CARLOS ANTOGNAZZI


Viento


 

“El mundo era una gran palabra, un gran festín, una gran carrera”.
Carlos Gardini, Historia de Lunario

   Había comenzado a soplar la semana anterior, cuando la mujer salió a tender la ropa lavada y el hombre aún no había regresado del campo. Al comienzo había sido una brisa suave, casi placentera, por lo que la mujer tendió con tranquilidad la ropa en el alambre del patio trasero a la espera de que, durante el transcurso de la siesta, se secara. El hombre no debía tardar en llegar y querría, como todos los días, cambiarse la ropa sudada y llena de tierra con que siempre regresaba.
   Las primeras ráfagas fueron suaves. Un poco del norte primero, luego girando, rotando un poco hacia el oeste, provenientes de la línea brumosa de las montañas. Era normal el viento a esa hora; desde que la mujer tenía conciencia el viento había comenzado a soplar en las pesadas horas de la siesta y se calmaba luego hacia la noche, junto con la caída del sol. Quedaban, eso sí, algunos jirones de brisa, aunque ya fresca, para cuando las primeras estrellas iniciaban su borboteo nocturno. Pero eso ocurría pocas veces. Tan normal como ese viento que ahora soplaba era el sopor de las noches, extendiéndose lento y constante sobre la pradera, cubriendo con su presencia profunda las montañas del horizonte y el valle, los campos arados, el camino de tierra, el río manso al otro lado de la casa, después del cerco y los primeros costurones de tierra removida y recién sembrada, hacia el naciente.
   Con las manos en el agua la mujer había presentido, antes de que el polvo llegara, que el viento había comenzado a soplar en alguna parte y que no tardaría en llegar. Nunca, después de ese día, se preguntó cómo era que lo había presentido, pero la verdad fue que había sentido su presencia adentro, como si el viento soplara en su estómago y en sus pulmones antes de abrirse paso sobre el valle verde y marrón, ocre, de los campos arados.
   Terminé de echar jabón dentro de la palangana de plástico y saqué las manos del agua. Parecía como un zumbido, un ulular sordo y constante, algo que se acercaba. Miré hacia el camino, pero sólo estaba la tierra abovedada, las cunetas derruidas a los costados, marginándolo como para que se distinguiera en esa soledad calcinante y plana de la llanura, algunos árboles más allá. No había nada afuera. Volví a meter las manos en el agua fresca y entonces lo sentí de nuevo, agazapado, expectante, pero dentro mío, Dios, dentro mío.
   Fue después, cuando ya el hombre había llegado, cuando los dos cenaban alguna cosa en la cocina de la casa, que comprendió que esa rara experiencia de la siesta había sido, justamente, presentir el viento que llegaba, pues poco después, cuando salía del cobertizo de chapa en donde lavaba la ropa y la colgaba bien estirada al sol en el único alambre tendido del patio, le llegaron las primeras oleadas cálidas, ásperas por el polvo y la tierra, del viento de la siesta.
   El hombre todavía no había llegado y eso la preocupó, aunque nunca supo el porqué de esa primera angustia. Sin embargo había tendido la ropa igual, como siempre hacía a mitad de semana desde que, cuando chica, tuvo que comenzar a ayudar en la casa de sus padres, "para cuando se case m'hija". Aprendió eso y otras cosas y fue, dentro de todo, una suerte para mi. Era una época de cambios en el mundo. Había ocurrido lo de la Gran Luz hacía unos años y de pronto llegaba, sin aviso, la primera oleada de la peste. Lo demás no fue fácil, pero al menos se hizo más llevadero. Además, encontré la casa vacía de mis padres, ésta donde vivimos ahora, y con techo propio la cosa fue distinta. Pero yo aún no había llegado del campo cuando comenzó a soplar ese viento del norte. Qué diablos, si parecía que nunca hubiera soplado. Comenzó suavecito, como todas las tardes, como todos los días en la llanura, y después fue cambiando, pasándose al oeste, y cada vez más fuerte y más fuerte y la tierra que no me dejaba ver para qué lado estaba la casa. Pero por fin divisé el tanque entre las montañas de polvo y tierra y me encaminé como pude, a tientas, despacio, hasta que choqué contra la baranda de madera que le daba la vuelta completa. Entonces supo que había llegado y se tranquilizó un poco.
   El jabón se disolvía en el agua y poco a poco la iba llenando de una espuma oleosa, espesa, que crecía trepando por los costados de la palangana. El blanco de la espuma cremosa resaltaba aún más el rojo fuerte del plástico, que iba desapareciendo cada vez más lentamente hasta que el crecimiento se detuvo. Las manos entraron entonces en la masa blanca y rompieron la magia, volviendo la espuma a descender y a mezclarse con el agua. Estaba justamente por poner las ropas cuando sentí el primer pinchazo de la desgracia. Fue una punzada en el costado, algo como un presagio que me hizo dar la vuelta pensando que él ya había regresado. Pero no. El pinchazo venía de adentro mío y era como un silbido, un silbido áspero y lastimero que se hizo viento de pronto en la llanura. Venía del norte, primero suave, calmo como todos los días desde que estoy aquí, tranquilo, levantando apenas un poco de tierra. Pero después cambió, se volcó para el lado del oeste y aumentó. Así y todo, después de lavar la ropa salió igual a tenderla, a pesar del viento que amenazaba con llevársela: había que hacer lo posible porque se secara, ya que el hombre no debía demorar en llegar y querría, como todos los días, cambiarse la ropa sudada y llena de tierra con que siempre regresaba.
   Las primeras ráfagas fueron tenues. Después, con el transcurso del día, fueron aumentando hasta transformarse en una verdadera tormenta de viento y tierra. Hacía ya tiempo la línea de montañas, que tan bien se recortaba sobre el horizonte todos los días, había desaparecido cubierta por el polvo en suspensión. Había sido una suerte que él llegara antes de que el viento se desatara con toda su fuerza. Eso me tranquilizó bastante. Siempre estuvimos juntos para todos los problemas, y sentir que él justamente ahora podía faltar hubiese sido un desastre. Lo necesitaba acá, conmigo, en la casa. Acá estaríamos protegidos del viento y de cualquier cosa. Por eso me puso bien sentir que me llamaba en medio del viento, al otro lado de la casa. En ese momento estaba con la ropa en la mano, dispuesta a colgarla del único alambre tendido del patio, al reparo de la casa, y el viento soplaba ya fuerte. Al principio creyó que era sólo el sonido de las ráfagas, pero luego, al rato, cuando nuevamente lo escuchó, comprendió que eso era un grito y que venía de más allá de la casa.
   Dejó la ropa a medio colgar y corrió como pudo, envuelta en tierra, hacia donde escuchaba la voz. La hubiese reconocido en medio de una multitud. Al doblar en la esquina se topó con el viento de frente, que la hizo tambalear. Después llegó hasta la barandilla de madera, y sintió que de pronto lo estaba abrazando, ahogando un sollozo. "Tranquila, tranquila, ya estoy acá y no pasa nada, tranquila. Vamos, vamos para adentro que ya va a pasar. Sólo es una tormenta, vamos, vamos". En realidad yo estaba bastante preocupado. Con un viento así es muy fácil perderse en el campo, donde cada surco es igual a otro, donde no hay nada que sobresalga como para guiarse. Y aún así, bien podría haber pasado a sólo un metro de alguna cosa, incluso de la casa misma, y no haberme dado cuenta por la tierra. Por eso había comenzado a gritar. No dudó tampoco, cuando sintió la madera entre sus manos, que la suerte lo había guiado secretamente hacia la casa. Y cuando, al rato, sintió que lo abrazaban unas manos húmedas y olorosas a jabón de lavar, terminó por convencerse de que la providencia lo había acompañado.
   La tierra se iba acumulando sobre la ropa limpia, recién colgada, y era como esas masas de hormigas que, cuando crece el río, se amontonan en manchones sobre algunas ramitas u otra cosa que flote para no perecer ahogadas. Así pueden recorrer grandes distancias o, al menos, llegar a tierra firme. Igual, la mancha ocre sobre la ropa iba agregándose en capas sucesivas, una detrás de otra, colgada del único alambre tendido allí, al resguardo, en el patio trasero de la casa. Ella había continuado lavando cuando comenzó el viento, primero suave, como todas las tardes desde que tenía uso de razón, pero luego más fuerte, con ráfagas que de pronto amenazaban con arrancar la ropa del alambre o, incluso, dada la resistencia que éste hacía, llevarse todo de una sola vez. Entonces había escuchado los gritos y supo por dentro, de la misma curiosa forma en que había presentido la tormenta, que esos gritos eran de su esposo, Dios, por fin, y no pudo evitar un sollozo mientras corría un tanto a ciegas, dando la vuelta a la casa y topándose con el viento, tocando con su mano izquierda la pared para guiarse, y llegaba hasta la barandita de madera del frente y se chocaba y fundía en un abrazo sentido, necesario como nunca, pensó, hubiese podido necesitarlo.
   Habían entrado en la casa y de pronto fue un golpe escuchar el aire detenido del interior. A poco de estar allí, parados y abrazados, en silencio, escucharon que el viento seguía afuera soplando con una furia nunca oída, y el abrazo fue más fuerte. Entre algunas lágrimas que aún se le escapaban balbuceó "creí que no venías". Tragué saliva y lo repetí, qué diablos con el viento, creía que ya no venías, que no ibas a ver la casa con la tierra que hay. Él dijo algo que no entendí bien entonces pero que me tranquilizó. Era él el que estaba allí conmigo, hablando, calmándome, sosteniéndome para que no cayera. Yo en realidad sólo quería abrazarla y nada más. El susto no se me había pasado y pensaba que si de pronto ella me soltaba me iba a caer redondo al suelo. Creo que incluso la apretaba tanto para evitar los temblores que me recorrían el cuerpo de a ratos, como descargas, como sacudones eléctricos. Y no los podía evitar, mi Dios. Entonces escuché que me decía entre sollozos que estaba asustada, que pensaba que con el viento yo me iba a perder, y yo sólo pude decirle algo que me salió del alma, pero que más que a ella me lo decía a mí, a mí mismo, a ver si de una vez por todas se me iba el susto de encima.
   Al rato se separaron, ella secándose las lágrimas que habían quedado sobre sus mejillas, él pasándose la mano grande por la cabeza, tratando vanamente de aplacar la cabellera desgreñada que, reacia, tomaba la postura de siempre en cuanto la mano pasaba. Se quedaron allí quietos, mudos, mirándose en silencio. Afuera el viento silbaba. Entonces ella dijo "°la ropa!", como recordando de pronto, y trató de salir nuevamente de la casa pero él la paró y le dijo que mejor se olvidara de la ropa y porqué no comían algo.
   Esa noche, después de la cena, hicieron el amor. No fue algo concertado previamente, como solía ocurrir, sino que se dio en forma natural. Los dos lo deseaban. Tiempo después lo recordarían como una forma más de apoyarse, luego de ese miedo que el viento había traído. Se necesitaban más que nunca, y poco a poco se durmieron escuchando las ráfagas que en el exterior de la casa parecían tomar carrera por el campo y aumentar aún más la velocidad.
   La ropa había desaparecido. Lo supo en cuanto se despertó y corrió la cortina de la ventana. Sólo permanecía, y quien sabe por cuanto tiempo, el único alambre tendido del patio, que se sacudía con cada ráfaga como si ya fuera a cortarse. Por momentos el alambre se tornaba invisible por causa de la tierra que volaba, como una mancha ocre oscuro que tamizaba las cosas conocidas y poco a poco las iba mimetizando. De vez en cuando su vista avanzaba hasta los árboles, ahora tristemente deshojados, que había más allá de la última cerca, casi al borde del río. Pero las imágenes de esos troncos achaparrados aún verticales se tornaron más como una fantasmagoría alucinatoria que como la realidad concreta y conocida de los días pasados. Además, me di cuenta de que se hacía más difícil ver las cosas pues el sol aún no había salido. "Raro, haberme despertado tan tarde" dijo él al lado mío, y yo giré entonces y volví a la cama, confundida y feliz al mismo tiempo, deseando que todo marchara bien dentro de la casa. Mientras se confundían en un prolongado abrazo podían oírse, de vez en cuando, los latigazos que daba el alambre del patio, ahora sólo atado por una de las puntas, contra la base metálica del tanque.
   A pesar de que la ropa lavada se le estaba llenando de tierra se sintió desahogada cuando escuchó, ya por segunda vez y claramente, la voz del hombre. Entonces había abandonado todo allí en el cuartito de chapas y, con la mano izquierda pegada al muro de la casa, había avanzado hacia el frente, donde estaba el viento y la baranda de madera. Allí lo encontró y se abrazaron con pasión, con dolor, con temor. Al entrar luego en la casa permanecieron así, más para no caerse uno sin el apoyo del otro que por otra cosa; estaban ya tranquilos allí dentro, uno junto al otro como siempre lo habían estado. El viento del exterior ya no importaba. Sólo contaban ellos allí dentro, en su casa. Cuando por fin se separaron él trastabilló un poco pues aún tenía el miedo muy adentro de sí, pero más tarde, cuando ambos estaban sentados a la mesa y cenaban, se tranquilizó del todo.
   —Ya va a pasar, en cualquier momento.
   —¿Te parece?— dijo ella dejando de masticar.
   —Seguro. Nunca antes sopló tanto. Además...—hizo un gesto y un silencio como si buscase una respuesta más creíble—, además mañana tengo que salir otra vez al campo para terminar de arar.
   Ella no contestó. Cortó una rebanada más de pan, fue a comerla, pero a último momento la dejó nuevamente sobre la mesa. "Tal vez mañana no podamos salir..." pensó.
   El calor era agobiante. La llegada del viento parecía haberlo aumentado. Eso se evidenciaba en los cuerpos sudados de los dos, allí, mientras cenaban en silencio. Por momentos sólo era audible el cric cric cric de la tierra sobre los vidrios de las ventanas, por momentos sólo el aullar del viento. Esto los había puesto un poco tensos. Si bien el viento llegaba todos los días por la tarde, hacia el anochecer ya era raro que permaneciera, y menos de noche cerrada y del oeste. La tensión interior contrastaba en los rostros con la indiferencia exterior con que pretendían, inútilmente, pasar por alto el momento. Tal vez fue por eso que, luego de la cena, en una forma en que pocas veces ocurría, nos fuimos a la cama y comenzamos a acariciarnos despacio, a besarnos, a desvestirnos hasta quedar completamente desnudos y a entregarnos con pasión y deseo. Yo lo necesitaba, deseaba su cuerpo fuerte y grande, sus manos velludas recorriéndome el cuerpo entero, su respiración entrecortada arrullándome en la oreja. Sus figuras se entrelazaban una y otra vez, se entregaban con energía y con dolor, como si fuese la última ocasión. Se percibía en el aire una oleada cálida y melosa de perfume a relación sexual que emanaba de sus cuerpos sudados, la excitación que les subía poco a poco por el cuerpo, hasta llegar a la boca, y ese jadeo animal, amplificado por sobre el fragor del viento que ululaba afuera, cuando llegaron ambos al final. Aún algunas contracciones animaban superficialmente la espalda del hombre que murmuraba o jadeaba espacio, sobre la mujer. Los pies de ella lo abrazaban sobre los riñones, y lentamente fueron descendiendo a lo largo de las piernas del hombre hasta quedar a la altura de los tobillos. Las manos de la mujer, unidas sobre la espalda arqueada del hombre, subían y bajaban recorriendo toda la superficie combada, animándolo al rato e incitándolo nuevamente. Poco a poco el hombre se repuso y recomenzó el bambolear rítmico de su pelvis a medida que los deseos y suspiros de la mujer aumentaban. Los pies de ella de improviso ascendieron muy por arriba incluso de los riñones, ayudando a la penetración, provocando un sonido ahogado en el hombre. La sábana estaba arrugándose por debajo de los cuerpos sudados y podía verse cómo aparecía, con cada sacudida del hombre, un poco más de colchón sin cubrir en uno de los extremos de la cama. La mujer ahogó el grito del hombre con un beso profundo y largo que lentamente, junto con las piernas y los movimientos pélvicos, fue calmándose, hasta quedar estáticos pero agitados uno sobre el otro.
   Supo que la ropa había desaparecido en cuanto se despertó y corrió la cortina de la ventana para ver afuera. El alambre golpeaba contra la armazón que sostenía al tanque de agua y más allá del cerco de madera era imposible distinguir algo. "Aún está oscuro" pensó para sí y entonces giró y regresó a la cama cuando escuchó que su marido decía, aún medio dormido, "raro, haberme despertado tan tarde". Permanecieron en la cama abrazados en silencio, sólo escuchando el latir acompasado de sus corazones y las respiraciones lentas que cada uno hacía. Afuera, el viento seguía aullando y pronto comprendieron, cuando miraron la hora, que no era tan tarde como pensaban y que la oscuridad el exterior era causa de la tierra que volaba y no de la ausencia del sol. Aún así se evidenciaba cierta claridad persistente en medio del vendaval. "La ropa" dijo ella, "ya no está". Él asintió con la cabeza, en silencio, mientras se vestía. No le gustaba lo que estaba pasando. Había algo raro en ese viento que soplaba insistentemente desde hacía horas. øQué pasaría con el campo? øY con los sembrados? "Con un viento así, carajo, todo el trabajo fue inútil. Las semillas deben haber volado a la mierda. Y las plantas... puta madre". La voz de la mujer lo despejó de sus pensamientos:
   —¿Sentís? Escuchá, escuchá. ¿Oís?...
   Él se acercó entonces a la ventana, donde estaba ella parada, y escuchó, con la oreja apoyada sobre el vidrio. "Mierda" dijo, "se está descascarando el campo", mientras se retiraba un poco de la ventana y contemplaba el viento ocre y de tanto en tanto verdoso que azotaba la casa y el campo. Eso que escuchaba, aún sin necesidad de pegarse al vidrio, ya no era el polvo suelto con que había comenzado el día anterior. La sucesión de track trock trick sobre el cristal eran pequeñas piedras, terrones duros, el campo mismo que se estaba volando frente a sus ojos.
   Al comienzo, cuando montado en el tractor iba tirando del arado, había visto en el horizonte las primeras espirales de polvo que subían retorciéndose sobre sí mismas, y comprendió que nuevamente, como todos los días, el viento del norte había llegado. Lo que no había previsto era la magnitud del viento que ese día llegaba y el cambio de dirección: provenía tal vez de más allá de las Montañas Azules del horizonte, tomando cada vez más velocidad sobre la pradera verde que se extendía, en la otra dirección, hasta el río y el infinito. Se había detenido entonces el motor del tractor y había bajado con presteza, marchando hacia la casa a pie. No había observado durante la mañana que se avecindara alguna tormenta fuerte, pero ese viento, por momentos huracanado, por momentos calmo, que estaba soplando, lo intranquilizaba. La casa pronto desapareció detrás de la tierra y creyó que se perdía. Sin embargo siguió caminando como podía, tratando de que el viento no lo hiciera caer, hacia el lugar en donde había visto por última vez la pared blanca y el techo brillante de chapas. A pesar de sus intentos, en varias oportunidades cayó de bruces entre los surcos arados del campo, y optó entonces por avanzar en cuatro patas. Sabía que su mujer aproximadamente a esa hora lavaba la ropa y esto lo preocupaba. Si el viento y la tierra la alcanzaban afuera de la casa podía pasarle cualquier cosa. Siguió arrastrándose de esa manera hasta que sintió que chocaba con algo liso, rectangular, que se erguía verticalmente. "La baranda. Por fin, carajo, la baranda" se dijo entonces, mientras yo, que había escuchado los gritos, avanzaba también a tientas y lo abrazaba con las manos húmedas y jabonosas.
   El viento seguía soplando y poco a poco, a medida que transcurría el día oscuro y sofocante, fue perdiendo la coloración ocre verdosa para teñirse de un tono azulado, como vetas que de tanto en tanto llegaban hasta la ventana. "Seguramente viene desgastando las montañas el desgraciado".
   Hacia el anochecer el viento era ya evidentemente azul y amainó un poco. Dada la poca luz el hombre no podía ver qué era lo que había quedado del campo, pero el fuerte color azul del viento no le decía nada bueno. En tanto él se debatía frente a la ventana la mujer trataba vanamente de evitar que el viento y la tierra entrasen en la casa. Varios muebles estaban ya veteados de azul y montoncitos ocres se desparramaban por el cuarto. El calor pegajoso se endurecía sobre sus cuerpos que, poco a poco, con el correr de las horas, habían adquirido, conjuntamente con los muebles, una marcada tonalidad oscura, azulina u ocre, según la dirección que el viento había tomado y según la tierra que había entrado en la casa. Pero el problema principal había comenzado cuando, después de encontrarnos abrazados en la baranda de madera, entramos en la casa y ella se puso a cocinar. La cocina era hasta ese momento el lugar más limpio de la casa, pero cuando entraron y se sentaron a la mesa comprendieron que no había abertura segura contra el viento. Tanto los muebles como las ollas estaban cubiertos de tierra, una tierra oleosa de marcado tono ocre, veteado de azul, que por más que se raspara no salía. No hubo más remedio que cenar con los platos manchados. Ellos mismos estaban cubiertos de tierra, sudados, cansados, con el pelo desgreñado y unas líneas claras que se abrían en abanico partiendo desde los ojos hacia afuera. Cenaron en silencio. Afuera sólo se oía el restallar del alambre contra las patas metálicas del tanque de agua y el aullar infernal del aire. Ni siquiera los perros ladraban y pronto comprendimos que tal vez habían sido arrastrados por el viento hacia el este, donde corría el río, al finalizar el campo.
   Esa primera noche, después de cenar, sin mediar pedido de alguna clase, ambos se encontraron desvistiéndose en silencio, acariciándose, besándose, haciendo finalmente el amor en el pequeño cuarto del dormitorio. Al otro día, cuando ella despertó y miró por la ventana, vio que la ropa lavada ya no estaba y que el sol, a pesar de la hora avanzada, estaba oculto tras un cielo oscuro de tormenta.
   El viento azul señalo el fin del segundo día. La temperatura había aumentado sensiblemente desde el día anterior y un barro oleoso cubría sus cuerpos, desnudos hasta la cintura. En los ojos desorbitados de la mujer podía leerse la desesperación que nacía, irrefrenable, dentro de la casa. El hombre no abandonaba su puesto al lado de la ventana, mirando siempre hacia el naciente, hacia donde las Montañas Azules seguramente iban desapareciendo arrastradas por las ráfagas increíbles de esa tormenta. Sin embargo, entre el anochecer del segundo día y el comienzo del tercero el viento había aminorado considerablemente su velocidad, aunque manteniendo el tono azul. Tampoco podrían salir ese día. Habría sido demasiado peligroso arriesgarse y perderse en el azul cobalto del exterior. El hombre observaba como si realmente pudiera distinguir algún objeto sobre el cual poder detener la vista. Sin embargo afuera sólo se veían trazos horizontales, algunos más fuertes, curiosamente azules en ese clima tórrido que cubría de oleoso barro los cuerpos.
   Los ojos semicerrados del hombre se distendieron un poco cuando escuchó la voz de la mujer que lo llamaba desde la cocina. Sentados ambos a la mesa, por segunda vez consecutiva guardaron un silencio casi respetuoso para con el vendaval azul. El alambre, que hasta esa mañana había estado sonando rítmicamente, ya no se escuchaba y era imposible distinguirlo con tanta oscuridad. La mujer fue a cortar una rebanada de pan pero se detuvo y, tragando saliva, dijo que había provisiones para diez días. El hombre siguió comiendo mecánicamente, haciendo como que no había escuchado. Me sorprendió ver que por primera vez el sudor no brillaba a la luz de la vela, sino que se mantenía opaco y consistente como una terracota. Sobresaltado levantó un poco la cabeza cuando sintió un golpe en el vidrio y vio un rectángulo blanquecino pegado a él. Se acercó. Vibrando por la fuerza del viento una hoja arrugada de periódico se mantenía plana contra el cristal. Una foto borrosa por el azul que la cubría se podía distinguir aún en medio de la página. Al rato el mismo viento que la mantenía la despegó violentamente y ya no volvieron a verla.
   Esa noche, al recostarse, durmieron sin hacer el amor. Cada uno estaba boca arriba, expectante por si el otro se movía o decía algo. Yo podía sentir su respiración pausada aunque imperceptiblemente inquieta y, de vez en cuando, de reojo, alcanzaba a distinguir la barba crecida de dos días y el sudor oleoso manchando su cara. Él seguramente sabía que lo miraba, y dijo quedamente que el viento pronto pasaría porque ya había amainado bastante desde que comenzara. Yo no contesté. Me acerqué a su brazo musculoso hasta sentir el olor acre y me acurruqué allí. Podía sentir su respiración sobre mi brazo izquierdo. Por suerte no contestó cuando le dije lo del viento. Internamente sentía palpitar el miedo de que ese viento fantasma siguiera soplando y gastando las montañas, arrasando con el campo y llevándose la vida de la llanura hacia las tierras desconocidas del este. Me tranquilicé un poco cuando sentí que su respiración se normalizaba con el sueño. "Si al menos uno pudiese dormir y borrar las angustias del día" me dije mientras yo también, respirando con calma, comenzaba a hundirme en la oscuridad.
   Un fuerte estrépito los despertó. Algo se estaba moviendo allí afuera, con jadeos y chirridos agudos. Se abrazaron mutuamente y permanecieron quietos. De pronto un desgarrón metálico les puso la piel de gallina y saltaron de la cama, tanteando para encender la vela. Un nuevo desgarrón terminó por soltar algo y ya no se escuchó nada más. El viento había retomado imprevistamente su furia del comienzo y acababa de volar una parte de la casa, aunque no podían saber cuál.
   La temperatura seguía aumentando incluso durante la noche. Sus cuerpos ardían por debajo de la cáscara ocre que los cubría. Se hacía difícil respirar en el cuarto, por lo que permanecieron despiertos hasta que una débil claridad les anunció que había amanecido. Ese día tampoco podrían salir de la casa. La permanencia allí comenzaba a ser problemática. Sin nada que hacer y sin saber la suerte que había corrido el campo, la tensión aumentaba con el paso de las horas. Tácitamente decidieron mantenerse separados, la mujer en la cocina, tratando de limpiar las cacerolas inlimpiables, el hombre apostado frente a la ventana, tratando de ver algo fuera de la casa en la oscuridad insondable. Estando allí observó que la tierra comenzaba a juntarse en los bordes de la ventana, subiendo un poco sobre la superficie picada del vidrio. Notó que ya el viento y la tierra no se colaban por la parte inferior de la puerta. El montículo de tierra que había en el interior permanecía igual. øQué habría pasado? Se acercó despacio al reborde azul y lo tocó con suavidad; era la misma consistencia de la terracota que tenía sobre el cuerpo, pero sin secar: un polvo oleoso que se adhería a cualquier cosa. "Las montañas. Son las montañas que se están volando" pensó.
   La última vez que había logrado distinguir la línea de montañas, distantes en el horizonte, hacia el oeste, había sido cuando araba el campo antes de que el viento comenzara a soplar. Estaba sobre el tractor, con el sol vertical, avanzando hacia el norte con el arado detrás, cuando, al llegar al límite del campo y girar el volante hacia la izquierda se encontró con el horizonte quebrado, ascendiendo una línea azul brumosa, dentada, que se extendía a todo lo largo del valle, dándole fin natural a la llanura. No sabía qué había del otro lado de las montañas. Tal vez por ello es que esa línea dentada y azulada del horizonte les llamaba tanto la atención a él y su esposa. Las montañas habían estado allí desde siempre, al menos desde que ellos se habían hecho cargo del campo abandonado. Por un lado las montañas, por el otro el río y, en medio, la planicie extensa y verde, salvajemente palpitante donde estaba enclavada la casa.
   El bambolear del tractor le impedía fijar la vista en un punto determinado de las montañas, pero alcanzó a distinguir, al poco tiempo de haber girado hacia el oeste, una nube vertical que crecía, moviéndose hacia los costados de vez en cuando. La nube resaltaba sobre el azul del fondo, y a medida que se acercaba parecía cobrar un tono ocre verdoso, propio de la tierra de la llanura. Supo que venía el viento nuevamente y cerró las ventanillas herméticas del tractor, aislándose momentáneamente, como hacía todos los días, del polvo. Pero cuando sintió los primeros impactos contra la carcaza plástica comprendió que ese viento que llegaba era diferente de todos los anteriores. La mujer en ese momento lavaba la ropa para tenderla en el único alambre del patio y percibió la llegada del viento, aún antes de verlo, en sus entrañas. Entonces fue cuando el tractor se atascó en algo, posiblemente un surco demasiado profundo o alguna rama de árbol, y no marchó más. No podía recular pues el arado, más liviano que el tractor, se sacudía con el viento y había quedado torcido. Se paró el motor y él quedó quieto, esperando a que escampara. Pero sin el motor los filtros de aire no funcionaban y se tornaba imposible respirar la atmósfera viciada y cargada de polvo que se colaba por las rendijas de ventilación. Entonces pensó en su mujer, en que debía estar lavando la ropa y en que podía pasar cualquier cosa si el viento la sorprendía afuera, y decidió regresar a la casa a pie, como pudiera, antes de que el viento lo impidiese totalmente. Por eso había corrido, cayéndose, levantándose, caminando finalmente en cuatro patas, tanteando el suelo hasta encontrar la baranda de madera de la casa y luego, al levantarse con dificultad, las manos húmedas y olorosas a jabón de su mujer.
   No le había contado lo del tractor para no alarmarla inútilmente. Me había limitado a entrar con ella en la casa, junto a una espesa nube de tierra, y mantenerme junto ella abrazado, evitando soltarla pues sabía que iba a caerme por el temblor que agitaba mis piernas. Yo lo sostenía, sentía que si lo dejaba podía caerse, y lo apretaba con más fuerza hacia mí, acaso tan fuerte porque yo también, como él, temía caer.
   —¡Creo que es el lavadero!— gritó la mujer desde la cocina.
   El hombre parpadeó un poco, todavía ante la ventana y el azul que manchaba los vidrios, y luego preguntó "¿Qué?...".
   —Que creo que es el lavadero. Lo que el viento se llevó anoche.
   El hombre terminó de desprenderse de la imagen en movimiento que había detrás de la ventana y se acercó a la cocina. Su mujer vanamente trataba de desteñir el azul de las cacerolas, junto a la ventana y la canilla. "Basta de agua" le dijo el hombre cuando se acercó, despacio, por detrás. "Hay bastante" dijo ella, "junté en los baldes".
   –No importa. Mejor la ahorramos, por las dudas.
   Y agregó para sí: "Si el motor se llega a parar, carajo, estamos listos".
   La ventana de la cocina daba directamente al lugar donde, adosado a la misma pared, un poco más a la derecha, estaba ubicado el lavadero. Entre ráfaga y ráfaga azul parecía que no había nada allí. "¡Dios!", pensó, "se nos está volando la casa". Se sentó entonces a la mesa y observó cómo su mujer acomodaba las ollas, con una pátina azul, dentro del armario de la cocina. No quería contarle lo del tractor descompuesto, pues eso empeoraría las cosas. Prefirió callar, dejar que las cosas pasaran, esperar a que el viento amainase de una vez por todas. Por eso se había sentado a la mesa en silencio, esperanzado en un cambio del tiempo. Pero fue nuevamente la voz de su mujer con una mala noticia la que lo sacó de su mutismo estereotipado y lo hizo levantarse con brusquedad:
   –¡Mirá, mirá! Acá en la ventana.
   El polvo azul iba subiendo por la ventana, acumulado sobre el alféizar de madera. "Mierda" dijo entonces, mientras corrió hacia la otra parte de la casa. En el silencio del cuarto sólo se escuchaba, proveniente del exterior, el cric cric cric del polvo golpeando los cristales y la madera, desgastando los muros de la casa, invadiendo cada rendija y manchando todo de oscuro.
   La ventana que daba al oeste estaba desprotegida del viento y allí se acumulaba el polvo más rápidamente. Si se prestaba atención podía verse cómo subía de a poco, cubriendo el vidrio. "Nos estamos enterrando, carajo" pensó el hombre. Giró y se acercó entonces a la puerta de entrada, donde momentos antes había tocado el polvo azul en el lado interior de la casa. Por eso no entraba más. Del otro lado de la puerta seguramente ya había una montaña de polvo que se seguiría acumulando mientras durara el viento. Se pasó la mano velluda y sucia por el pelo hirsuto, desgreñado, de la cabeza. "Qué mierda, justo lo que nos faltaba. ¡Enterrados!" se dijo mientras intentaba, en vano, tal vez inconscientemente, aplacar su pelo rebelde y azulado. ¿Cuánto más duraría? ¿Hasta cuándo el viento continuaría soplando? ¿Qué habría sido del campo? Exasperado, se sentó en el suelo, junto a la línea de polvo azul que se había deslizado bajo la puerta. Las aberturas de la casa eran bastante seguras, aunque el polvo impalpable había logrado pasar igual. Lo que no pasaba, y era mucho más peligroso, era el suficiente aire del exterior, aunque debía estar tan viciado a raíz de la tierra que tal vez no importara tanto. Aturdido, el hombre permanecía sentado en el suelo, observando el polvo estático que se había colado bajo la puerta, escuchando en medio del silencio de la casa el constante martilleo del cric cric cric de piedritas y tierra que golpeaban contra la puerta y los vidrios, sintiendo cómo poco a poco el polvo iba subiendo, cercando a su casa con el azul cobalto de las montañas del horizonte, respirando con esfuerzo a través de un pequeño espacio desgastado en su cobertura barrosa, sudando impotente ante el calor agobiante, siempre en aumento, que irradiaba esa tierra de nadie.
   La cena transcurrió en silencio, con el mismo monocorde cric cric que los había acompañado durante todo el día y durante los días anteriores, desde que comenzara a soplar el viento de la desgracia. La luz de la vela resaltaba fantasmagóricamente sus rostros enjutos, apagados, de donde partían, de vez en cuando, al mover la piel reseca para masticar, unas líneas claras que resaltaban sobre el barro azul y se perdían a los costados, bajo la mata de pelo duro y quebradizo. El mismo silencio los unió más tarde, en el otro cuarto, cuando se recostaron uno junto al otro, incapaces de expresar otra cosa que no sea respiraciones entrecortadas, difíciles, doloridas. Sólo podían intentar dormir, olvidar mediante el sueño el horror de la devastación que les volaba el campo y la casa.
   En la penumbra, de pronto, creyó ver dos luces fijas que lo apuntaban, desde el otro lado de la ventana, con turbadora insistencia. Gritó, sacudiéndose, y las luces desaparecieron, aunque no supo si fue a causa de ese grito que lo había despertado de una pesadilla o si realmente había espantado a alguna cosa al otro lado de la ventana. Su mujer lo tranquilizó (trató de hacerlo), diciéndole que era imposible que algo vivo estuviese afuera, con ese viento, con esa muerte azul que avanzaba hacia arriba tapándolos, y luego, sin ganas o sin poder contestar uno, y sin poder continuar la otra, se durmieron finalmente, jadeando, abrazados, hasta que un ensordecedor aullido los despertó.
   Permanecimos quietos en la cama. Por un momento pensamos que el resto de la casa se nos volaba, como había comenzado a ocurrir con el lavadero, pero pronto comprendimos que la casa aún permanecía firme en su lugar. Otra cosa estaba ocurriendo afuera, algo nuevo. Prestamos atención y tuvo que pasar aún un rato para que nos diésemos cuenta de que el desgarrador aullido que nos había despertado no era otra cosa que un silencio repentino, mortal, que se había extendido por el mundo fuera de la casa. Con lentitud me separé de ella y avancé hacia la ventana. En la oscuridad de afuera no podía ver nada, pero sí podía sentir que el viento había dejado de soplar. Nada se movía del otro lado. El silencio me dolía dentro del cerebro como si fuese un ruido atronador, despiadado. Sentí que él me dejaba y tuve miedo. Me acerqué yo también a la ventana, con el mismo silencio con que nos impactaba el mundo y la ausencia de viento, y me detuve un paso detrás de su figura grande y barrosa. Afuera estaba demasiado oscuro como para ver qué había o qué faltaba, pero tuve la seguridad de que ya no soplaba el viento. Poco a poco nos fuimos acostumbrando a esa nueva y silenciosa realidad, a esa calma dolorosa que nos impactaba desde el exterior, y creo que permanecimos quietos ante la ventana hasta que una claridad fue tiñendo la superficie y pudimos ver, débilmente pues esa luz se abría paso con esfuerzo en el aire espeso, lo que durante años había sido nuestro campo arado.
   Un océano ondulante se extendía hasta el horizonte. Parecía nacer en nuestra ventana, unos diez centímetros sobre el alféizar de madera, suave y azul, oleoso, de rara consistencia. Se quedaron estáticos allí mirando, mudos, el suave ondular de los médanos con alguna que otra brisa que de vez en cuando parecía aún soplar, inaudible, sobre la tierra devastada.
   —¿Y ahora?— fue lo único que logró articular la mujer.
   El hombre permaneció pensativo un rato. Luego murmuró:
   —No sé.
   Aún trataba de asimilar la destrucción del campo. Miraba con la vista perdida en el horizonte el desierto azul que se extendía frente a sí, y de pronto su rostro se iluminó con un recuerdo olvidado, y dijo, casi arrepintiéndose al mismo tiempo, "¡El río!", y guardó silencio nuevamente. La mujer, que se había acercado hasta quedar a la misma altura que él, sobre la ventana, buscó el río con la mirada y no lo encontró. El río había desaparecido, sepultado por el azul cobalto de las montañas del poniente, como si toda esa magnificencia que hasta ese entonces había mostrado no hubiese sido más que una ínfima corriente para el huracán.
   —¿Y el viento?— preguntó al rato ella.
   Con tono ausente, el hombre respondió:
   —No sé.
   El sol, mortecino por causa del polvo que aún estaba en suspensión, poco a poco fue alumbrando más, permitiendo ver detalles que hasta entonces habían pasado desapercibidos. Tampoco estaban los árboles, del otro lado del alambrado y del río, y tampoco estaba el alambrado. O estaba, pero a más de un metro por debajo del suelo azul oscuro.
   Saqué las manos de los bolsillos y traté de abrir la ventana. "¡Qué hacés!" exclamó ella, pero la detuve con un gesto. "Hay que salir, carajo", le grité mientras forzaba la ventana con el hombro y todo el cuerpo. Un poco se movió y cayó un chorrito azul dentro de la casa. Metiendo un dedo en la rendija ayudé a que siga cayendo más arena adentro. Al rato ya la hoja de la ventana podía moverse con más facilidad y al cabo de media hora la había abierto totalmente. Un grueso montón de arena se deslizó entonces y formó un talud contra el zócalo de la pared, por debajo de la ventana. Ella estaba como ausente, mirando lo que yo hacía.
   —¿Y si vuelve el viento?— preguntó entonces.
   —El viento un carajoó le dijeó, hay que salir antes de que nos quedemos acá enterrados.   
   Se acercó, aún sin mucho convencimiento, y lo ayudé a sacar la arena que apretaba la otra hoja de la ventana. Cuando las dos quedaron libres el hombre dijo que tendrían que investigar afuera para ver qué había pasado. Salieron por la ventana con ayuda de una silla. Yo lo seguí un poco atontada, sin pensar en lo que estaba ocurriendo. Me sentía cansada, con un cansancio de días que de pronto se me había venido encima, sin ganas de hacer nada. Pero igual lo seguí afuera, para ver qué había pasado. Me sorprendió y causó gracia ver el techo de la casa a la altura de mis ojos, yo que nunca había sido muy alta. Del otro lado de la casa, hacia el oeste, tampoco había nada. Apenas se distinguía un suave dentado con las puntas romas, redondeadas, que a duras penas parecía sobresalir del océano azul. "Se volaron las montañas, Dios" dijo el hombre entonces. Caminaron alrededor de la casa. Del otro lado había menos arena acumulada contra el muro pero, igual, casi llegaba al picaporte. Las paredes blancas, aunque manchadas, resaltaban sobre la superficie color cobalto. A unos quinientos metros, hacia el noroeste, se distinguía la carcaza de acrílico del tractor, emergiendo como una isla de una duna. El lavadero no estaba. La calma era total y aprovecharon para caminar.
   Al rato regresaron, cuando sintieron que una brisa comenzaba a levantarse. Hacía más calor, y la brisa les quemaba por dentro, encendiéndoles la piel azulada y terrosa, opaca a pesar del sudor. Entraron nuevamente por la ventana y la cerraron, colocando del lado de afuera, como pudieron, un chapón arrancado del lavadero, de tal manera que protegiese un poco más a la abertura de la tierra que volaba, facilitando así la próxima salida de la casa. Al cerrar la ventana el chapón se ladeó, pero aún parecía ofrecer resistencia a la tierra que ya comenzaba a juntarse sobre él. Pronto todo se nubló, como los días anteriores, tornándose el aire de un color azul oscuro. Mientras la mujer fue a la cocina para preparar algo de comer el hombre se quedó observando, atónito y alucinado, cómo el polvo remolineaba frente a la abertura y cómo se iba acumulando, oleada tras oleada, sobre el chapón del lavadero.
   Cuando aquel día salió con el tractor no imaginó que ese viento que recién nacía podía convertir la llanura en un mar de polvo azul. Había arrancado como siempre, sin problemas, y nada me hizo pensar que se detendría a las pocas horas. La pila de energía no podía haberse acabado tan rápido, y el indicador de voltaje persistía en señalar que aún quedaba para muchos meses. Pero aún así el motor se detuvo. El hombre en ese momento había girado el volante hacia el poniente, para seguir la línea de los surcos arados, y se había topado con el cambio de dirección del viento. "Qué cosa rara" pensó, "la primera vez que cambia y sopla de otro lado". A poco de andar dejó de ver las ocho ruedas del tractor porque todo se tornó oscuro de pronto, como si la noche hubiese caído antes de tiempo, sin aviso. Sin embargo en ese momento el miedo aún no se le había colado en el cuerpo y había tratado de regresar con el tractor hasta la casa. "Primero la orientación, eso es fundamental, y después marchar despacio. Esto se está poniendo feo, al diablo con la tormenta que se viene. Tengo que llegar, carajo, tengo que llegar". En ese momento la mujer sintió el cimbronazo en el estómago y se dobló en dos pensando qué me pasa mi Dios, qué es esto. Entonces salió del lavadero y comprendió que llegaba el viento, antes aún de verlo como una mancha terrosa asolando los campos.
   Provenientes de alguna parte tras los cristales surgieron de esa noche repentina dos luces, turbadoramente fijas sobre el rostro del hombre. La mujer corrió presurosa ante el grito de su marido pero no pudo ver nada afuera, hacia donde señalaba espantado con una mano temblorosa.
   —¡Allí, carajo. Por ahí está!ó dijo mientras tomaba a la mujer de la muñeca y la dirigía hacia el vidrio manchado de la ventana.
   Trazos horizontales, de color azul fuerte, cruzaban el desierto del otro lado. No había nada allí. No podía haber nada vivo con una tormenta así. "La tierra está devastada, entendés, no hay nada afuera. No puede haber nada" le dije abrazándolo con fuerza. Luego regresé a la cocina mientras él quedaba, nuevamente, en su puesto de observación de la ventana. El viento había adquirido otra vez su violencia de antes, azotando las ventanas y produciendo un insoportable ritmo de cric cric cric contra los vidrios y paredes. Un sonido sordo y apagado se escuchó de pronto y la mujer vio, sobre la ventana de la cocina, un papel pegado veteado de azul. "Una carta, Dios", se dijo al mirarla de cerca con una vela. "Una carta. ¡Quién sabe de dónde viene el viento!" repitió luego en un murmullo.
   La carta manchada fue la primera de una serie. Los papeles parecían inundar de pronto lo poco visible a través de las ventanas, cubriendo los vidrios que recibían el viento de frente y llenando las dunas más cercanas. Papeles escritos, papeles de colores, hojas de libros, todo, en fin, confundido en un ululante maremagno, flotaba sobre el azul del viento y era arrastrado hacia el este con fuerza inaudita. Me sustrajo de la vista de semejante espectáculo la voz de mi mujer, llamándome a comer.
   En la cocina ardía una vela, en medio de la mesa, iluminando vagamente dos platos humeantes, medianamente llenos de arroz y algo más. Me senté en silencio y comencé a comer. Ella dijo "queda comida para cuatro días" y yo nuevamente hice como que no la escuchaba mirando incluso hacia el otro cuarto, donde por la ventana se veían pasar algunos papeles pintarrajeados. No quería mirarla a la cara porque sabía que tendría que afrontar la situación y no me sentía con el valor suficiente para hacerlo. "Carajo con la comida y ese viento de mierda. Y también el agua va a faltar. Dios, que de ésta no salimos".
   Ella comía en silencio, mirando de tanto en tanto el rostro embarrado de su esposo, tratando de no mostrar el temor que se le transparentaba por todos los poros y, especialmente, a través de los ojos grandes y apagados, sin brillo. "Que no afloje, Dios, que él no afloje. Si él se acaba nos perdemos los dos. Yo no puedo más, ya no. Y no hay comida, no alcanza. Aguantá un poco más. Sólo un poco más todavía". La vela estaba por la mitad cuando decidieron apagarla para ahorrar un poco de luz y se dirigieron, mudos y despacio, hacia el otro cuarto. La mujer tanteó la oscuridad buscando al hombre, dejó que sus manos subieran por los brazos de él y llegó hasta la cabeza, lo atrajo hacia sí y lo besó. El hombre la dejaba hacer pero luego la separó un tanto bruscamente y se quedó quieto, mirando por la ventana.
   Afuera nada parecía haber cambiado. El viento soplaba tan fuerte como al principio, seguían llegando papeles de colores y cartas, diarios y revistas, algunas páginas de libros. Aparecían y desaparecían con la misma rapidez, haciéndose visibles durante un breve segundo para hundirse luego en el azul y no verlos más.
   Habrían pasado más de dos horas cuando el viento comenzó a perder fuerza, tornándose, hasta el amanecer, en una brisa cálida. Cuando el sol pudo distinguirse, blanquecino a través de las nubes, el hombre dijo que había que salir otra vez para mirar y abrió la ventana. La mujer no sabía qué era lo que su marido quería mirar afuera, en medio de ese desierto azul, pero lo siguió.
   El techo estaba un poco más bajo que el día anterior, y la cabina del tractor había desaparecido totalmente bajo la duna. Proveniente de alguna parte, sobresalía un pedazo de rama, deshojado, en otra duna cercana. Como era la más alta de la zona, decidieron llegar hasta allí para ver mejor hacia el horizonte.
   Caminar en esa arena era muy difícil. Ya lo habían experimentado antes, en la otra recorrida que hicieran. Por más cuidado que ponían al pisar la oscura superficie, los pies se hundían y desaparecían hasta cerca de la rodilla, y costaba mucho volverlos a sacar para dar otro paso. Subir una duna era peor, pues la arena periódicamente se deslizaba hacia abajo y, si bien no llegaban a caerse, perdían mucho terreno. Finalmente llegaron, al cabo de una hora, trepando con lentitud y en cuatro patas, a la cumbre. El hombre se echó jadeando sobre la arena y la mujer sobre sus piernas. "Uf, Dios, bajar va a ser más fácil, ya vas a ver. Hay que dejarse ir nomás, uf" escuché que me decía, en forma entrecortada. Podía sentir sus piernas fuertes debajo de mi espalda y eso me confortaba. Levanté un poco la cabeza y miré hacia la rama seca donde él se apoyaba. "Es un paraíso" le dije. Él asintió sin ganas. La arena estaba excesivamente caliente y pronto tuvieron que levantarse.
   El paisaje, visto desde allí arriba, no cambiaba mucho, salvo que podían ver más azul y más lejos que desde abajo, a la altura del techo de la casa. ¿Volvería el viento? ¿Taparía la casa una nueva duna? ¿Cuánto duraría todo eso? El suave ondular azul cobalto se perdía en el horizonte. No había ni rastros del río hacia el este y, hacia el oeste, apenas podían verse, un poco por encima de las dunas, algunas estribaciones redondeadas y fuertemente azules. "Ya ni montañas quedan" dijo el hombre. Y luego añadió:
   —¿Te acordás por dónde iba el camino? Tendremos que irnos hoy o mañana, en cuanto podamos.
   La mujer guardó silencio un rato. Irse por allí, seguir el camino, significaba recorrer, en línea recta, unos cincuenta kilómetros hasta el pueblo, al que nunca habían ido. Sabía, de oírselo a él, que estaba para ese lado, pero nunca había siquiera mencionado la posibilidad de ir.
   —¿Y la peste?
   —Es la única oportunidadó contestó tajante el hombreó. Tendremos que ir por ese lado... Además, la peste está del otro lado de las montañas, no para acá. Alguien en el pueblo nos va a ayudar.
   —¿Y el viento?
   —No sé, carajo, no sé. Pero no podemos quedarnos acá. Nos estamos enterrando vivos, ¿entendés?
   La mujer no contestó pero hizo un gesto afirmativo. Después de todo daba lo mismo morir de hambre allí (o enterrados) que adquirir la peste que se extendía del otro lado del río y las montañas, rodeando la llanura. Pero esto le daba miedo.
   —Nunca supe porqué la peste no podía cruzar las montañas.
   El hombre se sorprendió al escucharla. Dijo:
   —Cierto. Yo tampoco.
   Estaba molesto por alguna cosa, turbado, pensativo. Se quedó callado hasta que la mujer nuevamente rompió el silencio, ¿por qué no llegaste con el tractor?
   Evité la mirada de ella pero tuve que responderle.
   —Porque se paró el motor.
   —¿Se acabó la pila?
   —No sé. Pero no creo, hace poco que la cambié.
   Había estado pensando en la pila de uranio desde que se detuviera el tractor, cuando comenzara el viento. ¿Sería ese el final de todo? Vagamente recordaba cómo había recogido un día todo lo que había podido en el almacén del pueblo y se había marchado al campo, al otro lado del río. A ella la había encontrado cuando ya abandonaba el pueblo, a toda marcha, y apenas había pensado en la posibilidad de formar pareja, pese a que hacía unos meses que la frecuentaba y tuvo que tomar la decisión, un poco impulsado por el miedo a la soledad de la llanura, de subirla en ese momento. Fue un rapto con suerte. Nunca me arrepentí de haberlo hecho, qué diablos, me hubiese muerto acá si no estaba ella.
   La mujer dijo algo.
   —¿Cómo?
   —Que allá me parece que vuelve.
   —Ajá. Mejor bajamos.
   Bajaron la duna a la carrera, cayendo y siendo arrastrados por la misma arena que se deslizaba en grandes masas. En el poniente se divisaba una mancha azulada que se movía imperceptiblemente, avanzando sobre el desierto hacia donde ellos estaban. Corrieron luego hasta la casa, entraron por la ventana y dejaron nuevamente el chapón del lavadero para protegerla. No habían pasado diez minutos cuando llegaron las primeras ráfagas azules, fuertes y desparejas, con algunos retazos de papel aún flotando en ellas. Pronto oscureció.
   Se quedaron allí quietos, mirando sin ver por la ventana, escuchando el zumbido persistente del viento sobre el desierto. øQué otra cosa podían hacer? La vida en los últimos días se había transformado en una desgastante y monótona espera de algo que, sin embargo, parecía no llegar nunca. No podían oponerse al viento huracanado que soplaba desde el oeste, en ráfagas azules, oscuras, cada vez más fuertes. No podían salir de la casa mientras durase el período de viento pero, también lo sabían, no podían quedarse allí encerrados, enterrados en vida, pues tampoco tenían la comida ni el agua suficientes como para un largo tiempo. Hasta ese momento yo había querido hacer oídos sordos cuando ella habló de la comida que quedaba, pero no pude evitar escucharla y, consciente o inconscientemente, me había topado de pronto con esa realidad incuestionable. Contando ese día, sólo nos restaba comida para dos jornadas más. Distribuyéndola mejor podíamos llegar hasta cuatro días, podríamos pasar sin comer otros tres o cuatro pero, øy después? øQué pasaría dentro de diez días, de doce, de un mes? No había forma de escapar, internamente lo sabía, pero también sabía que no podía darme por vencido. Tenía que intentar algo, cualquier cosa, pero tenía que hacer algo.
   —Nos vamos a iró le dije.
   —¿Al pueblo?...
   —A donde sea. A cualquier parte, pero de acá nos tenemos que ir. Mirá la ventana.
   La mujer se acercó, poniéndose a la par del hombre. A pesar del chapón la arena se colaba por los costados y caía, subiendo lentamente sobre el vidrio, sobre la madera de los marcos, cubriendo poco a poco la ventana. øCuánto más podría faltar para que la cubriera totalmente?
   —¿Y el viento? ¿Vos no pensás en el viento? ¡Nos vamos a morir! ¡Allá afuera nos vamos a morir!ó la mujer comenzó a llorar entrecortadamente. "Nos vamos a morir, nos vamos a morir" repetía.
   El hombre se apartó un poco de la ventana, intentó abrazarla, sostenerla, pero la mujer escapó hacia la cocina con sus lloros y su voz ahogada. El hombre sólo atinó a decirle, por sobre el fragor de la tormenta azul, que de cualquier manera se iban a morir y que la única esperanza era llegar hasta el pueblo.
   —¡El pueblo! ¿Entendés? ¡Acá nos estamos tapando, carajo!— le gritó luego, casi como dándose aliento él mismo para salir y enfrentarse con el viento.
   La tierra volaba y se le metía en lo ojos, cegándolo, por lo que pensó en regresar al tractor y aguardar allí a que escampara el temporal. Pero el tractor se había perdido. Era imposible hallarlo y comenzó a caminar hacia la casa.
   La última vez que la había visto estaba a unos quinientos metros en línea recta, hacia el sureste, y trató de ubicarse mentalmente en esa dirección. Dos o tres veces me caí, recordaría luego con ella, pero me levanté y seguí caminando como podía. Si me quedaba allí a esta hora ya habría muerto. Nunca supo cuánto estuvo caminando, pero comenzó a creer en Dios cuando sintió que chocaba con algo duro y que ese algo no era una rama. Tanteando las tablas de la baranda encontró la puertita abierta y sintió el perfume a jabón de lavar la ropa, el llanto, el por fin, mi Dios, por fin llegaste a casa, de su mujer.
   Ya adentro se abrazaron mutuamente para no caerse pues las piernas les temblaban. La besé una y otra vez y decía para mis adentros que no me suelte, por favor, que me siga sosteniendo. Esa noche, después de la cena, harían el amor y se dormirían luego acompañados por el nuevo sonido que animaba la llanura, el rugido del viento del poniente que se volaba los campos.
   "Si al menos fuese como antes" pensó, "cuando el viento venía a la siesta y se iba luego al anochecer".
   En esa época no había grandes problemas. Tanto la mujer como el hombre se habían acostumbrado a la brisa cálida, a las ráfagas cortantes de la siesta, como una parte más de sus vidas. Era un ingrediente diario que necesitaban casi tanto como comer o dormir, al que habían aprendido a respetar como algo natural. Pensando en eso es que habían revestido las aberturas de la casa, especialmente las ventanas, y la cabina del tractor, con una solución hermética, o casi hermética, para poder trabajar con tranquilidad durante las horas de viento. Pero esto de ahora los estaba matando lentamente, ráfaga tras ráfaga, cada vez más azul oscuro, día tras día. Antes el viento nunca había sido azul como éste de ahora. Era, también, un viento de colores, pero de colores que ellos conocían por verlos todos los días en el campo: el ocre de la tierra removida de los surcos, el blanquecino del polvo del camino, el verde de los pastizales y los árboles. Hasta que llegó ese viento el azul había sido sólo una referencia vaga en esa línea dentada del horizonte, al oeste, donde terminaba el mundo. Más allá de esas montañas no poda existir nada, no podía vivir nada después de la Gran Luz. Y de eso hacía ya tanto tiempo que ni sus padres se acordaban bien cuando se lo contaron, cuidando de que lo entendiera, en las noches de invierno junto al fuego. Nadie sabía qué había ocurrido allá lejos, del otro lado de las Montañas Azules, pero ellos habían alcanzado a escuchar que nadie había podido cruzarlas para relatar lo visto o no visto de aquellas tierras extrañas. Y ahora el viento venía de allá. Ellos habían crecido con la constante del viento de la siesta, pero del viento proveniente del norte, no del oeste. Nunca antes había llegado el viento desde el poniente. Eso no estaba bien. Y el color azul que tenía era seguramente a raíz de su paso vertiginoso por la zona de montañas. Llegaba a ellos proveniente del otro lado del mundo, en donde siempre había existido la muerte. ¿Qué podía traerles de bueno ese viento? ¿Acaso otra Gran Luz? Él me dice que tenemos que irnos de aquí, que hay que dejar la casa, que hay que ir al pueblo, hacia el este. Pero, ¿y la peste? Yo se que la peste había invadido todo, que no había podido cruzar el río y las montañas, que sólo quedaba pura esta llanura nuestra. Él me dice que alguien en el pueblo nos puede ayudar. Pero, si es así, si aún vive alguien del otro lado del río, ¿por qué nunca se acercó a la casa? ¿Por qué hemos vivido solos durante tanto tiempo? Desde que habían muerto los padres y los abuelos, en la época en que las otras familias se habían separado para ir más al sur, ellos habían vivido allí solos en la casa, cultivando la tierra, saboreando el viento del norte cuando llegaba a la siesta. Pero nunca, en todo ese tiempo, alguien había llegado por el camino ni por el campo. ¿Por qué pensar entonces que podía haber alguien vivo más al este? Seguramente todos han muerto de la peste hace ya mucho, tal vez en a misma época en que los padres les relataron las historias de la Gran Luz del oeste, cuando todos se murieron en el poniente y sólo quedaron algunas cosas caminando, que no eran ni hombres ni animales. Y ahora viene el viento del oeste. ¿Qué puede traer salvo la desgracia? ¿Se dará cuenta él de esto, de que nadie puede estar vivo ni hacia el poniente ni del otro lado del río? Él solo mira por la ventana como buscando una respuesta allá afuera, pero afuera no hay nada, sólo el viento azul y caliente. Y la comida no nos alcanza para mucho más. El agua tampoco. ¿Por qué será que pienso todas estas cosas? ¿Por qué justo ahora? ¿Será por el viento? ¿Y qué otra cosa puedo hacer sino pensar? Es lo único que me queda ahora. Ella cocina. ¿Cuánto más podrá hacerlo? ¿Cuánto más faltará para que comprenda que estamos acá solos y destinados a morir? Yo mismo se que en el pueblo no hay nadie con vida. Lo se desde que vine en el tractor aquel día, cuando llegó la peste. Ella no se acuerda porque estaba atontada, enferma, con un shock. Por eso, porque no se acuerda es que hoy le dije de irnos para el pueblo. Es la única esperanza que nos queda, creo que le dije. Mentira. Ya no nos queda ni la esperanza. Hasta la tierra que pisamos ha cambiado con el viento. Ya no hay nada nuestro acá. Ni la casa, que cada vez es más azul. Pero le dije lo del pueblo para que no se me venga abajo. Ahora no, por Dios. Tiene que creer en algo, tiene que tener fe en algo para poder salir de acá. ¿Pensará ella en esto? Está cocinando. ¿Cuánto tiempo más podrá hacerlo? Y ahora llega el viento del oeste. No puede venir nada bueno de allá después de la Gran Luz. Contaban que nadie se había salvado, que sólo quedaban algunas cosas sin nombre, que se movían un poco, que se arrastraban, que no eran ni hombres ni animales. ¿Habrá sido eso lo que vi por la ventana? ¿Habrán sido sus ojos?... ¿Habrán llegado con el viento?
   Poco a poco el viento fue declinando nuevamente hasta que sólo fue una brisa. La luz neblinosa del sol apareció entre las nubes y el aire espeso. Con la llegada de la luz el hombre pudo ver que la ventana estaba cubierta hasta la mitad de su altura. "Otra vez que sople y nos tapa" le dijo a su mujer, un tanto fuerte ahora que el silencio había retornado. La mujer asintió con la cabeza desde la cocina. "Sí" dijo después, al rato. Él se acercó a la mesa, la miró, le dijo que tendrían que aprovechar la calma. Ella dejó de pelar las papas, levantó la vista, lo vio de pronto como nunca antes lo había visto, murmuró "sí, pero antes, yo...", y él entonces se acercó más, dos lágrimas comenzaron a caerle cuando el hombre lo hizo, cuando se ayudaron mutuamente a desprenderse de la poca ropa que aún tenían, cuando se miraron un instante los cuerpos recubiertos por el barro azul, cuando se unieron mordiéndose, riéndose, llorando y gritando como nunca antes habían gritado, en un frenesí animal de vida y muerte, de libertad total y embriagadora, hasta que las piernas de la mujer dejaron de moverse, la espalda del hombre se calmó, las respiraciones fueron nuevamente parte del silencio.
   Lentamente el hombre se levantó. La mujer quiso retenerlo aún un poco más sobre sí pero finalmente cedió y lo acompañó hacia la cocina. La vela aún estaba encendida y desfiguraba un poco los rasgos macilentos de la pareja. El hombre buscó una botella, un bolso.
   —¿Ahora?— dijo ella en voz baja.
   —Sí, ahora. Hay que apurarse.
   Ella se acercó y le acarició el pelo de paja, renegrido y duro, rebelde, la espalda con el barro seco. Luego juntó un pedazo de pan, otra botella de agua, fue a ponerlo en el bolso y entonces se quedó quieta, mirándolo. Él hizo una sonrisa corta, muy pequeña, y dijo rápido, bromeando, turbado por esa mirada, que ahora iba a ser más fácil cruzar el río porque ya no había río. La mujer no contestó. Mantuvo la mirada en sus ojos el tiempo necesario, el tiempo suficiente para que él comprendiese. Él dejó de meter cosas en el bolso. De pronto, en esa mirada cómplice del silencio, me di cuenta de que ella sabía, carajo, que ella sabía que todo no era más que una mentira, un burdo engaño, una vana esperanza pero que al mismo tiempo no me recriminaba nada, por el contrario, me apoyaba, se sumaba a esa fantasmagoría del pueblo con su fe, acaso fortalecida por ese puro y salvaje acto de amor que acabábamos de vivir. Entonces comprendí también que sería estúpido llevar cosas con nosotros. El hombre dejó el bolso en el suelo y la condujo hacia la ventana.
   —¿Hacia el pueblo?— preguntó ella cuando salía.
   Él no contestó hasta que estuvo junto a su mujer afuera, sobre el desierto azul de arena, ahora calmo, tranquilo, apaciguado a la espera de otra incursión del viento. Luego de recorrerlo con la mirada dije:
   —Sí.
   El hombre volvió a colocar el chapón sobre la ventana, acaso estúpidamente, acaso inútilmente, pero con toda seguridad con una fe y una esperanza que nunca antes había sentido. Se orientó en la luz mortecina el sol y comenzó a caminar hacia el este. Se sentía bien, seguro, calmo. Las siluetas de ambos, desnudas y crepitantes, eran lo único animado en ese desierto devastado y sin límites. Las Montañas Azules habían desaparecido. El río también. Con una última mirada de despedida me pregunté de qué color vendría ahora el viento.

Santo Tomé (Santa Fe), mayo de 1986.

   

del libro "Décimo círculo", de Carlos Antognazzi. © 1991

 


Tapa