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LA NACION LINE | 19.05.99 | Cultura

 

Buena literatura en una novela de especulación religiosa
Un escritor de raza

 

 

El Evangelio según Van Hutten
Por ABELARDO CASTILLO
(Seix Barral)-221 páginas

LO primero que se advierte, apenas se empieza a leer este último libro de Abelardo Castillo, es que, así el lector ignorara su trayectoria, llegaría al feliz descubrimiento de que tiene ante sí el texto de un escritor de raza. Eso quiere decir buena literatura, en un momento en que abundan las novelas de lectura instantánea, intrascendentes, olvidables y en muchos casos, tan pobremente escritas que hasta el bibliófilo más entusiasta termina desanimado.

La lectura del Evangelio según Van Hutten propone además un desafío. Aquellos que estén enterados de la tormenta que se desató en el mundo occidental a partir de los descubrimientos realizados en el Mar Muerto, hacia 1947, encontrarán en este libro la posibilidad de establecer un diálogo. O, si se quiere, un espacio en el que discutir las teorías que Castillo pone en boca de su personaje, el doctor en filología clásica y teólogo seglar, Estanislao Van Hutten.

Para los lectores menos informados, El Evangelio... resultará una fructífera manera de entrar en tema, no sólo en cuanto a la especulación en torno al verdadero sentido de los textos sagrados sino también en cuanto a las constantes que recorren los libros de Castillo: la fe, la ética, el pecado del amor físico, la justicia en el cielo y en la tierra, las tribulaciones de un desesperado, la eterna obsesión del macho adulto por las jovencitas, la lozanía y la belleza, la ruina del cuerpo y el deseo insoportable de conservar la juventud aunque no sea más que en el alma.

En la novela, Van Hutten intenta ocultar que es el autor de un libro corrosivo, escrito antes de los descubrimientos del Mar Muerto, en el que sostiene que Jesús pertenecía a una secta disidente de los esenios y que, como tal, protagonizó una revolución contra las autoridades judías de la época ("Un cisma dentro del cisma"). Asimismo, afirma que Juan el Bautista era un miembro avanzado de la misma organización, que proclamaba en el desierto de Qumram la llegada del último Maestro de Justicia: Jesús de Galilea. Van Hutten sostiene que los evangelios tienen antecedentes muy anteriores a los habitualmente reconocidos y que fueron corregidos, achicados y agrandados, desvirtuados, confundidos, traicionados y malversados. El maestro en filología clásica concluye que el proceso sería comparable a lo que el comunismo de Stalin hizo con los principios de la revolución de Octubre. Si Jesús era un esenio, entonces proponía una revolución anarquista y ésa fue la causa de que resultara traicionada.

Como en casi todos los textos de Castillo, a un personaje masculino vigoroso (Van Hutten) se le opone otro que declara su nimiedad como persona. Es el caso del innominado narrador en primera persona (un oscuro profesor de historia medieval que carga sobre sí tres divorcios, tiene devoción por los libros y cierta tendencia resistida a la escritura), a quien Van Hutten revela involuntariamente el secreto de su libro. Este personaje sin nombre, que se considera un fracasado en todos los aspectos de la vida, descubre que se durmió a los veinte años y despertó a los cincuenta, preguntándose quién era ese anciano macilento que veía frente al espejo. Con su fragilidad y su indefensión, ese narrador disputa el protagonismo de Van Hutten porque para el lector resulta, sin duda, el más conmovedor.

El personaje sin nombre está deliberadamente asimilado al autor: reconoce haber escrito en su juventud sobre la traición perpetrada contra "el hijo del hombre", tal como lo hizo Castillo en El otro Judas; admite haber vivido en el barrio de Once y haberse educado en el colegio Don Bosco. Con estos datos, que pertenecen a la vida real de Castillo, el escritor pone a prueba una vez más el juego entre lo autobiográfico y lo ficcional, una especie de malignidad que consiste en volcar sus datos biográficos personales al mismo tiempo que inventa una novela, aprovechando cada página y cada uno de sus personajes para recordar cuestiones que, en la actualidad, parecen condenadas al baúl de los recuerdos. Se llamen revoluciones éticas, estéticas o de las otras; se llamen el horizonte de la infelicidad y del dolor.

Susana Silvestre

 

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