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CLARIN, Domingo 09 de mayo de 1999

 

INTRIGAS MISTICAS
Verdades ocultas

 

 

El Evangelio según Van Hutten
Por ABELARDO CASTILLO
(Seix Barral)-221 páginas

El evangelio que Van Hutten, un arqueólogo sudamericano, encuentra en 1947 cerca del Mar Muerto es un original escrito en arameo y posiblemente contemporáneo a Jesús. La verdad que oculta pertenece al orden de la heterodoxia: el cristianismo es un desprendimiento de la secta de los esenios y representó el cisma de un cisma del judaísmo. Disidente, anarquista, casi violenta, la secta judía de los esenios era una comunidad que preconizaba la pureza, aunque se casaran y descreían de la propiedad porque la consideraban un robo. Este evangelio esenio no sólo viene a oponerse a la verdad oficial de la Iglesia -cualquiera sea su denominación- sino fundamentalmente a demostrar la trama secreta del poder y descubrir lo más tremendo quizá de nuestra contemporaneidad: que, de existir realmente, la verdad no podrá ser nunca demostrada porque el poder somete todo a su dispositivo, incluso las creencias. Por eso Van Hutten finalmente decide no dar a conocer el manuscrito pese al sentido revolucionario que contiene.

Hay una frase que podría resumir todo el arduo desvelo de Van Hutten: "Yo buscaba el fundamento esenio del cristianismo y encontré el Manifiesto comunista de Dios". Lejos del fracaso sin embargo, Van Hutten debe admitir que el momento justo para hacer público este evangelio arameo ha pasado y que la actualidad haría de él (la ironía acá llega a su máximo punto crítico) una mera discusión académica y no una revolución, vale decir, una verborragia y no una praxis, una abstracción y no una intervención en lo social. Una de las reflexiones más profundas de esta novela que hace de la exégesis bíblica el motor de su historia es ésta: la revolución es una forma de la lectura.

A diferencia del trayecto rectilíneo del cuento, voraz en su voluntad económica y fiel a ese momento final que convierte el desenlace en un nuevo acceso a la historia, la novela no ahorra gasto y se extiende como si no le importara demasiado su propio fin. El cuento es siempre fatal: hace del destino un arte y cristaliza, en su minucioso y casi perfecto recorrido, las vicisitudes de la historia. En cambio, la novela quiere olvidar la muerte, prefiere la perduración como un modo de detener o postergar lo que tarde o temprano finalmente advendrá. De allí que su arte sea el de desplegar, el de extender los distintos pliegues de la historia. Es lo que ocurre con El evangelio según Van Hutten, que es una historia que multiplica sus efectos de lectura: el lector deberá traducir, interpretar, recordar, comparar, dudar, creer. Y todas estas acciones podrían señalar pliegue tras pliegue, como el manuscrito descubierto, el rumbo de las interpretaciones.

El evangelio de Van Hutten contiene una verdad que ha permanecido oculta durante dos mil años. Pero esta vez la novela de tema arqueológico deviene en otra cosa: sabe que la verdad es un esfuerzo infructuoso y que la última palabra sobre ella nunca es la última. En todo caso Castillo saca provecho de la analogía entre la vida y la arqueología para convertirla en la ley de lo novelesco: sólo se encuentra lo que se busca. Como Schliemann sigue las pistas que Homero ha dejado en La Ilíada, así también Van Hutten con los textos bíblicos. Hay una frase que podría funcionar como una de las tantas claves para la interpretación de la novela: "Entonces Schliemann supo que Troya había existido, porque Homero no podía mentir". El trabajo arqueológico es literal y metafórico, es decir, parte de la trama y un modo de leer. El sentido entonces es una decisión del lector, que se vuelve un arqueólogo. Es como si Castillo planteara que la novela puede ser en realidad un evangelio (después de todo las dos palabras remiten al relato de una novedad, de una noticia desconocida), pero, si lo es, no puede ser más que un evangelio apócrifo.

Con esta novela Castillo vuelve a escribir su primer libro, El otro Judas, y retoma una de sus obsesiones más persistentes: ir a buscar en el mundo bíblico un imaginario para sus narraciones. Pero, además, hay un gesto oculto que esta novela trama y es en relación con la narrativa argentina: la distancia que establece con la literatura borgeana. Si para el autor de El Aleph la teología es concebida como una rama de la literatura fantástica, para Castillo es posible todavía extraer de ella, más cerca de las ideas que de las imágenes, el material de su narrativa. A ese horizonte de creencias y misterios no le corresponde el régimen de lo fantástico.

A Castillo le interesa en todo caso la intensidad de las ideas, vale decir, la capacidad que ellas tienen para generar un relato: análogamente, en un rapto de ingenio, Van Hutten piensa que el cristianismo es una novela policial escrita por el Espíritu Santo. Más allá entonces de funcionar como fuente de la trama novelística, hay demasiada pasión y minucioso conocimiento en Castillo acerca del mundo bíblico para pensar que se trata sólo de una inspiración. Pergeñada la novela como traducción o exégesis de un original escrito en arameo, se podría inferir una definición: trasladar una lengua muerta a la propia, eso sería una novela. El novelista entonces resucita en su escritura el cadáver del sentido eclipsado.

La tercera novela de Castillo hace algunos guiños al lector. Van Hutten es uruguayo y su nombre nos conduce al inolvidable personaje de Horacio Quiroga. En cambio, el narrador que remite a la persona del autor mediante varias alusiones (el ajedrez, el barrio de Once, haber escrito un libelo sobre Judas, etc.) carece de nombre y es apostrofado una vez como un "hombre de la ciudad". Cartografías secretas de esta narrativa: la nominación se vuelve un principio radical, ya que en las dos novelas anteriores el narrador y protagonista era Esteban Espósito, el nombre del huérfano y ahora el narrador llega a ser innominado. Al narrador le ocurre lo mismo que al manuscrito de Van Hutten: no se oculta pero tampoco se revela. En todo caso El evangelio según Van Hutten dice que la verdad es siempre apócrifa, secreta, anárquica, no oficial y contracanónica.

ENRIQUE FOFFANI

 

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