CÉSAR AIRA
 

Embalse
(FRAGMENTO)

 

Una tarde, a la hora incierta en la que Martín tomaba su vaso de whisky esperando que se hiciera de noche, llegó hasta la misma puerta de la casa un Mercedes azul, último modelo, un auto de aspecto tan poderoso y opulento, con el motor ronroneando bajo, que se hacía difícil imaginarlo deslizándose a la velocidad de un gusano por esa huella espiralada que subía hasta su casa: después del taxi que los había traído desde la terminal de ómnibus el día que llegaron, era el primer auto que subía hasta este punto (por el otro lado, por el "pueblito", se subía mucho más alto, casi hasta la cima). Un solo personaje venía adentro, el conductor; el auto frenado, el motor apagado, no soltaba las manos del volante, y se inclinaba a mirar de soslayo, pero con una especie de impudicia malévola, en dirección a Martín, sentado sumamente incómodo en ese momento en su reposera. La cara tenía algo de idiota. Habrán estado unos quince segundos en esa impasse. Al fin, el desconocido se bajó y dio la vuelta al auto, en dirección a la escalera de la galería. Era un hombre de unos cuarenta años, extraordinariamente apuesto y vestido con la mayor elegancia lo que no impedía que algo muy desagradable se desprendiera de su presencia. Cuando habló,
   ¡Pensé que eras Carlos Lennon!, lo desagradable hizo una rápida floración. Era una voz aguda, un acento afeminado, que expresaba un pensamiento chillón, demasiado seguro de sí mismo. Martín se había puesto de pie, y comenzó a balbucear la explicación habitual, o sea: que alquilaban la casa, mientras los dueños este año habían ido a veranear a Brasil, etcétera. El desconocido le dio la mano, una mano fortísima y a la vez huidiza, mientras se presentaba:
   César Aira, el "distinguido escritor", ja ja.
   La risa era un cloqueo agudo y chocante.
   A Martín, por supuesto, el nombre no le decía nada. El individuo ya estaba hablando (hablaba todo el tiempo) desordenadamente y casi a los gritos; le decía que ya estaba al tanto del paradero de los Lennon, que alguien le había dicho que la casa estaba ocupada y había sospechado que habían venido a pesar de todo por haberse enterado de que él estaba en Embalse, y que en la media luz lo había tomado por Carlos Lennon, al que ahora veía que Martín no se parecía en absoluto, etcétera. Martín notó con cierta sorpresa (debida a que a él también el whisky, los sorbos que había atinado a tomar antes de la interrupción, le habían hecho cierto efecto) que Aira estaba borracho; se preguntó si no sería, más que alcohol, el efecto de alguna droga. Estaba aturdido. En ese momento salía Adriana, a la que el "escritor" se presentó con desenvoltura. Martín pudo ver el efecto que producía en su esposa: un horror indescriptible. Se quedaron más o menos paralizados mientras él siguió perorando unos minutos. Terminó invitándolos a visitarlo en su casa, que estaba, dijo, "ahí nomás", en el "pueblito". Lo más increíble fue que empezó a pasearse por la galería, y llegó al borde desde el que se veía el patio lateral, donde en ese momento estaba Franco jugando con Félix García, y Karina con el bebé en brazos. Fue inmediatamente a saludar a todos:
   ¡Félix, Félix, felices los ojos que te ven!
   El chico le dio un beso.
   ¿Y vos cómo te llamás?
   Franco.
   Le dio un aparatoso abrazo.
   ¡Hola Karina! ¿Qué hacés aquí? ¿Y esa preciosura? ¡Parece de plástico! ¡Qué placer inenarrable me provoca ver una criatura con los ojos abiertos! ¡Pero los tiene cerrados! ¡Recién me doy cuenta!
   Así siguió un momento. Al fin se despidió.
   Cuando quedaron solos, Adriana le preguntó a Karina si lo conocía (él la conocía a ella, eso había sido evidente, lo mismo que a Félix García).
   Es un señor medio loco que tiene una casa preciosa.
   Adriana (aparte, a Martín):
   Espero que no vuelva a molestarnos.
   Nunca se habrían imaginado que al día siguiente al mediodía iban a estar en la casa de Aira comiendo un asado. Les fue imposible negarse. Vino a buscarlos en su auto a media mañana, mucho más apaciguado, casi amable. Les hizo llevar los trajes de baño. En un santiamén estaban en su casa, en medio del "pueblito", bastante oculta, disimulada. Era una soberbia mansión en medio de un parque arbolado, con altos muros que la escondían, una gran pileta de natación, y abundante servidumbre. Para su gran sorpresa, el individuo tenía una esposa e hijos. Se ocupó todo el tiempo de ellos, con una obsecuencia molesta, sobre todo porque había en ella una sombra de ironía, o quizá les parecía. Tanto hablar, era inevitable que algo de su carácter se hiciera visible. Y no era tan malo como parecía a primera vista. Por lo pronto, Martín tuvo la certeza de hallarse ante el hombre más inteligente que hubiera conocido nunca. Los ojos demenciales de Aira, de pupilas deformadas por la contracción, lo traspasaban, le desnudaban todos sus secretos. En traje de baño, mostraba un cuerpo simplemente perfecto, de adolescente, y también de atleta. Era la voz afeminada, la sobreexcitación, lo que traicionaban su desequilibrio. Lo primero que hizo fue regalarles ejemplares de todos sus libros, a los que se tomó el trabajo de ponerles una dedicatoria distinta a cada uno.
   Parecían ser novelas y Martín jamás abrió uno.
   "No hay nada que hacerle", pensaba tumbado en el borde de la pileta tomando el sol, "el pez por la boca muere". Pues por el solo sentido de la vista nadie que viera tan espléndidos ejemplares como los que constituían esta familia, y el lujo en que vivían, se habría dado cuenta del grado de desequilibrio de su jefe. Pero quizás eran felices. "Cada familia es un mundo."
   El asado lo preparó un cordobés de edad, probablemente casero o jardinero, y a la una se sentaron en un comedor ultramoderno en cuyas paredes había cuadros de Castagnino, Soldi y Forte. Aira tomó tres botellas de vino él solo, y media de coñac en la sobremesa. Cada media hora desaparecía y volvía bailoteando, con los ojos brillantes; era obvio que tomaba cocaína todo el tiempo. Las sirvientas estaban uniformadas, la vajilla era de porcelana traslúcida, las copas de cristal (el hijo mayor de Aira, un niño de unos diez años con rasgos achatadosde mulato, rompió la suya), y los cubiertos tenían mango de cuerno tallado en cola de sirena. Por un sistema disimulado de parlantes tenían que oír lamentablemente una fuertísima música de jazz moderno, demasiado moderno.
   El anfitrión terminó dormido en un sillón de la sala, donde habían ido a tomar el café, y la esposa los acompañó a la puerta cuando se fueron. Los invitó a venir cuantas veces quisieran a bañarse en la pileta; le agradecieron efusivamente, porque no tenían la menor intención de volver. Se fueron caminando los doscientos o trescientos metros que los separaban de su casa, y Martín tuvo la satisfacción de oír de boca de Franco un comentario insólitamente agradable: "Ese hombre es más lindo que vos, pero vos sos más bueno." Lo alzó y lo besó. Las manitas que Franco apoyó en sus hombros le parecieron perfectas; lo pequeño del niño era simplemente perfecto, literalmente, dentro de los límites de la perfección realista que existía en lo humano. Eso, pensó rencoroso, Aira no lo logrará jamás, con su obra maestra "grande", adulta, su cuerpo de Apolo, sus "exquisitas ebriedades", y ni siquiera con su inteligencia porque una gran inteligencia es un bello cuerpo a priori. De todos modos, esos sentimientos reconfortantes no impidieron que otro bastante negro fuera apoderándose de él. Jamás había sospechado que en aquel lugar, tan pobre y apartado, se ocultara ese enclave de la alta sociedad. ¡Había tanto que ignoraba! Creía haber pasado frente a esa casa cien veces, sin verla. Adriana iba rígida, dura como un palo, del placer. Era un esnob, pobrecita. Nunca habían estado en una casa de ricos, nunca los habían visto tan de cerca. Martín creía poder leerle el pensamiento letra por letra. Tendría mucho que contarle a sus amigas; ya se lo estaba contando in pectore, podía jurarlo.
   ¡En ese momento tuvo un sobresalto de espanto! ¡¿Y el bebé?! ¡Se lo habían dejado olvidado en alguna parte! Apenas un movimiento espasmódico habría traducido, para alguien muy observador, esta duda repentina, pues no alcanzó a hablar, en parte por la paralización aterrorizada, y ya se había acordado que lo habían dejado durmiendo en casa, en su moisés, al cuidado de Karina, esa jovencita proclive a que uno se olvidara de ella.
   Claro que, al margen de todas las más firmes decisiones, nunca debe decirse "de esta agua no he de beber". Si bien no volvieron a esa casa, no se salvaron de la compañía de Aira en dos ocasiones más (la segunda fue "la segunda cosa importante"), en los dos días que siguieron. Sólo después se vieron libres. La primera de estas ocasiones fue una excursión a La Cumbrecita. ¿Cómo pudieron aceptar su invitación impromptu? Sobre todo Martín, ¿cómo pudo ser tan imprudente? Se lo preguntó después, atónito (después, y durante), sin dar con la respuesta. Realmente los tomó por sorpresa, como parecía ser su método. Cayó al mediodía, solo. Adriana ya tenía preparado algo de comer, estaban por sentarse a la mesa aunque era temprano. Algo había dicho el día anterior, Adriana, de su intención, o más bien deseo vago, de conocer La Cumbrecita, tan afamada por el paisaje. El loco le había tomado la palabra. Cómo fue que Martín aceptó ir, nunca lo supo (le quedó un agujero en la memoria en ese preciso punto), pero fue convencido. En una hora, dijo Aira, estarían en Villa General Belgrano, y podrían almorzar allí. Después harían el paseo, y a las cinco de la tarde a más tardar estarían de vuelta. Los dos niños dormirían la siesta mientras tanto. Adriana le dio instrucciones a Karina para el almuerzo de Franco y el biberón del bebé; en realidad, dormirían con más certeza si ellos no estaban presentes. Subieron al auto y se fueron.
   Aira manejaba como un energúmeno en la ruta, como si quisiera matarse y terminar de una vez con esa comedia indigna que representaba. En medio del dique alguien les hizo señas (estaban esperándolos, de esto Martín se dio cuenta después, todo había sido preparado, justamente, como una comedia) y el auto frenó con violencia. Eran dos maricas en shorts, que se pusieron a chillar de deleite y a hacer bromas con el conductor, inclinados contra su ventanilla, empinando escandalosamente los traseros del lado de la ruta, sin miedo a los autos que pasaban rozándolos. Terminó invitándolos, y se metieron sin más en el asiento trasero, con Adriana. El disgusto de Martín llegó a un extremo de intensidad. Esto aclaraba muchas cosas, pensó con una fatuidad que le repugnó a él mismo pero estaba en un estado en que no podía hacer, ni en lo más recóndito de su conciencia, cosas elegantes. De modo que la familia de este farsante era una fachada: tenía una doble vida. Debía habérsele ocurrido antes. Pobre Adriana, atinó a pensar: su esnobismo caía en ruinas, ni siquiera ese modesto sentimiento servía de excusa para estar aquí. Porque estos dos individuos eran vulgares, lumpen. Le sorprendió, con todo, que ella les siguiera la conversación. Era muy adaptable. No se podía creer lo afeminadísimos que eran, y al mismo tiempo groseros, para nada virginales, ni de ruborizarse. Eran como mujeres chabacanas. Aira se había encendido, no les sacaba la vista de encima, por el espejo retrovisor; hubo toda una serie de bromas sobre "locas" de la zona y episodios horribles y vergonzosos. Ellos dos se multiplicaban, como auténticos nidos de víboras, con una gesticulación, unos modales... Ante esa flexibilidad insólita, Martín y Adriana quedaban como figuras toscas de madera, esquemas de persona. No bien se habían sentado sacaron cigarrillos de marihuana, y muy pronto el aire adentro del auto se hizo irrespirable; los invitaban con insistencia, a cada ronda, por supuesto, pero ellos se abstuvieron. Había asimismo una botella de coñac y unas copitas. Las sacaron de un barcito atrás; por lo visto viajaban mucho en ese auto. De eso sí Martín tomó, y no tardó en sentirse mareado y descompuesto. Todo se le empezó a confundir. La ruta, los grandes micros que superaban a toda velocidad, las sierras asadas al sol. La charla era de una frivolidad espantosa, sobre ropa por ejemplo.
   Almorzaron en Villa General Belgrano, con gran cantidad de cerveza que terminó de descomponer a Martín. El camino de tierra que recorrieron luego, los saltos del auto, completaron el mareo. El sitio al que iban, La Cumbrecita, famoso refugio de nazis, estaba en plena montaña. Era una pesadilla hecha realidad. Lo que veían no era la realidad de lo que había, pues la clave del lugar era la ocultación, una localidad antiturística que sólo llegaba a existir pasando la violencia del camino malísimo, la hostilidad de los habitantes, que Aira y sus amigos maricas atizaban sacando un brazo por la ventanilla y gritando un Heil! cada vez que se cruzaban con alguien.
   Al trío el paisaje le pareció "divino". A él no le pareció nada, una confusión horrenda de altos y bajos, con un sol impiadoso mientras adentro del auto, con el aire acondicionado al mango, tiritaban.
   De pronto se había hecho el crepúsculo, y volvían a toda velocidad. La puesta del sol, los rojos discontinuos del cielo, volvían más confuso el horrible rompecabezas. Había sido una pesadilla.
   Por lo menos, conocimos le dijo Adriana cuando estuvieron de vuelta en la casa. Siempre decía lo mismo, tenía ese consuelo.
   Nunca más quiero ver a ese idiota.
   Adriana no dijo nada. Estaba de acuerdo, por supuesto, porque para ella tampoco había sido un paseo agradable, pero quizás objetaba la palabra "idiota". En todo caso, era un idiota demoniaco.
¿Cómo fue, entonces, que al día siguiente volvieron a cometer el mismo o parecido error? A media tarde se les apareció Aira, con el auto cargado de niños, los suyos y algunos vecinos, entre ellos nada menos que Félix García. El entusiasmo de Franco, por su amigo y por la índole de la invitación, les hizo imposible negarse. Además, se suponía que sería sin maricas, los niños eran una especie de protección. Se trataba de hacer un paseo en barco, en el barco de Aira, que estaba anclado ahí nomás, en el Club Náutico. Allá fueron. Karina se quedó con el bebé.
   El barco era el más grande de los anclados en la minúscula bahía del Club Náutico; en realidad, los demás quedaban en comparación reducidos a trémulas lanchitas; era un yate de casi demasiada magnificencia para las aguas de poca monta del lago. "Por lo menos", pensó Martín, "tendremos lugar." Los niños subieron con un violento griterío. Aira los obligó a ponerse a todos chalecos salvavidas antes de levar anclas. Él mismo conduciría. Antes, quiso mostrarles a sus invitados las comodidades. Había unos coquetos camarotes, todo con decoración ultramoderna y gruesas alfombras, y, por supuesto, un bar casi excesivamente provisto. Insistió en hacer un brindis. Martín y Adriana se excusaron, por temor a que el balanceo, que probarían por primera vez en sus vidas, los descompusiera. Él se rió con sus chillidos agudos, y comenzó a beber. Un minuto después, con los motores en marcha, salían de la bahía, Aira al timón, hermoso como un dios heleno, siempre que se lo mirara, por ejemplo, de costado y en algún raro momento en que no estuviera hablando. Un vaso de whisky en la mano, y, seguramente, en las venas una cantidad de sustancias que debidamente fraccionadas podrían haber levantado la moral a una muchedumbre.
   Partieron. La salida de la pequeña bahía fue un momento emocionante para grandes y chicos. El lago, al fin visto a nivel, mostraba grandiosas perspectivas, una verdadera pista de patinaje para todo. Se sentían los tripulantes de un acogedor y tranquilo pato de bello plumaje. Aira soltaba unos "yahoooo" amanerados y sacudía la mano con el vaso de whisky, salpicándose a sí mismo. Parecía bastante práctico en la manipulación del timón, pero de cualquier modo había un matiz amenazante en su pericia ebria. Sea como fuera, la novedad de la navegación se agotó enseguida, después de los primeros cientos de metros, y se volvió un trayecto como cualquier otro. La superficie del lago invitaba al deslizamiento. Aira parecía relajado y feliz. Se daba vuelta y les hacía algún comentario idiota a Adriana y Martín, sonriendo. Demasiado idiotas, en realidad. Era una tarde perfecta, quieta sin pesadumbre, luminosa sin deslumbramientos, suavemente misteriosa, vigorizante. ¿Aira se especializaría en lo perfecto? ¿Todo lo suyo tendría esta peculiaridad?, se preguntaba Martín. Sin embargo, la sodomía, el alcohol, las drogas, no eran señales de perfección, todo lo contrario. Y las palabras que salían de su boca, menos. El universo era una ópera de serenidad y delicadeza; los gritos del capitán, el gran soprano, eran la discordancia. Por eso debían de gustarle esos pianistas de jazz vanguardistas, atonales, ruidosos, aburridísimos y a la vez ensordecedores. Hacían resaltar, en cierta forma, la belleza de lo exterior. Se alejaban de la costa siguiendo una perpendicular. En línea recta, quizá, pero más probablemente en un gran arco. No tardaron en hallarse en lo que parecía "el medio" del lago, aunque la forma de éste era sumamente irregular. El horizonte estaba marcado por las extrañas líneas de la costa, las montañas lejanas, el alto mirador de los hoteles. Apagó el motor, y se hizo un espléndido silencio. Vino a sentarse con ellos en la popa, con el vaso nuevamente lleno y una lata de cerveza; les convidó sendas latas a sus invitados. Los niños, entusiasmados, querían pescar. Al parecer había un compartimento lleno de aparejos, pero Aira se negó con firmeza extraña en un carácter tan voluble. Les propuso un juego que, a priori, los divertía muchísimo más. Aparte de sus innumerables defectos, tenía una virtud principalísima: entendía a los niños, mucho más de lo que éstos creían que se los podía entender. Les propuso que arrojaran cubitos de hielo al agua. ¡Gran entusiasmo! En efecto, no hay chico al que no le interese arrojar piedras al agua, y en este caso, a falta de piedras, que no habían tenido la previsión de cargar, los cubitos eran un buen ersatz, y más aún, una variación que renovaba lo apasionante del ejercicio. La provisión de cubitos, ya cuadrados, ya redondos, que había en el barco, era inextinguible. Los hijos de Aira, que conocían el sistema, se ocuparon de traer un cuantioso tarro lleno, del que los otros echaban mano. Comenzó el bombardeo. Aira se reía a las carcajadas haciendo comentarios con Martín y Adriana, pero no comentarios que vinieran a cuento, que tuvieran algoque ver con nada, sino, con su voz aguda y pedante, exclamaciones del tipo "¡La vida es una pompa de jabón Lux!", todo acompañado de estridentes carcajadas. Su puerilidad parecía enorme, pero sólo parecía. En realidad, tenía la execrable costumbre, Martín sólo ahora se apercibía de ello, de tratar como niños a todos los que no eran tan ricos o tan "buenos escritores" como él, de abrumarlos con bromas imbéciles, de nivel infantil, ésa era la cara oculta de su comprensión de los niños, o mejor dicho, lamentablemente, nada oculta: visible. En Martín se había manifestado algo opuesto al mareo violento, de tipo vertiginoso, de la excursión del día anterior: un mareo postergado. En realidad era la forma más corriente de mareo, el lentísimo, que presenta síntomas sólo cuando han cesado los motivos que lo producen. Pero antes los síntomas no dejan de hacerse notar, y con bastante fuerza. De cualquier modo, tenía el suficiente aplomo como para seguir consciente. Incluso fueron a la borda, a ver cómo arrojaba Franco los cubitos (tenía las manos violetas). Al asomarse Martín, oyó claramente unas voces, de hombre, pero absurdas y caricaturescas, que salían del agua:
   He hecho todo lo posible por evitar el triunfo de los Deceptikons.
   La explosión es inminente.
¡Evacuar la Base Alpha!
¡¡Adiós, mundo cruel!!
Su sacrificio no ha sido en vano.
Su sacrificio ha sido en vano.
La raza de los Eyebots es eterna.
   Y así seguía, todo combinado con explosiones, zumbidos de naves. Pensó que habría un televisor encendido en uno de los camarotes, pero Adriana, que se había asomado al lado suyo, hizo extrañada el comentario de que las voces salían del agua.
   ¿No lo sabían? dijo Aira con sus habituales agudos de suficiencia. Todo el lago se ha transformado en un enorme transmisor del audio de la televisión. Eso sucedió hace unos meses, cuando instalaron una antena para la repetidora de Embalse. La gente de por aquí es loca por la televisión...
   Nunca lo habíamos oído... atinaron a decir.
   Sólo a partir de cierta profundidad empieza a oírse.
   Efectivamente, durante el resto del paseo oyeron todo el tiempo las voces. Debía de haber también una transmisión de las imágenes (era imposible que hubiera una cosa sin la otra) pero no vieron nada.
   Cuando los chicos se aburrieron de tirar cubitos, volvió a poner en marcha el motor y dijo que harían un recorrido por una de las costas más pintorescas y más salvajes del lago. Enfilaron en una dirección. La costa, a medida que se acercaban a ella, se deformaba, se estiraba, formaba una suerte de fiordo, y de pronto se perdía de vista, o reaparecía tan lejos como al principio. El contorno del lago tenía muchas formas. Era bastante entretenido, hasta que de pronto Aira, con sus ojitos punzantes, de pupilas minúsculas, divisó algo, que para Martín era poco menos que un punto, y apagó inmediatamente el motor. Quedaron en silencio.
   Es la barcaza del profesor Halley dijo Aira.
   Bajó por la escotilla, y volvió a subir al cabo de un minuto con un enorme largavistas en la mano. Lo graduó cuidadosamente y se puso a mirar. Los niños preguntaban por qué habían parado. No les respondió.
   Ese viejo choto murmuró, quién sabe qué inmundicias está haciendo.
   Bajó el largavistas:
   ¿El profesor Halley?
   Me parece que vamos a volver por donde vinimos. Me pone "la carne de gallina" ese "vecinito" que tenemos.
   Le tendió el largavistas. Martín estuvo tratando de enfocar el punto lejano que suponía era la barcaza del Profesor, pero tan sofisticado era el aparato que no pudo hacerlo. Prefirió no decir nada y hacer como si hubiera visto.
   Mientras tanto, Aira hablaba:
   ¿No conocen esa historia de Halley y Newton? La leí el otro día en el Anteojito. Halley, el astrónomo, fue a ver a su amigo Newton para ver si podía ayudarlo con un problema dificilísimo, y el otro lo resolvió en un momento. ¿Cómo hiciste, hijo de mil putas?, le preguntó. Con un sistema que inventé cuando era estudiante, le dijo Newton. Había inventado el cálculo diferencial, y lo había dejado en sus cuadernos, ¡lo usaba para hacer sus cuentas en privado! Esa clase de cuentos es típica de la historia de la ciencia, y a la gente ¡les encantan! No se dan cuenta de la dosis de terror que tienen, porque el efecto se da siempre con la muerte. Por suerte mis contemporáneos se dieron cuenta de que soy un genio, ja, ¡en vida! De otro modo me habría visto... pudriéndome... una carnaza colgada del techo... la res carneada durmiendo en las telarañas... ja Engulló un cuarto de litro de whisky en un trago. Por eso yo he optado por la frivolidad total, ¡pero total! Por otro lado, siempre son mitos. ¿Quién sabe lo que es el cálculo diferencial? Ja ja ja.
   Martín lo sabía (era licenciado en matemáticas) pero no se lo dijo. Por el largavistas vio una cosa curiosa: una bandada de pájaros volando muy rápido, sobre el fondo verde, al pasar por una línea vertical desaparecía, como si se hubiera esfumado en el espacio. Obviamente los había ocultado el follaje, que en el achatamiento de la distancia que producían los vidrios de aumento parecía un fondo liso.
   Cómo deforma las cosas este aparato, por la distancia comentó.
   ¡No me digas que a Halley lo estás viendo con la cara de Newton, ja ja ja!
   Después de esta tontería, fue a poner el motor en marcha, dio una vuelta en U, y volvieron, bordeando lejanas costas, llenas de casitas. Un espectáculo delicioso; Martín pensó que si él tuviera un barco, haría este recorrido todos los días. Además, caía la tarde, era la hora más hermosa. Resultaba un sueño hecho realidad estar allí, en medio del lago. Hubo otro alto, el "capitán" vino a sentarse y beber, más y más. Y decir sandeces. Qué triste era todo.
   Pensando en estos tres encuentros atroces, sobre todo en el último, el del barco, que había tenido sus momentos agradables, Martín se decía que el resultado no debería haber sido tan negativo para él. Adoptando la actitud de su esposa, podía decir: "por lo menos, conocimos". Eso no podía negarse: la novedad de lo que había pasado. Pero algo había quedado en él: el disgusto del descubrimiento. Había muchas cosas que lo deprimían, antes o ahora o después: siempre que pensara, siempre que estuviera vivo. En él se combinaban las desventajas del hombre histórico, y las del hombre ahistórico; y no tenía ninguna de las ventajas de los dos. Lo peor que tenía toda esta secuencia, era el quantum de realidad. Lo peor, y podía decirse, lo único. Era como cuando uno se decía: "Sucedió lo que yo más temía." ¿Pero acaso eso no puede decirse siempre, no es la cantinela que acompaña a la vida toda, como una inexorable música de fondo? Que hubiera alguien inmensamente rico, y hermoso, e inteligente, y vicioso, y que fuera real, real de veras, tangible, vecino... Como una fantasía que se corporeizara. Eso podía envenenar incluso la mejor disposición.
   Martín, que no sabía nada de literatura, no creía que, dijeran lo que dijeran, Aira pudiera ser un verdadero artista. Le faltaba lo principal: la simplicidad.
   No lo volvieron a ver nunca más. Unos días después, Isabel García le comentó a Adriana que la familia entera se había marchado, pues Aira había tenido que viajar de urgencias a Europa a recibir un importantísimo premio literario de manos del Rey de España, gran amigo suyo por lo demás (jugaban en el mismo equipo de polo).

 

 

de "Embalse", de César Aira. Publicado por Emecé.© 1992

 

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