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CLARIN, Domingo 27 de junio de 1999

 

EDUARDO BERTI CUENTA EL ORIGEN DE "LA MUJER DE WAKEFIELD"
Crónica de una mujer sola

La protagonista de La mujer de Wakefield es una mujer que, abandonada por su esposo luego de diez años de casados, se debate entre ir a buscarlo allí donde se ha ido a esconder o quedarse aguardando su regreso. El le dijo que volvería en una semana, pero los meses se suceden y ella pronto descubre que debe aprender a valerse por sí misma en una sociedad donde una mujer sin marido no es bien vista o, incluso más, es contemplada como una anomalía.

Cualquier lector informado o atento advertirá sin grandes esfuerzos que mi segunda novela está inspirada en "Wakefield", viejo relato de Nathaniel Hawthorne, uno de los padres de la literatura norteamericana junto con Herman Melville y Edgar Allan Poe. Siempre me apasionó este cuento, tanto por su prosa y construcción como por la historia enigmática que cuenta, la de un hombre que dejó a su esposa para instalarse en una casa de a la vuelta y "sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió allí por más de 20 años" hasta que una noche de otoño ("cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre se había desvanecido de todas las memorias") volvió muy campante a su hogar, como si sólo hubiese estado de paseo por unas horas.

Tendría yo 16 años cuando en la biblioteca de una tía me encontré con un libro de "grandes clásicos universales", o algo así, y entre cuentos de Akutagawa, Kafka y Hemingway tropecé con "Wakefield". Ignoraba por entonces cuánto le gustaba este relato a Borges y hasta qué punto habían bastado sus elogios para hacerle un lugar en ésa y muchas otras antologías. Con el tiempo fui acercándome al resto de la obra de Hawthorne, una producción un tanto despareja en la que alternan picos de genio con pasajes donde parece cautivo de un extremo puritanismo. De sus novelas me gusta especialmente La letra escarlata. De sus otros cuentos, "El velo negro del pastor". Pero, al margen de "Wakefield", nada me maravilla tanto como sus cuadernos de apuntes, repletos de argumentos y gérmenes de ideas. Entendía Valery Larbaud que esas pequeñas piezas -en teoría inconclusas- eran miniaturas perfectas, curiosas obras de arte. Con el tiempo, me pasó de abrir alguna novela más o menos contemporánea y reconocer allí alguna de las singulares ideas de esos cuadernos.

Hace una década, mientras estaba escribiendo los cuentos que luego integrarían mi primer libro (Los pájaros), tuve la idea de reescribir "Wakefield" desde el punto de vista de su mujer. No pasé de un breve intento. Fue años más tarde que pensé en una novela que revisitara aquella historia desde la perspectiva de la esposa, aunque ampliando el campo de visión: tomando como fondo el Londres predickensiano, la Inglaterra del Príncipe Regente y la demasiado olvidada revuelta de los ludditas, la primera revuelta de la era industrial, en la que cientos de tejedores, ante la aparición de las nuevas máquinas, temían con fundamento quedarse sin trabajo.

Especialista en parábolas sobre la soledad y en hombres que viven "al margen de los demás hombres", Hawthorne narró admirablemente "Wakefield", hace más de siglo y medio, siguiendo de cerca a su personaje pero ocupándose apenas de su esposa. "Pero quien nos interesa es el marido", dice el narrador en un momento. Tal vez en todo relato haya una frase como ésta, de la que el autor se vale para descartar otro relato posible; una frase que, como una llave, conduce al otro lado del espejo. Al sentarme a escribir La mujer de Wakefield decidí que la historia fuera contada desde el otro lado del espejo, por un narrador que siguiera de cerca a la esposa. Parte de la misma anécdota: el hombre que demora su regreso. El punto de vista no es el mismo: se plantea una reescritura, es decir una reversión. Y el ángulo es tan diferente que me atrevo a decir que el paisaje, aunque semejante, es muy otro. La señora Wakefield no es un personaje ladero de su esposo; por eso, aquí una contraversión no significa desplegar una serie de contraplanos de las escenas del original. El protagonista del cuento de Hawthorne es un "paria del universo". El universo que quise visitar en mi novela es ese vasto territorio que Wakefield, con su curiosidad impertinente, dejó vacío.

La mujer de Wakefield se quedó en casa con la criada y el paje; la mujer de Wakefield tiene un pasado y una hermana casada con un próspero industrial; la mujer de Wakefield tiene un admirador que junta coraje para declararle su amor; la mujer de Wakefield lleva un diario donde clasifica a la gente de manera maniquea; la mujer de Wakefield sabe dónde se esconde su marido y, como Hawthorne, pero más a ras del suelo y de los hechos, busca desentrañar las razones de tan extravagante acto.

Me pone feliz y triste la salida de este libro. Feliz porque su resultado me satisface; triste porque durante su escritura disfruté mucho esa especie de juego patafísico que me impuse al inicio del camino.

Me resisto a que se entienda la reescritura de "Wakefield" como un gesto posmoderno. La novela autoconsciente existe desde Don Quijote, como observa André Brink en su apasionante tesis "The novel". Cervantes reescribió allí todo un género, el de las novelas de caballería; con el tiempo su Quijote fue volviéndose el libro acaso más reescrito: desde la falsa continuación firmada por un tal Avellaneda (y publicada ~antes de la segunda parte del propio Cervantes!) hasta la insólita reescritura de Pierre Menard, pasando por el "Joseph Andrews" de Fielding o por los Quijotes de Unamuno y Graham Greene, que son al libro de Cervantes lo que las Meninas de Picasso al original de Velázquez.

En la minuciosa biografía que publicó sobre el autor de "Wakefield", Henry James cuenta que murió mientras dormía, a los 60 años. Doy por seguro que Borges sabía esto cuando escribió que, muerto Hawthorne, todos los escritores heredaron su tarea de soñar.

EDUARDO BERTI

 

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