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LA NACION LINE | 21.07.99 | Cultura

 

Recreación del cuento del escritor norteamericano
La pista de Hawthorne

 

LA MUJER DE WAKEFIELD
Por Eduardo Berti
(Tusquets)-247 páginas

En el juego literario, el recurso a claves ocultas suele ser uno de los atractivos que intrigan y operan como acicates para el interés de la lectura. Pero hay autores que, desde el vamos, desdeñan frágiles ardides y pasan a señalar las pistas sobre las que levantaron sus obras. En Jugar en serio. Aventuras de Borges, libro póstumo de Ezequiel de Olaso, el recordado filósofo señalaba un rasgo decisivo en la obra del autor de El Aleph: el ejercicio artístico de la reescritura. Pues bien, a esa tendencia pareciera sumarse el joven escritor Eduardo Berti. En La mujer de Wakefield, no hace nada más (ni nada menos, y esto está explícitamente sentado) que retomar la historia planteada por Hawthorne en el texto ya clásico en que se relata la historia de un hombre que parte de su casa para entregarse, cerca de ella, a una vida distinta.
    Sobre ese andarivel, Berti, autor de la novela Agua (1997) que tuvo buena acogida, traza los días que le tocan vivir a la señora Elizabeth Wakefield cuando Charles, su marido, después de diez años de apacible matrimonio, le dice con calma: "A propósito, esta misma noche debo partir en viaje de negocios, no creo que vuelva antes del viernes". Y abandona su casa... por veinte años. Pero si la historia es similar a la de Hawthorne, ahora lo que importa -en la versión bertiana- es la mirada de la mujer.
    Todo sucede en la segunda década del siglo XIX: las costumbres son distintas, las mujeres apenas si están enteradas de las cuestiones en que andan los maridos, la prudencia y el pudor conllevan un régimen de silencio y ocultamiento que Elizabeth cumple religiosamente a lo largo de los meses. Si primero pesan sobre su ánimo leves sospechas que se acentúan con el paso del tiempo, pronto ya no cabe más que una única certeza: el marido se ha marchado para no volver. Cuando la señora Wakefield descubre el paradero de su esposo (en una casa vecina y semioculto tras una peluca colorada), no son muchas las cosas que pueden cambiar. Y siguen los días, entre las reflexiones que le provocan las mutaciones del alma y de la vida, que vuelca en su diario, el acomodamiento a las circunstancias, los problemas coyunturales con la familia y el servicio. Hasta que llega a su fin la furtiva errancia marital y existencial de Wakefield.
    Inútil sería plantear divergencias, puntos de contacto y actualizaciones (como la intromisión de bandas de jóvenes contestatarios que destrozan las máquinas de las fábricas que los han dejado sin trabajo) de esta novela respecto del cuento que la inspiró. Sí debe decirse que, dueño de una manera de narrar coloquial, serena e intimista, lejos de toda incontinencia verbal u otras tentaciones lamentables, Berti consigue que la historia se deslice sin estridencias y con notable encanto. Por lo demás, pinta el alma de una mujer y una época. Si por ahí llega a cansar el repetido "estimado lector" al que recurre, la apelación conlleva un tono de complicidad acertado. En muchos momentos, La mujer de Wakefield trae el eco de Seda, aquella novela tan buena de Alessandro Baricco. Pero este vago parentesco no hace más que poner de relieve los quilates de este último libro de Eduardo Berti, escritor en el cual, sin duda, hay que reparar.

María Esther de Miguel

 

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