FEDERICO ANDAHAZI
 

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La residencia de la Villa Diodati era un esplendoroso palacio de tres plantas. El frente estaba presidido por una recova delimitada por una sucesión de columnas dóricas sobre cuyos capiteles descansaba una amplia veranda cubierta por un toldo. Un tejado piramidal, por donde asomaban tres claraboyas correspondientes a los altos, remataba la arquitectura de la mansión. El criado, un hombre adusto que hablaba lo mínimo indispensable, esperaba a los recién llegados bajo la recova Con los pies completamente embarrados, trayendo los zapatos en las manos, los cuatro entraron al recibidor y, antes de que el criado intentara alcanzarles unas toallas, ya se habían quitado las ropas quedándose totalmente desnudos. Mary Shelley, alegremente exhausta, se recostó sobre el sillón y tomando de la mano a Percy Shelley lo atrajo hacia ella hasta hacerlo caer sobre su desnuda y agitada humanidad, rodeándolo con las piernas por detrás de la espalda.
   
Claire se había quitado la ropa lentamente y en silencio. No había sido un acto de deliberada concupiscencia, tal como supuso Byron; al contrario, se la veía ausente, procedía como si nadie más que ella estuviese en la pequeña sala de recepción. Se sentó sobre el brazo del sillón mientras Lord Byron la miraba extasiado. La piel de Claire estaba hecha de la misma pálida materia de la porcelana y su perfil parecía el de un camafeo que de pronto se hubiese animado. Sus pezones tenían un diámetro sorprendente y estaban coronados por una aréola rosada que, aun contraída por las finas gotas de agua y por el frío, superaba la circunferencia de la boca abierta de Byron, quien súbitamente se había arrodillado a sus pies y ahora, desnudo y jadeante, recorría con la lengua su piel mojada. Claire no lo apartó con brusquedad, ni siquiera se hubiese dicho que lo rechazó. Pero ante la helada indiferencia y el cerrado mutismo con que su amiga ignoraba las caricias que le prodigaba, Byron se puso de pie, giró sobre sus talones y, quizá para disimular el desprecio del que era objeto, desnudo como estaba, extendió su brazo sobre el hombro del criado y le susurró al oído:
   Mi fiel Ham, no me dejan alternativa.
   El criado se mostraba más preocupado por el lodazal en que se había convertido el recibidor las ropas tiradas en el suelo, el tapizado de los sillones empapado que por las procaces bromas de su Lord, aunque, en rigor, Ham nunca podía distinguir cuándo Byron hablaba en serio. En ese momento entró John Polidori quitándose la capa, debajo de la cual las ropas estaban apenas húmedas. Como además había tomado la precaución de caminar por el sendero de piedra, sus zapatos no presentaban el menor indicio de barro. Cuando vio el cuadro, no pudo evitar un gesto de puritano fastidio.
   Oh, mi querido Polly Dolly, todos me rechazan, has llegado justo para llenar mi soledad.
   John Polidori era capaz de soportar con estoica resignación las más crueles humillaciones, había aprendido a hacer oídos sordos a las ofensas más despiadadas, pero nada le provocaba tanto odio como que su Lord lo llamara Polly Dolly.
   John William Polidori, muy joven por entonces, representaba aun menos edad de la que tenía. Quizá cierto infantilismo espiritual le confería una apariencia aniñada que contrastaba con su fisonomía adulta. Así, las cejas negras y tupidas se veían desproporcionadamente severas en comparación con su cándida mirada. Al igual que un niño, no podía disimular los sentimientos más primarios como el fastidio o la excitación, la congoja o el júbilo, la fascinación o la envidia. Tal vez esta última constituyera el rasgo que menos podía ocultar. Y, sin duda, el rapto de pudibundez frente al cuadro que se presentaba ante sus ojos no tenía otro motivo que el de los celos que le provocaban los nuevos amigos de su Lord. Miraba con recelo a todo aquel que se acercara a Byron. No se diría, sin embargo, que el origen de su desconfianza estuviese orientado a proteger a su Lord sino, más bien, a conservar un lugar en su siempre huidiza estima. Después de todo, él era su mano derecha y merecía un justo reconocimiento. John Polidori examinaba ahora a aquel trío de extraños con unos celos infantiles; pero detrás de aquellos ojos renegridos y pueriles parecía anidar un magma de odio contenido siempre a punto de hacer erupción, una malicia tan imprevisible como ilimitada.
   Sin otro propósito que el de poner un poco de orden, Ham, con paternal autoridad y delicada firmeza, batió las palmas conminando a los huéspedes a ponerse de pie. Como si se tratase de un grupo de niños, los condujo a las habitaciones que les habían sido asignadas previamente por el anfitrión, Lord Byron. Desnudos y todavía mojados, atravesaron el gran salón de la planta inferior, subieron las escaleras e ingresaron a un largo y oscuro pasillo a cuyos lados se sucedían las puertas de las habitaciones. Las hermanastras ocuparían la alcoba central de la primera planta, que era la más suntuosa y a la que se accedía por una puerta de doble hoja. A Shelley se le había asignado la habitación contigua de la derecha, mientras que Byron ocuparía la de la izquierda, ambas igualmente comunicadas por una puerta con la alcoba principal.
   Cuando Ham hubo terminado de alojar a cada huésped en su habitación, notó que unos pasos más atrás, de pie en el lugar más oscuro del pasillo, permanecía John Polidori. El criado se acercó al secretario de Lord Byron y, examinándolo de arriba abajo, le preguntó:
   ¿El doctor espera algo?
   Mi habitación titubeó Polidori, al tiempo que le extendía su pequeña maleta con una sonrisa indecisa, estúpida.
   El criado se limitó a señalarle la escalera con un desdeñoso cabeceo.
   Segunda puerta dijo lacónico, giró sobre sus talones y dejó a Polidori con el brazo extendido y la maleta suspendida delante de sus propias narices.
   Si bien entre uno y otro existía la natural competencia de jerarquía y atribuciones inevitable entre un criado y un secretario, Polidori inspiraba un indisimulable desprecio, aun en aquellos que lo trataban por primera vez; aversión que, por otra parte, el mismo Polidori parecía cultivar.
   Se diría que encontraba un delicioso placer en la propia conmiseración.
   El pequeño cuarto situado en los altos era un cubil oscuro apenas ventilado por una diminuta ventana que, como un ojo acechante, asomaba entre las tejas. La habitación estaba exactamente sobre la de Byron, de modo que si Lord necesitaba los servicios de su secretario no tenía más que golpear el techo con un largo palo que se había procurado para ese fin con el solo propósito de obligarlo a subir y bajar las escaleras.
   John Polidori terminaba de cambiarse las ropas húmedas cuando reparó en que sobre su escritorio había una carta. En rigor, demoró en darse cuenta de que aquello que descansaba junto al candil era, efectivamente, una carta. Se trataba de un sobre negro en cuyo reverso se destacaba, como un crespón, un enorme lacrado púrpura: en su centro había grabada una barroca letra L. Pensó que era correspondencia para Lord Byron y que el criado la había dejado allí por error; sin embargo, cuando leyó el frente, advirtió que, en realidad, en el lugar del destinatario decía, en letras blancas, "Dr. John W. Polidori". No había razones para recibir correspondencia en aquel sitio, ya que, en rigor, nadie sabía de su reciente llegada a Villa Diodati. Antes de abrirla, Polidori corrió escaleras abajo y se dirigió al office donde el casero instruía a la cocinera sobre los gustos de Lord y sus invitados.
   ¿Cuándo llegó esta carta? irrumpió, imperativo, Polidori.
   El criado no se inmutó. Apenas emitió un mínimo suspiro de contrariedad.
   Parece que en Italia no se estila anunciarse le dijo a la cocinera, sin mirar siquiera al recién llegado. Ignoro de qué carta me habla el doctor. Por otra parte, la correspondencia no me compete a mí sino casualmente al secretario. De cualquier modo, le informo al doctor que no ha llegado carta alguna. Por cierto, si hubiese correspondencia para mí, le rogaría al señor secretario me lo hiciera saber concluyó y, sin levantar la vista del generoso escote que se erigía a su lado, continuó instruyendo a la cocinera.
   John Polidori volvió sobre sus pasos. Miraba la carta con unos ojos hechos de intriga. Por cierto aquel infrecuente sobre negro resultaba de tan mal agüero como un cuervo. Por otra parte, ante la evidencia cierta de que no había sido el criado, se preguntaba quién habría dejado el sobre en su escritorio. Daba por descontado, además, que si de los nuevos amigos de su Lord no podía esperar más que una sorda indiferencia, mucho menos iban a tener la amabilidad de alcanzarle una carta. Que Byron procediera como el secretario de su secretario llevándole la correspondencia hasta la habitación tampoco parecía una hipótesis plausible. Lo más razonable sería abrir el sobre, leer la carta y así despejar el pequeño enigma. Pero a John Polidori no lo adornaba el don del pragmatismo. No podía evitar, a propósito de cualquier nimiedad, desplegar las más complicadas conjeturas y esperar el desenlace de los más sombríos augurios. No lo atormentaba el sinsentido de la existencia, sino que, por el contrario, su padecimiento consistía en otorgarle a todo un oculto sentido: el universo era un designio urdido contra su propia persona. Tuvo, inclusive, la supersticiosa idea de no abrir el sobre y echarlo inmediatamente al fuego. Aquella carta no podía significar sino la más negra de las señales. Y quizá, por primera y única vez, no se equivocaba. Tal vez el destino de John William Polidori hubiese sido otro de no haber abierto jamás aquel amenazante sobre negro.

 

de "Las piadosas", publicada por Sudamericana. © Sudamericana

 

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