CARLOS ANTOGNAZZI


Mural Ciudad


 

 "La ciudad es un témpano del cual las nueve décimas partes están escondidas.
Y la parte visible es diferente para cada viajero...".


 Eduardo Abel Giménez,


Quiramir. 

 Seguramente existen varias formas de entrar, varias puertas de acceso. Yo solamente conozco una, la puerta por la que entré hace ya varios años. La elección fue casual o causal, no lo sé; cuando llegué a los bordes de la muralla descubrí la puerta en ella, una pesada y gigantesca puerta de madera con refuerzos de bronce. La sombra de las murallas se extendía tras de mí muchos cientos de metros, hasta las rocas y los primeros vestigios del desierto.
Tuve que golpear la puerta varias veces, durante muchos días. El sonido no llegaba fácilmente al interior de la Ciudad o, si llegaba, en el mejor de los casos, se perdía o confundía con los sonidos cotidianos, los ruidos de las calles, los mugidos de los animales o la música misma de la Ciudad. Por ello, luego supe, son pocos los extranjeros que acceden a la Ciudad. Menos aún los que logran entrar, atravesando los muros de piedra que la enmarcan y que, en cierta medida, le dan ese preciado aire de misterio que generación tras generación ha embelesado nuestros oídos en las reuniones junto al fuego.
Muchas son las historias de la Ciudad, muchas son las que se cuentan, las que se tejen y destejen una y otra vez, todas igualmente válidas, reales y ficticias, depende del narrador o del oyente o de ambos a la vez. También son muchos los narradores y los oyentes, por lo que se hace difícil en ocasiones determinar el grado de verismo o falsedad que hay en cada aseveración. También son muchos los lugares en donde se ubica, en esos interminables conciliábulos junto al fuego, a la Ciudad. Por ello es que, sin duda alguna, tan pocos viajeros la encuentran.
Algunos la señalan como el Centro del Mundo, materializado en los blancos minaretes; ortos, en medio de impenetrables selvas vírgenes, en lugares confusos e insospechados; muchos (los menos), en un vuelo de apasionada filosofía pretenden convencer a los oyentes de que la Ciudad es el núcleo del Universo; algunos pocos (menos que los anteriores), la señalan, sin especificar qué clase de vida, como el punto de partida y de llegada de la vida, y por lo mismo no se ocupan demasiado en buscarla: tarde o temprano llegarán a ella por la puerta grande. También existen otros ósupongoó que como yo la encuentran en medio de un desierto de sal y arena, erigiéndose como una montaña blanca a la luz del sol. Muchos otros dudan de su existencia y hasta tratan de desmitificar lo que, evidentemente, ellos mismos mistifican. Con tantas posturas y variantes se hace difícil buscar la Ciudad. Yo mismo, que errante y vagabundo la ansié durante años, soñándola a cada instante de las formas más dispares, la descubrí porque sí cuando ya abandonaba toda esperanza y me entregaba al candente desierto de sal y arena en el que me había perdido. Sin duda son muchas las historias, tantas como aventureros, narradores y oyentes hay por allí, tantas como la imaginación pueda elaborar. Como son todas igualmente ciertas y ficticias (he oído decir por allí que algunos la encontraron buscando la causa primera, otros que buscándose a sí mismos) no puedo asegurar qué rama primera en mi historia, en mi particular visión de la historia de la Ciudad, pero sí puedo asegurar que la he hallado, solitaria y blanca, en medio de la planicie salitrosa de un desierto de arena y viento.
La primera imagen que tuve al llegar a las murallas (es decir, antes, pues las murallas que rodean a la Ciudad son muy altas e infranqueables y no dejan ver todo lo que la Ciudad es), es la de un gigantesco helado de crema, extrañamente rígido ante los continuos y desgastantes embates de los rayos solares. Es cierto también que no puede ser vista con detenimiento, pues el brillo excesivo daña los ojos de los no avezados.
Lentamente, a través de sinuosidades en espiral (luego supe que eran las calles de la Ciudad), la vista iba subiendo, subiendo, ascendiendo en esa pirámide de espuma, subiendo hasta una altura difícil de calcular, una altura alucinante sobre la que se alza, majestuoso e imponente, el Torreón Mayor, desde el cual, seguramente, se abarca la totalidad de la Ciudad y el vasto panorama del desierto sin límites que la rodea. Digo seguramente porque nunca, aún, he llegado hasta él. En realidad creo que nadie ha podido llegar y, si lo han hecho, no han regresado para contarlo, o regresaron y no saben describirlo. Además, todo lo que cuento es puramente experiencia personal, por lo que no debe creerse mucho.
Junto con la música, en la Ciudad se escuchan el rumiar o el mugir de los animales que, libremente, se pasean por las calles y plazas. También se escuchan voces humanas o cánticos entre los edificios, y por momentos es tan perfecta la armonía reinante que pienso que todo es una gran melodía cósmica, desde los mugidos las voces y a las tormentas.
La Ciudad es compleja en su arquitectura. Compleja y blanca, sus dos características principales, saltan a la vista del extranjero cuando llega. De una blancura exquisita, propia de las construcciones que enmarcan al Mediterráneo, de una complejidad total, propia de los laberintos más arduos de recorrer, más arduos de comprender. En realidad, tratar de comprender a la Ciudad es como querer descubrir de un plumazo la Causa Eficiente o el porqué del Universo; una utopía en otras palabras. Si algo he aprendido en éstos años de vida en la Ciudad ha sido justamente que la Ciudad no se comprende, no solamente por su complejidad, sino también porque es literalmente incomprensible: la Ciudad simplemente es, nada más. Es, como muchos quisieron probar en su momento, existencia pura y, al parecer, sin causa primera ni última. Es presente, aunque otros muchos se hayan empecinado en hablar de su nebuloso pasado y de su promisorio futuro.
Para mí, un tanto alejado y ajeno a los vericuetos metafísicos, la Ciudad es lo que es porque sí, sin más explicaciones o dudas extrañas. No podría, por lo demás, buscar otra verdad que esa, pues me es imposible hallar algo más que lo que mis sentidos me dicen. Ellos me muestran el blanco de los muros, la piedra de las callejuelas, la madera de las aberturas. Con ello me basta para comprender lo indispensable de la Ciudad.
Su geometría es exasperante; arduamente exasperante. Detrás de cada puerta óme dijeronó hay una plazoleta con una fuente en su centro. La plazoleta, informe, no reviste complejidad alguna en sí misma, pero sirve de antesala a una complejidad creciente, que comienza en cuanto el caminante penetra en alguna de las numerosas callejas que dan a la plazoleta y la fuente.
En la fuente hay permanentemente un chorrito de agua que sube, vertical, y cae en forma de lluvia. En ella pueden beber los hombres y los animales. Las mujeres, a las que he visto en poca cantidad, no tienen acceso a las fuentes y solamente pueden beber de los cántaros que llevan algunos hombres. No sé por qué esto es así, pero es una de las realidades de la Ciudad, a las que el recién llegado se ve confrontado: los estamentos sociales, las castas, las clases dentro de la Ciudad, son tan complejas y tan rígidas o fluctuantes como la Ciudad misma. Un "desorden organizado" al decir de un caminante al que encontré, hace algunos años, mientras bebía de una fuente para refrescarme.
Al tiempo de haber ingresado a la Ciudad descubrí, por suerte, que las fuentes no solamente se ubicaban detrás de las puertas de acceso, como me contaron, sino que también había en otras plazas, pequeñas e irregulares como las anteriores, que manchaban cada tanto la fisonomía laberíntica y blanca de la Ciudad, como para descansar la vista y el cuerpo después de los arduos caminos por los que se vagabundeaba.
Muchos de los que llegan a la Ciudad lo hacen buscando su centro: el Torreón Mayor. Dicen que allí está todo lo que se busca, todo lo que cada uno desea, todas las cosas y todas las imágenes del Universo. Dicen también que allí está el nacimiento y la muerte, el bien y el mal, el blanco y el negro, y así sucesivamente, todos los antagonismos, todos los opuestos posibles, que significan, en otras palabras, todas las coincidencias, fusionadas en una gran síntesis. (Después de todo, tal vez no estén tan errados aquellos que en las noches de frío junto al fuego relatan que la Ciudad es el principio y fin de todas las cosas).
Digo esto con dudas, puesto que nunca he llegado al Torreón Mayor, y ni tan siquiera a sus cercanías. A pesar de llevar varios años en la Ciudad, en continua búsqueda del centro luminoso y refulgente en donde se halla óy que en verdad esó el Torreón, no he podido aún alcanzarlo. Sin duda las callejas constituyen por su número y configuración un laberinto blanco, por el que se deslizan, presurosos o lentos, los habitantes y animales de la Ciudad, en su eterna peregrinación hacia el centro.
No sé de nadie que haya llegado a é. Y si alguno lo ha logrado, seguramente no ha vuelto: cuentan por allí que las delicias que se brindan en el Torreón Mayor son tantas que el visitante enloquece de improviso e irremediablemente, y que luego es devuelto a la Ciudad en ese estado de euforia y resignada concentración que los caracteriza. No sé si esto es verdad, puesto que cuando paro a alguno de éstos curiosos personajes óque no abundanó no sale de su mutismo y, si lo hace, es para tararear canciones incomprensibles para el oído humano. Queda, pues, la duda en pié.
Muchos otros no saben por qué han ido a la Ciudad. Algunos balbucean que "fueron atraídos por el poder mágico de las murallas", otros que encontraron "la puerta abierta" y que por ello entraron. Tan cierto y tan falso lo uno como lo otro, yo tampoco sé a ciencia cierta por qué busqué la Ciudad durante años. Ya hora que estoy en ella, dentro del damero laberíntico de sus calles, comprendo que no puedo salir. Solamente tengo la posibilidad, remota, vana, de llegar hasta el Torreón Mayor algún día y ver desde allí la forma o el camino más corto para huir, pero si, como dicen por allí, enloquezco de gozo y satisfacción antes, seguramente pasaré a engrosar las filas de escuálidos alucinados por el resto de mis días.
Decir que la Ciudad es un laberinto, que es blanca, que es infinitamente grande como el Universo o infinitamente pequeña como un átomo es tan cierto como falso. La Ciudad, como todas las contradicciones latentes que posee, es para cada individuo de una forma particular, es lo que cada uno quiere ver en ella. No sé cómo ocurre esto, pero he advertido que cuando, por ejemplo, quiero llevar a alguien a beber en una de las fuentes, huye despavorido entre las callejas gritando que he querido romperle la cabeza contra un muro. Seguramente esto es cierto, porque yo mismo he visto a algunos que beben óque hacen como que bebenó de muros y pasillos, donde con toda seguridad no existe fuente alguna. Es por lo tanto una Ciudad subjetiva: cada uno ve lo que desea, totalmente al margen de lo que ve el otro. Tal vez por ello sea tan difícil llegar al Torreón Mayor a través de las indicaciones de los demás: cada uno lo ve en distintos lugares, en distintos puntos de la Ciudad al mismo tiempo. Y tal vez por lo mismo es que se han visto varias puertas de acceso, aunque no sé con seguridad si el extraño poder alucinatorio de la Ciudad llega al exterior de sus murallas. Tampoco sé si la Ciudad comienza recién allí o si en realidad es infinita como dicen y todos estamos, de alguna u otra manera, inmersos en ella.
Cuando tengo hambre basta con que desee hallar alguna fonda y, luego, con que encuentre –previamente deseadas también– algunas rupias entre mis ropas. De esta sutil y rápida manera logro saciar mis necesidades primarias. Con las mujeres no es tan fácil, porque se deben desear muchos pequeños detalles, desde las uñas de los pies hasta el largo y color del cabello. He descubierto que los a priori que cada uno de nosotros tiene, que los conceptos, no tienen razón de ser en la Ciudad: si el deseo de uno no es precisado con exactitud, se corre el serio riesgo de engendrar óaunque momentáneamenteó alimentos incomibles o monstruosos seres de sexo femenino que nos persiguen por las callejas, hasta que el deseo de que desaparezcan es superior al apetito sexual. Conviene siempre para estos casos desear rápidamente otra cosa, poner la mente en blanco o, lo que tal vez es más fácil y lucrativo, desear siempre la misma mujer y los mismos alimentos: con el correr del tiempo –de los años– se hará tan perfecta la imagen que de ellos tengamos que no será problema desearlos en cualquier momento y lugar.
Como decía, es peligroso desear las cosas solamente a través de conceptos, como si fueran abstracciones. La palabra "comida" o la palabra "mujer", si bien para mí tienen un significado relativamente preciso, con claras connotaciones, para la Ciudad puede significar muchas otras cosas, que difieren substancialmente de mis pensamientos. A pesar de todo, esto no deja de tener cierto gusto artesanal por parte de mí, ya que con toda meticulosidad y precisión debo pensar qué es lo que realmente deseo en el momento justo.
A veces me pierdo entre las callejas ótodas iguales en su estructura, todas turbadoramente igualesó y vago observando la mole sempiternamente blanca del Torreón Mayor, que entonces hace las veces de imán y de oasis para los que, como yo, no encuentran el significado de su vagabundear por la Ciudad. Al mirarlo desde diferentes ángulos pierdo en ocasiones el sentido real de la distancia, y no sé entonces si me acerco o si me alejo. Permanece como un turbador espejismo, siempre en el horizonte y arriba, casi por sobre la Ciudad, a metros o a kilómetros de distancia. (Por lo demás nunca he distinguido con precisión su en mis caminatas, a lo largo de todos estos años, ha aumentado o disminuido su tamaño).
Creo en ocasiones, cuando la claustrofobia me acecha interiormente, que el Torreón Mayor es una especie de Meca de Nuestros Sueños Mortales, una especie de Ideal Supremo al que todos queremos llegar pero donde con toda seguridad nunca pondremos pié. Y este pensamiento, como todas las cosas de la Ciudad, es tan cierto y tan falso que no puede tener más valor que para mí.
Caminar por la Ciudad es recorrer callejas empedradas a las que se asoman ventanas y plantas en macetas de tanto en tanto. Es recorrer los vericuetos de paredes blancas, arribar a fuentes de vez en cuando, descubrir otras personas, más de vez en cuando aún. Fundamentalmente, la Ciudad, además de otras muchas cosas, inevitables y turbadoramente subjetivas, es camino, es recorrido, es tiempo: la Ciudad va cobrando sentido en la medida en que el observador la transita por sus torturadas callejuelas, por sus plazoletas, por sus fondas y fuentes. Yo, que hace años que vago por la Ciudad, poco a poco creo descubrir un sentido oculto, algo subyacente al devenir continuo del tiempo.
La Ciudad también es como un inmenso espejo, que refleja nuestros pensamientos más profundos y contradictorios; tal vez por ello sus callejas tortuosas, tal vez por eso lo estúpido y laberíntico de su conformación. Existen en ella las cosas más inverosímiles y las más naturales; todo en un gran y difuso manchón de intrincadas callejuelas, algunas que llevan a ninguna parte (muros de piedra), otras que conducen seguramente al infinito (durante meses seguí una de ellas, pero temiendo no poder regresar jamás si continuaba en mi utópica pesquisa, volví sobre mis pasos; aún no sé con certeza si he retornado, pues los paisajes de la Ciudad son cambiantes como los sueños, y el camino por el que regresaba era diferente del anterior).
"Nadie se baña dos veces en el mismo río", nunca se puede pasar en la Ciudad por el mismo lugar: todo cambia. Sólo se mantiene obsesivamente constante el blanco de los muros y minaretes, el blanco purísimo del Torreón Mayor.
En ocasiones creo entrever un sentido, algo misteriosamente oculto a los ojos de los demás y que se me insinúa provocativamente a mí, solamente a mí. Es como la música que se escucha de tanto en tanto por allí, y que sin embargo nunca alcanzo: siempre permanece un poco más allá, como a la misma distancia. Creo que la música es la arquitectura misma de la Ciudad que se ha diluido en violines y chirridos, truenos y percusión. Es la voz de la Ciudad.
Cuando a veces me pongo a pensar (no siempre se puede en la Ciudad) creo que ella es en realidad el reflejo vivo de nuestros sueños, que misteriosamente se materializan entre sus callejas. Creo que es la ruptura del límite entre los reales y lo imaginario para ser una sola cosa, ambas a la vez, coexistiendo fusionadas en un único y portentoso organismo: la Ciudad. Creo que a pesar de estar confinada entre murallas, internamente no posee límites, y que por lo tanto es tan vasta y tan pequeña como el Universo. Creo que la Ciudad es la suma de todas las perspectivas posibles, de todos los objetos vistos desde sus más variados ángulos, pero percibidos solamente a través de un ojo único: el del caminante que recorre año tras año las callejuelas de la Ciudad. (Esto es imposible, pero en la aceptación de esa imposibilidad radica curiosamente lo real y trascendental de la Ciudad). Creo que, de alguna manera, todos estamos en ella inmersos. Tú, Lector, tú también estás aquí, lo quieras o no. Y si, como yo, te preguntas algún día cómo salir de aquí, cómo escapar al torturado damero de intrincadas callejuelas blancas por el que quemamos nuestras vidas, te podría decir que sólo llegando al Torreón Mayor; pero también te diría, en caso de que pretendas llegar a él, que yo lo deseo desde hace años y que no he podido alcanzarlo, y también te diría que intuyo otros Torreones Mayores, tantos como Ciudades o esperanzas existan. Creo finalmente, Lector, que la Ciudad es muchas cosas, más de lo que mi imaginación pueda elaborar, todas igualmente válidas, reales y ficticias, y que también, de tanto ser cosas, es ninguna. Pero a pesar de ello, si persistes en tu intento, yo te acompaño. No pierdo la esperanza de arribar algún día al Torreón Mayor, y comprender entonces, de una vez y para siempre, la vastedad sin límites de la Ciudad.

 Santo Tomé, octubre de 1985.

   

"Ciudad" de Carlos Antognazzi, fue publicado en "Punto muerto". © 1987

 


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