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LA NACION LINE | 14.04.99 | Cultura

 

Los misterios divinos y el arrepentimiento

En su nueva novela, El Evangelio según Van Hutten Abelardo Castillo mezcla la intriga policial con la teología e inventa un texto sagrado apócrifo.

LA voz de Abelardo Castillo, por lo general, plena, sonora y pausada, a medida que empieza a hablar de su último libro, El Evangelio según Van Hutten, se va cargando de fervor y su palabra, pesada de pasión, recuerda la de los fanáticos, la de los mártires o la de los patriotas que defienden su fe hasta los últimos límites. Empezó a escribir esta novela a fines de 1992. La muerte del padre la interrumpió y la reanudó el año pasado. Pero el tema lo acompaña desde la juventud cuando, educado por los Salesianos, pensaba ser sacerdote.

-Hasta un día en que leyendo Las pruebas ontológicas de la existencia de Dios de Descartes, viví un deslumbramiento al revés: si a Dios había que demostrarlo, ése no era el Dios en que yo creía. Entonces, sentí que la Fe se retiraba de mí, y me transformé en un agnóstico o quizá -como me dijo Marechal- en alguien que creía que no creía.

Me permito recordarle a Abelardo que cada uno tiene la fe que puede o que le dio el destino porque la Fe es una Gracia. Riéndose, contesta:

-No es importante que yo crea o no; lo fundamental sería que si Dios existiera, creyera en mí, y eso solucionaría las cosas.

-Concepción algo desmesurada ¿no te parece? Pero ¿cuál es el tema de tu novela?

-Hay un personaje octogenario, Van Hutten, que sí cree. El es un arqueólogo uruguayo a quien se supone muerto, pero que vive en la Argentina, en La Cumbrecita. Lo descubre el narrador, historiador cincuentón y mediocre. Van Hutten cree que Jesús era Hijo de Dios y, al mismo tiempo, un hombre con todas sus limitaciones y necesidades y lo más increíble -siempre según Van Hutten- vino a hacer una cosa y fracasó, pese a ser el Hijo de Dios. El narrador mucho no lo entiende porque es razonablemente agnóstico y el tema no le interesa. Sin embargo, en su juventud leyó y admiró los libros de Van Hutten y escribió, él mismo, un ensayo sobre Judas. (En realidad, yo juego aquí con mi primer libro, El otro Judas, cuyo tema es que Judas no traicionó a Jesús.) Al reencontrar a este hombre en La Cumbrecita, se empieza a tejer la trama. Al parecer, Van Hutten participó en 1947 de las excavaciones de Qumram en el Mar Muerto. Allí, junto con los Rollos de los esenios, dice que descubrió un texto en arameo de San Juan. Se trata de otro evangelio que contradice al Jesús de la tradición. ¿Por qué no mostró ese texto? ¿Por qué no lo hizo público? La solución se da en la novela. El narrador encuentra la copia de la traducción del arameo en un viejo cuaderno escolar de una muchacha, con quien luego tiene una relación. Yo inventé el texto apócrifo utilizando sólo las palabras que están en los Evangelios.

-¿Cómo se te ocurrió este tema tan poco común?

-Los temas religiosos aparecen en mi obra. Además, se trataba de saldar una vieja deuda conmigo mismo. En mi novela, de la relación citada por Van Hutten acerca de Jesús, sólo queda un trocito de cuero con una palabra escrita en arameo: Nasraya, que quiere decir "nacido en Nazareth".

-Pero estás afiladísimo, ¿no me digas que conocés arameo?

-Lo conozco lo suficiente para poder leerlo y citarlo sin errores.

-¡Qué erudición! ¿No estás arrepentido de no haber sido sacerdote?

-No. Pero sospecho que, a lo mejor, hubiera sido bueno.

-Creo que te hubiera gustado encontrar en la vida a un Van Hutten con su evangelio apócrifo y terrible.

-¡Ah, sí! Un hombre como él me convencería. Mi novela es una especie de expresión de deseo: un evangelio que cambiara al mundo.

-¿No te parece que por el título uno puede asociar tu novela con el libro de Saramago?

-Sí, pero cuando yo la empecé, no había aparecido el volumen de Saramago y mi título es el único posible.

-Además de la labor de escritura, llevaste a cabo una investigación exhaustiva.

-Sí, en casa hay más de cien libros sobre los Rollos del Mar Muerto. Pero también se trata de una novela de suspenso, de aventuras. Hay sexo, hay un elemento demoníaco; la verdad, he escrito un policial en una prosa que busca atrapar al lector. Y vos sabés que lograr una prosa tersa, seductora y fácil es la mayor dificultad del escritor.

-¿Quién te gustaría que leyera esta novela?

-Me hubiera gustado que la leyera Bioy. Lamentablemente es imposible.

-¿Qué virtud valorás en vos?

-Ninguna. O mejor sí, mi tenacidad. Pero nadie se puede jactar de virtudes, uno tiene características y nada más.

-Con docena y media de libros publicados, entrando en tu sexta década de vida, ¿de qué te arrepentís?

-Si te hago la lista, tendrían que sacar un suplemento especial. Pero, me arrepiento, ahora que ya no está, de no haber hablado más con mi padre. Me arrepiento de mi falta de caridad. Me arrepiento de haber sido violento y desconsiderado aun con gente a la que estimaba. Me arrepiento de haber sido mucho más vanidoso de lo que pensé

María Esther Vázquez

 

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