Amanda y Eduardo

 

Amanda y Eduardo

Elenco, por orden de aparición

Amanda
Carolina Fal
Elvira
Analía Couceyro
Leonardo
Manuel Gil Navarro
Chofer
Martín Urbaneja
Don Camilo
Aldo Braga
Eduardo
Juan Palomino
Elena
María Socas
Doña Flora
Marita Ballesteros
Alicia
Dolores Fonzi
Tito
Nicolás DAgostino
Micho
Santiago Pedrero
Damián
Joselo Bella

Música
Violonchelo
María Cecilia Sáenz
Computadora y procesos
en tiempo real
Ignacio Maldovan Bonelli
Cantante en cinta
mezzo soprano
Silvia Davini

Coordinación de producción
Lorenzo Juster

Asistencia de dirección
María Marta Leiva

Asistencia artística
Manuel Gaspar

Asistencia de escenografía
Cecilia Zuvialde

Música y diseño sonoro
Oscar Edelstein

Iluminación
Jorge Pastorino

Escenografía y vestuario
Oria Puppo

Dirección
Roberto Villanueva

Agradecimientos: a la carrera de Música Electroacústica de la Universidad Nacional de Quilmes y a su proyecto de investigación Música y Drama, nuevas dimensiones en performance.


Sala Cascuberta
Teatro San Martín
Temporada 2001

 

La obra
Esta pieza, Amanda y Eduardo -ignoro si por injusto resentimiento de índole misteriosa, por místico silencio de penitencia, por inmerecida condena, o quizás para hamacarla a solas en mi regazo-, la edito hoy por primera vez cuenta Armando Discépolo en el prólogo del tercer tomo de sus Obras escogidas que publicó el sello Jorge Álvarez en 1969. Fue estrenada por Camila Quiroga en el Teatro Barcelona, de Barcelona, en 1931, cuando España se hizo república, y en 1932 en el Teatro Odeón de Buenos Aires con Iris Marga, Mecha Ortiz, Miguel Faust Rocha, Mario Danesi y Gloria Ferrandiz. Va al libro sin tocar de su texto una sola palabra, sin modificación alguna, intacta, pues esta obra que escribí cuando tenía cuarenta y tres años me parece hoy -cerca ya de los ochenta- que, en la dificilísima sencillez de su forma logra la hondura geométrica de la vertical.
Acertada decisión, la suya. Amanda y Eduardo es un producto redondo e inalterable. Hombres y mujeres siguen uniéndose casi exclusivamente por amor, temor o dinero. Siempre habrá alguien que bese y alguien que no acerque la mejilla. Siguen, sin solución a la vista, las secuelas de la pobreza y la marginación. Y en tanto se mantengan rígidamente asentadas las clases alta y baja, los que están en el medio seguirán mirando a una y otra con miedo de caer o ganas de subir. Este es, quizás, el subtexto presente en este idilio en nueve cuadros , la única obra en que Discépolo bucea profundamente en la psicología femenina.
La historia es clara y tiene referencias precisas. Amanda, soltera, de veintiséis años, es la glamorosa y mimada mantenida de un estanciero sesentón y sin compromisos al que soporta porque es -lo que se entiende por- un caballero y porque con la generosa cuota que él le da paga sus lujos y, a la vez, protege con largueza a su familia. En el Buenos Aires de las primeras décadas del siglo pasado, el suyo no era un destino excepcional. Como sus hermanos menores, había nacido en la estrechez, hija de un padre incapaz de hacerse cargo de los suyos y de una madre que, para sobrevivir, ejercía el peor pagado de los trabajos a domicilio: el de costurera. No aporta Discépolo datos sobre su educación. Los hay, sí, sobre la del mayor de los varones, Micho, que del colegio religioso (y gratuito) a los dieciocho años y ya con la ayuda monetaria de Amanda, pasa al Colegio Militar. Ella tenía probabilidades contadas: repetir el aciago destino materno o, por obra y gracia de su belleza, convertirse en querida de un señor adinerado. Y así hubiera continuado si el amor-pasión no hubiese trastocado todo: su vida aletargada, su economía y la de los suyos.
Obra en la que predominan las mujeres fuertes y los hombres débiles o indiferentes, Amanda y Eduardo es tanto la historia universal de un amor contrariado cuanto un preciso y crítico cuadro de costumbres pensado con sabiduría y escrito con talento, y oficio, virtudes que distinguieron a Armando Discépolo.

Vilma Colina

El autor
Armando Discépolo nació en 1887 y murió en 1971, en Buenos Aires, ciudad donde residió casi ininterrumpidamente: exceptuadas las giras por el interior y Latinoamérica, y las estadías en Italia, Francia y España, aquí concretó su carrera de hombre de teatro. Se inició como actor-cofundador de la Compañía Teatral de Aficionados, uno de los primeros grupos filodramáticos porteños. En 1910, con Entre el hierro, ascendió a la categoría de dramaturgo estrenado y nada menos que por el gran actor Pablo Podestá. En 1934, con Relojero (por texto y dirección, pieza doblemente suya) cerró la etapa literaria. Desde entonces, el hombre de trato adusto y entrañable conocimiento de las artes, se dedicó con exclusividad a la puesta en escena.
Si de sus quehaceres como actor queda poco, o nada, el Discépolo dramaturgo dejó unas treinta piezas. El movimiento continuo, sainete (¿o grotesco en ciernes?) que estrenó Roberto Casaux en 1916 y fue la primera obra nacional que, con seis meses de representaciones ininterrumpidas, batió el record de permanencia en cartelera. Conservatorio La Armonía (1917) y Stefano (1928) remiten tanto a la figura del padre, Santo Discépolo, músico napolitano y director de la Banda Municipal de Vigilantes y Bomberos de Buenos Aires, cuanto a las historias de inmigrantes escuchadas en el hogar. Herencia de la que surgirán, además, la ya citada Relojero, Mustafá (1921), Mateo (1923), El organito (1925), Babilonia (1925), y Cremona (1932), piezas mayores de un género cuya paternidad se le adjudica: el grotesco criollo. De su espíritu libertario dan buena cuenta La fragua (1914), Hombres de honor (1923),
Levántate y anda (1929) y Amanda y Eduardo (1930). También por sus labores como director es considerado figura consular. Su espontaneidad, el empeño aplicado a la búsqueda de un lenguaje preciso y su aguda percepción para captar el aire de su tiempo son virtudes que trasladó a un centenar de puestas.
En 1955 la Asociación de la Crítica lo distinguió como mejor director del año por El jardín de las cenizas, de Omar del Carlo, y en 1966 recibió el gran premio a la trayectoria instituido por el Fondo Nacional de las Artes.

El director

Roberto Villanueva nació en Villa María, Córdoba, y según sus propios cálculos, hará unos setenta años. En Buenos Aires terminó los estudios secundarios y empezó los de arquitectura. En la facultad se conectó con el teatro institucional que por entonces dirigía Jorge Petraglia, e hizo un debut múltiple: como escenógrafo, actor, vestuarista, utilero, encargado de la boletería y dramaturgo.
A fines de los ´50 descubrió su legítima vocación : dirigir teatro. Fue director general de la Comedia de la Provincia de Buenos Aires (de las varias puestas de ese período rescata, particularmente, las de Todos eran mis hijos de Arhur Miller y La discreta enamorada de Lope de Vega). Es por entonces que se da a conocer como autor con Cantata por Inés de Castro, Muerte de Facundo y Ceremonia para defender la cosecha contra la langosta.
De 1961 data Candonga, su primera apuesta en firme a la renovación, representada en un espacio no convencional: el Museo Nacional de Bellas Artes. En 1962 ingresó en el Instituto Di Tella, cuyo Centro de Experimentación Audiovisual coordinó con singular éxito. Concluída la etapa ditelliana se dedicó exclusivamente a la dirección teatral, actividad que, durante su exilio europeo,
ejerció sucesivamente en Francia y España.
Un repaso a la nómina de sus puestas, dentro y fuera del país, confirma que Roberto Villanueva encara con la misma pasión a Lope de Vega y Shakespeare que a Thomas Bernhard, Alfred Jarry, Peter Handke, Edward Albee, Copi, Eduardo Griffero, Jorge Palant, Eduardo Pavslovsky y Alejandro Tantanian.
Por Almuerzo en casa de Ludwig B., de Bernhard, que subió a escena en el San Martín en 1999 ganó los premios Trinidad Guevara y ACE (Asociación de Cronistas del Espectáculo) Su último trabajo de
dirección hasta esta Amanda y Eduardo, fue El juego del
bebé, de Albee en el Teatro Maipo.