CÉSAR AIRA
 

Los misterios de Rosario
(FRAGMENTO)

 

Subió escaleras. Fue a parar a los tétricos corredores amarillos del segundo piso, y al aula 111. Estaba vacía. Se sentó en una sillita a esperar, y su cabezota se bamboleó, una vez, dos veces, tres veces... O bien se quedó dormido un rato sin darse cuenta, o se le había hecho tarde antes, o alguna otra cosa, lo cierto es que cuando miró el reloj eran las seis, y seguía solo. No había venido nadie. En realidad su reloj no andaba, habría sido un milagro que anduviera, con la plaqueta al aire, transparente de tan gastada; no tenía importancia porque era un aparato japonés descartable, que ya debería haber tirado hacía rato. Pero él pensó que eran las seis y había acertado. Estaba tan acostumbrado a ese cascajo que le seguía la vida póstuma.
    Pero si eran las seis... Sintió como si el mundo se le viniera encima. Hoy empezaba su seminario anual, y si no había venido nadie podía querer decir que no había nadie inscripto. ¿Qué estoy haciendo aquí? Debía haber averiguado antes de subir, pero quizá no había querido hacerlo. Él se conocía. Hasta tres días atrás no había habido inscriptos, pero se había conformado pensando vagamente que a último momento... Y le había dicho a la empleada de Impresiones que hiciera un cartelito, creía recordar que le había dejado un modelo. No lo había visto, pero él nunca miraba esos carteles. Y ahora, esta sorpresa. Alguna vez le tenía que pasar. Tenía que llegar. Sus últimos seminarios se habían arrastrado mal que mal con una media docena, cada vez más diezmada, de habitués, solteronas e imbéciles, la clientela habitual de semigraduados de Letras. Seamos sinceros: en el último había tenido dos, y uno era Olivia.
    ¡Nadie! Era el fin, o una imitación perfecta del fin. Debería haber buscado otro tema, sus pelotudeces de siempre no atraían más, estaba pasado de moda, aburría. El ensayo, Barthes... Debería haberle hecho caso a Analía: ¡Otra vez El Ensayo! ¿Hasta cuándo? ¿Se creía que la gente era tan idiota? Se había quedado en la línea estetizante de los ochenta, y ahora todos estaban con Marx, con Rosa Luxemburgo , con Gramsci. Pero ni siquiera tomar la decisión correcta lo habría ayudado, porque él no sabía nada fuera de su restringida especialización. De hecho, todavía no estaba seguro de haber entendido a Barthes, ni de poder decir qué mierda era el ensayo.
    De pronto se le ocurrió algo a lo que se aferró con grampas, en su desesperación. Se lo sugirió la visión de sus zapatos empapados: no había venido nadie por la tormenta. Era una posibilidad. ¿Pero cómo comprobarlo? ¿Tendría que llamarlos por teléfono a sus casas y preguntarles? ¿Y llamar a quién?
    No. Estaba razonando mal, al revés de lo que debía hacer un buen ensayista. Debía bajar y pedir la lista de inscriptos. Era lo que debía haber hecho de entrada; en realidad necesitaba esa lista para tomar el presente. Muy bien. Se levantó, con un verdadero crujido, tomó el maletín del medio del charco, y salió.
    En realidad no había nadie en la Facultad, parecía un domingo. En el primer piso se topó con Ricardo Rincón Fox y gritó, cantarín y sonriente:
    No, no, no importa, gracias, chau.
    Quién sabe por qué había dicho eso. Ni él mismo lo sabía. Lo que sí sabía, aunque en ese momento estaba demasiado nervioso para pensarlo, es que el sentido siempre obedece a algo, real o virtual. En este caso sus palabras podían ser parte de una alucinación fugitiva, del relato de algo de lo más corriente. Por ejemplo él entrando en una papelería a comprar sobres vía aérea, con la vaga idea de mandarle una carta a alguien. El vendedor, que lo conocía, muy amable y servicial, descubría que se le habían terminado los sobres vía aérea y se deshacía en disculpas, para esta misma tarde le traigo... Y Giordano, liberado (de ahí ese tonito mundano), se iba, diciendo que no tenía la menor importancia.
    No era el caso, por supuesto, y Rincón Fox quedó bastante asombrado, pero no dijo nada. Su asombro no tenía posibilidades de prosperar, primero porque estaba desde hacía horas en estado de shock, como la mayoría de los rosarinos normales, con la catástrofe climática; y segundo, porque la mera visión de Giordano saliendo de la escalera y viniendo hacia él lo sumió en una perplejidad indescriptible. ¿Qué le había pasado? ¿Qué diablos le estaba pasando? Era de no creer.
    Para nosotros Alberto Giordano tenía una descripción equis, y nos ajustamos a ella sin sobresaltos, porque cuando empezó la novela ya era así: bajo, gordo, desaliñado, los ojos colorados, la barba de tres días. Pero Rincón Fox lo conocía de antes, de hecho lo veía todos los días, y lo conocía alto, delgado, atildado, de anteojos, etc., es decir por completo diferente. Con todo, lo reconoció, y fue eso lo que lo confundió. Pensó en un proceso que le había venido pasando desapercibido. Si ahora lo notaba, se dijo, era por la cojera. De eso sí estaba seguro que era una novedad, porque nunca en su vida había visto renguear tanto a un ser humano. El pobre Giordano venía bandeándose como si apoyara de un lado con el pie, del otro con la rodilla, más o menos. Y sin embargo las dos patas parecían cortadas con la misma medida.
    Como se precipitaron uno hacia otro (esa cojera tenía algo de acelerador) Rincón Fox no tuvo mucho tiempo de pensar, y se le cruzó por un instante que también la cojera había venido procesándose... Pero no le convenía seguir por ese camino, autoacusándose de distracciones, porque sería cosa de nunca acabar, un regressus ad infinitum. Con su formación científica, Rincón Fox no ignoraba que la distracción era un mecanismo crucial para la supervivencia; por un lado, el más generalmente reconocido, servía
    para evitar una sobrecarga eléctrica del cerebro, ya que la atención era un fenómeno de sinapsis eléctrica; por otro, mucho menos estudiado pero que él había elaborado en sus trabajos sobre tarjetas de crédito (era sociólogo) la distracción era útil para bloquear esa clase de atención que los organismos superiores pueden prestarle a los inferiores, que da por resultado casi automático la aniquilación; distraídos, pueden hacer honor al benévolo "vivir y dejar vivir". (La apoteosis de la distracción sería una mente de veras sobrenatural, como nunca ha existido, para la cual las maquinaciones humanas fueran tan imperceptibles como los átomos.)
    ¿Entonces por qué avergonzarse de haber estado distraído? ¿Por qué dar tantas vueltas antes de confesarlo? ¿Por cortesía nada más?
    Lo que pasa es que el problema está mal planteado así. En l a realidad la distracción , el olvido , todas esas cosas no existen. Son intervenciones de la ficción, útiles ellas también, pero si uno se las toma en serio, como en la cortesía, corre el riesgo de hacer discontinua su vida y caerse en los agujeros.
    ¿Qué te pasó, Alberto?
    A mí nada. ¿Por qué?
    Me pareció que rengueabas.
    ¿Ah sí? ¡¿Yo rengueaba?! ¿Y vos cómo viniste? ¿En avión? ¿O vivís aquí? ¿Viniste esquiando? ¡Te felicito! Yo vine patinando en el hielo, me caí ocho veces, me hice mierda la rodilla...
    Empezó a tocarse las piernas como si buscara huesos rotos que exhibir.
    Es una barbaridad -se apresuró a colaborar Rincón Fox-. Yo no sé qué puede estar pasando.
    "Yo sí", pcnsó Giordano, pero no lo dijo. Y no se refería al clima. Esa cojera era un efecto intermitente de sus abusos con la proxidina, una droga bastante peligrosa que estaba tomando desde hacía meses. Era uno de sus secretos mejor guardados, de los tantos que tenía, unos mejor guardados que otros. Y no porque fuera nada ilegal. Si tomaba la proxidina era por indicación de su médico. Los excesos que se permitía sí eran cosa suya, y se cuidaba de que el Dr. Oliva no se enterara.
    Tras una breve pausa le preguntó por los inscriptos de su seminario. Era la persona a la que debía preguntárselo, porque Rincón Fox era secretario académico.
    ¡Pero no hay inscriptos! ¿No lo sabías?
    No.
    ¿Y te viniste igual, con el frío?
    Te dije que no sabía.
    ¡Pero si ayer se lo dije a Analía! ¿Se olvidó?
    No me dijo nada. ¿Seguro que se lo dijiste?
    Dejame pensar... ¿Se lo habré dicho? Creo que sí, estoy casi seguro. Había varias personas, lo estuvimos comentando... En realidad te estuve buscando, pensé en llamarte, pero después me quedé con la idea de que se lo había dicho a Analía. Por supuesto quedaba hoy, podía haber habido inscriptos de último momento, así que igual
    era conveniente que vinieras.
    ¿Ah sí?
    En realidad tendrías que haber hecho una reunión con los candidatos para exponer el plan de trabajo...
    Giordano se había desenchufado. ¿Qué candidatos? ¿Qué plan de trabajo? Si él lo único que quería era que lo dejaran en paz. Y lo había logrado, para su desgracia. Proseguir esta conversación, o cualquier otra, era escarbar en la herida, hacer sangrar las humillaciones. Ya tenía bastante para rumiar: por ejemplo que Analía lo hubiera sabido antes que él y no se lo hubiera dicho, que lo hubieran estado "comentando", como decía este cretino. Lo asaltó la sospecha de que la noche anterior, en el restaurante, todos lo sabían menos él.
    Rincón Fox le estaba explicando que habría que hacer un acta, para dar por disuelto el seminario y transferir el puntaje... Pero él quería huir, cuanto antes mejor, porque sospechaba con sobradas razones que cada minuto que pasara de ahora en más en el edificio, tendría que lamentarlo.
    De pronto había gente circulando por los pasillos. No mucha, pero casi como en un día de clases corriente, que es lo que era.
    No, por supuesto que no le habían transmitido el mensaje. Ni Analía ni nadie. Lo sabían, y habían estado cenando con él, y no le habían dicho nada. Pero no debía sorprenderse. ¿Acaso le decían algo? Prefería no pensarlo, porque era aterrador. Su vida entera debía de transcurrir en esas ignorancias y malentendidos, y él sin darse cuenta. Lo consideraban demasiado inteligente, demasiado por encima del nivel de información, y cuando se dirigían a él adoptaban otro lenguaje, otros temas, daban por sentado que él ya lo sabía todo y hacían juegos de palabras, chistes, acertijos.
    ¿Demasiado inteligente, o demasiado idiota? Daba lo mismo. Le tenían lástima, se apiadaban de su manifiesta estupidez, y a esa conmiseración la llamaban "depresiones", las famosas depresiones de Giordano... Que habían terminado haciéndose muy reales. Justamente ahora, en este momento, estaba en puertas de una: lo sentía como quien mira el reloj, ve que son las cinco, y siente que dentro de una hora van a ser las seis; así de clara era su anticipación. Toda esta parte de la historia, desde que había mirado su reloj en el aula 111, había sido argumento de esta premonición: caería en otra de sus famosas depresiones, unos asuntos engorrosos y paralizantes que le duraban semanas. Nunca estaría más justificada que esta vez, con la falta de alumnos, la suspensión forzada de su seminario anual, los largos meses de inactividad que lo esperaban. Pero quizás, aun dentro de su realidad adquirida, no se trataba de depresión. Si él era realmente demasiado idiota hasta para sostener el lenguaje de todo el mundo, su estado podía ser otra cosa: la mera melancolía de la raza inferior, del condenado por toda la eternidad a ser menos que todos los demás.
    Era hora de irse. Empezó a hacerlo, con la pata paralizada, como quien cambia de lugar el ropero y la cama en su pieza. Su amigo parecía apiadado:
    No te lo tomes a pecho. Qué más querés: cobrás sin trabajar.
    Sí, sí. Es mejor. No había preparado nada.
    Pensá la clase de boludos que podrían haberse inscrito. No vayas a deprimirte.
    Chau Ricardo.
    Chau Alberto.
    Qué tiempo loco.
    ¿Vamos a tomar un café?
    Bueno.
    Esperame abajo. Voy a sacar unas fotocopias.
    En la escalera, con quién se cruza: con Olivia.
    Discúlpeme pero no me pude anotar en su seminario porque los viernes tengo kinesiólogo, si lo hubiera sabido tomaba turno otro día.
    No se preocupe señora, el seminario se suspendió.
    ¿Hasta cuándo?
    Definitivamente.
    ¿Por qué?
    No hubo inscriptos.
    Era mejor decir la verdad. Ella acentuó esa cara atónita que tenía ya de por sí, y se quedó mirándolo como si esperara una explicación. Giordano no lo pensó, porque ya no pensaba nada, pero en realidad qué mala suerte especial toparse con ella justo en ese momento. Porque Olivia iba muy poco a la Facultad, ya casi no se la veía, él mismo
    hacía meses que no se la encontraba.
    Qué penadijo la mujer con un retintín interrogativo.
    Todo el mundo, en el grupo de teóricos sofisticados en el que se movía Alberto Giordano, se reía de Olivia, la tenían por una especie de retardada extravagante, y cuando aparecía en un curso o seminario o coloquio de los que ellos siempre estaban organizando, se resignaban a soportar sus intervenciones exasperantes, que eran las que podría hacer una niña maleducada de cinco años. Era una señora de la alta sociedad, muy rica, en su juventud había sido una famosa cantante, tras el seudónimo "Olivia", que le había quedado. Hasta dos o tres años atrás había sido la más asidua e irritante concurrente a toda actividad extracurricular en las áreas de Letras y Filosofía, últimamente había estado más retirada. Quién sabe qué hacía hoy aquí.
    ¿A qué vino?le preguntó Giordano. Se le ocurrió que debería estar con el kinesiólogo.
    Ella no respondió más que con una sonrisa que pretendía misteriosa, pero era apenas absurda, uno de sus tantos absurdos. Subió un escalón mientras él bajaba uno, con su vaivén de marejada, tan pronunciado después de la pausa (había perdido el ritmo) que Olivia hizo una maniobra espasmódica para que no la atropellara. Acentuó su sonrisa y alzó el bastón mostrándoselo:
    Los años no vienen solos-dijo.
    Vieja chota, pensó Giordano con odio.
    ¿Ah no? ¿Y cómo vienen?
    Qué imprudente, hacerle esa pregunta. Olivia podía querer envolver en el misterio la cita a la que acudía, pero no le importaba atrasarse todo lo que fuera preciso, si eso le permitía hablar y carcomer la paciencia de alguien. Hablaba pausado y, cosa curiosa en alguien que había subyugado a tres generaciones latinoamericanas con sus canciones, tenía una voz muerta, sin armónicos.
    A los años hay que ir aprendiéndolos de memoria, profesor Giordano, y es un trabajo que lleva mucho tiempo. Porque usted vive, y por supuesto no sabe qué son los años. Pero poco a poco, con el paso de la vida, empieza a notar que hay cosas que se repiten. Cosas muy sutiles y que exigen la máxima atención. Porque en un clima tropical las diferencias climáticas de una estación a otra son muy delicadas: el canto de un pájaro que ha cambiado una nota, el color más brillante de una de esas flores que tenemos siempre iguales ante los ojos como si fueran de plástico, o el espesor de la lluvia o la lentitud del viento... Somos nosotros los que hacemos los años a fuerza de atención. Por eso dije que no vienen solos.
    Giordano no la escuchaba, por el ruido a hervor que hacía su odio. ¿Por qué nunca la mandaba a la mierda a Olivia? ¿Por qué no lo hacía nadie? ¿Eran robots de la cortesía? Tampoco esta vez se atrevió. Se limitó a una indirecta venenosa:
    ¿Y usted los combate con la kinesiología?
    ¡Me descubrió, Giordano! Le dije una mentira blanca. La verdad es que voy al quiromántico.
    ¿No va al kinesiólogo?
    ¡No, qué voy a ir! De qué me serviría a mí. Yo tengo dos vértebras separadas, pero eso no se arregla con masajes. Y además no me trae problemas, salvo que esté mal sentada mucho rato.
    Todo eso lo iba diciendo muy lento, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y hacía pausas para intercalar su sonrisa absurda; por ejemplo hizo una después de "mucho rato", lo que podía ser una alusión a las clases de Giordano, a tantas de las cuales había asistido. Si la alusión existía, podía cerrar el círculo abierto con "de qué me serviría a mí".
    Ahora estaba en el lector de palmas. ¿De qué le servía eso? ¿Acaso su destino no se había realizado ya?
    Están los destinos ajenos, profesorse respondía a sí misma. Yo aprendo. No es por alabarme, pero en tres sesiones ya creo saber cómo se leen las palmas. Permítame
    su mano izquierda.
    Giordano se la dio.
    Es muy simpledecía Olivia siguiendo las líneas con la punta del dedo pero sin tocarlo. Todas son líneas de la vida, no hay que complicarse. Eso del "hígado", del "corazón", son todas macanas. Las líneas, por ser líneas nomás, son de la vida. Ahora bien, en las líneas lo que importa es la dirección: todas van hacia afuera, hacia el lado del pulgar. Tome ésta. ¿Ve dónde termina? Este punto casi en el borde significa matrimonio.
    ¿Ahí, al final?
    Sí.
    Pero entonces el matrimonio va a estar al final de mi vida, como en los casamientos in articulo mortis. Y yo ya me casé, hace años...
    Eso sería si las líneas fueran estáticas, pero no lo son. Están retrocediendo todo el tiempo, ahora ésta va a volver hacia la muñeca, con lo que el matrimonio, al final, va a quedar en el punto de partida y desde ahí va a suceder su vida, ¿entiende?
    "¿No debería haber empezado ya?", pensó Giordano. Su matrimonio no databa de ayer. Con todo, debía reconocer que el método le gustaba. Estuvo a punto de agradecerle la lección a Olivia, pero después lo pensó mejor, y su desprecio prevaleció. Entonces hizo algo que no había hecho nunca, ni volvería a hacer. Quién sabe cómo pudo. Apartó la mano, la vista, y siguió bajando sin despedirse. Se atrevió. Por supuesto, Olivia no se iba a ofender, para eso estaba loca.
    Pero fue algo que cortó en dos la vida de Alberto Giordano. Hubo un antes y un después del día en que se animó a ser brutal. La cortesía en él era más que un hábito o una defensa. Era la forma que tomaba la irrealidad de su vida. Del otro lado, en el territorio que nunca había hollado, estaba la realidad.

 

de "Los Misterios de Rosario", de César Aira. © 1994 César Aira, © 1994 Emecé Editores, Buenos Aires.

 

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