Sombras suele vestir (de la parte III)



    Se le apareció bruscamente, al pisar el umbral de la puerta abierta de par en par. Bernardo Stocker, en cambio, lo había visto venir desde lejos. Estaba sentado, envuelto en dos mantas escocesas: una sobre los hombros, la otra fajándole las piernas. «Don Julio, ni puedo levantarme para saludarlo -dijo-. Esta manta...» Lo reprendió por haberse molestado. «Me hubiera escrito». Después, mirandolo en los ojos:
    - ¿Estuvo con el director?
    - Sí.
    - ¡Qué lata le habrá dado! Lo compadezco.
    - ¿Tiene frío? -preguntó Sweitzer- ¿Quiere que cerremos la puerta?
    -No; he descubierto que el frío es saludable. Me gusta.
    Se hizo un silencio. El señor Sweitzer tuvo la sensación de no saber con qué objeto estaba allí. Habia olvidado el motivo de su visita o, para ser más exactos, no quería confesárselo a sí mismo. Quedó consternado. Buscó algo que decir, una trivialidad cualquiera que le permitiese salir inopinadamente. Recordaba el párrafo de la carta: «No se moleste en verme. Contésteme por escrito », y recurrió a la carta como a un pretexto para justificar su presencia en el sanatorio. Pero se limitaba a repetir las proposiciones de Bernardo: se hubiera dicho que a él, Julio Sweitzer, se le ocurrían en ese instante. Era un poco absurdo. Bernardo vino en su ayuda e iniciaron un diálogo de inesperada fluidez. Empezaba Bernardo, no bien Sweitzer habia terminado de hablar, y su interlocutor, entre tanto, hacia toda clase de visajes, asentía con la cabeza, murmuraba «sí», «claro», «es lo mejor», «perfectamente...» Trataban de ponerse de acuerdo, temerosos de un nuevo silencio, sin prestar fe ni atención a lo que decían. Bernardo fue el primero en callar. El señor Sweitzer había distinguido, más allá del tabique de boj, a un muchacho muy alto, corpulento, en compañía de una anciana. De pronto el muchacho avanzó hacia ellos y al llegar al tabique, en vez de dar la vuelta, tomó directamente el sendero, escurriéndose por entre las ramas del boj con sorprendente agilidad. Caminaba a grandes pasos, seguros y firmes, con los ojos clavados en Bernardo. Bernardo lo miraba a su vez. Una sonrisa lenta y profunda se había dibujado en su rostro. Pero sucedió un incidente imprevisto. El viento hacía volar un pedazo de papel de diario que fue a caer a los pies del muchacho. Este se detuvo a pocos metros de ambos hombres, recogió el papel, lo miró con la expresión de alguien que piensa «es demasiado importante para leerlo ahora», lo dobló cuidadosamente, lo guardó en el bolsillo y, girando sobre sus talones, se alejó. Esta vez, al llegar al tabique, en lugar de atravesar el boj dio la vuelta, siguió por el sendero... Los dos hombres lo perdieron de vista.
    Bernardo quedó con los labios entreabiertos; el señor Sweitzer no pudo contenerse y preguntó con una voz indiscreta, débil, anhelante, que apenas reconocía, a tal punto sonaba extrañamente en sus propios oídos:
    -¿Es Raúl Vélez?
    - Sí-dijo Bernardo-. Ya ve usted: me tiene afecto. Acude espontáneamente a mí. Pero siempre habrá de interponerse algo entre nosotros. Ahora ha sido ese maldito papel.
    Después, muy de prisa, en la misma tesitura con que habían conversado momentos antes:
    - Yo he tenido relaciones con Jacinta Vélez, la hermana de este muchacho. Ha vivido varios meses en casa. Me pidió que me ocupara de Raúl. Antes de irse, ella misma eligió este sanatorio.
    - ¿Antes de irse... a dónde?
    - No sé. Teníamos discusiones frecuentes. Yo le hacía preguntas, la enervaba. Uno siemp re enerva a las personas que quiere. Se fue.
    - ¿No le ha escrito?
    - En el inquilinato, donde vivió hasta la muerte de su madre, revisé un escritorio y encontré varias cartas. Pero eran cartas escritas por la señora de Vélez y que el correo había devuelto. Estaban dirigidas a personas cuyo domicilio se ignora. La numeración de las calles ha cambiado y no coincide con las direcciones de los sobres... o en esas direcciones existen nuevos edificios. No contento con eso, he visto a muchas personas de apellido Vélez. Nadie los conoce. Sin embargo, un hombre con quien conversé, muy comunicativo, mayor que yo, que se llama Raúl Vélez Ortúzar, me dijo que en su familia existía un personaje un poco mitológico, la tía Jacinta, al cual solía referirse su abuela. Parece que esta Jacinta era una mujer de mala conducta, que murió en Europa.
    - Pero no puede ser Jacinta -contestó inmediatamente el señor Sweitzer. Su espíritu de investigador ya estaba sobre aviso.
    - No, pero tal vez fuera su madre, la señora de Vélez. Además, él no podía asegurar que hubiese muerto.
    - ¿Y usted espera que Jacinta vuelva?
    - Vendrá al sanatorio a ver a su hermano. Tiene por Raúl un cariño profundo. El «autismo» de Raúl, como dicen los médicos, no es para ella una tara. Se le antoja un signo de superioridad. Trata de parecerse a él.
    - ¿Pero es enferma? -preguntó Sweitzer, cada vez más intrigado.
    - Enferma o no, yo la necesito. ¿Cree usted que vendrá, don Julio? Yo antes creía, pero ahora dudo, dudo de todo. ¿No cree usted en los sueños, don Julio? Yo tampoco creía, pero últimamente... Ultimamente he tenido sueños muy significativos.
    - ¿Se le apareció a usted?
    - No, ni siquiera se deja ver en sueños. Pude ver únicamente sus pies, como si estuviera frente a mí y yo mirara al suelo. Es extraño hasta qué punto los pies son expresivos e inconfundibles, hasta qué punto pertenecen a las personas... Le veía los pies como si la estuviera mirando a la cara. Entonces, cuando levanté los ojos, no pude seguir adelante. La imagen se detenía allí. Todo se disolvió en una atmósfera gris.
    Anoche volví a soñar con la misma atmósfera. Es gris, pero también a ratos blanquecina, muy traslúcida. Quedé en suspenso. Temía despertarme. Entonces, comprendiendo que Jacinta estaba ahí, le dije que me había engañado, que me utilizó para que yo internara a Raúl en el sanatorio, que nunca hubiera supuesto eso de ella. Le supliqué que nuevamente se dejara ver. Hablamos de cosas muy íntimas, de nosotros dos, de una mujer de quien Jacinta tenía celos. Yo temblaba de rabia. Pero Jacinta se burlaba en lugar de enojarse. Me decía, observando mi temblor: «Friolento como todos los hombres.» De pronto, comenzó a hacerme reproches. En una ocasión yo le atribuí sentimientos que ella reprueba. Afirmé haberla visto llorar. Eso la ha herido. «Nosotros no lloramos», me decía, aludiendo a ella y a Raúl. Le hice notar que las lágrimas no respondían a su verdadero estado de ánimo, que en realidad ella no sufría, que más tarde yo lo había explicado de una manera verosímil. Mis explicaciones, sobre todo, la pusieron fuera de sí. «Tú también has hecho trampa», me decía en alemán.
    - ¿Habla alemán?
    - Ni una palabra, pero en el sueño le oía pronunciar distintamente: «Auch du hast betrogen!» Entonces me encontré haciendo un solitario y sentí que alguien me aplastaba la mano contra la mesa en momentos en que yo iba a destapar indebidamente una carta. Me desperté.
    El señor Sweitzer lo alentó. Jacinta volvería al sanatorio a ver a su hermano. Era lo más lógico. No había que dejarse sugestionar por los sueños.
    Con estas palabras se despidieron.


    El señor Sweitzer caminaba distraídamente. Tomó un sendero equivocado y por dos veces se encontró, rodeado de boj, en el patiecillo de otros pabellones. No podía llegar a ese jardín que tenía ante su vista. Al fin se abrió paso y anduvo entre los árboles, atento a las ventanas iluminadas del edificio principal. De pronto se llevó por delante un bulto imponente y oscuro, más oscuro que las sombras. Retrocedió, sobresaltado.
    - No soy una alienada -le dijeron-. Soy Carmen, la encargada del inquilinato. Necesito hablar con usted.
    Caminaron hasta la verja. Era una anciana erguida, de cabellos blancos. El señor Sweitzer la observó bajo los focos de luz, aureolados de insectos verdes, de la puerta de entrada: un sombrero alto y cilíndrico, una esclavina y un manguito de piel (los hocicos pequeños de las lutrias hincaban sus dientes puntiagudos en las propias colas, un poco marrones). Después buscó el taxi que lo condujo al sanatorio. La mujer cruzó la calle, el señor Sweitzer se adelantó, abrió instintivamente la portezuela y la ayudó a subir.
    - Deseaba pedirle... -dijo su compañera, y adoptó una voz un poco quejumbrosa que contrastaba con la dignidad de su aspecto y no parecía sincera, como si copiara el estilo de las personas cuyos ruegos tenía por costumbre escuchar-. Usted es bueno. Influya sobre Stocker. Que a Raúl lo dejen en paz y le permitan volver al inquilinato. Lo quiero como a un hijo.
    - Entonces debería agradecerle al señor Stocker lo que hace por él. En el sanatorio podrán curarlo.
    - ¿Curarlo? -gritó la mujer-. Raúl no es un enfermo. Es distinto, nada más. En el sanatorio lo hacen sufrir. La primera noche lo encerraron. Como el muchacho me extrañaba, se quiso escapar. Le pegaron: al día siguiente tenía moretones en el cuerpo. Raúl nunca se cae. Y ayer...
    - ¿Qué sucedió ayer?
    - Ayer... ¡yo lo he visto, tirado en el suelo, con la boca llena de espuma! Y el enfermero que me decía: «no tiene que inquietarse, es la reacción de la insulina. Un ataque de epilepsia provocado». ¡Provocado! ¡Canallas!
    - Los médicos saben de estas cosas más que nosotros -protestó débilmente Sweitzer-. Espere los resultados del tratamiento. Por ahora, confórmese con visitarlo en el sanatorio.
    - ¿Y usted cuida del inquilinato? -respondió la mujer con insolencia- . Yo no puedo venir en automóvil. Ya Stocker no me da más dinero. Iba por las mañanas, revolvía cajones, se llevaba papeles, libros, cuadros. Me decía: «A Raúl no le faltará nada en el sanatorio, doña Carmen. Y a usted tampoco. Usted ha sido muy buena con él. Pero es lo mejor .» ¡Dios mío! ¡Cómo se ha burlado de mí!
    Sweitzer perdía la paciencia:
    - Usted no quiere comprender. El señor Stocker ha internado a Raúl Vélez accediendo a un pedido de la hermana del muchacho, de Jacinta Vélez.
    - Sí; ha dicho eso. Ya lo sé.
    - Ella es la única que puede arreglar la situación. Desgraciadamente, no vive más con el señor Stocker. El señor Stocker no puede descubrir su paradero. Usted, en vez de calumniarlo, debería prestarle ayuda, buscar a Jacinta.
    La mujer respondió, martilleando cada sílaba:
    - Jacinta se suicidó el día que murió su madre. Las enterraron juntas.
    Agregó después:
    - Vea: no me interesa lo que Stocker pueda haberle dicho. A Jacinta la conoció gracias a mí. Se la presentó una amiga mía, María Reinoso. -Y le explicó con naturalidad- : María Reinoso es una alcahueta.
    Como le pareciera que Sweitzer, al callar, pusiera en duda sus palabras, entró en un arrebato de cólera:
    - ¿Qué? ¿No me cree usted? María Reinoso lo convencerá. Puede hablar con ella en cualquier momento. Ahora mismo, si quiere.
    Y le gritó al chauffeur una dirección, inclinándose bruscamente hacia adelante; luego, al arrinconarse en el fondo del automóvil, rozó con sus cargados hombros la cara de Sweitzer. Este sintió en la nariz el olor a moho de la esclavina de piel.
    - No me gusta -agregó- hablar mal de Jacinta, pero yo nunca la quise. No se parecía a su madre, un pedazo de pan, ni a Raúl. A Raúl lo quiero como a un hijo. Jacinta era orgullosa, despreciaba a los pobres. En fin, ya está muerta. Se tomó un frasco de digital.
    El automóvil se detuvo. Mientras Sweitzer pagaba al chauffeur, la anciana había avanzado por un largo corredor. Sweitzer tuvo que apresurar el paso para alcanzarla.
    Entreabrió la puerta una mujer de edad dudosa. Doña Carmen le dijo:
    - No es lo que piensas, María. El señor viene únicamente a conversar contigo sobre Stocker y Jacinta Vélez. Quiere que le digas la verdad.
    - Pasen. Basta que sea amigo tuyo, yo le diré lo que sepa. Pero quedará decepcionado... -contestó la otra con afectación.
    Al caminar arrastraba las chinelas. Los hizo sentarse, les ofreció de beber.
    - ¿El señor era amigo de Jacinta? -preguntó-. ¿No? ¿De Stocker? Ah, un hombre muy serio, muy distinguido. Hace mucho que frecuenta esta casa. Aquí conoció a Jacinta, pobrecita, y simpatizó con ella en seguida. Se vieron durante un mes, dos o tres veces por semana. Siempre en mi casa. Me hablaba Stocker, y yo le daba el mensaje a Jacinta. El día que murió la señora de Vé]ez, Jacinta había quedado en venir. A mí me pareció extraño, pero ella misma se había empeñado. Llega Stocker, y Jacinta que no viene. Yo le explico la demora. Esperamos. Al final, ya preocupada, hablo por teléfono y me entero de la desgracia. A Stocker lo impresionó muchísimo. Me dijo: «María, déjeme solo en esta pieza.» Y allí se quedó hasta muy tarde. Es un sentimental. Después, ya ve lo que ha hecho por ese retrasado. Me parece un gesto bellísimo.
    Doña Carmen la interrumpió:
    - No hables de lo que no sabes.
    La otra sonreía.
    - Está furiosa -dijo mirándolo a Sweitzer- porque no puede verlo el día entero. ¡Carmen, Carmen! ¡Parece mentira! Una mujer seria, a tus años.
    -Lo quiero como a un hijo.
    -Como a un nieto, dirás.


    El señor Sweitzer se fue cuando el diálogo entre las dos mujeres empezaba a subir de tono. Las calles estaban desiertas. En el centro de la calzada la luz eléctrica hacía brillar el asfalto: grandes charcos de agua en donde era peligroso aventurarse. Después la oscuridad y de nuevo, en la otra cuadra, el reflejo ficticio del estanque. Sweitzer no se atrevía a cruzarlo. Así anduvo un largo rato, vacilando al llegar a cada bocacalle, pegado, confundido a las casas como el insecto a la hoja. De vez en cuando el boquete de un zaguán iluminado lo ponía en descubierto. Estaba cansado, tenía frío, no podía entrar en calor. Tampoco podía detenerse. El mismo cansancio lo impulsaba a caminar. Llegó a una plaza. Una pareja se abrazaba en un banco de mármol. Sweitzer la observó con admiración. Atravesó la calle. Ahí vivía Stocker. Miró el tablero con los timbres. Cuando Lucas bajó después de un cuarto de hora, en paños menores y cubierto con un sobretodo, continuaba apretando el botón del tercer piso.
    - ¡Señor Sweitzer! -exclamó el negro-. El patrón no está.
    - Ya sé, Lucas. Tenía un mensaje para usted. Pasé por la casa y me atreví a llamar. Discúlpeme por haberlo despertado.
    - No es nada, señor Sweitzer. Entre, no se quede afuera. Subiremos en el ascensor de servicio porque yo he bajado sin llaves.
    Pasaron por la cocina. El negro abría puertas, prendía luces. «Hace frío. Ahora apagan la calefacción muy temprano. Como no hay nadie, yo no encendí las chimeneas.» Llegaron al hall. Sweitzer, entre tanto, discurría algún mensaje para darle en nombre de su socio.
    - El señor me ha escrito. Dice que mande las cuentas al escritorio. El volverá el día menos pensado.
    - Pero si me ha dejado dinero suficiente -contestó el negro-. Además tengo libreta.
    - Le repito lo que él me ha escrito.
    - El patrón está de viaje.
    - Así es, Lucas.
    El negro parecía deseoso de hablar. Después de un momento agregó entre dientes:
    -...con la señora Jacinta.
    Sweitzer le preguntó muy despacio:
    - Dígame, Lucas: ¿ella ha vivido aquí?
    - El señor también sabe...
    - ¿Está usted seguro? ¿La vió alguna vez?
    - Verla, lo que se llama verla... La encontré en la puerta de calle. Era después de almorzar. Yo había ido al almacén. Ella salía del departamento en momentos en que yo entraba. En seguida la reconocí.
    - Pero si nunca la había visto antes.
    - No importa.
    - ¿Cómo era?
    - Tenía ojos grises.
    - ¿Y cómo supo que era ella? -le preguntó Sweitzer.
    - Me di cuenta -contestó el negro-. Me miraba sonriendo. Parecía decirme: «¡Al fin me descubres!», pero con simpatía. Parecía decirme: «¡Gracias por el caldo y la ensalada que me preparas todos los días, por las avellanas, por las nueces! ¡Gracias por tu discreción!» Es una mujer muy bondadosa.
    - ¿Pero usted no la vió nunca dentro de la casa?
    - ¡Tomaban tantas precauciones! Hasta que ellos se iban, no podíamos arreglar el dormitorio. Por la tarde, el patrón era el primero en llegar. Cerraba con llave la puerta del hall. Cuando abría la puerta, ya la señora estaba en su pieza. ¿El señor Sweitzer recuerda la última noche que vino a comer? El patrón estaba muy excitado, quería que la señora los acompañara, quería presentársela al señor Sweitzer. Yo, mientras ponía la mesa, le oía la voz: «¡Jacinta, te lo suplico! Come con nosotros. No me dejes solo esta noche.» La esperó hasta lo último. ¿El señor Sweitzer recuerda que me obligó a poner tres cubiertos? Pero la señora Jacinta no apareció. Es una mujer muy prudente.
    - En resumidas cuentas: usted no la vio nunca dentro de la casa.
    - ¡Como si necesitara verla! -exclamó el negro-. Ahora ni siquiera me molesto en prepararle el caldo, pregúntele a Rosa, y eso que el patrón me ha ordenado que deje comida como siempre. Pero ahora no está, lo sé, así como sé que antes estuvo viviendo más de tres meses en esta casa.
    Sweitzer se limitaba a repetir:
    - Pero usted no la encontró nunca...
    Y el otro, con insistencia:
    -¡Como si necesitara encontrarla! ¿Y el olor? Vea usted, señor Sweitzer, yo no quisiera ofenderlo, pero la señora Jacinta no tiene ese olor tan desagradable de los blancos. El de ella es diferente. Un olor fresco, a helechos, a lugares sombreados, donde hay un poco de agua estancada, quizá, pero no del todo. Sí, eso es; en la bóveda, cuando vamos al cementerio de los Disidentes, hay el mismo olor. El olor del agua que empieza a espesarse en los floreros.


    El señor Sweitzer se acostaba. «No he comido esta noche», pensó, al tiempo que metía la cabeza en su largo camisón de franela. Se acurrucó en la cama, buscó con los pies la bolsa de agua caliente, cerró los ojos, sacó una mano, apagó la lámpara. Pero no se disipaba la claridad de la habitación. Había dejado encendida la araña del techo, un artefacto de bronce con tres brazos puntiagudos de cuyos extremos salieron llamitas de gas y que, posteriormente, habían adaptado a las bujías eléctricas. Se levantó. Al pasar junto al ropero se vio reflejado en el espejo, con la papada temblorosa y más bajo que de costumbre, porque andaba descalzo. Rechazó esta imagen poco seductora de sí mismo, apagó la luz, buscó a tientas la cama. Después, acariciándose los hombros por encima del camisón, trató de dormir.


José Bianco, de "Sombras suele vestir", Editorial Anagrama.
© 1987, Ana María Torres de González y Editorial Anagrama.

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