24- Jorge Muscia, Fileteador de Buenos Aires.

El Siglo XX nació con más de un pan bajo el brazo: en Europa, Freud publica su Interpretación de los Sueños (1900), mientras que otros fallidos pero impactantes Zeppelin hacen su aparición celestial en el mismo año. Apenas después, ven la luz el Lord Jim de Conrad, y los rayos X (1901). Casi sin solución de continuidad, en la misma década se producen los primeros y fundacionales vuelos de Los hermanos Wright (1903); en Francia se divorcian la Iglesia y el Estado (1905); Koch gana el Nobel por descubrir el bacilo de la tuberculosis (1906); Marconi por las ondas hertzianas que darían lugar a la transmisión radial (1909) y así seguirán estos días alados, este nuevo iluminismo que se regala la civilización antes de la guerra del catorce. En Buenos Aires -Argentina- las cosas eran, literalmente, otro cantar. El Rio de la Plata abría su cuenca a las inmigraciones masivas y empezaba a proponer, como fruto de una mixtura caleidoscópica y cromática, un ilumnismo distinto, personal y único. Más florido para el espíritu que para la ciencia, si se quiere: nacían Roberto Arlt, Gardel (Ni 1890 ni 1887, el morocho fue claro: yo nací a los tres años, en el Abasto) el tango, y el filete. Ninguno de ellos se consolidaría realmente hasta dos o tres décadas después. No obstante, esos fueron los años clave donde se concebía un fenómeno inédito y trascendental. Fue el período que talló, pulió y lustró un arte global, conceptual, integrando música baile, imagen; una estética plena de belleza, drama, escándalo, tristeza, decadencia, gloria, mística y violencia.Todo junto en esos compases de hechicería. Compases itálicos, hispánicos, rusos, negros, judíos y criollos. Todo junto, entreverado en esas líneas barrocas, en esos colores, en esas cadencias vocales y milongueras.

Las décadas que van del Siglo al cuarenta tienen mucho para contar. Nosotros, como porteños, preferimos recordarlas desde el tango, desde Gardel y desde el filete, en este caso orientados por un experto.

Jorge Muscia, uno de los fileteadores más jóvenes y activos, además de investigador del género, señala una interesante confluencia: la crianza familiar entre el tango y el filete, nutrida por la atmósfera de aquella babilónica Buenos Aires netamente inmigratoria, a la vez cosmopolita, próspera y miserable, que al empezar el siglo recibía sujetos y objetos del deseo, el hambre y los milagros de todo el mundo a través del mar. Un gran filete universal se iba concibiendo entonces en la espesa Cuenca del Plata; ese corazón desorientado, viscoso e imprevisible de América. Aquí -asegura Muscia- Gardel, el tango y el filete, se convierten en testimonios únicos -por vitalidad y vigencia- de cultura urbana, trascendiendo su historia para transformarse en dinamismo puro, fusión permanente, vanguardia visceral de nuestra esencia. Pero fue -a nivel de lo que hoy podríamos llamar la massmedia- la difusión espontánea desatada por Gardel y su filetesca sonrisa, lo que terminó de consagrarlos mutuamente.


La Foto de Carlitos sobre el Comando


Desde la omnipresente cabecera del colectivo, por nombrar uno de los muchos altares urbanos que le levantaron, "el mudo" conquistaba con su pinta angelical y noctámbula a la vez. Pero no lo hacía solo. El filete lo acompañaba. Lo respaldaba. Literalmente, lo abrazaba. Aunque claro, también el filete se llevaba lo suyo al quedarse para siempre con los característicos colores vibrantes que la luz aurática del zorzal iluminó para siempre.

Así, por mística ósmosis, Gardel canoniza lo que toca con su imagen o su voz, dejando espíritus y estelas que deambulan como fantasmas o almas en pena por Buenos Aires, por Broadway, por el Abasto, por París, por Tokio, por el resto del siglo que cortejó su ausencia, a partir del 35. Hasta entonces -y también después- el cantor fileteaba, imprimiendo, su voz colorida sobre el negro de los primeros discos de pasta, en el acetato más tarde y así lo siguió haciendo hasta el actual formato digital que, finalmente y pese a todo, no consiguó despojarlo de su aura.

El porteño del siglo sembró, además, la semilla que cosecharían, eligiendo distintos perfiles de esa magia, los herederos de su hechicería; Goyeneche, Rivero y tantos más.

Pero no podríamos decir que su santidad benefició a todos. Por el contrario, semejante presencia ensombreció la de muchos otros gigantes que tuvieron la desgracia de ser sus contemporáneos, como Mario Pardo, Ignacio Corsini, o Hugo del Carril; números diez en la Selección de Maradona; bandoneones solistas en la orquesta del gordo Troito, en fin... Salieris talentosos pero inevitablemente opacados por un grande entre los grandes.

Tangos y filetes. Notas y pinceles que a una distancia secreta se codeaban como parejas en la pista. Como potrillos cabeza a cabeza en la implosión desatada por aquella fervorosa Buenos Aires que nos convoca a la vuelta de cada artículo. Ese fervor le pertenece también a Gardel: es fervor de colores brillantes y estridencias vocales; de la guitarra sola, acaso húmeda, del paisano que tocaba milongas y el morocho escuchó antes de hablar siquiera. Ese fervor de las grandes orquestas, de los bailes populares y masivos, de la alegría derramada por los bandondeones sobre un tiempo imprevisible y un compás secreto; ese fervor se lo debemos a una voz que no es de este mundo. Esa voz que logró Lo que nunca nadie, antes de que la industria discográfica cambiara completamente las cosas para la música en general.


Hecho en el Ambiente de Muchachos Calaveras

El tango y el filete son, para Jorge Muscia, "parte de una misma historia". Los descubrió casi juntos -algo baila- y sus temas, como fileteador artístico son (muchos; casi todos) tangueros. El taller está habitado por imágenes de bailarines, músicos, instrumentos. Todos ellos, resucitados por el filete: mágico, antiguo, centenario, secular.
Pero el cenit del filete, por historia y por contenido simbólico, es Gardel
Su sonrisa es un filete mismo
, subiendo cual pincel ultrafino que no termina de perderse en la planicie de una gardeliana mejilla. Allí ganó su gloria el arte del filete. O mejor dicho, en los suburbios de su rostro, o mejor dicho aun, parafraseando a los hermanos Expósito; allí murmura el viento... los poemas populares de Carriego...
Así nació el porteño del siglo, aunque concedamos un nacimiento apenas biológico en Toulouse, lo cual resulta tan secundario en toda esta historia como discutir acerca de su grupo sanguíneo o su talle de zapatos.
Después de todo, el propio Carlitos corregía la intrascendencia documental cuando aseguraba:
"Yo nací en el Abasto, a los tres años". Es decir, allí donde nace la memoria junto con el amor, y uno ya no es solo necesidad primal.


De Guapezas y Berretines.

Guapo; pero guapo, guapo, guapo, no era exactamente el oficio de Gardel, si bien conocía el barrio y los andurriales como para cantarlos, dibujando calles con esa garganta colorida. Garganta a la que, dicho sea de paso, hace poco intentaron desguazar mediante investigaciones donde con su habitual torpeza tecnológica, el positivismo científico intenta clasificar anatómicamente el aura sutil de todo arte: como buscando fe con una aspiradora.
Nada tiene que ver el ADN en todo esto, pero es cierto que el arrabal, los filetes y él, nacieron y crecieron entrelazados como una trenza de mil cabos. Los filetes... cuántos de estos habrá visto el Morocho del Abasto, sin imaginarse siquiera entre alguna de esas psicodélicas coronas de laureles.
Muscia, anfitrión cálido y amigo en su taller-casa de la calle Carlos Calvo, nos muestra uno de los libros fotográficos más reservados de su biblioteca. Imágenes desde 1898: Filetes del Siglo Diecinueve, curtidos como tatuajes del pasado, en la tosca madera de unos carritos apenas más grandes que las carretillas de jardinero, posando junto a sus dueños. Sonrisas negras, incendiadas en la placa.
Flash de Magnesio. Gardel a punto de nacer.


Jorge Muscia: Fanático y Fileteador

De muy joven se acercó al filete: "arranqué pintando colectivos" - recuerda- pero ya puso cuarta. Estuvo con su obra en todas partes. Berlín, Toulouse, Londres, España, Italia...
Es Miembro Joven de la Academia Nacional del Tango, al que se siente unido por emoción e interés intelectual, como investigador de este y su estrecha relación con el filete, al que considera "la prehistoria del grafitti" y sin embargo rescata en plena vigencia, pues cree que el género en cuestión (como Gardel, como el tango) es "una cosa viva culturalmente, que da lugar a mitos e
invenciones todos los días".
Recibió infinidad de premios,
entre ellos la Beca Antorchas, por su proyecto Tótems Porteños, que consiste en una serie de obeliscos fileteados en cuyas caras palpitan la imagen de Gardel y otros mitos populares. Dentro de esta serie su proyecto más ambicioso para el próximo milenio consiste en filetear el obelisco de Buenos Aires (ilustración de tapa), y resignificario en una perfomance en la que el monumento quedaría cubierto por una tela pintada, entrecruzando elementos del pop art, la cultura popular y la cultura de masas.
Su formación académica se remonta a la Escuela Nacionalde Bellas Artes e incluye una investigación minuciosa de los distintos estilos en artes populares. Se perfeccionó en el filete con el maestro Leon Untroib y como filetero integró su especialidad al video, la TV, la decoración , la arquitectura, y a los muebles y objetos que considera aptos en este sentido. En Mayo de 1995 presentó en la Convención Internacional de Pintores Decoradores de EEUU su libro"El Filete, Arte Popular de Buenos Aires", que cuenta con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes y fue declarado de Interés Municipal por el Consejo Deliberante.

Su incesante labor en la difusión del filete porteño lo ha convertido en un auténtico Embajador de este arte popular que identifica a los argentinos.