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ENTREVISTA CON PABLO DE SANTIS
MONICA SIFRIM
Pasión por el enigma
EL NARRADOR, FINALISTA DEL PREMIO PLANETA 1997, HABLA DE "LA TRADUCCION",
NOVELA CON UNA INTRIGA POLICIAL Y UNA ATMOSFERA ENRARECIDA DONDE
LA PASION POR EL LENGUAJE SE VUELVE MATERIA DE FICCION.

Pablo De Santis siempre buscó el modo de reunir sus pasiones secretas.
Cultor del cómic, fue guionista y jefe de redacción de la revista
Fierro. Actualmente dirige la colección Enedé que reúne los clásicos
de la historieta argentina. Su primera novela, El palacio de la noche, apareció en 1987. Más tarde, la literatura juvenil le enseñó
a trabajar fluidamente la relación con el lector. Ese ejercicio
de la eficacia narrativa le permitió armonizar las complicaciones
intelectuales y literarias con un nivel más llano de exposición.
El ojo del pez, La sombra del diosaurio, Lucas Lenz y el Museo del Universo, Pesadilla para Hackers, Las plantas carnívoras y Enciclopedia en la hoguera son títulos que destinó al público adolescente. Recientemente
su novela Filosofía y Letras fue publicada en España por editorial Destino y La traducción resultó finalista del Premio Planeta 1997. En esta entrevista
De Santis explica de qué manera esta novela transformó la pasión
por el lenguaje en materia de ficción.
- ¿Por qué eligió para La traducción la forma del relato de enigma? -Me apasionan los enigmas porque tienen un poder particular para
formalizar un relato. Creo que soy un narrador clásico. Mi ideal
es armonizar la literatura popular con otras inquietudes, pero
me resulta fundamental que siempre los libros puedan ser leídos
en el plano del entretenimiento. Que en un relato haya unidad
de acción, de tiempo y de lugar. Calvino hablaba de crear en el
relato una atmósfera enrarecida. Y la novela policial la tiene.
-¿Lo atractivo no sería entonces el desafío de jugar con los límites? -Precisamente me atraen los escitores que piensan la restricción
formal como punto de partida para la libertad del autor. Esos
que tienen un especial cuidado de las formas: Calvino, Perec,
Nabokov. En sus obras hay un orbe cerrado. No se van de su zona.
Kafka escribió América. Pero él no fue a América sino que la introdujo en su sistema
simbólico. Es una zona que inventa él y no tiene nada que ver
con los Estados Unidos. El escritor bueno delimita su zona y sabe
que no puede narrar cualquier cosa. Porque tiene su propio idioma
y necesita traducir todo lo que imagina a su propio sistema simbólico.
-¿Y el escritor malo? -Los malos escritores piensan que pueden incorporar cualquier
material. No se saben oír a sí mismos. La autoconciencia de los
propios límites es productiva. A mí me cuesta la tercera persona,
el realismo. Tengo una prosa seca y a veces envidio el virtuosismo
de los que son capaces de escribir de más. Sin embargo me siento
cómodo en esta prosa y en las estructuras fuertes. Si la novela
plantea un enigma, es decir, arroja una pregunta al lector, quiero
que esa pregunta sea finalmente respondida, sin ambivalencia.
-La trama policial se agota en sí misma, no invita a ser releída.
Pero en su novela el enigma nace de búsquedas del conocimiento.
¿Es un modo de burlar la supuesta "liviandad" del género? -Tal vez, pero lo hago dentro de las leyes del género, sin parrafadas
intelectuales. Esa dimensión más trascendente, que trabajaron
Borges o Bioy, es para mí un plus para el enigma, que no puede
faltar. En ese sentido me interesan autores como Leo Peruz, bastante
conocido en la década del 40, y también el inglés M. John Harrison.
Y Lem. Lo policial en ellos tiene otra dimensión y se cruza con
lo fantástico.
-Los traductores de su novela, invitados a un congreso, tienen
algo de los aristócratas del policial clásico europeo, esos personajes
ocupados en una actividad exquisita mientras afuera cunde el crimen. -No lo hice con intención de ridiculizar. No esgrimo posiciones
antiintelectuales, es un campo que valoro muchísimo. Tampoco tengo
mucha experiencia personal con esos simposios. Fui una sola vez
a uno y no me resultó aburrido. Al contrario, allí conocí a escritores
que sigueron siendo amigos míos: Guillermo Martínez, Leopoldo
Brizuela y Esteban Buch.
-Miguel de Blast, su narrador, es un traductor de textos científicos.
Conoce a medias el tema del simposio, mira todo de costado y con
cierto fastidio. -Borges hablaba del narrador que no entiende del todo la historia.
El mío no es un especialista en el tema del congreso. Actúa movido
por intereses personales. Está pendiente de una mujer. Me gustaba
que a este detective lo moviera una cuestión sentimental. Es celoso,
neurótico. Hay una tradición de narrador ingenuo en el relato
policial. Una de las bases del policial está en el diálogo entre
el investigador y el acompañante que hace la pregunta ingenua
y dispara en el otro la explicación. Sherlock Holmes y Watson
escriben el diálogo platónico de la novela policial. Son como
Sócrates y el interlocutor que arroja la pregunta ingenua y le
da pie a Sócrates para extraer una verdad.
-La novela transcurre en parajes naturales y sin embargo todo
sucede adentro. -Inventé un pueblo costero, a partir de sitios como Mar del Sur,
donde había un banco de algas, un hotel viejo, y donde además
ocurrió un famoso crimen. Me encantan las historias de espacio
cerrado, como en las novelas policiales clásicas. Me gusta el
microclima, que haya algo claustrofóbico en la novela. Este es
un ambiente sumamente claustrofóbico, con valores que no se corresponden
con el exterior.
- En la novela los personajes se plantean la hipótesis de una
lengua anterior a la torre de Babel. -En varias culturas hay mitos para explicar la pluralidad de
las lenguas. El mito de la torre de Babel tiene dos interpretaciones.
En una, la torre es una alegoría de la ambición del hombre y de
ahí su fracaso (el hombre la construye para llegar a Dios). La
otra visión es lingüística. Explica de qué modo de una lengua
única derivan las demás. Es la lengua de Adán con la que nombró
a las cosas por primera vez. Habría en esa lengua una coincidencia
perfecta entre las palabras y las cosas, sin posibilidad de malentendido.
En la Edad Media y el Renacimiento fue tema de discusión. Hay
dos versos de Dante en la Divina Comedia, uno pronunciado por un demonio y otro por Nemrod, que fue el
constructor de la torre de Babel, condenado a hablar en el infierno
un idioma que nadie entiende. Esos versos de Dante en un idioma
que nadie entiende dieron lugar a toda clase de especulaciones.
-¿Leyó bibliografía para esta novela? -Uno de mis libros de cabecera es el que contiene los diarios
de Mircea Eliade, me interesa el personaje de Marcilio Fisino.
El mismo tipo que traduce a Platón traduce al corpus hermético.
Ese interés del Renacimiento por el hermetismo es apasionante.
También leí a Umberto Eco.
-¿Tiene preocupaciones obsesivas ligadas con el espacio? -Me gusta la espacialidad y la trabajo mucho en las novelas.
Sin embargo, a mí lo espacial me cuesta. Recién a los 35 años
aprendí a manejar. Martin Amis dice en La información que a los novelistas les cuesta aprender a manejar pero finalmente
lo logran. En cambio si un poeta aprende a manejar, hay que desconfiar
de él, no como conductor, sino como poeta.
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