APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA DEL POETA MARIO NESTOROFF.
AL FILO DE LA  ALBORADA
.
Capítulo III.
Por Carlos Horacio Bruzera.

Para Mario, aquellos primeros años en La Fraternidad, sólo tuvieron para empañarlos, a medias, un acontecimiento inesperado, su fiebre tifoidea.
Para la investigadora Irma Carmen Pellizari el hecho acaeció en los primeros meses de 1950. Una serie de circunstancias como ser el nivel de nuestras relaciones, la libertad que teníamos los compañeros en entrar y salir de su lugar de atención médica, me hacen creer que la tifoidea llegó en los primeros meses de 1951. Por supuesto que la opinión dividida no tiene ninguna importancia es más, es posible que Pellizari tenga finalmente la razón.
Lo cierto es que Mario fue recluido por orden del doctor Artusi, excelen­te médico clínico y mejor persona, que tenía a cargo la salud de los internos, fue recluido digo, en la Enfermería. Chico sano, siempre tuvo Mario una salud de hierro capaz luego de soportar lo que soportó, muchacho vigo­roso, superó la enfermedad sin complicaciones. Mair y yo, entre otros, lo visitábamos cuando ya pudo llegar a la convalecencia.
¡Qué flaco estaba!. ¡Daba pena verlo pura cabeza, malicento y débil como un mártir!. ¡Pura ojera y flacura!.
Nos encargamos de alimentarlo como se debía. Nada de sopas desabridas, bifecitos microscópicos y purés de morondanga. Le llevamos bifes en serio, albóndigas, guisos de lentejas, dulce de leche y galletas de grasa. ¡Lo mejoramos!.
Pero cómo lo envidiábamos. Le traían la comida a la cama, escuchaba radio, ¡¡fumaba sin represión!!, leía lo que quería, se levantaba y se acostaba cuando le daba la real gana y tenía su propio baño. Así cualquiera se cu­ra…
Si no fuera petulante de mi parta, aseguraría que los años 1953 y 1954, significaron el despegue poético de Mario Nestoroff. Formado por la cons­tante lectura de los líricos de la época, logró por entonces su propio estilo, su personal idioma. Aquella bienaventurada editorial "Losada", que la biblioteca de La Fraternidad, la inolvidable "Protectora Fraternal", atesoraba en sus viejos anaqueles, fue de una decisiva importancia para delinear su lenguaje, su forma de decir y finalmente su arte.
¿Cuales eran los referentes, sus maestros inopinados?. Rafael Alberti y su "Antología poética" y "Marinero en tierra”; Francisco Luis Bernárdez y "La ciudad sin Laura"; García Lorca y su “Romancero gitano"; Gómez de la Ser­na y sus "Gollerías"; Nicolás Guillén y  “Sóngoro Cosongo" y “Estío” de Juan Ramón Jiménez; las "Poesías completas” de Antonio Machado; "Tala" de Gabriela Mistral; Miguel Hernández y su "Perito en lunas"; César Vallejos y "Los heraldos negros” sobre todo, “su" Pablo Neruda con "Residencia en la tierra" y en particular “Veinte poemas de amor y una canción desesperada".
Respetaba a Lugones y le atraía Walt Whitman con su amor a la naturaleza. Amante de las cosas simples impregnadas de lirismo, limpidez y perfección, se sentía dichoso con Carriego, y con aquel poema que siempre estaba al alcance de sus labios: "El grillo” de Nalé Roxlo:

“Música porque si, música vana
como la vana música del grillo;
mi corazón eglógico y sencillo
se ha despertado grillo esta mañana”.

Tenía por Enrique Banchs y su “Balbuceo" especial atención.
Sumado a estos ilustres siempre aparecía con su aporte como maestro y guía espiritual Jorge Enrique Marti, presente en cada hora de su vida co­tidiana.
¿Cómo Nestoroff pudo libar su arte en tantas y opuestas fuentes sin perder el rumbo?. ¿Cómo pudo lograr su estilo en semejante parafernalia de inspiraciones?. La contestación es de extrema simplicidad: porque era un gran poeta, un poeta de raza, un rapsoda tocado por la barita mágica con la chispa del artista.
En los primeros meses de 1953, al ver un ejemplar de una publicación in­terna manuscrita desaparecida, titulada "La Gaceta", se nos ocurrió con Nestoroff dar inicio a una "segunda época". Por supuesto que ya en La Fraternidad circulaba una magnífica revista fundada y dirigida por Marti: "Chécale", que, inclusive se imprimía en la Casa por medio de un añoso mimeógrafo; pero tanto a Mario como a mi no nos pareció mala idea retornar a la vida la revista y un estilo. Dicen los entendidos que la forma manuscrita de periodismo nació en Inglaterra de la mano de Eduardo III, elevado luego a lo­s altares, que vivió entre 1003 y 1066. Eduardo utilizaba en la tarea a un tal Laurence Minot, que oficiaba de redactor e "impresor". Debió tener muy­ buena letra. El tema nos inspiró y así se produjo el retorno de "La Gace­ta" a La Fraternidad. Mario, de muy buena letra, fue el encargado de la escritura. Nos preocupamos en hacer algo interesante.
Contra lo que podría suponerse, Mario creo que publicó a lo sumo das poe­sías suyas. Se dedicó en esta experiencia a trabajar de prosista, contando acontecimientos internos, analizando algún poema clásico y hasta opinando sobre las maravillas que leía en forma constante.
"La Gaceta" tenía forma de "tabloid", impresa en hoja de buen gramaje, lo que permitía una lectura cómoda de sus cuatro hojas. Tenía frecuencia quin­cenal aunque me parece que en su última etapa aparecía mensualmente.
La repercusión no fue buena; eso de leer una enorme carta no tentaba. En un esfuerzo más, intentamos darle un nuevo estilo, más deportes, más geo­grafía, más historia. Mario en desacuerdo se cansó de Ia Aventura y desertó. Continué solo unos meses aún y al final, la segunda época de “La Gaceta” concluyó. Es una gran pena que los diez o quince números aparecidos estén perdidos. Hubieran constituido un antecedente del periodismo que Mario asumiera posteriormente en "Clarín" y "El Territorio".
Para 1954, ambos ingresamos a la redacción de "Chécale", otra experiencia enriquecedora. Fue allí que Martí, con vocación de maestro enseñó a muchos a escribir, a narrar y sobre todo a convertirse en periodistas honestos, puros como los cielos de ese Entre Ríos entrañable.
Nestoroff tuvo a su cargo la Sección Cultura y yo, la más modesta de Cine.
¡0tro regocijo para Mario!. Muchos ilustres visitaron la redacción, ubica­da en un cuartucho sobre la entrada a la ropería, Enrique Banchs, Borges, Córdova Iturburu, Conrado Nalé Roxlo, Delio, Panizza, Carlos Mastronardi y otras y otros. Mario los miraba y escuchaba en la postura de estar ante oráculos celestes.
Como un comentario sobre esto diré de la enorme pena que sentí, y creo que si Mario llegó a saberlo sintió lo mismo, cuando me enteré que los "graffitis" que aquellos poetas y escritores dejaron en las paredes de la re­dacción habían sido destruidos.
Ese año, 1954, la Dirección de La Fraternidad organizó un certamen litera­rio con dos categorías: poesía y prosa. Mario se presentó con un poema que tituló “Como una gota de sueño", y obtuvo el primer premio.
El 21 de junio, la obra fue publicada en el número 13 de la revista "Ché­cale". Lo transcribo.

"Me encuentro en esta noche tan solo como tu alma,
inclinado en la gracia tan pura de tu amor;
rodeada de jazmines te recuerdo en la calma
‑ ternura diminuta ‑ de tu jardín en flor.

Estabas en las brisas. En las tardes serenas
las calles desataban las dichas a tu paso;
al verte así a lo lejos se nublaban las penas,
las ansias se morían, la tarde era un abrazo.

El viento, el mismo viento transitara los rojos
contornos de la tarde, las serenas cuchillas;
el viento, aquél de entonces, dibujara en tus ojos
las dichas de ese pueblo, honestas y sencillas.

Y en esta mansedumbre, en mi angustia serena,
desandando el ensueño, el silencia pasado,
declino en tu horizonte mi nostálgica pena
diciéndote muy quedo mi amor casi olvidado.

"Si el eco de mi voz callara las palabras
lastimando al olvido, si tú, más bien diría,
sonrieras tristemente, mejor será que no abras
la vieja pena mía".

Días más tarde, escrito por  el a  máquina, me dedicó el poema. Dice: "A Carlos H. Bruzera, el amigo de siempre, deseando el tiempo plasme su viril anhelo, en una página inolvidable. Con fervor de hermano".
Sin duda que es un bellísimo poema, el más hermoso que de su inspiración naciera.
La poesía parece transitar por Concepción del Uruguay a juzgar por lo de "serenas cuchillas". Sin embargo, según su confesión transcurre en su amada Las Breñas. No Ie conocí novia alguna, por más que tuvo efímeros amoríos que pasaron sin pena ni gloria alguna pera “Como una gota de sueño" tuvo como inspiración a una niña de su pueblo, de blanca tez y cabellos claros a Ia que me dijo amaba en silencio ya que jamás le confesó su amor. Es, muy posible que Ia muchacha nunca se enterara que había sido el modelo y Ia fuente de creación de tan bellos y sentimentales versos, escritos por uno de  los grandes poetas argentinos.
En ese mismo número de "Chécale", Mario publicó un artículo titulado “Recordando al Dr. Vasallo". Se trata de una nota memorando a Bartolomé Vasallo, un ilustre cirujano argentino, fraternal, que llevado por su generosidad se convirtió en el prócer de La Fraternidad al dejar gran parte de  su for­tuna a Ia institución. Para que pudiera cumplir su incomparable misión educativa. Nestoroff lo llama en el artículo “re fundador" y dice: "Don Bartolomé Vasallo, el ilustre cirujano a cuya generosidad debemos ca­si diríamos, la subsistencia de esta Casa formadora de hombres, llega a ella con su cúmulo de ensueños, cuando La Fraternidad abría su pórtico a las primeres generaciones, ávidas de saber (…)”.
¿Cómo escribía Nestoroff?. Es posible que yo sea uno de los pocos que lo vio creando. Me quedaba como una estatua del otro lado de Ia veterana me­sa fraternal observando el trajinar de su inspiración. Cigarrillo entre los dedos, al que de tanto en tanto soplaba para disminuir Ia brasa, envuelto en un pesado humo convertido a mis ojos en humareda amenazante. Cruzado de piernas balanceando su zapato en el aire. Ante él, un papel, cualquier trozo de papel disponible. Tengo algunas de sus poesías escritas en reta­zos de hojas de mil colores y tamaños. Entre los dedos de su mano derecha un lápiz casi siempre anciano a alguna "birome" manchadora. Lo estoy viendo tamborileando los dedos de su mano izquierda sobre Ia tabla contando
a toda velocidad las sílabas, mientras marca el ritmo con su pie suspendido.
Era extremadamente raro que corrigiera. Escribía de un tirón, en tiempos muy breves. Infinidad de versos no tienen  la más mínima tachadura.  Lo recuerdo dándome un consejo que él había recibido de Banchs. Imitando siempre a Martí, recitaba aquello de:

"No trabajes el verso
con amor prolongado.
Sea como palomas
que se van de las manos".

Amaba la poesía con todo su corazón.
En cierta oportunidad, allá por 1953, deseosos de crear algo en común, es­cribimos una novela policial a la que titulamos "El candelabro de seis brazos". La historia se desarrollaba entre Berlín y Buenos Aires. Yo forjé el argumento y el la redactó. Los resultados fueron muy pobres por ra­zones comprensibles. Yo comenzaba a elaborar mi imaginación pare el "alto rendimiento" y Mario no tenía al dominio de la prosa que posteriormente consiguiera. Cuando la terminamos, fue a parar a manos del plástico y poe­ta Mario Loza, que a la sazón se desempeñaba como Director, formando un dúo notable con Martí. Loza nos dio su aprobación entre comillas, pero nos aconsejó ensayar y ensayar. La novela, como "La Gaceta", se perdió. Alguna mano sopesándola se dio cuenta de su poco valor y la sepultó. Supongo que como la niña de blanca tez y cabellos claros, nunca supo que la escuálida novelita era la única obra de ese género escrita por el poeta chaqueño.
Y esto, sin interés para muchos, cobra valor para quienes estimamos tanto la obra de Nestoroff. Caigo ahora, por ejemplo, en la realidad de que yo no poseo una sola carta suya de las que me escribiera desde el Chaco. Ni siquiera guardo un artículo de los que elaborara para "Clarín" o para "El Territorio". Del mismo modo se deben haber perdido, y eso si es grave, mu­chas de sus poesías escritas como al descuido sobre cualquier material y regaladas a diestra y siniestra sin detenerse a meditar que estaba dando parte de su espíritu, y sin valorar el destino que se les daba.
Parafraseando a Pirandello diríamos que "la vida está llena de infinitos absurdos, los cuales descaradamente, no tienen necesidad de parecer vero­símiles, porque son verdaderos".
Volviendo a la novela, una vez finalizada me dijo: "No sirvo pare esto. ¡ No se como podés escribir y escribir meses y meses sobre lo mismo". Entonces y ahora recuerdo pues aquello de “…sea como paloma que se va de las ma­nos".
Alentamos empero otro proyecto que se frustró a poco de ir acopiando in­formación: un diccionario de autores y compositores de tango. Al único de los compositores que ubicamos en tiempo y espacio fue el cantor y letrista rosarino Héctor Palacios. Las anotaciones también se perdieron.
Tuvimos otros planes, por ejemplo para sobrevivir materialmente. Ideamos un negocio pare desarrollar en Buenas Aires para cuando termináramos al secundario.
Sentados en el puentecito de la calle Erausquin e inspirados por el mate que teníamos entre los labios, pensamos en montar un bar dedicado exclusi­vamente al mate. Cada mesa tradicional que compondría el negocio, estaría surtida por una canillita de agua a 80º, que se originaría en una caldera central y se distribuiría por un sistema de cañerías. Cada parroquiano re­cibiría un mate y bombilla en completa asepsia, yerba a elección y azúcar. Tampoco fue. Curiosamente muchos años más tarde, se abrió en Buenos Aires un “bar matero" calcado del que nosotros habíamos ideado. Nos faltó finan­ciamiento.
Nunca lo escuché hablar mal de la obra de otro poeta. Su amor por la poesía era tan grande que se me ocurre que englobaba en ese sentimiento a todos sus colegas del mundo vivos o muertos.
Sentía gran cariño por la patria de sus padres y en particular por el gran poeta y patriota Christo Botev, de quien recitaba en su idioma algunos ver­sos de su obra "Cantos". Su manera de declamar era tan sensitiva que yo sin saber nada más que una palabra en búlgaro enseñada por él: "curva", “prostituta", me emocionaba con aquellos versos incomprensibles.
1954, fue también el comienzo de su gran ensueño, de su más pulida fantasía la de lanzarnos al mundo en busca del "vellocino de oro", de la "piedra fi­losofal” de la alquimia de Avicena y Paracelso. Nos veíamos como temblorosos quijotes venciendo a hordas de piratas de la Malasia, rescatando a Maureen O´Hara de las garras de productores lascivos de Hollywood y alrededo­res. Éramos los nuevos trovadores de Provenza, herederos directos, de Guillermo de Aquitania conquistando centenas de pañuelos perfumados de niñas que nos creían Romeos rejuvenecidos, y hermosos. Y La Salamanca se convertía en Ia meseta castellana y los viñedos de Valdepeñas no eran otra cosa que nues­tro ejército que en lugar de flechas y balas, embriagaba sin remedio con sus mostos y efluvios.
Y aquel "Donde el río se queda y la luna se va”, en el silencio de la ribe­ra dormida, se convertía en el jubileo más perfecto del reino de los sueños de nuestros sueños. Cada vez estoy más convencido que mi casamiento, seis años más tarde, fue un golpe tremendo para Mario y su ilusión de recorrer tierras y mares en una loca y definitiva bohemia. Su escudero, su hidalgo compañero de aventuras, claudicaba no bien iniciado el viaje en manos de la primera Dulcinea del camino.
Mientras, 1954 iba declinando marcando, para colmo, el  fin de una etapa maravillosa transcurrida en el sosiego y protección de la "Casa de los Recuerdos", la imperecedera Fraternidad.
Para esa época, "Rabito” Mair nos había dejado algo de lado asustado, no era para menos, por nuestra misantropía patológica. Nos fuimos enquistando en un universo peligroso, un mundo que al igual que la droga, acepta con rapidez, pero que no libera a sus cautivos así como así.
Merodeaba Mario por entonces la filosofía de los antiguos, como buscando algo para que lo ayudara a comprender el mundo sin darse cuenta que lo en­tendía demasiado bien. Era el mundo el que se hacía el sordo. Estudió a los cínicos y dio la impresión de haber hallado justificativos. De tanto en tanto citaba a Diógenes de Sínope, apodado con razón "El Cínico", narrando la anécdota del sabio con un miembro del Areópago que lo interrogaba en la entrada del tonel donde vivía. En cierto momento, con seguridad cansado de escuchar tonterías y expresando lo que realmente Ie interesaba, Diógenes espetó: "Quítate de allí que me tapas el sol". Mario reía con esa su manera de hacerlo, terminando con un gruñido, como conteniendo una risa que, hubiera sido infinita.
No entendí en esos momentos que Mario me necesitaba más de lo que yo podía suponer. Juzgaba su pesimismo, su cinismo filosófico, su arisca manera de ser, como una mera rebeldía de poeta apasionado. Pero la verdad era que Nestoroff estaba gestando a nivel humano, su propio calvario. Ese calvario donde uno es, ayudado por lo más fácil, por aquello que llega inexorablemente primero.
Y había signos, si bien en los inicios de su apasionamiento le gustaba el vals "Pequeña", ya en Buenos Aires canturreaba con frecuencia el tango "Como abrazao a un rencor”, letra de Antonio Miguel Podestá:

"( ... ) Yo quiero morir conmigo
sin confesión y sin Dios.
Crucificao en mis penas,
como abrazao a un rencor…
Nada le debo a la vida,
nada le debo al amor;
aquella me dio amarguras
y el amor, una traición".

Hilando fino, hay podría decir que Nestoroff tuvo sumido en el mismo conflicto que afrontó el poeta japonés Akutagawa, el drama de vivir la irresoluble contradicción entre la realidad y el arte.
Hasta esos días y por varios años más, Nestoroff sin ser abstemio, no bebía más que mate cocido y agua en las comidas. El me contaba que cierta vez en Buenos Aires entró a un bar a tomar una gaseosa y que al pedir una "Seven" el mozo no lo comprendió. "Mirá vos, no te entienden si querés tomar una “Seven", hay que pedir nomás una "Seven Up".
Como la mayoría de los muchachos de entonces, nos llamaba la atención la cerveza en alguna chopería alemana y un buen sorbo de caña quemada, pero nada más. El vino sólo en los "14" y el whisky en los avisos de "El Gráfico". La adicción nació mucho más tarde de Ia mano de un mundo que no se digno escucharlo.
A tanta inocencia, a tanto candor, el más mínimo soplo sin perfume lo haja sin remedio.
Claro esta que en su casa no lo habían olvidado para nada y Petra, se trasformó en su interlocutora válida. Todos los eneros, febreros y algunos julio, partía Mario en busca de Las Breñas.
Pero los días se habían ido y cuando nos dimos cuenta, comprendimos que La Frater imaginada por Maxit en su "Fraternilia", se escapaba de nuestras manos como Ia arena del Itapé. Delante, Ilena de promesas y sonrisas esta­ba el futuro que se empeñaba en atraernos con su canto de bonanzas. Ella, convertida en mujer, estaba allí esperando nuestra llegada.
Como si fuera un  ir anticipando emociones, ese año de 1954, para mi cumpleaños y según la costumbre, Mario me dedicó un poema, señalado como vimos en el "Programa de Festejos" que en páginas anteriores transcribí. El poema dice:

"La larga caravana de los días
detrás de nuestras ansias han quedado.
¡Todo está dicho, amigo, solo resta
pensar en todo el tiempo que ha pasado!.
Hubo en verdad, mucho, mucho dolor
y fue también muy grande Ia alegría,
agradezcamos por los ratos buenos…
que los  malos se mueren con el día.
Debemos recordar…porque ya nunca,
nunca jamás has de volver al puente
el viejo puentecito que en las tardes
bañaba de dulzura el sol poniente.
Ya nunca volveremos en las noches
del plácido verano a encaminarnos
rumbo a Ia legendaria Salamanca
para buscar Ia paz y solazarnos
mirando las estrellas y Ios cielos
y sintiendo Ia paz de lo sereno,
de Ia hermosura nocturnal y agreste
que incita al corazón a ser más bueno.
¿Para que continuar haciendo estrofas?
Permíteme en tu día que te abrase
y que solo pondere tu peinado

pues la bondad no cabe en una frase.
Ya todo quedó atrás…¿pero que importa?
muy pronto has de olvidar aquella gente
que nos hizo sufrir, solo nos queda
el signo fraternal sobre la frente”.

“A Carlos Horacio Bruzera en su 18º cumpleaños. Fraternalmente.”

Vale la aclaración sobre el significado final del poema, la referencia a sufrimientos causados por "aquella gente”. La explicación es sencilla. En una casa donde habitan cien personas, no todas son un dechado de amor y comprensión por lo que algunos, una exigua cantidad, nos complicaron la existencia con cosas que a los dieciocho años se juzgan de una manera axagerada.
Así describe el momento de nuestra partida Guillermo Wide: “Próximos a irse estaban nuestros capos de estreno, los de 3º cuando empezamos. Un nuevo sufrimiento; el dolor de no ver más al Gallo, el Perro, Rabito (...) Todos aquellos que habían terminado por ser nuestros amigos y confidentes, camaradas de hurtos con y sin escalamiento, aventuras, o simples andanzas, o lecturas, convertidos por el insoslayable sentido de responsabilidad en nuestros guías y tutores de aprendizaje en mil campos diversos, otra camada que iba a dejarnos ( ... )".
Y un buen o  mal día, cargando las valijitas de cartón laqueado con que habíamos llegado en un febrero de 1950, dejamos la Casa.
Caminé por la calle 8 de Junio sin atreverme a volver la cabeza. Mario y Horacio, estoy seguro, hicieron lo mismo.

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