable por supuesto, pero no de las comunes. Por encima del hombro O'Jaral mira la laguna. Tiene la impresión de que la superficie se arquea, como si el pasado deformase todo, y entre los juncos se le impone la figura del Galgo Ravinkel tal como era las últimas veces que lo vio, dieciocho años atrás: hirsuto, grandote, encorvado, no tanto un galgo como un oso o un mamut, si valieran las comparaciones. Sin embargo, siempre lo llamaron Galgo, a pesar incluso de las pecas.
    O'Jaral respira hondo. Por la nariz.
    Nada de esto tiene importancia, ni la va a tener aunque tenga, intenta pensar: Es un estorbo, es un incidente. Voy a seguir adelante.



    "No tienen objetivos", repitió el Patín. "Son escoria."
    "Sabrás bien que yo no tengo la menor idea de dónde está Ravinkel", dijo la voz diáfana de O'Jaral.
    "Indudablemente. Pero no te va a ser difícil encontrarlo."
    "¿Y por qué lo tengo que buscar?"
    El morro de Badaraco se volvió a la derecha. Sin salir de su adormecido vasallaje, y sin necesidad, el de la barba se alisó el abrigo. También él podía mostrar los dientes sin complejos.
    "Si me tomé la molestia de traer al doctor Vioth fue para convencerte de que conocemos perfectamente tus desvelos, O'Jaral. ¿Aprecio que lo tenés bien presente, al doctor? Un metro ochenta de seriedad profesional. Un testimonio vivo. O sea que, te resumo: vos necesitás tiempo. Nosotros te lo damos a cambio de que encuentres al Galgo.

de "El testamento de O'Jaral", de Marcelo Cohen. Publicado en 1995 por Anaya y Mario Muchnik, Madrid. ©1995 Marcelo Cohen.

 

 

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