FEDERICO ANDAHAZI
 

El padre del monstruo

El autor de El anatomista, incluido desde hace más de medio año en la lista de best-sellers, relata en este artículo un inesperado hallazgo. Un antiguo volumen conservado en la Biblioteca de Washington le reveló un asombroso vínculo entre Mateo Colón, el protagonista de su novela, descubridor del amor Veneris, y el temible doctor Frankestein, de Mary Shelley.

Por Federico Andahazi
Para LA NACION-Buenos Aires, 1997

 

Estas notas son hijas del estupor; de la extraña y escalofriante impresión que, de tanto en tanto, nos provoca el repetido descubrimiento de que la ficción está construida de misteriosos despojos, de fragmentos de memorias ajenas y, casi siempre, irreconocibles. Con frecuencia he sospechado que la literatura es invariablemente autoreferencial y que nosotros, autores, no hablamos de ninguna "realidad" exterior a la propia literatura. Lo que sigue, es el absorto relato de una sucesión de hallazgos que confirman que todo texto no es más que una pieza que, más tarde o más temprano, termina por acomodarse en el intrincado puzzle de la literatura.
   El 20 de julio, el prestigioso ensayista italiano (actualmente residente en New York), Contardo Calligaris, entre otras cosas, psicoanalista, discípulo directo de Jaques Lacán, publicó en Folha de San Pablo un extenso comentario sobre mi novela, El anatomista, bajo el título "A invençáo do clitóris", cuyos elogiosos conceptos agradezco, aunque declino aceptar.
   El hecho es que Contardo Calligaris accedió a la obra del anatomista cremonés: "Leí con cuidado el capítulo 16 de De re anatomica y no encontré esa gloriosa metáfora", dice, en referencia a las palabras que yo le atribuyo a Mateo Colón en el mencionado capítulo: Oh, mi América, mi dulce tierra hallada. En efecto, decidí "mudar" esta frase al capítulo XVI por una cuestión de orden práctico a los fines de la unificación del relato. Pero la metáfora sí pertenece al propio Mateo Colón. Sin embargo, Calligaris arriba a un primer descubrimiento al que, tardíamente, también yo había llegado: "En tanto, -dice- esta frase es un verso de John Donne, escrito más tarde, en una famosa elegía para su amada, cuyo título es Going to Bed". Este poema, que es una perfecta, y por cierto hermosa, metáfora erótica de las intenciones "colonizadoras" sobre el cuerpo de la mujer amada, resume, retrospectivamente, las ambiciones de Mateo Colón, en la Segunda Parte de mi novela. Elegía que, en versión de Augusto de Campos, musicaliza Péricles Cavalcanti e interpreta Caetano Veloso en 1979. Nos hallamos, entonces, frente a un primer y asombroso nexo entre Mateo Colón y John Donne. Un periplo que se inicia probablemente en Venecia en el siglo XVI, continúa en Inglaterra en el XVII y concluye en Brasil en el siglo XX.
   Pero no he llegado todavía a donde quería. He aquí el dato inquietante que descubre Calligaris. El volumen al que accede el ensayista está en la Biblioteca de Nueva York; sin embargo, en un catálogo descriptivo de los libros impresos antes de 1956 en las bibliotecas de los Estados Unidos, se consigna la existencia de otro ejemplar de De re anatomica en la biblioteca de Medicina de Washington. Según la reseña de este catálogo, se trata de una edición tardía de 1593 (la primera edición data de 1559, a la sazón, año de la muerte de Mateo Colón), hecha en Frankfurt por P. Fisher. "En las páginas finales de esta copia, hay varias anotaciones manuscritas. Una, hecha en Antuérpia en 1596, con el título De Coitu. Otra, también en Antuérpia y en el mismo año, relata disecciones de cadáveres hechas según la recomendaciones de Colón." Y aquí viene el escalofriante descubrimiento de Calligaris: "Estas notas están firmadas por un -verifiquen si quieren- doctor Franckenstein".
   Contardo Calligaris esboza dos hipótesis: la primera, "que este ejemplar único de la obra de Colón haya pertenecido a Mary Shelley, y que de él hubiera sacado el nombre del famoso médico romántico. (...) Segundo, tal vez la historia misma que ella cuenta haya sido verdadera y documentada en estas misteriosas anotaciones". Calligaris se lamenta de no haber podido consultar el volumen existente en la biblioteca de Washington y me delega la continuación de la investigación. Cosa de la que, desde luego, no me hubiese podido sustraer, por mucho que hubiera querido.
   Recordemos, brevemente, la forma en que Mary Shelley concibe a su Dr. Frankenstein, según ella misma nos lo relata en la advertencia que precede a la novela: ".. en efecto, pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La estación se presentó fría y lluviosa, por lo que nos vimos obligados a reunirnos en torno al fuego del hogar y ocasionalmente a buscar entretenimiento en la narración de cuentos alemanes de espíritus y fantasmas que cada uno había oído en el curso de sus correrías." Aunque la escritora no lo dice , se sabe que el lugar era la residencia de Lord Byron; una fastuosa mansión junto al tétrico lago Leman y que su primera persona del plural, alude al propio Byron, a Percy Bysshe Shelley, posteriormente su marido, y a John W. Polidori. Téngase en cuenta a este último.
   Existen en la novela de Mary Shelley numerosos pormenores que nos hacen sospechar que, en efecto, podría haberse documentado en la obra de Mateo Colón, De re anatomica; en un pasaje se lee: "Los antiguos maestros de esta ciencia (...) han realizado verdaderos milagros. Han entrado en el sagrado lecho de la naturaleza y nos han mostrado cómo funcionan sus rincones más ocultos. (...) han descubierto la circulación de la sangre y la composición del aire que respiramos", le hace decir Mary Shelley a su Dr. Krempe. Recuérdese que es Mateo Colón, precisamente, el primero que establece las leyes de la circulación sanguínea y las de la oxigenación pulmonar, según consta en su De re anatómica.
   Por causas semejantes a las de Calligaris, tampoco yo he tenido la oportunidad de leer el ejemplar de De re anatomica que conserva la biblioteca de Washington. De modo que, por el momento, el contenido de las anotaciones del misterioso doctor Franckenstein permanecen para mí en la más absoluta oscuridad. He indagado en cuanta enciclopedia tuve a mi alcance, he navegado por las pantanosas -y para mí desconocidas- aguas de la Internet y no he podido dar con ningún Franckenstein que pudiera relacionarse, en tiempo y lugar, con el de los manuscritos. Sin embargo, y confirmando una vez más mi sospecha acerca de que la palabra escrita es hija del encuentro producido entre el azar y la subjetividad, quiso la fortuna que comentara la cuestión en casa de un viejo conocido, cuya afición es la de coleccionar relojes (por cierto, pasión lejana de la genealogía de la monstruosidad). Ni bien le hube mencionado el nombre de "Franckenstein", mi puntualísimo interlocutor saltó de la silla y volvió con una gruesa carpeta donde guardaba decenas de papeles amarillentos y apolillados. Rebuscó, hasta que extrajo uno y me lo estiró. Se trataba de un folleto de 1973 que anunciaba una muestra de grabados de antiguas máquinas de relojería. En la primera página se veía la ilustración de un extraño aparato a cuyo pie se leía: Platóbolo de Franckenstein. Para mi completo estupor, descubrí que el excéntrico inventor, según constaba en la pequeña referencia biográfica, había sido un médico nacido en Brujas en 1563 y muerto en Amberes en 1612. Y a continuación, una escueta explicación del funcionamiento del platóbolo. En términos generales, decía la nota, se trataba del antecedente más remoto del actual reloj "automático" o "kinético". Tardé en darme cuenta de que la ciudad de Amberes es, en realidad, Antwerpen o, en lengua flamenca, Antuérpia. Ahora bien, suponiendo -con elementos suficientes- que el Franckenstein del platóbolo sea el autor de las notas del ejemplar de la biblioteca de Washington, se imponen dos preguntas. Primera: ¿por qué un médico habría de desvelarse por la invención de una máquina de relojería"? Segunda: ¿cómo habría llegado este ejemplar a conocimiento de Mary Shelley? Cualquiera sea la respuesta a la primera pregunta, es imposible sustraerse a la asociación del doctor Franckenstein con el doctor Frankenstein de Mary Shelley. El XVI, por otra parte, fue el siglo de los autómatas: relojes, máquinas, juguetes, etcétera, remedaban, con mayor o menor torpeza, el movimiento vital en seres inanimados y antropomorfos. Igual que el doctor Franckenstein, Mateo Colón trabajaba con cadáveres: los disecaba y los seccionaba. El platóbolo de Franckenstein bien pudo haber sido un intento por animar, con movimientos propios, cuerpos, ya no esculpidos (como, por ejemplo, los autómatas de la Torre de Reloj de Venecia) sino de cadáveres embalsamados.
   Ahora bien, si esto último fuese cierto, aún quedaría por contestar la segunda pregunta: ¿Por qué medios habría llegado este ejemplar a conocimiento de Mary Shelley? Existe una respuesta posible. Aquel verano en la residencia de Lord Byron, solamente dos participantes del juego de las historias de horror completaron sus relatos: la primera, Mary Shelley. El otro, John Polidori, quen escribió el cuento "El vampiro". Recordemos que Polidori, además de escritor aficionado y secretario de Lord Byron era, casualmente, médico. Y según consta en las crónicas, no fue un médico menos oscuro y desequilibrado que el propio Frankenstein. Desequilibrio que habría de llevarlo, muy joven, al suicidio. El propio Lord Byron solía decir que el doctor Polidori "era más apto para producir enfermedades que para curarlas". No sería inverosímil que, entre la extraña literatura que Polidori llevara consigo a la residencia junto al tétrico lago Leman, estuviera aquel volumen de De re anatómica, apuntado por su remoto colega, el doctor Franckenstein y que, de ese mismo ejemplar, Mary Shelley tomara el nombre del padre de la criatura. Pero éstas, desde luego, no son más que conjeturas que, ciertas o no, nos condenan al ingrato trabajo del sepulturero. Al fin y al cabo, abrir antiguos libros empolvados produce la misma espantosa inquietud que levantar la tapa de un olvidado sepulcro.

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aparecido en el diario La Nación, 14 de septiembre de 1997

 

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